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MISIONEROS EN CAMINO: XXVIII Domingo del T.O. (Mt 22, 1-14) - Ciclo A: Hacia las encrucijadas
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domingo, 9 de octubre de 2011

XXVIII Domingo del T.O. (Mt 22, 1-14) - Ciclo A: Hacia las encrucijadas


Publicado por De Todos los Días

El Maestro gustaba ayunar y orar en soledad y silencio; es modelo de pobreza y austeridad voluntariamente elegidas.
A pesar de ello, amaba sentarse a comer con la gente, sin darle importancia al qué dirán, sin dejarse llevar por las opiniones encontradas de almas poco generosas; por eso compartirá la mesa con Leví el publicano, con Zaqueo, con su amigo Lázaro, vino de fiesta en unas bodas en Caná de Galilea con su Madre, en casa de Simón el Leproso, con una multitud hambrienta en el desierto, con sus amigos en esa cena última en donde se queda para siempre antes de partir.

En todo se trasluce que la raíz de eso que Él llama Reino de los Cielos es el sueño increíble de su Padre de fiesta para toda la humanidad, de esa invitación locamente magnífica e irracional de sentar a la misma mesa a buenos y malos. Quiere un ágape en donde mujeres y hombres festejen junto a Jesús de Nazareth y, por Él, se hagan también hijas e hijos.

A primera vista, es un proyecto destinado al fracaso rotundo.
Este Jesús no entiende nada: hay cosas más serias, más importantes, negocios en los que ocuparse y campos en los que trabajar, religión a cumplir seriamente los domingos antes de sentarse a un brindis con cualquiera, esos cualquieras que ninguno de nosotros -ni en nuestros sueños- sentaría a su mesa. Esta fé es para unos pocos que sean cumplir con exactitud las reglas y preceptos predeterminados.
Y ya que estamos en tren de fracasos, ¿acaso no hay fracaso mayor que el de la cruz?

Se puede comenzar a intuir que este Dios no se condice con esa imagen de victoria y exclusividad que tanto nos gusta y conviene, un dios celestial y lejano que es inimaginable pensarlo derrotado, un dios de ropajes costosos para sus elegidos, de pompas y boatos en inmensos templos...de corazones muy pequeños.

La Iglesia es depositaria de esa verdad evangélica transmitida por los apóstoles y sus sucesores de generación en generación, con el auxilio y el impulso del Espíritu Santo. Aún así, la Buena Noticia tiene una fuerza inconmensurable que siempre vá por delante y no puede ser acotada a nada ni nadie.
En ese Espíritu quizás necesitemos un éxodo interior, aquél que supone no tanto todas las cosas que podamos llegar a hacer, sino todo aquello que la Buena Noticia puede impulsarnos a realizar.

Es difícil de imaginar al Dios de Jesús como un Dios enojado; más allá de cualquier conveniente construcción que nuestras mentes dibujen, el Dios de Jesús es Aquél que aguarda expectante en la ventana el regreso del hijo perdido, y que no puede contenerse y sale corriendo al camino dispuesto al perdón y al abrazo, al banquete del regreso y el encuentro.

Tal vez, como hijas e hijos identificados desde las entrañas por ese Dios que es un Padre que nos ama y una Madre que nos cuida, debamos regresar a los caminos, y abandonar la comodidad de ciertas creencias confortables y selectivas que aguardan a algún que otro invitado en sendos salones parroquiales o sitios eclesiásticos de angostas misericordia e inclusión.

La fuerza nos lleva hacia las encrucijadas, hacia los cruces de caminos, allí mismo en donde es posible encontrar a los leprosos de siempre, a los perdidos, a los que pasan de largo, a los que no saben hacia donde ir, en los bordes de nuestras soberbias ciudades, en la periferia de la vida.

Y será maravilloso descubrir la invitación entregada en mano a cada uno de nosotros, en esos momentos que nos creamos fuera de todo, agobiados por el dolor, golpeados por la soledad y lastimados de desprecio, precisamente allí habrá que vestirse de esperanza porque somos esperados y soñados a perpetuidad para la celebración y la fiesta compartida


WebJCP | Abril 2007