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MISIONEROS EN CAMINO: Materiales litúrgicos y Catequéticos: XXI Domingo del T.O. (Mt 16, 13- 20) - Ciclo A
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jueves, 18 de agosto de 2011

Materiales litúrgicos y Catequéticos: XXI Domingo del T.O. (Mt 16, 13- 20) - Ciclo A


Por Juan Jauregui

Monición de entrada

(A)
El Evangelio de hoy nos habla de una doble pregunta de Jesús: ¿Quién dice la gente que soy yo?
¿Quién decís vosotros que soy yo? .
La pregunta sigue abierta desde que el mismo Jesús la dirigió a sus discípulos.
Durante veinte siglos la gente ha ido contestando a esta pregunta en un amplio abanico de respuestas.
De Jesús se ha dicho de todo: se le ha llamado blasfemo, infame e impostor; pero también se le ha llamado el Santo, el Más Grande, Super-Estrella, etc. . .
También se ha respondido con actuaciones concretas, con la vida. En su nombre se han realizado las más disparatadas y extrañas acciones. En su nombre se ha ejecutado al hereje, o se ha dado la vida por el prójimo.
Hoy nos importa a nosotros, responder a la segunda pregunta: ¿Quién decís vosotros que soy yo? ¿Quién es Jesús, para nosotros?
En esta Celebración vamos a ir descubriendo quién es Jesús para nosotros, y cómo podemos llevar esa respuesta a la vida de cada día.



(B)



Para aprender necesitamos maestros, para vivir necesitamos modelos de vida, personas cuya vida convence y cuyos ejemplos arrastran, alguien que nos sirva de guía en nuestro caminar por los caminos de la vida. El modelo universal es el hombre perfecto, Jesús de Nazaret, el Mesías. Para los judíos el Mesías era el modelo único y universal. Jesús fue declarado maestro universal de todos los hombres.

En el credo hacemos profesión de fe en Jesucristo y en su Iglesia. Cuando nos parece que los dirigentes de la Iglesia se equivocan y que la barca de la Iglesia hace agua, es conveniente recordar la promesa de Jesús en la persona de Pedro para superar las crisis de fe y mirar esperanzados al futuro.



(C)



Este domingo, de casi final del mes de agosto, nos vamos a encontrar con una pregunta muy comprometida hecha por Jesús a cada uno de nosotros: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?. No es fácil contestar a esta pregunta pero es necesario hacérnosla.

Que la Eucaristía nos ayude a descubrir la imagen que tenemos de este Jesús que nos interroga.



Pedimos perdón



(A)



Es el momento del perdón. Vamos a comenzar la celebración, recordando que Jesús es Dios y, por eso, puede perdonar nuestros pecados.



* Muchas veces pensamos que somos los dueños del mundo y de la vida, por poseer cargos o títulos, y nos olvidamos de Jesús. Por eso: Señor, ten piedad.

* Muchas veces nos creemos dioses, y nos atrevemos, incluso a pedir cuentas a Dios de la marcha del mundo, si no nos agrada como va. Por eso: Cristo, ten piedad.

* Muchas veces despreciamos a los que viven y trabajan junto a nosotros, sin darnos cuenta de que, también ellos, son hijos de Dios. Por eso: Señor, ten piedad.



(B)



- Señor Jesús, tú eres el Mesías que nos revela y pone en contacto con el Padre. ¡Señor, ten piedad!

- Tus palabras son camino, verdad y vida. ¡Cristo, ten piedad!

- En tu Iglesia sentimos seguridad porque tú estás en ella. ¡Señor, ten piedad!



(C)



Delante de Dios Padre, grande en generosidad, reconocemos nuestras limitaciones y le pedimos su gracia y perdón:



- Señor Jesús, tú eres el Mesías que nos revela y pone en contacto con el Padre. ¡Señor, ten piedad!

- Tus palabras son camino, verdad y vida. ¡Cristo, ten piedad!

- En tu Iglesia sentimos seguridad porque tú estás en ella. ¡Señor, ten piedad!





Escuchamos la Palabra



Monición a las lecturas



En la medida en que vamos comprendiendo a Dios, seguramente se acrecienta nuestra admiración. Pero a Dios le importa menos que le aplaudamos y más que seamos testigos. Escucharemos en el Evangelio esa pregunta directa: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Podríamos recoger hermosas respuestas de la boca y de los escritos de los santos. Pero lo que interesa hoy es que cada uno de nosotros aporte su propia respuesta.



Lectura del profeta Isaías



Así dice el Señor a Sobna, mayordomo de palacio: Te echaré de tu puesto, te destituiré de tu cargo. Aquel día llamaré a mi siervo, a Eliacín, hijo de Elcías:
le vestiré tu túnica, le ceñiré tu banda, le daré tus poderes;
será padre para los habitantes de Jerusalén, para el pueblo de Judá.
Colgaré de su hombro la llave del palacio de David; lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá.
Lo hincaré como un clavo en sitio firme, dará un trono glorioso a la casa paterna.



Palabra de Dios



SALMO RESPONSORIAL

R/ Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.



+ Lectura del santo Evangelio según San Mateo



En aquel tiempo llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo y preguntaba a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?. Ellos contestaron: "Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas." El les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.» Jesús le respondió: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo» Ahora te digo yo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del Infierno no la derrotará. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.» Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.



Palabra del Señor





Evangelio Dialogado (Niños)



Narrador: En cierta ocasión, Jesús preguntó a sus discípulos:

Jesús: ¿Qué dice la gente de mí? ¿Quién dicen que soy?

Narrador: Ellos le dijeron cómo unos decían que El era Juan el Bautista; otros, que era el profeta Elías; algunos que era el profeta Jeremías...

Después de escuchar lo que decían de El, Jesús les preguntó a ellos:

Jesús: Bueno, y vosotros ¿quién decís que soy Yo?

Narrador: Entonces Pedro le dijo:

Pedro: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios.

Narrador: Al oír la respuesta de Pedro, Jesús le dijo:

Jesús: ¡Dichoso Pedro! Pues, tú sabes que soy el Mesías, el

Hijo de Dios, porque mi Padre del cielo te lo ha dado a conocer.

Por eso, ahora te digo que Tú eres Pedro, tú eres la piedra sobre la que construiré mi Iglesia y las fuerzas del mal no podrán contra ella.



Palabra del Señor.



Homilías



(A)



Un domingo, un hombre de negocios fue a misa y al final felicitó al párroco por su sermón, pero a su felicitación añadió la siguiente crítica constructiva:

Si usted trabajara para mí tendría que tener una conversación con usted.

Su voz captó mi atención. Su entusiasmo despertó mi interés. Lo que dijo era necesario decirlo. Y ahí terminó todo. No me pidió que hiciera algo, no me pidió nada a cambio.

En los negocios, si usted quiere triunfar, tiene que conseguir que la gente firme en la línea al final de la página, si no pronto estará fuera de los negocios.

Hoy, no yo, sino el mismo Jesús le pide una firma o mejor una confesión y una respuesta para asegurar no los negocios, sino el único negocio importante: la salvación.

Jesús siempre pide una firma, una adhesión, un seguimiento, un cambio a los suyos para no quedarse al margen del gran negocio.

Ve y no peques más.

Ve, vende todo y sígueme.

Tu fe te ha salvado.

Tú eres Pedro…

Hoy estarás conmigo en el paraíso.

Hoy, en este texto de Mateo 16, Jesús hizo dos preguntas a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que soy yo? ¿Quién decís vosotros que soy yo?

En la vida de cada día decimos que hay preguntas y preguntas:

Preguntas rutinarias: ¿qué tal día hace hoy?

Preguntas maliciosas: ¿es verdad aquello que me dijeron de ti?

Preguntas sin importancia: ¿le gusta el fútbol?

Preguntas molestas…

Y preguntas importantes: ¿Y después de la muerte? ¿De qué te sirve ganarlo todo si pierdes tu alma? ¿Para qué sirve la fe?...

Las respuestas a ciertas preguntas se aprenden en la vida, la familia, en la escuela… y hay respuestas que sólo Dios nos enseña.

“Bienaventurado eres Pedro porque eso no te lo ha revelado nadie de la carne y hueso sino mi Padre del cielo”.

Y hay respuestas que sólo yo puedo dar.

No sirve yo opino como el otro, yo digo lo mismo que dice la Biblia, … dice el párroco, …dice la iglesia…

Llega un momento en la vida en que nuestra respuesta tiene que ser personal, tiene que salir del corazón y brotar del amor.

Hoy, Jesús te pregunta a ti:

¿Y para ti, quién soy yo?

Fácil, ¿verdad?

Jesús, tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el Señor, el Salvador, la vida, el camino, la verdad… Hasta un loro amaestrado podría repetir esa letanía de títulos.

Nada fácil porque la verdad de nuestra respuesta se verifica en la vida y no en las palabras...

La policía emplea el detector de mentiras para saber si decimos la verdad.

Dios tiene también su detector de mentiras y nosotros también.

Responder a Jesús es responder también a la pregunta ¿quién soy yo? ¿Qué es mi vida?

Responder a Jesús es recibir, como Pedro, una misión, unas llaves, una gracia, un poder.

Al final de la invitación de Jesús hay una línea para firmar. No la deje en blanco.





(B)



Al leer el evangelio de este domingo tenemos conciencia de que en el camino de Cesarea de Filipo ocurrieron cosas muy importantes. Por entonces, el rechazo del viejo Israel contra Jesús ya estaba aflorando con fuerza. Parece que Jesús quiere medir las aproximaciones a la fe que se dan en Israel. Pregunta: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» Las gentes de Israel decían muchas cosas de Jesús.

Las más favorables le comparan con Juan Bautista, o con Elías, o con Jeremías, o con alguno de los grandes profetas. Es decir, que Jesús no era aceptado ni creído como el Mesías, sino como un profeta más de los muchos que habían pasado por la historia de Israel. Para el pueblo judío, nada importante ni decisivo había ocurrido con la llegada de Jesús. Esa fe no era suficiente. Desde esa fe, Israel ya no es el Pueblo de Dios. Parece que Jesús ya está poniendo en marcha otro nuevo Pueblo de Dios que cree en él. Y, para comprobarlo explícitamente, pregunta a los suyos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Jesús quería oír una confesión de fe auténtica de labios de sus amigos. Entonces Pedro dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

A nosotros ahora esta contestación nos parece de escuela y muy fácil, pero no era tan fácil en aquellos momentos. A pesar de estas evidencias, parece que los discípulos tardaron su tiempo en creer de verdad que Jesús era «el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Incluso se dice que esa fe tan rotunda y tan segura sólo la vivieron los discípulos después de la resurrección. Antes de esto encontramos frecuentes confesiones de fe en Jesús, pero también aparecen cambios de opinión. Es que su fe no era muy fuerte. Yo creo que, cuando los discípulos vieran a Jesús hacer algún milagro, dirían asombrados: es el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Pero cuando lo vieran cansado y abatido o sufriendo desprecios y humillaciones, pensarían: es sólo un hombre bueno.

En el camino hacia Cesarea es Pedro el que proclama la fe verdadera en Jesús, y Jesús le dirige palabras muy bonitas: «Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque eso no te lo ha revelado ningún mortal, sino mi Padre que está en los cielos». Como si quisiera decirnos que Dios Padre, con su gracia, ya estaba preparando un nuevo pueblo que profesa la fe verdadera. Esa fe verdadera es un don de Dios, un regalo; no es un descubrimiento humano ni una conclusión nuestra. Y añade Jesús: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del abismo no la hará perecer. Te daré las llaves del Reino de los cielos...»

Sobre esa piedra, cimiento de la comunidad cristiana, Jesús levantó su Iglesia como nuevo pueblo de Dios. Y en la Iglesia de Dios, Pedro no es ningún superhombre ni un ángel. Es un creyente, sujeto a errores y pecados. Ahora hay gente que trata de decirnos que el Papa lo hace todo bien, que no se equivoca nunca, que es Jesucristo en la tierra. Todo esto es una evidente exageración piadosa. Pedro, la primera piedra de nuestra Iglesia, hizo cosas mal, alguna tan notable como negar a su Señor. San Pablo, en alguna ocasión, también tuvo que reprocharle su conducta. Pero sobre ese hombre Jesús quiso fundar su Iglesia. No tenemos del Señor la garantía de que la Iglesia todo lo hace bien. Sabemos que hay demasiadas chapuzas pastorales, pero esa Iglesia que Jesús fundó sobre hombres con errores y pecados nunca será derrotada por los poderes infernales, porque caminamos bajo la mirada cariñosa de nuestro Señor, que nunca nos abandona. Así lo atestiguan la historia y los avatares de nuestras viejas parroquias.



(C)



Para crecer en fe no basta leer libros sobre temas religiosos ni escuchar las palabras y discursos que pronuncian otros creyentes, aunque éstos sean eclesiásticos de prestigio.

Lo importante es saber escuchar como Pedro lo que nos revela interiormente no alguien de carne y hueso, sino el Padre que está en el cielo y en el fondo de nosotros mismos.

Escuchar a Dios siempre es un don, algo que se nos regala gratuitamente pero, al mismo tiempo, es algo que ha de ser recibido y preparado por nosotros.

A nosotros se nos pide remover los obstáculos que nos impiden estar atentos y en silencio. Descender al fondo de nosotros y de la vida. Superar la dispersión y la superficialidad. Y luego, dejar que en nuestro interior "acontezca algo".

Pero, ¿es esto posible alimentados exclusivamente por el periódico, la radio o la televisión que apenas nos permiten escuchar en nosotros otra voz que no sea el ruido del acontecer diario?

¿Es esto posible cuando vivimos ocupados por esa actividad tan absorbente, el medio más eficaz, en realidad, para olvidarnos de quiénes somos, qué buscamos y hacia dónde caminamos?

Cada vez son más las cosas que hemos de hacer y los compromisos que hemos de atender. Tal vez nos programamos inconscientemente así con la oculta intención de carecer de tiempo para detenernos.

Vivimos guiados por una consigna realmente peligrosa: "Date prisa", lo que, en el fondo, viene a decir "no pienses", "no escuches", "vive aturdido", "huye fuera de ti mismo".

Consciente de esta vida nuestra tan agitada y atropellada, me atrevo, sin embargo, a recoger aquí la invitación tan conocida de S. Anselmo en su Proslogion porque la considero de total actualidad.

Alguno leerá estas frases apresuradamente y tendrá la impresión de que las ha entendido porque ha entendido la conexión entre unas palabras y otras.

Sin embargo, sólo las entenderá quien lea en ellas una invitación a vivir en su propia experiencia lo que esas palabras sugieren.

"Ea, hombrecillo, deja un momento tus ocupaciones habituales; entra un instante en ti mismo, lejos del tumulto de tus pensamientos. Arroja fuera de ti las preocupaciones agobiantes; aparta de ti tus inquietudes trabajosas.

Dedícate algún rato a Dios y descansa siquiera un momento en su presencia. Entra en el aposento de tu alma; excluye todo, excepto Dios y lo que pueda ayudarte para buscarle; y así, cerradas todas las puertas, ve en pos de El. Di a Dios: Busco tu rostro; Señor, anhelo ver tu rostro".



(D)



No es fácil intentar responder con sinceridad a la pregunta de Jesús: «¿quién decís que soy yo?».

En realidad, ¿ quién es Jesús para nosotros? Su persona nos llega a través de veinte siglos de imágenes, fórmulas, ideologizaciones, experiencias, interpretaciones culturales... que van desvelando y velando al mismo tiempo su riqueza insondable.

Pero, además, cada uno de nosotros vamos revistiendo a Jesús de lo que nosotros somos. Y proyectamos en él nuestros deseos, aspiraciones, intereses y limitaciones. Y casi sin darnos cuenta, lo empequeñecemos y desfiguramos incluso cuando tratamos de exaltarlo.

Pero Jesús sigue vivo. Los cristianos no lo hemos podido disecar con nuestra mediocridad. No permite que lo disfracemos. No se deja etiquetar ni reducir a unos ritos, unas fórmulas, unas costumbres.

Jesús siempre desconcierta a quien se acerca a él con una postura abierta y sincera. Siempre es distinto de lo que esperábamos. Siempre abre nuevas brechas en nuestra vida, rompe nuestros esquemas y nos empuja a una vida nueva.

Cuanto más se le conoce, más sabe uno que todavía está empezando a descubrirlo. Seguir a Jesús es avanzar siempre, no establecerse nunca, crear, construir, crecer.

Jesús es peligroso. Percibimos en él una entrega a los hombres

que desenmascara todo nuestro egoísmo. Una pasión por la justicia que sacude todas nuestras seguridades, privilegios y comodidad. Una ternura y una búsqueda de reconciliación y perdón que deja al descubierto nuestra mezquindad. Una libertad que rasga nuestras mil esclavitudes y servidumbres.

Y sobre todo, intuimos en él un misterio de apertura, cercanía y proximidad a Dios que nos atrae y nos invita a abrir nuestra existencia al Padre.

A Jesús lo iremos conociendo en la medida en que nos entreguemos a él. Sólo hay un camino para ahondar en su misterio: seguirle.

Seguir humildemente sus pasos, abrirnos con él al Padre, actualizar sus gestos de amor y ternura, mirar la vida con sus ojos, compartir su destino doloroso, esperar su resurrección.

Y sin duda, saber orar muchas veces desde el fondo de nuestro corazón: «Creo, Señor, ayuda mi incredulidad».



Oración de los fieles



(A)



Nos sentimos necesitados, mediocres, por ello acudimos y pedimos a Dios Padre que atienda nuestra oración, diciendo: ¡Escúchanos, Señor!

‑ Para que la Iglesia, por su estilo evangelizador, ayude a las personas a descubrir a Dios en medio de la vida. Oremos.

‑ Para que la entrega de los cristianos empuje y ayude al entendimiento y al perdón entre las personas y los pueblos. Oremos.

‑ Para que sepamos vivir la novedad el Reino de Jesús, sin quedarnos anclados en el pasado. Oremos.

‑ Para que nuestra comunidad parroquial aprenda a valorar y respetar a todas las personas como a hermanos, como hijos queridos de Dios. Oremos.

- Para que quienes nos confesamos cristianos pongamos a Jesús en el centro de nuestra vida, abandonando a falsos mesías que prometen mucho y no cumplen nada. Oremos.

Te lo pedimos, Padre, por JNS.



(B)

Creemos que Jesús es Dios y que todos somos su familia. Vamos a pedir, ahora, por todos: por las necesidades más urgentes de nuestra sociedad y de nuestro grupo.



1 - Por la Iglesia y sus Pastores, para que prediquen a Jesús, tal como es, y no, según su conveniencia o la nuestra: Roguemos al Señor.

2 - Por los pueblos del mundo, para que vayan construyendo su futuro, de cara a una fraternidad universal y sin egoísmos: Roguemos al Señor.

3 - Para que no se abuse de la figura de Jesús, avalando con su nombre asociaciones, grupos, ideologías, o caprichos humanos: Roguemos al Señor.

4 - Para que nosotros, que nos llamamos cristianos, tengamos

el coraje de reconocer a Jesús y llevar su ejemplo al mundo, a la vida de cada día: Roguemos al Señor.



Todo esto, y otras cosas que a cada uno de nosotros nos vienen a la memoria, te las pedimos por Jesucristo Nuestro Señor.

Amén.



(C)

Siempre somos escuchados por Dios cuando acudimos a Él con limpieza de corazón. Esto nos llena de alegría y de confianza para dirigirle ahora nuestra oración.



Todos: Escucha, Señor, nuestra oración



Mira, Señor, nuestra Iglesia y haz que la fuerza del Evangelio rompa nuestras seguridades humanas y nos haga testigos creíbles allí donde es más necesario. OREMOS...

Mira, Señor, nuestra vida cristiana, demasiado aferrada a cultos sin compromiso y a prácticas sin esfuerzo, y haz que el mensaje de la conversión esté siempre presente. OREMOS...

Mira, Señor, nuestro mundo basado en el propio interés y en el poder y ayúdanos a practicar la solidaridad y la entrega. OREMOS...

Mira, Señor, nuestra comunidad (parroquial) y haznos capaces de trabajar unidos con grupos y personas que busquen el bien y la paz. OREMOS...



Acoge, Señor, cuantas oraciones te hemos dirigido y también las que guardamos en el corazón. Por JNS...



Ofrendas



PRESENTACIÓN DE UN CAYADO O UN BASTÓN

Señor, te ofrezco este bastón. Es el símbolo de la autoridad. Con él te quiero ofrecer mi disponibilidad de servicio, porque, como discípulo del Buen Pastor, sé que la única autoridad existente en tu familia es la del servicio. Dame fuerzas para crecer en mi capacidad de entrega. En nombre del resto de la comunidad, te ofrezco también su disponibilidad de servicio, pues bien sabemos que somos pastores unos de otros; trenza entre todos nosotros esa red del amor y la caridad.

PRESENTACIÓN DE UN RACIMO DE UVAS

(Hace esta ofrenda un padre, al que acompaña toda la familia)

Señor, yo te ofrezco hoy este racimo de uvas, que bien puede simbolizar nuestra familia y todas las familias de la tierra. Y es que un débil tronco común soporta las uvas individuales y diferentes, como en nuestra familia vivimos personas distintas, con roles distintos, pero en orden a la construcción de la unidad. Señor, al ofrecerte hoy nuestro deseo, danos Tú tu gracia para poderlo hacer realidad.

PRESENTACIÓN DE UNA PIEDRA

Señor, por mi trabajo sé bien lo que te traigo y para lo que sirve. Es una piedra, y la usamos para construir con solidez. Como ella, tu Hijo Jesucristo es clave para nuestra comunidad y para la Iglesia. Gracias a Él se sostiene todo el edificio y en él encuentra su sentido.
Al hacerte hoy esta ofrenda, quiero, en nombre de toda la comunidad, ofrecerte nuestro edificio espiritual, el Cuerpo de tu Hijo que se «encarna» en nuestra parroquia (comunidad). Y con ella, va nuestro compromiso de ser testigos de tu Hijo resucitado en medio de este mundo. Nuestra experiencia de unidad entre nosotros y de servicio al mundo quiere ser nuestro ofrecimiento.

Prefacio...



Te damos gracias, Señor,

porque Tú, no haces alarde de poder y majestad.

A pesar de nuestros deseos de grandeza,

y de nuestros sueños de poderío,

Tú, te haces sencillo en tu Hijo Jesús,

que vino a vivir entre nosotros.

Te damos las gracias,

porque te hiciste como el pan:

sencillo y sin apariencia, pero nutritivo e indispensable.

Así podemos reconocerte en el mundo,

en todas las personas de buena voluntad.

Ahora nos unimos a los ángeles

a los santos, y a las personas de buen corazón,

para entonar un himno de alabanza diciendo:



Santo, Santo, Santo...





Padrenuestro



¿Quién decís que soy yo? : Decimos que Dios es Tu Padre y nuestro Padre. Jesús es nuestro hermano mayor que nos enseña el camino de la verdad. Por eso nos unimos todos para rezar diciendo: Padre Nuestro ...



Nos damos la paz



Señor, Tú nos dijiste: "Mi paz os dejo, mi paz os doy". Nosotros, en cambio, hacemos la guerra y queremos conseguir las cosas por la fuerza. Pero al menos, ahora, queremos hacer las paces y reconocer que Tú tienes razón: "En paz se vive mucho mejor".

- Que la Paz de Jesús esté con todos nosotros

- Y como amigos y hermanos, nos damos la Paz....



Compartimos el pan



Hemos hecho las paces. Podemos acercarnos juntos a comer el Cuerpo de Cristo, la Fuerza y el alimento para nuestras vidas de

cristianos. El quiere vernos alrededor de su Mesa y por eso nos invita.

- Dichosos nosotros por haber sido invitados a su Mesa.

- Señor, no soy digno de que entres en mi casa ...



Oración



¿Quién decimos que eres, Señor?



Decimos que eres Dios,

pero seguimos a otros dioses:

el poder, el prestigio, la eficacia, el dinero,

la salud, la casa, las cosas, el ocio...

Decimos que eres Padre,

pero vivimos como huérfanos:

tristes, desorientados, agobiados, cansados,

indiferentes al otro, como si no fuera hermano.

Decimos que eres el Camino,

pero seguimos otras rutas,

no encontramos tiempo para Ti,

no reflexionamos, no hablamos contigo, ni te disfrutamos.

Decimos que eres la Verdad, pero nos engañamos:

nos creemos todas las mentiras que nos ofrecen.

Decimos que eres la Vida,

pero vivimos de forma rutinaria:

arrastramos la vida sin entusiasmo ni plenitud.

Decimos que eres Todo,

pero no se nota en nuestro comportamiento:

no vivimos como personas habitadas por Ti.

Llénanos de tu Vida en abundancia,

ocúpate de que nuestra vida recupere su sentido y tu Amor.



Bendición



Dar testimonio de fe hoy y aquí. He aquí el reto que tenemos delante. Ha sido el mismo Jesús el que nos ha preguntado: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”… No se trata de un mero trámite, sino de poner a prueba nuestras convicciones más profundas… La pregunta es pública y pública ha de ser también nuestra respuesta. Es la hora de asumir el reto…

Para ello que la bendición de Dios Todopoderoso Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre vosotros. Amén.


WebJCP | Abril 2007