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MISIONEROS EN CAMINO: XXIV Domingo del T.O. (Mt Mt 18,21-35) - Ciclo A: Reglamentos
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domingo, 11 de septiembre de 2011

XXIV Domingo del T.O. (Mt Mt 18,21-35) - Ciclo A: Reglamentos


Publicado por De Todos los Días

Más de uno miraba al Maestro con ojos de simpatía, pero hasta allí, nada más.
En el mejor de los casos, se trataba de un soñador fantástico que, sin embargo, poco tenía que ver con la realidad y con las complejidades humanas.
Hay demasiados conflictos y problemas que exigen normas claras y precisas, códigos de conducta que regulen y morigeren las consecuencias de envidias, egoísmos, resquemores y conflictos de menor o mayor grado.

Por ello mismo Pedro interpela a Jesús con extrema razonabilidad: sabe que su Maestro ha inaugurado un tiempo nuevo, y que deben comportarse ellos también de manera novedosa. Presume que hay que superar la ley de la venganza -Talión- y las posibilidades de perdonar al otro, y dá un paso más: con patente generosidad, él mismo le sugiere que puede esforzarse hasta siete veces en el ejercicio de la reconciliación.

Hay dos vertientes aquí: Pedro necesita que se le especifique un canon de convivencia en el que no haya lugar a dudas ni zonas grises. En su alma las cosas están cuantificadas de tal modo que actuará con humana justicia entre iguales: es claro que cuando pregunta, tácitamente no incluye al extranjero, al ajeno al pueblo elegido, al distinto.
Y más aún: aún cuando tiene sed de verdad -que expresa en esa pregunta crucial-, también pretende adelantarse en la interpretación de la voluntad de Dios, imponiendo sus moldes y razones teñidos de temporalidad a las cosas eternas.

Nosotros no somos demasiado distintos.
Nos aferramos fervorosamente a casuísticas y normativas que delimiten y regulen nuestra relación con Dios y con el otro... siempre y cuando ese otro sea par, esté vinculado por pertenencia común religiosa, nacional, cultural o de género. No hay lugar para el distinto, para el extranjero, para el extraño.
Estamos presos de los reglamentos porque somos esclavos del menor o mayor poder que podamos ejercer sobre el otro, y porque todo tiene su precio.
Cuando eso sucede, la gratuidad se vuelve algo imposible e impensado y allí, justamente allí, está la raíz de toda des-gracia.

Frente a todo cálculo mezquino, Jesús nos revela el rostro de Abbá Padre suyo y nuestro que no anda tabulando los yerros, tropiezos y miserias de sus criaturas.

Ante todo, es un Padre y más aún, una Madre que no quiere hijas e hijos lastimados, heridos de rencor y violencia. Ninguno debe perderse, y es capaz de morirse en la cruz, Dios que se des-vive para que nadie más se muera.

Quizás entonces la Iglesia sea una familia de mujeres y hombres que se han descubierto rescatados de todo dolor, sanados en perdón y misericordia que se animan desde el coraje y la humildad a anunciar la desmesura de un mundo que es posible recrear desde la cruz, el amor mayor que ofrece la resurrección, incondicional y gratuita, vida plena para todos.


WebJCP | Abril 2007