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MISIONEROS EN CAMINO: XXVII Domingo del T.O. (Mt 21,33-43) - Ciclo A:NADIE ES DUEÑO DE LA IGLESIA
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sábado, 1 de octubre de 2011

XXVII Domingo del T.O. (Mt 21,33-43) - Ciclo A:NADIE ES DUEÑO DE LA IGLESIA


Publicado por Iglesia que Camina

Desde niños todos tenemos esa manía de adueñarnos de todo. Todo lo queremos para nosotros. En los niños se trata de los primeros brotes del egoísmo, pero en los mayores este querer adueñarnos de las cosas es pretender hacerlas nuestras. Unas veces como expresión de nuestro egoísmo, sobre todo como expresión de sentirnos dueños, poseedores, como patronos.

Es el primer sentido de la parábola de hoy, lo dice claramente “”y nos quedamos con la herencia”. Pero el deseo de ser dueños es tan fuerte que no tiene problemas de conciencia en “matar al hijo heredero”.

En la parábola se refleja la mentalidad de las autoridades religiosas de aquel entonces que quieren sentirse dueños de la Ley, del Templo y de la Religiosidad del pueblo.

Este peligro se da en el orden social y político. ¡Cuántos son dueños no de lo suyo sino de lo ajeno! ¡Cuántos se sienten dueños de las riquezas del mundo, matando de hombre al resto!

Esto también se puede dar en la Iglesia. Todos corremos el peligro, sobre todo nosotros los pastores, de sentirnos los dueños de la Iglesia. Algo así como si la Iglesia fuese nuestra. Para ello, disimuladamente, sin posiblemente tomar conciencia de ellos, también necesitamos matar a los demás. En este caso, eliminando la voz del Pueblo de Dios. No decimos que los matamos, pero sí los eliminamos silenciosamente negándoles su voz activa en la Iglesia, no contando con ellos a la hora de las decisiones, no escuchándoles a la hora del discernimiento. Así nosotros somos los únicos que mandamos, los únicos que decimos. Los seglares bautizados pasan al anonimato de los que no cuentan.

La Iglesia no tiene más dueño que Jesús. Sólo el Espíritu Santo es el dueño de la Iglesia. Jesús nos ha hecho a todos Iglesia. El Espíritu Santo habla a todo el Pueblo, por eso mismo todos somos responsables de la Iglesia. Cada uno según nuestro propio carisma y ministerio, pero el ministerio no da en propiedad la Iglesia a nadie porque ministerio y carisma nos hace todos servidores de la Iglesia, comprometidos en hacerla verdadera Iglesia y hacerla cumplir con su misión, que también es la misión de Jesús, no la nuestra. Tampoco somos dueños de la Misión, el único dueño es Jesús.

Si alguien se siente dueño de la Iglesia está, de alguna manera, haciendo un hurto. Se la quitamos de las manos a Jesús para hacerla “Iglesia nuestra”, en vez de “Iglesia de Él”. La Iglesia está hecha de hombres y por hombres, pero le pertenece a Él. No es nuestra. Nadie puede disponer de ella como si fuese su dueño.




ESCUCHANDO A APARECIDA

El Documento de Aparecida en el n.368 nos dice: “La conversión pastoral requiere que las comunidades eclesiales sean comunidades de discípulos misioneros en tono a Jesucristo, Maestro y Pastor. De allí, nace la actitud de apertura, de diálogo y disponibilidad para promover la corresponsabilidad y participación efectiva de todos los fieles en la vida de las comunidades cristianas.”

Discípulos misioneros “en torno a Jesucristo, Maestro y Pastor”. Esa es la fuente de nuestra participación en varias direcciones: Apertura: La Iglesia que no se cierra sobre sí misma o, como dice más adelante, “exige pasar de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera”. Diálogo: diálogo de los pastores con los fieles bautizados y diálogo de los fieles bautizados con sus pastores. No basta que los fieles tengan “audífonos” también necesitan “micrófonos” que hagan sentir su voz, sus inquietudes y las exigencias que el Espíritu despierta en ellas. En la Iglesia, como familia de Dios, no puede existir el “monólogo” sino el “diálogo”. No sólo la escucha sino también el hablar. Corresponsabilidad y participación: Todos responsables de la Iglesia, todos corresponsables de la vida, del rejuvenecerse cada día la Iglesia, y participación en el distintos compromisos. Es la única manera de que todos sintamos la Iglesia como algo que Jesús nos dejó a todos.

No se trata de invadir campos. Uno es el ministerio, otro los carismas. Ambos son servicios en y para “común utilidad”, que dice San Pablo. En la Iglesia cabemos todos. No podemos matar a nadie con el silencio o la indiferencia.





SIEMPRE TENEMOS ALGO QUE DAR

Porque siempre será posible:

Dar una sonrisa al que está serio.
Dar una alegría al que está triste.
Dar una palabra al que está desalentado.
Dar un abrazo al que no se siente amado.
Dar un poco de tiempo al que está solo.
Dar la mano al que está caído.
Dar el perdón al que nos ha fallado.
Dar los buenos días al que encontramos.
Dar gracias al que nos cede el paso.
Dar gracias por la vida de cada día.
Dar esperanza al que la ha perdido.
Dar ilusiones al que está defraudado.
Dar confianza al que está a nuestro lado.
Dar asiento al que va de pie.
Dar acogida al que no tiene a nadie.
Dar un pedazo de nuestro pan al que tiene hambre.
Dar un baso de agua al que tiene sed.
Dar la bienvenida al que nos visita.

Los ricos siempre tienen algo que dar,
los pobres también.

Porque también los pobres pueden sonreír.
Porque también los pobres tienen una palabra amable.

Para el que tiene el corazón abierto, siempre hay algo que dar.
Para el que ama, siempre hay en el fondo de su corazón,
algo que dar y compartir.





PARA CAMBIAR A LOS DEMÁS

Tienes ganas de cambiar al mundo y de cambiar a los demás. ¿Por qué no vives de tal manera que hoy los demás, al verte, sientan tremendas ganas de cambiar?

Para amar a los demás no exijas que cambien, que sean mejores, ámalos y acéptalos como son y verás como ellos mismos comenzarán a ser diferentes, distintos a lo que eran ayer.

Cuando intentes cambiar a los demás, piensa si no estarás tú mismo ocultando tus propios defectos tras el biombo de tu celo y de tu preocupación por ellos. Los defectos personales son lo suficientemente sutiles como para esconderse detrás de una preocupación por hacer mejores a los otros.

Los demás son el mejor espejo donde se ven más claros tus propios defectos. Lo que en ti justificas como virtud, lo ves como fallo en los otros. Míralos y luego date tu propio veredicto.

Cambiar no significa parchar la vida, sino comenzar a vivirla de otra manera. Vivirla como has dejado de vivirla hasta ahora.

Cuando la gracia haya cambiado tu corazón, aprenderás a comprender mejor el corazón de los demás porque entonces los verás como los suele ver el Señor, con ojos de Padre.

Cuando tú hayas cambiado, no será necesario que lo digas. Para quien vive la alegría, no es necesario hablar mucho de ella, la irradia. Cuando te perfumas es posible que tú mismo no percibas tu buen olor, serán los demás quienes te lo hagan saber.
Cuando yo cambio, el mundo ya es un poco menos malo que antes.
Cuando tú y yo cambiamos, el mundo comenzó a ser diferente.





ATRÉVETE A SER TÚ MISMO

"Es asombroso pensar que Dios fabrica las almas una a una, dándole a cada cual una personalidad propiamente suya e intransferible y que, a la vuelta de unos pocos años, el mundo ha conseguido ya uniformar a la mayoría, de modo que parezcamos más una serie de borregos que una comunidad de hermanos, todos diferentes." (J.L.M.Descalzo)

La sociedad trata de pensar por ti. Así, al descerebrarte puede disponer de ti para todos sus intereses. No aceptas que tus padres quieran pensar por ti, pero sí aceptas que otros te impongan sus gustos, su mentalidad, sus valores. ¿En qué quedamos?

Nadie puede vivir por ti, tampoco nadie puede pensar por ti. No serías tú mismo ni tus ideas serían tuyas, sino prestadas. ¿Cuánto te cobran luego por el alquiler de esas ideas? Te cobran tu vulgaridad.

Dios te hizo único. Eres el único original que hay de ti en toda la historia. Cualquier otra copia ya no eres tú mismo. Dios te quiere como original y no como copia. Te ama como original y no como copia.

Atrévete a ser diferente. Atrévete a ser único. Atrévete a ser original. Atrévete a vivir fiel a tu alma. ¿Que eso cuesta? Pero bien vale la pena.

Si quieres ser libre, atrévete a ser diferente. Cuando te haces uno del montón, has perdido tu libertad fundamental. Has conquistado la libertad de ser nadie, pero habrás perdido la libertad de ser tú mismo.

Atrévete a ser diferente. ¿El precio? Un poco caro. El no ser como los demás, se paga con la Cruz. Pregúntaselo a Jesús, pregúntale por qué lo crucificaron.


WebJCP | Abril 2007