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MISIONEROS EN CAMINO: VII Domingo del T.O - Ciclo B (Mc 2,1-12): ABRIENDO BOQUETES
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jueves, 16 de febrero de 2012

VII Domingo del T.O - Ciclo B (Mc 2,1-12): ABRIENDO BOQUETES



Admirable resultó aquella hazaña del rescate en Chile cuando, 33 mineros, permanecieron 70 días bajo tierra en la mina de San José. La solidaridad internacional, el afecto de los suyos que oraban con insistencia en la superficie y el deseo de que volvieran a la vida, produjeron el milagro. A través de un orificio, en el mayor y exitoso rescate de la historia de la minería, lograron dar con el lugar donde se encontraban atrapados.

1.- Al proclamar el evangelio de este día, cuando unos amigos abren un boquete en el tejado con la intención de descender hasta Jesús a un paralítico, me venía a la mente este suceso narrado.

Dos acciones de extraordinario calado se dan en este episodio: el entusiasmo de los que empujan la camilla para acercarle sea como sea, hasta Cristo y, por supuesto, el toque sanador del Señor: “levántate, coge tu camilla y vete a tu casa”.

El tesón, y el convencimiento de lo que aguardaba dentro de aquella casa, fue decisivo para romper aquellas tejas que les separaba de lo que parecía un imposible: la salvación, el dinamismo corporal de un enfermo. Entre la parálisis y el movimiento, el perdón o el pecado, la gracia o la desgracia….se interponían las personas, murmuraciones, escribas y el tejado. Optaron por hacer frente a este último.

2.- ¿Qué se interpone entre Jesús y nosotros? ¿Cuáles son las tejas que tenemos que retirar para que, Jesús, sane nuestras parálisis interiores y exteriores? ¿Suprimimos todo aquello que obstaculiza nuestro encuentro personal con Jesús? ¿Ayudamos a los demás a que descubran, vivan o conozcan a Cristo?

¡Qué ambición tan santa tenían aquellos portadores de la camilla del paralítico! Ellos estaban bien. Pero su anhelo era el que un paralítico volviera a los caminos por su propio pie. Fueron, en definitiva, enfermeros cualificados (con el título del amor y de la caridad) al servicio de Jesús, del cuerpo y del alma del enfermo. Pretendían la curación corporal y, todos, incluidos los escandalizados escribas, se llevaron la gran sorpresa de que Jesús, en lote completo, ofrecía también el perdón de los pecados.

3.- No olvidemos que en el trasfondo de muchas de nuestras parálisis, físicas y espirituales, se halla el pecado. Aquello que sabemos que no hemos hecho bien. Aquello que nos impide ser libres.

-Parálisis agudizada por el virus de la envidia. No nos deja ser felices con lo que tenemos. Codiciamos algo más.

-Parálisis provocada desde la autoconciencia. Pervierte el sentido de la verdad, de la justicia o del bien y el mal.

-Parálisis inducida por incredulidad. Cuando postrados en la camilla de lo inmediato no hacemos intento alguno de liberarnos de algo para abrazarnos a Dios.

-La parálisis de la comodidad. Nos seduce conformarnos con los mínimos; sin más planteamientos que lo superficial. Sin preguntarnos qué existirá al otro lado.

4.- Seamos auxiliares de Dios. La Nueva Evangelización nos pide animar a que, aquellos que viven lejos de Dios, lo recuerden y vuelvan a Él. A proclamar la Palabra del Señor a tiempo y destiempo. A recuperar el sentido de muchas cosas sagradas que las hemos devaluado o descafeinado. A empujar, hacia la Iglesia, a tantos contemporáneos que viven atajados por muchas situaciones, desorientados por diversos acontecimientos. ¿Qué hay que romper muchas tejas? Tal vez, las primeras en resquebrajar, tengan que ser las de nuestra cobardía, silencio o timidez apostólica.

Que seamos capaces de transportar a todas aquellas personas (amigos y desconocidos, cercanos o lejanos) que yacen postrados en la gran camilla del mundo o que solo tienen piernas para las calles del mundo, hacia esa otra realidad que es Jesús. Para ello serán necesarias las piernas espirituales para pasar de la muerte a la vida, del absurdo a la fe y del desencanto a la ilusión de haber conocido a Cristo.

5.- LEVANTARÉ, OH JESÚS

Las tejas de mi indiferencia.
Que, el dolor ajeno, no me sea apático
y, lejos de huir de él, de bordear para que no me afecte
lo presente ante Ti que eres fuente de salud

LEVANTARÉ, OH SEÑOR

El tejado de mi pereza
y, saliendo de mi timidez paralizante
llevaré hasta Ti a tantas personas que, desconociéndote,
podrían ser más felices contigo.
A los que, humillados por la prepotencia del mundo,
buscan alguien que les levante del duro suelo.
A los que, perdidos en mil laberintos y falsas promesas,
quieren andar por caminos nuevos
avanzar con pies curados de la desesperanza o desilusión
A los que, paralizados por la apariencia o superficialidad
no saben cómo ser felices ni alcanzar la felicidad.

LEVANTARÉ, OH SEÑOR

Las tejas de mi cobardía
para decir lo que soy y dónde vives
Porque muchas veces, buen Jesús,
siento que no son los otros los que no se mueven
soy yo, el que como cristiano,
no rompo con tantos diques
que me impiden amarte y darte lo que Tú mereces.

LEVANTARÉ, OH SEÑOR

Tantos tejados de hojalata, oro o plata
que obstaculizan el contemplar
lo que, dentro de esa casa habita,
al que, en el interior de esa casa, cura, sana y perdona
Eres Tú, Señor, el que al otro lado de este tejado roto
aguardas el retorno de los cansados y abatidos
de aquellos que, sin saberlo,
hace tiempo que dejaron de peregrinar hacia Ti.
Ayúdame, oh Señor,
a retejar mi fe… y a romper aquellas tejas
que me impiden presentarme anta Ti
con lo que soy, tengo y deseo.

¡LÉVANTAME, DE MI CAMILLA, SEÑOR!


WebJCP | Abril 2007