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domingo, 29 de mayo de 2011

Palabra de Misión: Como hermanos es más fácil seguir amando / Sexto Domingo de Pascua – Ciclo A – Jn. 14, 15-21 / 29.05.11



El amor y el cumplimiento de los mandamientos enmarcan esta perícopa que propone la liturgia en el tiempo pascual. Se comienza con la mención del amor a Jesús y la relación de este amor con los mandamientos cumplidos, y se culmina de la misma manera. Inclusive, la frase inicial y la final están escritas como en un espejo. Si amo a Jesús, cumplo sus mandamientos; si cumplo los mandamientos, entonces es que amo a Jesús. Dos maneras de relacionar lo que la tradición ha entendido como realidades separadas. El amor y los mandamientos. Jesús unifica poniendo fin, desde su Palabra, a un problema teológico. ¿El Dios misericordioso es el mismo Dios justo? ¿Puede haber justicia en Dios, al mismo tiempo que misericordia? ¿Acaso el amor no va en detrimento de la implementación de los mandamientos y su cumplimiento? Jesús asume que su Padre ama y es justo, y que las dos realidades, tan intrínsecas a Él, no pueden entenderse por separado. El Dios de la justicia es el Dios de la misericordia. Porque ama es justo; porque es justo ama. El cumplimiento de los mandamientos tiene varios niveles, y el más alto nivel, el de mayor calidad, es el cumplimiento en el amor. En un primer nivel, los mandamientos son rechazados, entendidos como normas sin sentido, olvidados. En un segundo nivel, los mandamientos son asumidos como normas que deben cumplirse, sí o sí, por un sentido de deber; no se las cuestiona, se las acata. En un tercer nivel, los mandamientos se ven como una necesidad social; sin mandamientos las sociedades se derrumban, colapsan por su propio peso. En un último nivel, los mandamientos son caminos de amor, y necesitan de una pedagogía que los acompañe para entenderlos con libertad. Queda atrás el cumplimiento por obligación, queda atrás el peso de las normas, queda atrás el acatamiento desinteresado. La vida de Jesús demuestra un proceso en el que intenta mostrar a sus discípulos como vivir libremente, y sobre todo, libres frente a los mandamientos religiosos. Llama la atención que en uno de sus discursos finales presente la temática del cumplimiento de los mandamientos, pero no es tan raro si se entiende ese cumplimiento desde la perspectiva de la liberación. Cumplir los mandamientos es amar. Cuando se ama, el resto es añadidura. La libertad frente a las normas sólo puede provenir de aquellos que se sitúan en el amor. Amando, los mandamientos son secundarios, porque son caminos al amor, no el amor mismo.

En medio de este cumplimiento aparece el Espíritu de la Verdad. Quien ama, recibe el Espíritu Santo. Algunos estudiosos del Evangelio según Juan postulan que el autor unificó dos tradiciones vigentes en su época sobre el Espíritu Santo y sobre un tal Paráclito. Podría ser que, en un principio, la predicación diferenciara entre ambos personajes, pero con el tiempo se los identificó mutuamente. Es sólo una hipótesis. Como no sucederá en ningún otro lugar de la literatura neotestamentaria, para Juan el Espíritu será llamado Paráclito. Este nombre tiene cuatro apariciones en el total del Nuevo Testamento, y son Jn. 14, 16.26; Jn. 15, 26 y Jn.16, 7. El término viene del griego parakletos, que significa el que está al lado de uno, en el sentido del que viene en ayuda. Por eso se lo utilizaba, en las cortes o tribunales, para designar a los abogados defensores o asistentes legales. El significado judicial del vocablo se encuentra, fuera de la Biblia, en documentos hebreos y arameos. Para la tradición apócrifa judía existía un Paráclito entendido como un intercesor. Jesús podría haberse valido de estas tradiciones para desarrollar el concepto propio del Espíritu Santo como abogado intercesor. O las podría haber utilizado el evangelista Juan. Por supuesto, las tradiciones judías no eran tan elocuentes respecto a un Espíritu Santo. Algunos estudiosos interpretan que, en la comunidad de Qumran, el Paráclito era el ser angélico Miguel.

Jesús, específicamente, habla de un espíritu que trae la verdad. La verdad, en el Evangelio según Juan, es de vital importancia. Para el autor, Dios no es la verdad, sino que su Palabra es verdad (cf. Jn. 17, 17), y Jesús es la Palabra del Padre (cf. Himno al Logos de Jn. 1). Por lo tanto, la verdad de Dios es Jesús mismo, su persona encarnada; además, la palabra que el Hijo escuchó en la intimidad del Padre (cf. Jn. 8, 26.40), esa es la palabra que revela y que es la verdad (cf. Jn. 8, 40.45ss; Jn. 18, 37). El Espíritu Santo ingresa en la dinámica de la historia dentro de esta línea. Vendrá para dar testimonio de la verdad que es Jesús. Cuando el Maestro se vaya, cuando el Hijo ya no esté físicamente, el Espíritu será el garante de la verdad, será el que recordará las palabras de la Palabra, el que refrescará la memoria apostólica. El planteo es bastante carismático. Las verdaderas comunidades cristianas, entonces, serán las comunidades que oigan al Espíritu, porque si lo oyen bien, estarán oyendo la verdad. Detrás del Espíritu de la Verdad hay un planteo eclesiológico: las comunidades son dirigidas por el Espíritu, no por jerarcas. Es un planteo arriesgado. ¿Cómo determinar qué comunidades de las que se atribuyen tener el Espíritu son reales? ¿Cómo negar esta práctica comunitaria como inspirada y aceptar la otra? La verdad tiene que ver con la permanencia. Los que están inspirados por la verdad están en Jesús y Jesús está en el Padre. Estas permanencias, si bien no pueden medirse, son una clave de discernimiento. Los que permanecen pueden sentirse hijos y se comportan como hijos. Jesús asegura que no dejará huérfanos. Esta palabra (orfanos) puede traducirse de diversas maneras. Si bien la mayoría de las traducciones en español optan por huérfanos, dándole a Jesús la categoría de padre, también podría traducirse como no los dejaré sin familia o no los dejaré sin parientes. Esto aclara un poco la idea de permanencia. Las comunidades que viven como una familia son comunidades inspiradas. Eso sí: como una familia al estilo jesuánico. El Espíritu de la Verdad es el cohesivo para la familia de los que aman a Jesús y cumplen sus palabras.

A estas familias es a quienes se manifiesta Jesús. El verbo emfanizo que traducimos como revelación o manifestación es utilizado sólo aquí en todo el Nuevo Testamento. También puede significar dar a entender. A manera de teofanía, a los que aman, Jesús se les hace visible en el sentido de que pueden entenderlo. A Jesús se lo entiende amando, no desde la razón o el estudio biográfico de su vida. Los que aman, independientemente de sus creencias religiosas o de su estudio bíblico, reciben la revelación de Jesús. Este planteo también es arriesgado. Quiere decir que el amor es trascendente, y que no se opone a la justicia. El viejo concepto de justicia divina versa que Dios castiga a los paganos y bendice a los que le son fieles religiosamente. El nuevo concepto jesuánico es que los que aman están en la verdad, y en ese amor son fieles porque viven en los mandamientos.

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Permanecer es difícil. Permanecer implica estar, a veces no descansar correctamente, a veces dejar cosas de lado. Permanecer nos obliga a poner la vida en ello, en la permanencia, en la constancia. Y en la permanencia real, aunque sea poético en la literatura, la verdad se nos escapa. La verdad es difícil, se confunde, nos nubla, se nos hace carga pesada. Sabemos que la verdad es Jesús, pero Jesús no está físicamente, y permanecer cuesta. Sabemos que existe un Paráclito, un Espíritu de Verdad, pero tampoco lo vemos. ¿Cómo permanecer? ¿Cómo seguir estando?

La respuesta de Jesús es la revelación, la manifestación. Jesús se manifiesta a los que permanecen amando. ¿Cuándo? Quizás siempre. Quizás a cada momento se está manifestando, pero no lo vemos porque nos ciega la competencia, el cansancio y la falta de respuestas obvias. En la pedagogía de Jesús, un punto importante es saber que lo trascendental se lee en lo cotidiano. Por eso Jesús sabe que sus discípulos no quedan sin familia. Quedan las comunidades, quedan los compañeros de camino, quedan los que permanecen que sostienen a los que desean dejar de permanecer. Queda una red de comunión, y por eso no hay huérfanos. Cuando la Iglesia descuida su cualidad de red, se empieza a desarmar. Cuando la institución eclesial ataca a las comunidades pequeñas que intentan sostener esa red desde el contacto mano a mano, desde la cercanía, desde el encuentro cotidiano, se engaña a sí misma. Una Iglesia sin pequeñas comunidades no es Iglesia, no es sucesora del proyecto de Jesús. La base comunional está en la intimidad, y la intimidad la logran las comunidades familiares, pequeñas, en estrecha relación de unos con otros. Esas pequeñas comunidades son fruto del Espíritu Santo, son inspiradas, hay verdad en ellas. Atacarlas es traicionar el mensaje del Evangelio.

Es mucho más fácil permanecer, sostener la verdad, encontrar la revelación de Jesús, en esas pequeñas comunidades que en grandes emporios religiosos, o que en la soledad. Unos ayudan a permanecer a otros, unos aman como los otros. La verdad es más clara cuando se la busca en comunidad. El Evangelio es una proclama contra la empresa de la religión y contra la soledad. En el emporio religioso se predican los mandamientos como parte de la política empresarial. Las normas vienen a ser el reglamento institucional. En la soledad, en cambio, los mandamientos tienden a entenderse de manera extrema, como inútiles completamente o como rocas de deber insalvables. En comunidad, los mandamientos con caminos de amor. No se cumplen por obligación ni se las considera una pavada. Los mandamientos son lógicos en el amor, pero son relativos. Permanecer amando es difícil. Como hermanos es más fácil. En esa postura, en ese discipulado, es posible permanecer sólo si vivimos en comunidad fraterna.


WebJCP | Abril 2007