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sábado, 9 de julio de 2011

LA HOMILÍA MÁS JOVEN: FECUNDIDAD Y GERMINACIÓN

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Por Pedrojosé Ynaraja

1.- El corto texto de la primera lectura de hoy, del profeta Isaías, es precioso. Comparar la Palabra de Dios con el agua es genial. Todos sabemos lo que cambia un paisaje después de una lluvia primaveral. Lo que parecía un erial se convierte en un precioso jardín. El agua no cae en vano. El trigo crece rápidamente y luce presumido su espiga. La plantita anónima asoma su flor y descubrimos que a nuestro lado ha brotado una pequeñita y enigmática orquídea, o una delicada genciana, o una sencilla chivirita. Descubrir que en la oquedad de una roca en una montaña de una cierta altura, se asoma un edelweiss, es una magnífica sorpresa. Pero, vuelvo a repetir, que tanto ver estas flores en el precioso Pirineo, como la contemplación de los campos de cereales en la coqueta Plana de Vic, o en la inmensa meseta castellana pasearse por prados de las pequeñas margaritas que brotan a montones, son espectáculos que vosotros, mis queridos jóvenes lectores, que tal vez vivís en una gran ciudad, desconoceréis sin duda, pero podéis imaginar. (Gracias a Dios, los ejemplos que os he puesto, han sido de experiencias vividas, he disfrutado mucho contemplando esas flores, cuando escribía, no era imaginaria literatura) Cuando Dios habla al mundo, cuando susurra al corazón de un hombre y le sugiriere bellos proyectos, cambia radicalmente su entorno.

2.- La mayoría de nosotros, nacemos viendo llover frecuentemente y asistimos al fenómeno con indiferencia. Abrimos el paraguas o nos ponemos un impermeable ya que nos sentimos incómodos y no queremos mojarnos. Pero ¿os imagináis lo que pasaría en nuestro planeta si se secara su corteza y desaparecieran las nubes? ¿Qué pensaríamos de un país que impidiese la lluvia y desviase de su territorio el paso de los ríos? Por mucho petróleo que hubiese en sus entrañas u oro en los resquicios de sus rocas, la nación se arruinaría.

3.- Si estamos convencidos de lo que he recordado y nos trasportamos al nivel espiritual, llamando al agua Palabra de Dios, las atroces consecuencias que ocurrirían serían severas desgracias espirituales. Aquí no es preciso imaginar, ni salir de nuestro barrio, ni analizar con detenimiento. Basta abrir los ojos, leer o escuchar las noticias de los medios, para notar la falta de felicidad, la ausencia de horizontes, de ensueños e ilusiones. Se pueden cambiar los planes de estudio. Se pueden multiplicar las salas de espectáculos. Se pueden propagar canciones o ingeniar nuevos juegos informáticos. Si hay ausencia de visión trascendente, de esperanza, de generosidad altruista, se multiplicarán los suicidios, abundarán las drogas, al perder relieve la ética, los delitos proliferarán a sus anchas.

4.- No me pongo trágico, simplemente observo. Observo mi entorno, el de un país en decadencia espiritual, carente de escala de valores, entregado a la sinrazón de llenar el tiempo de satisfacciones muy limitadas, aunque estén apretando los ratos libres, desconociendo la necesidad de una moral que modere las costumbres. Debo advertiros, por si lo ignoráis, mis queridos jóvenes lectores, que no en todos los sitios ocurre así. No todas las comunidades se privan de la Fe, ignoran la oración, son generosas sus costumbres. Pero no se habla de ellas. (Recientemente se me ha concedido la gracia de compartir con una comunidad de cartujos y, al día siguiente, pasar un buen rato con una femenina de misioneras. El ambiente de ambas era muy otro al que se respira por nuestras calles). Los valores públicos, las preocupaciones de los que dominan son que aumente el producto interior bruto, fomentando el consumo, la exportación, aunque se trate de materiales que a quien van a parar no tenga ninguna necesidad de ello. La cosa es prosperar económicamente, pese a que reine la angustia. No soy capaz de analizar el fenómeno reciente llamado de los “indignados”, no tengo suficientes datos para juzgarlo, pero intuyo que es una manifestación de lo que os estoy hablando.

5.- La parábola del Señor que incluye el texto del evangelio de este domingo, es muy bella y expresiva para los que han visto sembrar a mano. Sacaban de la bolsa que pendía de su cintura un puñado de cereal y lo esparcían con acierto. Caía exactamente donde el labrador quería, excepto cuando caminaba por los bordes del campo. En esta ocasión ocurría el supuesto de la narración. Pese a que hoy la maquinaria agrícola impida que la semilla se desvíe, podréis fácilmente comprender sus enseñanzas. Es coherente preguntarse ¿La Palabra de Dios, cuando viene a mí, cómo me encuentra? ¿Soy receptivo y dócil? ¿Mi vida da fruto o pierdo el tiempo inútilmente?

Me viene a la mente las famosas palabras de Lope de Vega que os copio:



¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?

¿Qué interés se te sigue,

Jesús mío que a mi puerta,

cubierto de rocío,

pasas las noches del invierno escuras?

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras, pues no te abrí!

¡Qué estraño desvarío

si de mi ingratitud el yelo frío

secó las llagas de tus plantas puras!

Cuántas veces el ángel me decía:

¡Alma, asómate agora a la ventana,

verás con cuánto amor llamar porfía!

¡Y cuántas, hermosura soberana:

Mañana le abriremos --respondía--,

para lo mismo responder mañana!



No me alargo. De la parábola podríamos sacar más consecuencias.


WebJCP | Abril 2007