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sábado, 8 de octubre de 2011

Palabra para la Misión: “Dios no fracasa”: ¡quiere a todos en su banquete!


Domingo XXVIII del T. O. / Por EUNTES
Año A – Domingo 9.10.2011

Isaías 25,6-10 / Salmo 22 / Filipenses 4,12-14.19-20
Mateo 22,1-14

Reflexiones

Hoy la invitación es para un banquete de bodas, para una fiesta, para la vida; ¡no solo para trabajar en la viña! De la viña del Señor al banquete de los pueblos: después de tres domingos con el tema de la viña, hoy el mensaje de las lecturas bíblicas está centrado en el banquete de la vida, al que Dios invita a todos los pueblos. Este proyecto del Padre aparece ya en el Primer Testamento, desde la creación, en la que Dios prepara un jardín para sus hijos e hijas. El profeta Isaías (I lectura), con lenguaje apocalíptico proyectado al futuro, habla de un banquete para todos los pueblos: “un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera” (v. 6). ¡Humillación, muerte, lágrimas, esclavitud... serán cosas del pasado! ¿Se trata solo de un sueño, una ilusión? ¡No! Es el proyecto del Padre de la vida, para con todas las naciones (v. 7), que se va realizando gradualmente en el camino hacia el Reino definitivo. Por tanto, es preciso celebrar y gozar con la salvación que viene de Dios (v. 9). Aun en medio de las tribulaciones, junto con Él, que es el Pastor bueno, nada nos falta: Él nos asegura el alimento y el agua, prepara una mesa abundante para todos (Salmo).


El icono del banquete es muy querido y familiar en las acciones y enseñanzas de Jesús. Él sabe ayunar y llevar una vida austera, pero ama también estar con la gente y hacer fiesta. Estrena sus signos en un festín de bodas en Caná; acepta los banquetes ofrecidos por Mateo y Zaqueo, por Simón el leproso y por el amigo Lázaro; luego vienen las multiplicaciones de los panes, la última cena, la mesa de Emaús, el desayuno a orillas del lago; las enseñanzas sobre los asientos a la mesa, el ayuno, la vigilancia de las doncellas para entrar a la fiesta de boda, y otras como la parábola de hoy del banquete de boda por el hijo del rey (Evangelio).


En el icono del banquete (imagen y realidad) sobresale el proyecto del Padre para la vida del mundo. Su invitación no es sólo a trabajar en la viña (ver las parábolas de los domingos anteriores), sino a entrar con gozo en el banquete de boda del Hijo: es decir, ser hijos e hijas en el Hijo, hermanos y hermanas por el bautismo; participar en el banquete de la Eucaristía; tomar parte activa en el proyecto del Reino y llevar esta bella noticia a otros en un compartir misionero. Todo esto, antes de ser un compromiso, es un don, una dignidad, una fiesta. Ser cristianos, discípulos y misioneros del Evangelio es mucho más que una disciplina: es motivo de gozo y de esperanza, es un servicio al Reino, es vida.


La fiesta está preparada (v. 8): el Hijo ha venido, está presente. Este plan salvífico de Dios es para todos los pueblos. Su Reino tiene dimensiones universales, sin restricciones, como se deduce de la parábola: el Padre invita a todos, quiere que la casa se llene con todos sus hijos e hijas, “malos y buenos”, recogidos de todos los caminos del mundo (v. 9-10). Él es sensible al rechazo de los primeros invitados, pero no se desanima. “El plan de Dios no se suspende, la invitación queda en pie, resuena incluso con mayor intensidad por esos extraños personajes que ningún judío hubiera aceptado que accedieran a su mesa purificada y ritualmente perfecta. Es el mundo de los pobres, de los sufridos, marginados dispersos por los caminos del mundo. A la arrogante autosuficiencia de los que se consideraban propietarios de la elección y de la salvación… sucede la nueva comunidad de las Bienaventuranzas” (G. Ravasi). Dios no fracasa: no se desanima ante nuestros rechazos, busca nuevos caminos. (*)


Para formar parte de la comunidad de las Bienaventuranzas, se necesita, sin embargo, el traje de fiesta (v. 12). Una exigencia que parece en contraste con la amplitud y la prisa de esa convocatoria general… Podría tratarse de una parábola de Jesús para un contexto diferente. En todo caso, el mensaje es coherente con la libertad personal y la disponibilidad de cada uno ante la llamada de Dios. Son condiciones imprescindibles: despojarse del hombre viejo, renovar el espíritu y revestirse del Hombre Nuevo (Ef 4,22-24), según la exhortación de Pablo (II lectura). Él está entrenado para todo, “la hartura y el hambre”, ya se fía totalmente de Dios: “todo lo puedo en Aquel que me conforta” (v. 12-13). El traje de fiesta es Cristo, Él es el hombre nuevo: “Revístanse del Señor Jesucristo”, insiste Pablo (Rm 13,14). S. Gregorio Magno comenta: “La caridad es el traje de fiesta, porque nuestro Redentor la revistió cuando vino para unir a sí como esposa a su Iglesia. Es el amor de Dios que movió al Hijo a reunir en torno a sí a los elegidos”. Tenemos aquí un mensaje que ilumina el compromiso de todo cristiano y de cada comunidad, también para este octubre misionero. Somos nosotros los servidores, que el Padre de la Vida envía por los caminos del mundo para anunciar el Evangelio de Jesús, para que todos los miembros de la familia humana se conviertan en comensales en el banquete de la vida nueva, en Cristo.

Palabra del Papa

(*) “Dios no fracasa. O, más exactamente: al inicio Dios fracasa siempre, deja que el hombre actúe con libertad y éste dice continuamente no. Pero la creatividad de Dios, la fuerza creadora de su amor, es más grande que el no humano. A cada no humano se abre una nueva dimensión de su amor, y Él encuentra un camino nuevo, mayor, para realizar su sí al hombre, a su historia y a la creación... A través de la cruz de Cristo Dios se ha acercado a todas las gentes; ha salido de Israel y se ha convertido en el Dios del mundo. Y ahora el cosmos dobla sus rodillas ante Jesucristo, cosa que también nosotros hoy podemos constatar de modo sorprendente: el crucifijo está presente en todos los continentes, hasta en las más humildes chabolas. El Dios que había fracasado, ahora con su amor hace que el hombre doble sus rodillas; así vence al mundo con su amor”.

Benedicto XVI
Homilía a los obispos de Suiza, Roma, 7.11.2006


Siguiendo los pasos de los Misioneros

- 9/10: S. Juan Leonardi (1541-1609), fundador de los Clérigos Regulares de la Madre de Dios. Junto con el prelado español J. B. Vives, fundó en Roma una escuela para futuros misioneros ad gentes, preludio del Colegio de Propaganda Fide (1627).

- 9/10: S. Luis Bertrán (1526-1581), sacerdote dominico español, misionero en Colombia, donde evangelizó a los pueblos indígenas y tomó la defensa de los mismos contra los opresores.

- 10/10: S. Daniel Comboni (1831-1881), primer obispo-Vicario apostólico de África Central; elaboró un Plan para “salvar a África por medio de los africanos” y fundó dos institutos misioneros. Murió en Jartum (Sudán) a la edad de 50 años.

- 11/10: B. Juan XXIII (Angelo Giuseppe Roncalli, 1881-1963), el “papa bueno”, que convocó (1959) e inauguró el Concilio Vaticano II el 11 de octubre de 1962.

- 12/10: Memoria de 4.966 mártires y confesores (+483) durante la persecución de los vándalos del rey arriano Hunerico, en el norte de África.

- 12/10: Fiesta de la Virgen “Aparecida”, patrona de Brasil, imagen particularmente querida por los afrobrasileños.

- 12/10: Recuerdo de Simón Kimbangu (+1951), fundador de la Iglesia independiente kimbanguista, en Congo.

- 15/10: S. Teresa de Jesús (Ávila, 1515-1582), reformadora del Carmelo y fundadora de nuevos monasterios; es doctora de la Iglesia por su profunda experiencia mística del misterio de Dios.


WebJCP | Abril 2007