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MISIONEROS EN CAMINO: Materiales liturgicos y catequéticos: Viernes Santo (Jn 18, 1-19, 42 ) - Ciclo A
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miércoles, 20 de abril de 2011

Materiales liturgicos y catequéticos: Viernes Santo (Jn 18, 1-19, 42 ) - Ciclo A


Monición introductoria

Hermanos: La muerte es una realidad de la que no podemos prescindir; está presente en cada momento de nuestra vida.
El dolor, el fracaso, la incomprensión, la soledad y el desamparo; la enfermedad y la vejez, no son sólo palabras que nos impresionan.
Son, además, realidades amargas; y cada uno de los que estamos aquí podría hablar desde su propia y dolorosa experiencia.
Veinte siglos después de que un tal Caifás profetizara: “Conviene que muera un hombre por el pueblo”... Hoy, otros Caifás siguen sentenciando:
“Conviene mantener en la ignorancia, en la miseria y en la guerra a pueblos enteros para salvar nuestra economía, nuestro nivel de vida o nuestro prestigio”.
Este es el gran escándalo: Que la muerte de millones de personas sea decretada por unos pocos; y que la mayoría asistamos impasibles a esta ejecución.
Todos debemos aprender a aceptar nuestra propia muerte...
Pero nadie, nunca, tiene derecho a imponerla a los demás.
La Pasión y la Muerte del Señor Jesús que celebramos los cristianos en esta tarde es, para nuestra desgracia, un acontecimiento presente y actual.
Lo que hicieron con nuestro Señor en aquella tarde, lo siguen haciendo... lo seguimos haciendo cada día...
Con otras espinas, con otras cruces, con otros clavos... pero hoy Cristo sigue siendo también crucificado.
Hermanos: Al celebrar hoy la Pasión y la Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, no podemos cerrar los ojos a esta realidad.
Y siendo sinceros, mientras escuchamos la Palabra de Dios, debiéramos preguntarnos:
¿Qué papel represento yo en este drama?
Puestos en pie, recibimos al Sacerdote...


Monición a la postración

Cristo cargó con nuestros pecados. Y el peso del mal lo aplastó en la cruz.

Hermanos: Todos somos responsables y solidarios del mal de este mundo. Por eso, nos arrodillamos en silencio.

(Sacerdote y fieles se ponen de rodillas...)

Oración

Míranos, Señor, en tierra.
No tenemos otra manera para expresarte
el reconocimiento de cuanto haces por nosotros.

La tierra que un día cogiste en tus manos
para formarnos hombre y mujer
hoy se ha erguido contra ti
y te ha alzado en lo alto de una cruz
hasta verte muerto.

Reconocemos la obra de nuestras manos
y confesamos nuestro pecado.
Pero sobre todo, Señor,
reconocemos y confesamos que eres Dios
de entrañas de misericordia,
de entrañas de ternura,
de entrañas de perdón.
Tu amor es más grande que nuestro pecado.
Tu amor es más grande que nuestras obras.
Tu amor nos vence.

¿Cómo seguir de pie en tu presencia?
¿Cómo asomarnos a tu mirada?
¿Cómo no escapar huyendo
hasta un rincón donde no nos puedas ver?
Pero si vamos al fondo del mar: allí estás tú.
Y si subimos a la cima más alta: allí estás tú.
Y si buscamos el escondite más recóndito: allí estás tú.

Por eso, Señor, no huiremos de tu presencia.
No emigraremos de nuestra tierra.

Aquí estamos, delante de ti,
postrados ante ti
porque sabemos que podemos mirarte,
porque sabemos que tus palabras son hoy súplica
a favor nuestro:
“Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen”
Ante ti,
en tu presencia,
queremos celebrar el misterio santo y profundo
de la Pasión y Muerte
de Jesucristo nuestro Señor.
A Él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Escuchamos la Palabra

Monición a las lecturas

Comenzamos una de las partes importantes de esta Celebración. Se trata de escuchar la Palabra de Dios, y de descubrir en ella el sentido y el valor de la Cruz y de la Muerte de Jesús. A veces, los justos, los que luchan por el débil, nos molestan, nos resultan incómodos. Sería preferible que desaparecieran de nuestra vida.
En la lectura que vamos a escuchar, el Profeta Isaías hace el retrato de Jesús, perseguido por la envidia de los hombres. También Él estorbaba, y por lo tanto, había que eliminarle.


Monición a la lectura de la Pasión

Vamos a escuchar el relato de la Pasión y Muerte de Jesús. Le vemos vencido, desautorizado, abatido... Pero Cristo vencerá a la muerte y abrirá a todos a la esperanza, de una vida humana plena hasta el encuentro con Dios.
Para mejor interiorizar la lectura de la Pasión, permanecemos sentados.

Homilías

(A)

ANTE EL CRUCIFICADO

Siguiendo una antiquísima tradición romana, el Viernes Santo no se celebra la Eucaristía sino una solemne liturgia que tiene como centro la Pasión y la Muerte del Señor. Siempre me ha impresionado, dentro de esta celebración, la liturgia sobria y profunda de la adoración de la Cruz, de inspiración probablemente oriental.
En primer lugar, el descubrimiento progresivo del Crucificado y la repetida invitación a la adoración. Luego, la procesión de todos los fieles hacia la Cruz, mientras se canta el admirable himno "Crux fidelis". Por fin, el beso emocionado de cada creyente al Cristo muerto.
No es un momento de tristeza. Para los creyentes es momento de hondo recogimiento donde se entremezclan, de manera difícil de expresar, el agradecimiento, la adoración, el arrepentimiento.
Ese gran teólogo y gran creyente que fue Karl Rahner nos ha desvelado su alma orante en ese precioso libro que lleva por título "Oraciones de vida ".
Tal vez su oración nos pueda ayudar también a nosotros a acercarnos esa tarde del Viernes Santo al Dios crucificado:

"¿En dónde podría yo refugiarme con mi debilidad,
con mi dejadez, con mis ambigüedades e inseguridades...
sino en Ti, Dios de los pecadores comunes, cotidianos,
cobardes, corrientes?".
"Mírame, Señor, mira mi miseria. ¿A quién podría huir sino a Ti? ¿Cómo podría soportarme a mí mismo si no supiera que Tú me soportas, si no tuviera la experiencia de que Tú eres bueno conmigo?".
"Mi pecado no es grandioso, es tan cotidiano,
tan común, tan corriente que incluso puede pasar inadvertido... Pero qué hastío suscita mi miseria, mi apatía, la horrible mediocridad de mi buena conciencia.
Sólo Tú puedes soportar tal corazón.
Sólo Tú tienes aún para mí un amor paciente.
Sólo Tú eres más grande que mi pobre corazón".
"Dios santo, Dios justo, Dios que eres la Verdad,
la Fidelidad, la Sinceridad, la justicia, la Bondad...
ten compasión de mí...
Soy un pecador, pero tengo un deseo humilde
de tu misericordia gratuita".
"Tú no te cansas en tu paciencia conmigo. Tú vienes en mi ayuda. Tú me das la fuerza de comenzar siempre de nuevo,
de esperar contra toda esperanza,
de creer en la victoria, en tu victoria en mí en todas las derrotas, que son las mías".

Este año tal vez nuestro beso al Crucificado puede ser un
poco más sincero y profundo.


(B)

En Canadá, un hombre llamado Robert Latimer mató a su hija gravemente incapacitada, Tracy. La puso dentro de la furgoneta de la familia, empalmó un tubo a la emisión de gases, cerró las ventanas y puertas de la furgoneta, y dejó dormirse a la hija. En su intención no cabía malicia alguna. Amaba a su hija. Según su mentalidad, estaba haciendo un acto de misericordia. No podía soportar más el verla sufrir. Nadie dudó de su sinceridad. Su hija estaba casi totalmente incapacitada física y mentalmente, vivía en continuo sufrimiento, y no había pronóstico favorable en cuanto a mejorar alguna vez o a disminuir algún día su dolor y sufrimiento. Y así él, su padre, del modo más humano posible, acabó con la vida de la hija.

La muerte de la hija se convirtió en una enorme historia nacional, una batalla en los tribunales alargada al máximo -duró años-, acabando en el Tribunal Supremo de Canadá. Y tuvo lugar un debate moral y religioso a lo ancho del país, que dividió amargamente a familias y comunidades. La muerte de esta joven, Tracy Latimer, plantea una cuestión en la que no podemos estar todavía de acuerdo hoy: ¿Qué valor tiene una vida humana gravemente discapacitada?

¿Qué valor tiene una vida como la de Tracy Latimer? Desde la Biblia la respuesta es clara. Cuando a una persona se le considera prescindible, por la razón que sea, en ese momento se convierte, espiritualmente, en la persona más importante de la comunidad: La piedra rechazada por los albañiles se convierte en la piedra angular del edificio. Esto quiere decir que las Tracy Latimers en nuestras vidas son un lugar privilegiado donde los demás podemos experimentar a Dios.

Una de las revelaciones centrales de la cruz es que existe una presencia muy privilegiada de Dios en quien es excluido, en aquel de quien la sociedad dice: “mejor si muriera por el pueblo”. La Escritura lo dice claro: Ya en las escrituras judías del Antiguo Testamento podemos ver que los profetas subrayan la idea de que Dios siente una simpatía especial por los “huérfanos, las viudas, los extranjeros o extraños”. En aquel tiempo, estos grupos particulares tenían el estatus social más bajo, el menor poder, y eran considerados los más prescindibles o marginados. Se les podría dejar morir, de forma que la sociedad pudiera seguir adelante con sus asuntos y negocios urgentes. Pero el mensaje de los profetas era revolucionario: Dios siente una simpatía especial por los que la sociedad juzga menos importantes… y la prueba definitiva de nuestra fe, de nuestra moral y de nuestra religiosidad consiste en la manera cómo tratamos a esas personas

Jesús lleva esto un poco más lejos: Según su enseñanza, no solamente siente Dios especial simpatía por aquellos a quienes la sociedad considera los menos importantes y los más marginados y prescindibles, sino que la presencia misma de Dios se identifica con ellos: “¡Lo que hayáis hecho a uno solo de éstos, mis hermanos menores, me lo hicisteis a mí!” (Mt 25, 40). Jesús identifica al Dios que se hace presente en los marginados, en los excluidos, y nos dice que podemos gozar de una privilegiada experiencia de Dios en nuestro contacto con ellos.

En ningún otro lugar se formula esto con mayor claridad que en la muerte de Jesús en la cruz: El crucificado es la piedra rechazada por los albañiles; a él se le considera dispensable y desechable, de forma que la vida normal no se perturbe por él. Pero el crucificado es también Dios, y hay una intimidad especial con Dios que sólo se puede lograr estando de pie junto a la cruz -como hicieron su madre María y el apóstol Juan-, en solidaridad con el Crucificado, el Gran Excluido.

A muchos de nosotros nos es familiar un incidente registrado por Elie Wiesel. En uno de los campos de muerte de los nazis, un preso se había escapado y, en represalia, los nazis agarraron a un muchacho, lo ahorcaron en público, y forzaron a todos los reclusos a presenciar aquel horroroso espectáculo. Mientras el muchacho se balanceaba inerte ya, colgado de una cuerda en frente de ellos, un hombre maldijo con amargura: “¿Dónde está Dios ahora?” Y otro hombre le respondió: “Ahí, colgado en esa cuerda. ¡Ese es Dios!”

Una de las revelaciones de la cruz es precisamente ésta: en el crucificado se hace presente Dios.



(C)

LA CRUZ

“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único...
Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
Y todo el que cree en él tienen vida eterna”

Reflexión....

La imagen de Jesús muerto y suspendido en la cruz quedó grabada en la memoria de los creyentes. Una estampa ante la que lo primero que sale decir es: «¡No me lo puedo creer!». Y la fe reclama que digamos: «Esto es lo que hay que creer. A Este crucificado es al que hay que creer. Éste es verdaderamente el Hijo de Dios. Aquí está la salvación del mundo, como dirá la Liturgia del Viernes Santo».
Levantar los ojos hacia él no es sólo un acto físico. Es, sobre todo, un acto de fe. Todo lleva a creer que «esto no puede ser». Pero la verdadera fe afirma «Dios es así», «Dios está en El», «El es Dios».
¿Dónde reside la dificultad de ver a Dios en la cruz? Para muchos parece imposible que un condenado a muerte pueda ser Dios. Demasiado fuerte. Tenemos la impresión (y la necesidad) de que Dios tiene que poder a la muerte. La apertura progresiva a la fe o el dinamismo de la fe nos lleva a reconocer que donde unos no ven nada más que escándalo, otros vemos amor, todo el amor que Dios nos tiene. Donde unos no ven nada más que fracaso, otros vemos el triunfo del amor. Donde unos no ven nada más que un final, otros vemosla máxima expresión del amor, de la entrega por amor hasta la muerte. Ahí está el nudo del problema. ¿Es posible amar tanto que te entregues hasta la muerte? Esta pregunta la tienen que responder los que de verdad aman y los que amando están dispuestos a lo que sea.
Muchos dejan «todo» por conseguir a alguien. Todo encuentro de dos personas lleva implícita una renuncia, una entrega que tiene mil plasmaciones. Por la otra persona hay personas que son capaces de entregar la vida, poco a poco, como se hacen las cosas de la vida: en el paso rutinario de las horas... La entrega no es una experiencia lejana ni ajena a nuestra propia vida. Cada uno sabe lo que es capaz de entregar y por quién tenemos fuerzas para entregarnos... Cada uno sabe qué cruces estamos dispuestos a llevar y por quién...

Al verte en la cruz,
brota de nosotros la ternura.
Tú, Jesús, nos cambias el corazón de piedra
por un corazón de carne.
Haznos también sensibles al dolor de tantos hermanos
que tienen una vida dura, que no pueden con su cruz,
y han de superar muchas dificultades cada día.

Queremos acompañar el sufrimiento
de tantos hermanos en guerra,
recordar a todos aquellos que en este momento,
en algún lugar del mundo están sufriendo
por la locura de unos pocos,
y a su alrededor hay dolor, muerte y destrucción.

Queremos acompañar el sufrimiento de tantos inmigrantes
que se sienten entre nosotros fuera de su país,
que les duele la soledad, la lejanía, la diferencia y la injusticia, que sepamos ser una mano tendida en su camino,
un amigo, un compañero, un apoyo y una vida compartida.

Queremos acompañar el sufrimiento de tantos enfermos
que tienen que acostumbrarse a vivir con un cuerpo frágil,
que ya no les responde y todo les resulta mucho más complicado.

Queremos también pedir tu fuerza
y compañía para sus cuidadores
y profesionales de la salud que facilitan su situación
y acompañan a algunos al encuentro definitivo contigo.

Queremos acompañar el sufrimiento de todos aquellos que,
como tú, Señor, sufren en este momento soledad,
desamor o incomprensión.

Queremos acompañar el sufrimiento de los parados,
los que sufren abusos laborales,
los depresivos, los olvidados,
los que no encuentran su lugar en el mundo,
los que no pueden cubrir sus necesidades básicas,
los que pasan hambre
y los que teniéndolo todo viven una vida sin rumbo y sin sentido. Acompáñanos tú a todos, Señor,
llénanos de tu presencia y de tu Amor,
enséñanos a tratarnos unos a otros a tu manera,
suavizándonos el peso de la vida.

(D)

En esta tarde solemne, acabamos de escuchar la narración de la Pasión y Muerte de Jesús. Narración que, si no es posible, sería bueno que cada uno de nosotros la volviera a leer. Porque son palabras que debemos sembrar en los surcos de nuestra vida. Para que den fruto.
No pretendo, ahora, comentar esta narración. Diría que no necesita de comentario. Necesita, sobre todo, contemplación, es decir, ABRIRNOS A ELLA, dejarla penetrar en nosotros. En estos tiempos en que suele faltarnos la tranquilidad y el sosiego para atender a lo más importante, hoy, en este día de silencio, de casi podríamos decir “pasmo” ante este hecho escandaloso y sorprendente de la muerte en la Cruz del Hijo de Dios –de nuestro hermano Jesús que se entrega a la muerte por amor hacia todos, todos, los hombres- hoy, me parece todos deberíamos conseguir lo que puede parecer un milagro: olvidarnos de nuestras preocupaciones cotidianas y saber mirar la cruz. Mejor dicho: SABER MIRAR AL CRUCIFICADO. Como hemos escuchado en la narración del Evangelio de San Juan: “Mirarán al que atravesaron”.
Sepamos mirar al Crucificado. Sin miedo, sin temor, pero sí con seriedad. CON SERIEDAD que quiere decir desde lo hondo de nuestro ser, pensar y obrar. No sólo con sentimentalismo, mucho menos como si fuera –casi como una celebración folklórica-, sino como algo muy importante en nuestra vida, en nuestra vida cristiana.
Sepamos mirar al Crucificado. Es nuestro Rey, es nuestro Hombre, es nuestro Dios, Crucificado. Pero crucificado no COMO EL FIN DE UN CAMINO, no como el fin de la película, sino como el momento del triunfo, del inicio de un nuevo camino. Porque la película de la vida de Jesucristo no termina en la Cruz; sigue, desemboca en la Resurrección, sigue en nuestra vida –en la vida de cada uno de nosotros y en la vida de la humanidad- para llevarnos a todos a la gloria de su Reino.
Sepamos mirar al Crucificado. Ahora, después de orar por todos los hombres para que a todos llegue el río salvador, vivificante, transformador del amor del Dios y Hombre crucificado, adoremos su Cruz. La cruz que es madero de suplicio, SUPLICIO COMPARTIDO POR TANTOS HOMBRES, de ayer y de hoy, que comulgan en la cruz de Cristo, porque son bienaventurados que sufren, que padecen hambre, que viven en el dolor o en la soledad, que son perseguidos, que luchan por la justicia y la paz...
Al venerar y besar la Cruz de Cristo, VENEREMOS Y BESEMOS TAMBIÉN todo dolor y toda lucha de cualquier hombre y mujer que comparta la Cruz de Cristo. Y sepámonos preguntar qué hacemos por COMPARTIR este dolor, por ayudar a esta lucha.
Desde la Cruz, Jesucristo, es más que nunca hermano y compañero, amigo y amante de todos los hombres, de todos nosotros. Desde la Cruz, Jesucristo, nos enseña a vivir con los brazos abiertos, con el CORAZÓN ABIERTO –con el corazón traspasado- del que brotó sangre y agua, símbolos de amor y de vida, para que también en nosotros lo que sea cruz se convierta en RESURRECCIÓN.
Pidamos, hoy, con una esperanza que cubra y supere todo lo que hay en nosotros de pecado, de rutina, quizá de “pasotismo”. Jesucristo, desde la Cruz que hoy contemplamos y adoramos, espera más de nosotros. Él se ha entregado hasta la muerte por nosotros. ¿Cuál es nuestra respuesta?

(E)

VIERNES SANTO. EL SUEÑO DE DIOS

Había una vez un hombre a quien le encantaba coleccionar obras de arte. Cuando el único hijo que tenía cumplió los veinte años, lo llamaron para ir a la guerra. Allí, en la batalla, cuando trataba de salvar la vida de uno de sus compañeros, él también encontró la muerte. Otro soldado, queriendo honrar la memoria de su camarada, pintó un retrato del joven y se lo envió al padre.
Pocos años más tarde, el padre falleció y sus bienes fueron subastados.
"Daremos inicio a la subasta rematando primero el retrato del hijo". Se produjo un incómodo silencio hasta que, tras unos minutos, una voz propuso, "No empecemos por este retrato. El pintor era aficionado y no vale la pena perder el tiempo". Pero el subastador no respondió.
Otra voz preguntó, ¿Por qué no subasta los Picassos y los Rembrandts? El subastador sin inmutarse, declaró, "El retrato del hijo primero. ¿Quién quiere optar por el hijo?"
Finalmente se oyó una voz que venía del fondo del salón. Era el jardinero del que había sido el dueño de todos los bienes. "Diez dólares". Era todo lo que podía ofrecer.
"Tenemos diez dólares". ¿Alguien da más? El resto de los asistentes permanecieron silenciosos, esperando que el cuadro se vendiera pronto para pasar a las cosas valiosas. "A la una, a las dos, a las tres". Vendido por diez dólares". El seco golpe del martillo puso fin a la transacción.
El subastador dejó el martillo sobre la mesa y dijo, "Muchas gracias a todos por venir. Lamento si esto les ha causado alguna molestia, pero la subasta ha terminado. Cuando me contrataron para conducir esta subasta, me dieron unas instrucciones muy concretas . La persona que comprara el retrato del hijo heredaría el resto de los bienes, -todos los bienes raíces, todo el dinero, todos los cuadros. El dueño quería legar todo lo suyo a quien aceptara a su hijo."

Cuando éramos pequeños nos preguntaban muchas veces: ¿qué quieres ser cuando seas mayor?
Cada uno de nosotros teníamos un hermoso sueño que vivir: ser periodista, ser futbolista, ser maestro...
Sí, un sueño en cada corazón de niño.
Sí, un futuro y muchas avenidas que explorar.
Y aquí estamos nosotros con mucha o poca vida por delante, con muchas avenidas ya exploradas, con muchas energías ya gastadas y con nuestro sueño de niños aún metido en el corazón.
A un niño que también le hicieron la pregunta: ¿qué quieres ser cuando seas mayor? Éste contestó: "yo quiero ser Dios."
Por sorprendente que parezca el sueño de los hombres es eliminar a Dios y ocupar su puesto.
El sueño de los hombres es vivir cómodamente sin Dios y no depender de nadie, ni de Dios.
Dios es todo. Dios lo puede todo. Y nosotros queremos serlo todo y poderlo todo.
Hoy, hermanos, es Viernes Santo. Y la historia que compartimos y vivimos nos recuerda el sueño de Dios hecho añicos, la debilidad de Dios, la impotencia de Dios, el fracaso de Dios, la muerte de Dios.
Hoy es Viernes Santo. Y la liturgia de la cruz nos recuerda a los cristianos que nuestro destino y nuestro sueño está unido al de Dios.
Hoy es Viernes Santo. Y el camino hacia el Calvario nos enseña a todos a vivir y a querer también la cara oculta de nuestro sueño: el sufrimiento, la debilidad y la muerte.
Hoy es Viernes Santo. El sueño de Jesucristo se realiza plenamente. El sueño de Jesucristo era dar vida, perdón, amor y salvación a todos.
El sueño de Jesús no era sólo para sí. Jesús soñaba contigo para abrirte las puertas de su reino, compartir tu fracaso, llevar tu cruz, morir, no por cualquier causa sino por amor, para dar sentido a todas las cruces, a todas las muertes y a la tuya también.
El sueño de Jesús acaba en la muerte, puerta hacia la resurrección y la vida.
El sueño de ser Dios nos lo enseña Jesús pero a la manera de Dios, no a la manera de los hombres.
La última palabra del Señor en su trono de madera, en la cruz del escándalo, en el árbol levantado al cielo es: "Todo está terminado".
Jesús, obediente al Padre, ha cumplido con creces la misión recibida, ha completado con su vida la misión recibida, se ha vaciado por completo.
Todo está terminado. La sangre ha sellado el pacto, ha regado la tierra y ha fecundado la semilla del nuevo amor.
Todo está terminado. La deuda pagada, Satanás vencido, el nuevo templo inaugurado.
Todo está terminado. El reloj de Dios marca una nueva hora, la del perdón.
Todo está terminado y sin embargo todo está por hacer.
Porque la luz viene a los hombres y muchos la rechazan.
Porque el amor viene a los hombres y muchos no lo entienden.
Porque el perdón viene a los hombres y muchos no lo acogen.
Donde no hay luz, donde no reina el amor, donde no se celebra el perdón surge el Viernes Santo: violencia, odio, sangre y muerte. ¡Y cuánto hay de esto en nuestro mundo!
En el Viernes Santo de Jesús la tierra tembló, el velo del templo se rasgó, la oscuridad cubrió la tierra. Eran los dolores del parto de la tierra nueva y los cielos nuevos. Era la alegría de la misión cumplida. Era el comienzo de la vida en el Espíritu.
Nosotros estamos llamados a vivir el Viernes Santo de Jesús y completar su obra de redención y perdón. Mientras alguien sufra injustamente como Jesús será Viernes Santo.
Todo está terminado pero Jesús no está terminado. Jesús no está secuestrado, desaparecido o muerto.
Todo está terminado pero Jesús sigue actuando, salvando y perdonando a través de su iglesia, de sus hijos y de todos sus seguidores.
Todo está terminado. Sí, en una cruz, pero una cruz que tiene su cara gloriosa: la gloria del Padre, el sueño de Dios.
Todo está terminado pero el sueño hermoso de Jesús continúa vivo. Los grandes sueños no mueren nunca. Y nosotros alimentamos día a día, en la eucaristía, en la palabra, en los hermanos y en la oración, el sueño de Jesús. No queremos que muera este sueño. Estamos empeñados en hacerlo verdad cada día, cargando con nuestras cruces, ayudando a los hermanos a llevar la cruz y aliviando el Viernes Santo de nuestro mundo.
Tú y yo, terminada esta celebración del Viernes Santo volvemos a nuestras cosas y a nuestras casas. Y somos invitados a mirar al que crucificaron y a llevar nuestra cruz y a salvarnos en ella y con ella y a compartir la agonía de Cristo que sufre hasta el final de los tiempos.
Por eso decimos: Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. Ven; Señor Jesús.
Jesús te dice: Ánimo. Yo he vencido la muerte. Ten paz. Yo voy contigo. Te ofrezco lo que tengo: mi perdón y mi amor. Y mi sueño es que los multipliques en tu mundo.
Yo, de pequeño, no tuve un sueño. Dios me soñó un día y me soñó todos los días de mi vida. Y yo me iba convirtiendo día a día al sueño de Dios, con las turbulencias de Dios, con las alegrías de Dios y con sus sorpresas: la sorpresa de la cruz y la sorpresa de la resurrección.
Déjate soñar por Dios y serás feliz hasta en sus sorpresas.


Oración universal

Hermanos:
Desde un mundo lleno de situaciones problemáticas y muchas necesidades. Con los pies muy en el suelo a la vez que abiertos al mundo entero nos dirigimos a Dios enumerando los grandes problemas de la sociedad actual que nos sirven de recordatorio y de despertar a una realidad que, a veces, tenemos olvidada.

Oración del Sacerdote

OREMOS. Señor, Dios nuestro, en el grito de tu Hijo oímos tu protesta contra todas las violencias que se ejercen sobre tus hijos más pequeños.
Te pedimos, descubrir tu presencia silenciosa en Cristo y en todos los que sufren con sus cruces. Ten misericordia de nosotros y convierte nuestro violento corazón.
Te lo pedimos desde todas las cruces levantadas en el mundo. Te lo pedimos desde Jesús crucificado.

Monitor 1:
Oremos por todos los niños del mundo: por los niños disminuidos.
Por los que pasan hambre y sufren la violencia de una sociedad consumista.

Sacerdote:
Dios y Señor nuestro, Tú que tuviste palabras de ternura y cercanía para con los niños, ayuda a tu Iglesia a difundir el amor y la protección para los más indefensos. Por JNS. Amén.

Monitor 1:
Oremos por los jóvenes y también por nosotros, las personas adultas, para que sepamos comprendernos, aceptarnos y decidamos estar al lado del que lo necesita.

Sacerdote:
Dios y Señor nuestro, fortalece los lazos familiares y haznos sentir la alegría de la convivencia pacífica. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Monitor 1:
Oremos por los enfermos de sida y los toxicómanos, para que Dios Padre los mire con ternura, a ellos, que sufren la llamada plaga del siglo XXI. Dios sabe de sus sufrimientos y del de sus familias.

Sacerdote:
Dios y Señor nuestro, compadécete de tus hijos que sufren en su propia vida el rechazo y el abandono de sus iguales. Y a nosotros ayúdanos a progresar en la comprensión, acogida y en el amor hacia nuestros hermanos enfermos. Por JNS... Amén.

Monitor 1:
Oremos por los ancianos, para que no pierdan las ganas de vivir.
Oremos por nosotros, para que seamos capaces de ayudarles a asumir el desgaste de los años y la soledad en la que tantas veces se encuentran.

Sacerdote:
Dios y Señor nuestro, consuelo de los que lloran y fuerza de los que sufren. Lleguen hasta ti las súplicas de quienes te invocan en su tribulación, para que sientan el consuelo de tu misericordia. Por JNS. Amén.

Monitor 1:
Oremos por las personas que sufren las guerras. Por todos los que las provocan para su propio beneficio y las contemplan como un video-juego, mientras el pueblo sufre y pierde todo, hasta la vida.

Sacerdote:
Dios y Señor nuestro, que tienes en tu corazón de Padre, los nombres de todos y cada uno de nosotros y los destinos de todos los pueblos, enseñamos a buscar la paz por caminos de justicia, dialogo y verdad. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Monitor 1:
Oremos por los pueblos víctimas del terrorismo. Por todos los que en el mundo sufren sus consecuencias. Por las familias rotas, por las mujeres y los hijos desgarrados por el dolor, por la violencia que anida en nuestro corazón, por los odios entre hermanos.

Sacerdote:
Dios y Señor nuestro, consuelo de los que lloran y fuerza de los que sufren, escucha amorosamente las súplicas de los que te invocan en su dolor, transforma nuestros sentimientos y siembra en nosotros la concordia, la ternura y la compasión ante todo ser humano. Por JNS. Amén.

Monitor 1:
Oremos por los que no tienen fe. Por todos los que sin ella no encuentran sentido a la vida, ni sentido a la muerte; para que en el testimonio esperanzado de los creyentes, descubran razones para vivir y esperanza para morir.

Sacerdote:
Dios y Señor nuestro, concede a quienes no creen en Cristo, que viviendo con sinceridad ante ti, lleguen al conocimiento pleno de la verdad. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Monitor 1:
Oremos por los que en la tierra formamos la Iglesia de Dios, para que el Señor nos mantenga en la unidad y no nos cansemos de comunicar con gozo la Buena Noticia de sentirnos amados.

Sacerdote:
Dios y Señor nuestro, haz que Tu Iglesia extendida por todo el mundo dé testimonio con fe inquebrantable del amor que tú nos tienes. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Monitor 1:
Oremos por el Papa, por los Obispos y por la Comunidad Eclesial, para que animen la vida de la comunidad y sean apoyo y ejemplo para todos.

Sacerdote:
Dios y Señor nuestro, atiende nuestras súplicas y protege al Papa y a los Obispos, para que nos ayuden a progresar en la fe y juntos demos testimonio de esperanza y buenas obras. Por JNS. Amén.


Adoración de la Cruz

Monición

Hemos llegado al momento más importante de la liturgia de hoy: LA ADORACIÓN DE LA CRUZ.

Tu cruz preside nuestras casas, solemnemente,
adorna nuestros pechos,
decora nuestros templos,
y es el símbolo de tu amor por nosotros.

La cruz es el símbolo de tu entrega,
la tuviste que arrastrar hasta el Gólgota,
te clavaron en ella, hasta perder la vida,
y nos queda a nosotros como modelo.

Ayúdanos a llevar la cruz de cada día,
que no rechacemos lo que traiga dolor,
que sepamos dejar que lo que pasa, pase,
y contemos con tu apoyo para poder con ella.

Hoy que se quitan las cruces de los sitios públicos,
los cristianos hemos de estar atentos,
para hacerte presente a través de nuestra vida
y que la gente te siga conociendo como Dios de amor.

Tatúanos tu cruz en el alma,
para que sea fortaleza en nuestra vida,
la lección de entrega que hemos de vivir,
y el Dios junto al que queremos un día resucitar.

Toma nuestra cruz junto a nosotros,
ayúdanos a llevar la cruz de los hermanos,
estate a nuestro lado en todo momento,
para que podamos actuar y amar como Tú.

Ahora, al hacer presente entre nosotros la cruz, sabiduría de Dios y locura para los hombres; esta cruz que preside nuestra vida, nuestro trabajo, nuestras casas: Adorémosla con agradecimiento.



Compartimos el pan

Monición

La muerte es el gran drama del hombre y el desafío a nuestra civilización moderna. Ni la medicina, ni las ciencias le han podido a la muerte. Sólo Jesús, después de pasar por la Cruz, ha triunfado sobre la muerte.
Y esta es la razón de nuestra presencia aquí: el saber que está vivo y se ha quedado para siempre en el Pan que ahora vamos a compartir. Por eso le decimos: danos de tu Pan, Señor, el pan de la cada día, el Pan de la Vida y el Amor.
Unidos y a una sola voz se lo pedimos diciendo: Padre nuestro...


Jesús muere, pero no nos deja. Se ha quedado entre nosotros en este alimento sencillo. El pan, que es su Cuerpo entregado por nosotros. Este es Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a esta comunión....

Oración

Hasta la última gota
Lo diste todo, Jesús,
no te reservaste nada para ti.
y yo, a la primera, me canso...
y abandono... y me quejo...
y paso factura... y te dejo.

Quiero hoy contigo entregar mi vida,
decirte que quiero vivir como tú,
pedirte que me saques de la vida mediocre,
del «ir tirando», como todo el mundo,
sin la valentía de gastar mi vida en amar como tú.
Tú eres mi modelo, mi meta, mi brújula,
pero otros dioses me distraen de ti...
Unas veces el trabajo es mi dueño y señor,
otras es la familia, los míos y mi casa,
los que rigen mi vida o me ocupan mi día.
En otras ocasiones el ocio me envuelve
y me aparta de ti. Te busco en los amigos,
en las risas, en las prisas, en la eficacia,
en la imagen, en el poder, en el tener...
Pero ahí no estás tú. Lo sé bien, Jesús.
Hoy te entrego mi vida,
renuevo mi compromiso, fortalezco mi entrega,
y ante la cruz te digo:
Aquí estoy, Jesús,
para hacer con mi vida,
tu santa voluntad.

Despedida

(A)

Hermanos: hemos comenzado sin cantos, con tristeza, y terminaremos sin cantos, pero con esperanza: la cruz está frente a nosotros como una invitación a hacer de nuestra vida una vida de amor y de servicio a todos los hombres. Ella nos dice que, si sabemos luchar, aunque suframos y muramos, nuestra vida acabará en los brazos del Padre. Y todo dolor, hasta la muerte, estallará en vida y resurrección.

(B)


Hermanos, acabamos de celebrar la Pasión y Muerte de Jesucristo. Su muerte no fue un hecho aislado, sino consecuencia y síntesis de su vida. Vivió para los demás. Amó siempre a todos. Gritó libertad y liberación con su propia vida. Se vació de sí mismo. Se hizo pobre para que nosotros fuéramos ricos. Quebrantó el sábado y la ley cuando lo pidió el amor, a pesar de provocar el escándalo. Creyó en el Padre hasta el límite de la esperanza y la muerte. Tuvo miedo y siguió adelante. No vaciló en la tarea de llevar a cabo el plan del Padre. Amó sin esperar recompensa.

Tras la muerte del Señor, el mundo se sumerge en un silencio que parece sin fin. Mañana por la noche estallaremos en gozo y alegría. Regresemos, ahora, a nuestras casas recordando a todos los crucificados de nuestro mundo y tomemos el firme compromiso por la solidaridad y la justicia.


WebJCP | Abril 2007