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MISIONEROS EN CAMINO: Materiales liturgicos y catequéticos: Domingo de Ramos (Mt 26,14-27,66) - Ciclo A
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miércoles, 13 de abril de 2011

Materiales liturgicos y catequéticos: Domingo de Ramos (Mt 26,14-27,66) - Ciclo A



SALUDO del SACERDOTE

El amor de Dios nuestro Padre, manifestado para siempre en Jesús, a quien vamos acompañar en esta Semana Santa, en su entrada en Jerusalén, en su muerte y humillación, en su entrega y en su resurrección, esté con todos vosotros…

Monición

Ya estamos. Hemos llegado. Son los DÍAS santos, inmensos, impresionantes: días cargados de misterio de Dios, del AMOR: un hombre entrega TODA SU VIDA en favor de los demás. Al final de los días se nos dirá que Él es el camino, la puerta de la PASCUA, de la liberación.

La SEMANA SANTA es el anuncio de la PASCUA. Ha terminado ya el recorrido cuaresmal y es la hora de la verdad, querámoslo asumir o no: estamos con Él o “pasamos” de Él. Es un examen decisivo.

El DOMINGO de RAMOS es la puerta de esta semana, cargada de fuerza y de significado. HOY aclamamos a Cristo Jesús: Él es nuestro Salvador, el Mesías. Los próximos días habrá que ACOMPAÑARLE para descubrir en profundidad su forma de vivir, de entregarse e, incluso, de morir. Es necesario.

¡ FELIZ y “CRISTIANA” SEMANA SANTA!
(No olvidemos que hay “Semanas Santas”
que tienen muy poco de “cristianas”).
(B)

Comienza la Semana Santa. Lo hacemos recibiendo a Jesús con nuestros ramos, como los de su tiempo. Pero detrás del recibimiento hay posturas y actitudes personales. No es un acto infantil, aunque traigamos a los niños a participar alegremente de esta fiesta. Hay un interrogante serio y profundo sobre nuestra relación con Jesús y su mensaje. ¿Seguiremos con Él más allá del entusiasmo inicial, cuando los problemas se hagan presentes y no terminemos de entender a Dios?


BENDICIÓN DE LOS RAMOS

MONICIÓN: Comenzamos esta celebración, bendiciendo las palmas y los ramos para conmemorar la Entrada Triunfal de Jesús en Jerusalén.
Con ramos y palmas, con cánticos y aclamaciones, queremos expresar nuestra actitud de fe, conversión y adhesión a Jesucristo.
Ahora bendecimos las palmas y los ramos.

BENDICIÓN DE LOS RAMOS:

Oremos. Dios y Señor nuestro, bendice X estos ramos, y, a cuantos vamos a acompañar a Cristo aclamándolo con cantos; concédenos entrar en la Jerusalén del cielo guiados por Él. Que vive y reina por los siglos de los siglos.


MONICIÓN A LA PROCESIÓN

El sentido de la procesión es acompañar a Jesús, pero no sólo en este momento.
Este “acompañar a Jesús” lo hacemos realidad en la cercanía con los crucificados de la tierra, con los que sufren a causa de las guerras, de las injusticias, del hambre…; esto es, en el compromiso concreto y real con cuantos siguen sufriendo hoy en nuestro mundo. Caminemos junto a Jesús, para aprender de Él.

Procesión y canto:


Oración:

Señor, libra nuestro corazón de la indiferencia.
Que no pasemos de largo ante los abandonados de todos,
que no volvamos la espalda a los que demandan ayuda,
que no callemos ante la injusticia y el mal de los otros,
que no abandonemos a los desesperados y perseguidos.
Danos, Señor, entrañas de misericordia,
para que seamos solícitos con todos los seres humanos,
para que nos acerquemos a los que todos rehuyen,
para que tendamos la mano a los caídos,
para que corramos en busca de los que huyen,
para que tengan nuestra palabra los olvidados de todos.
Te lo pedimos a Ti, Jesús, que vives y reinas...



Escuchamos la Palabra de Dios

Lectura del profeta Isaías

Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor Dios me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado ni me he echado atrás.
Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos. Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido; por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado.

Palabra de Dios

Canto: Oh Dios, ¿Por qué nos has abandonado?


HOMILÍAS

MURIÓ COMO HABÍA VIVIDO

¿Cómo vivió Jesús sus últimas horas?, ¿Cuál fue su actitud en el momento de la ejecución? Los evangelios no se detienen a analizar sicológicamente sus sentimientos. Sencillamente, recuerdan que Jesús murió como había vivido. Lucas, por ejemplo, ha querido destacar la bondad de Jesús hasta el final, su cercanía a los que sufren y su capacidad de perdonar. Según su relato, Jesús murió amando.
En medio del gentío que observa el paso de los condenados camino de la cruz, unas mujeres se acercan a Jesús llorando. No pueden verlo sufrir así. Jesús «se vuelve hacia ellas» y las mira con la misma ternura con que las había mirado siempre: «No lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos». Así va Jesús hacia la cruz: pensando más en aquellas pobres madres que en su propio sufrimiento.
Faltan pocas horas para el final. Desde la cruz sólo se escuchan los insultos de algunos y los gritos de dolor de los ajusticiados. De pronto, uno de ellos se dirige a Jesús: «Acuérdate de mí». Su respuesta es inmediata: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso». Siempre ha hecho lo mismo: quitar miedos, infundir confianza en Dios, contagiar esperanza. Así lo sigue haciendo hasta el final.
El momento de la crucifixión es inolvidable. Mientras los soldados lo van clavando al madero, Jesús decía: «Padre, perdónalos porque no saben lo que están haciendo». Así es Jesús. Así ha vivido siempre: ofreciendo a los pecadores el perdón del Padre, sin que se lo merezcan.
Según Lucas, Jesús muere pidiendo al Padre que siga bendiciendo a los que lo crucifican, que siga ofreciendo su amor, su perdón y su paz a todos los hombres, incluso a los que lo rechazan.
No es extraño que Pablo de Tarso invite a los cristianos de Corinto a que descubran el misterio que se encierra en el Crucificado: «En Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres». Así está Dios en la cruz: no acusando al mundo de sus pecados, sino ofreciendo su perdón. Esto es lo que celebramos esta semana.
Celebra el amor de Dios.

(B)

CON LOS CRUCIFICADOS

El mundo está lleno de iglesias cristianas presididas por la imagen de Jesús Crucificado y está lleno también de personas que sufren, crucificadas por la desgracia, las injusticias y el olvido: enfermos privados de cuidado, mujeres maltratadas, ancianos ignorados, niños y niñas violados, emigrantes sin papeles ni futuro. Y gente, mucha gente hundida en el hambre y la miseria.
Es difícil imaginar un símbolo más cargado de esperanza que esa cruz plantada por los cristianos en todas partes: «memoria»conmovedora de un Dios crucificado y recuerdo permanente de su identificación con todos los inocentes que sufren de manera injusta en nuestro mundo.
Esa cruz, levantada entre nuestras cruces, nos recuerda que Dios sufre con nosotros. A Dios le duele el hambre de los niños de Calcuta, sufre con los asesinados y torturados de Irak, llora con las mujeres maltratadas día a día en su hogar. No sabemos explicarnos la raíz última de tanto mal. Y, aunque lo supiéramos, no nos serviría de mucho. Sólo sabemos que Dios sufre con nosotros y esto lo cambia todo.
Pero los símbolos más sublimes pueden quedar pervertidos si no sabemos redescubrir una y otra vez su verdadero contenido. ¿Qué significa la imagen de Jesús Crucificado, tan presente entre nosotros, si no sabemos ver marcados en su rostro el sufrimiento, la soledad, el dolor, la tortura y desolación de tantos hijos e hijas de Dios?
¿Qué sentido tiene llevar una cruz sobre nuestro pecho, si no sabemos cargar con la más pequeña cruz de tantas personas que sufren junto a nosotros? ¿Qué significan nuestros besos al Jesús Crucificado, si no despiertan en nosotros el cariño, la acogida y el acercamiento a quienes viven crucificados?
Jesús Crucificado desenmascara como nadie nuestras mentiras y cobardías. Desde el silencio de la cruz, él es el juez más firme y manso del aburguesamiento de nuestra fe, de nuestra acomodación al bienestar y nuestra indiferencia ante los crucificados. Para adorar el misterio de un «Dios crucificado», no basta celebrar la semana santa; es necesario, además, acercarnos un poco más a los crucificados, semana tras semana.

(C)


DIO UN FUERTE GRITO


No tenía dinero, armas ni poder. No tenía autoridad religiosa. No era sacerdote ni escriba. No era nadie. Pero llevaba en su corazón el fuego del amor a los crucificados. Sabía que para Dios eran los primeros. Esto marcó para siempre la vida de Jesús.

Se acercó a los últimos y se hizo uno de ellos. También él viviría sin familia, sin techo y sin trabajo fijo. Curó a los que encontró enfermos, abrazó a sus hijos, tocó a los que nadie tocaba, se sentó a la mesa con ellos y a todos les devolvió la dignidad. Su mensaje siempre era el mismo: “Éstos que excluís de vuestra sociedad son los predilectos de Dios”.

Bastó para convertirse en un hombre peligroso. Había que eliminarlo. Su ejecución no fue un error ni una desgraciada coincidencia de circunstancias. Todo estuvo bien calculado. Un hombre así siempre es una amenaza en una sociedad que ignora a los últimos.

Según la fuente cristiana más antigua, al morir, Jesús “dio un fuerte grito”. No era sólo el grito final de un moribundo. En aquel grito estaban gritando todos los crucificados de la historia. Era un grito de indignación y de protesta. Era, al mismo tiempo, un grito de esperanza.

Nunca olvidaron los primeros cristianos ese grito final de Jesús. En el grito de ese hombre deshonrado, torturado y ejecutado, pero abierto a todos sin excluir a nadie, está la verdad última de la vida. En el amor impotente de ese crucificado está Dios mismo, identificado con todos los que sufren y gritando contra las injusticias, abusos y torturas de todos los tiempos.

En este Dios se puede creer o no creer, pero nadie se puede burlar de él. Este Dios no es una caricatura de Ser supremo y omnipotente, dedicado a exigir a sus criaturas sacrificios que aumenten aún más su honor y su gloria. Es un Dios que sufre con los que sufren, que grita y protesta con las víctimas, y que busca con nosotros y para nosotros la Vida.

Para creer en este Dios, no basta ser piadoso; es necesario, además, tener compasión. Para adorar el misterio de un Dios crucificado, no basta celebrar la semana santa; es necesario, además, mirar la vida desde los que sufren e identificarnos un poco más con ellos.

(D)

Es impresionante el diálogo final de la famosa película “La misión”. Después de que se ha producido la cruel matanza de los jesuitas y de los indios guaraníes, el cardenal Altamirano pregunta a los embajadores de España y Portugal si había sido necesario derramar tanta sangre. Uno de ellos le responde: “Desengáñese, excelencia, en este mundo tenemos que vivir”. El cardenal Altamirano, con el rostro lleno de tristeza, le dice entonces: “No, Señor embajador, somos nosotros los responsables de este mundo. Soy yo el responsable de este mundo”.
La pasión de Cristo no es sólo una página del pasado. Es también una página del presente, en la que seguimos teniendo responsabilidad. La pasión de Cristo no ha terminado. Cristo sigue hoy sufriendo en el hombre hermano, con el que Jesús se ha identificado:
Hoy sigue Cristo sufriendo la pasión cuando no sabemos acompañar a nuestros hermanos que sufren, que sienten angustia y se sienten solos, como hicieron los discípulos predilectos en el huerto de Getsemaní.
Hoy sigue Cristo sufriendo la pasión cuando vendemos nuestra vida por treinta monedas de plata; cuando nuestro deseo de medrar nos lleva a hacer negocios no limpios a claudicar de nuestros valores más sagrados: familia, amigos, honradez, sinceridad, cuando vendemos nuestros mejores ideales por causas que no merecen la pena.
Hoy Cristo sigue sufriendo la pasión cuando buscamos en la violencia la solución de nuestros problemas, como aquellos que prendieron a Jesús con palos y espadas; cuando dejamos que cualquier tipo de violencia se apodere de nuestro corazón.
Hoy Cristo sigue sufriendo la pasión cuando acusamos injustamente a los hombres, como lo hicieron los líderes religiosos de Jerusalén; cuando no respetamos a los hombres y los acusamos sin verdad, cuando descalificamos injustamente.
Hoy Cristo sigue sufriendo la pasión cuando le negamos por vergüenza y cobardía, como hizo Pedro; cuando nos dejamos arrastrar por el respeto humano y no confesamos con valentía y sinceridad nuestra fe; cuando no defendemos la justicia por miedo a problemas y dificultades o al que dirán...
Hoy Cristo sigue sufriendo la pasión cuando nos lavamos las manos como Pilato; cuando no vivimos comprometidos con la causa de los que sufren, cuando nos encogemos de hombros ante las injusticias, por miedo a las consecuencias.
Hoy Cristo sigue sufriendo la pasión cuando nos dejamos arrastrar por las corrientes hoy en boga, como hicieron las turbas de Jerusalén; cuando somos uno más del montón, que condenamos a ciertos hombres porque todo el mundo lo hace así, sin ponderar lo que hay de verdad en esas condenas.
Hoy Cristo sigue sufriendo la pasión cuando nos burlamos de los que sufren, de los marginados de la sociedad, como hicieron los soldados: cuando nos reímos del dolor ajeno, especialmente de los débiles.
No acusemos solamente a los judíos: démonos hoy un sentido golpe de pecho, porque todos nosotros seguimos siendo responsables de la pasión de Cristo que aún no ha acabado. No podemos encoger los hombros porque “en este mundo tenemos que vivir”. “Somos nosotros los responsables de este mundo... Soy yo el responsable de este mundo”.



Respuesta a la Palabra: Credo

Lo que acabamos de escuchar ocurrió hace muchos años y muy lejos de nosotros. Lo que iba a ser el anuncio de la victoria de Jesús sobre la muerte, es algo que, sin embargo, nos importa mucho hoy a nosotros, que creemos que Jesús ha muerto y resucitado. por eso, a pesar de todo, en este Domingo de ramos, seguimos manteniendo firme nuestra fe en Jesús.

Canto: Creo, Señor, pero aumenta mi fe...


Creemos en un Dios que es Padre,
y que hace salir el sol sobre todos los hombres
y no entiende el lenguaje del odio y la violencia,
que no hace distinciones de razas ni culturas.
Pero tampoco es indiferente
ante el sufrimiento de sus hijos
y toma partido a favor de los pobres y los pequeños.

Canto: Creo, Señor, pero aumenta mi fe.

Creemos en Jesús, Hijo de Dios,
que vino a ofrecernos su amistad
y entregó su vida en la cruz por nosotros.
Creemos que es crucificado, de nuevo,
en el dolor de sus hermanos,
muertos a manos de otros hermanos.
Pero que está dispuesto a perdonar
a quienes le torturan y matan.

Canto: Creo, Señor, pero aumenta mi fe...

Creemos en los hombres, mujeres y niños,
que en este mundo aman y perdonan,
y lo hacen, así más habitable.
Creemos que es el Espíritu de Jesús
quien les anima y da fuerzas
porque lo que es imposible para los hombres
Dios lo hace realidad en Jesús.

Canto: Creo, Señor, pero aumenta mi fe...


Oración de los fieles

(A)

Con decisión y confianza, porque nuestro mundo así lo requiere, nos dirigimos a Ti, Dios humano y compasivo.

Por quienes estos días te paseamos y aclamamos por las calles, para que te hagamos presente con nuestra vida a lo largo del año. ROGUEMOS AL SEÑOR…
Por todos los que representan tu muerte dolorosa y solidaria con pasos, uniformes y plegarias, para que representen también tu esperanza de vida. ROGUEMOS AL SEÑOR…
Por nuestros ojos, acostumbrados a la apariencia exterior, para que vean dentro de los ritos la hondura de los problemas humanos que celebramos. ROGUEMOS AL SEÑOR…
Por quienes viven tu pasión en propia carne, víctimas de la violencia, la injusticia, la soledad, la incomprensión y el fracaso. Para que te sientan cerca. ROGUEMOS AL SEÑOR…
Por los niños que hoy llevan sus ramos adornados con dulces, para que aprendan a endulzar la vida de quienes sufren compartiendo y amando. ROGUEMOS AL SEÑOR…

Dios, Padre bueno, no nos dejes solos en la pasión de la vida. No guardes tanto silencio que no escuchemos el clamor de tu llamada. Ayúdanos a oírte en el clamor de los que nos piden ayuda, comprensión y amor. Por JNS…

(B)

En este domingo de Ramos, en que Jesús es aclamado como Rey y Mesías, unamos nuestra oración a la oración de todo el pueblo creyente, diciendo: BENDITO SEAS POR SIEMPRE, SEÑOR.

Porque vienes a nosotros como Amigo y Salvador.
BENDITO SEAS POR SIEMPRE, SEÑOR.
Porque te acercas a nosotros paciente, compasivo, misericordioso.
BENDITO SEAS POR SIEMPRE, SEÑOR.
Porque no te cansas de salir a nuestro encuentro ofreciéndonos tu perdón y tu paz.
BENDITO SEAS POR SIEMPRE, SEÑOR.
Porque te hiciste hombre como nosotros para quedarte con nosotros.
BENDITO SEAS POR SIEMPRE, SEÑOR.

Oremos: Proclamamos, Señor, que Tú eres nuestro Dios y Salvador. Reina en nuestros corazones y que tu Reino de paz y de amor se extienda por todo el mundo.

(C)

Unamos nuestra oración a la oración de Cristo, que sigue intercediendo por nosotros ante Dios.

Por todos los que sufren, para que se sientan confortados por la Pasión de Cristo. ROGUEMOS AL SEÑOR.
Para que nosotros sepamos perdonar y sufrir con paciencia, como Cristo perdonó y sufrió en su Pasión. ROGUEMOS AL SEÑOR.
Por todos los pecadores, para que confíen siempre en el perdón y en la misericordia de Dios. ROGUEMOS AL SEÑOR.
Para que estemos siempre atentos al dolor y al sufrimiento de los demás, que es como la continuación de la Pasión de Cristo. ROGUEMOS AL SEÑOR.

Oremos: Te pedimos, Señor, que por la Pasión, Muerte y Resurrección de tu Hijo Jesús, nos concedas siempre tu perdón y tu ayuda.

(D)

En este domingo de Ramos, en que recordamos el día que Jesús fue aclamado por el pueblo, unamos nuestra alabanza a la alabanza de toda la Iglesia, diciendo: TE DAMOS GRACIAS, SEÑOR.

Porque lloras con nosotros, compartiendo nuestros sufrimientos. TE DAMOS GRACIAS, SEÑOR.
Porque te entregaste a la muerte para darnos vida.
TE DAMOS GRACIAS, SEÑOR.
Porque sigues caminando entre nosotros, para que no estemos solos. TE DAMOS GRACIAS, SEÑOR.
Porque nos alimentas con tu Cuerpo y con tu Palabra, para darnos fortaleza. TE DAMOS GRACIAS, SEÑOR.

Oremos: Te damos gracias, Señor, y te alabamos por todo lo que has hecho por nosotros. Te pedimos que nos sintamos siempre amados y perdonados por Ti.



Prefacio...

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar, Señor,
Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, nuestro Señor.
El cual siendo justo,
se entregó a la muerte por nosotros,
y aceptó la injusticia de ser contando
entre los criminales.
De esta forma, al morir,
destruyó nuestras culpas,
y al resucitar, hemos sido todos justificados.
Por eso, le alaban los cielos y la tierra,
y nosotros nos unimos
al canto de toda la Creación,
proclamando sin cesar:

Santo, Santo, Santo...


Padre nuestro:

Nosotros somos un eslabón de esa gran cadena de creyentes en Jesús, que a lo largo de la historia, y a lo ancho del mundo, han creído y siguen creyendo en un Dios que es padre y nos ama. Su Hijo Jesús nos lo enseñó. Nosotros recogemos sus palabras y las repetimos llenos de alegría, diciendo: Padre nuestro....


La Paz:

No basta con saber que Dios es nuestro Padre. Hay que dar un paso más y recordar que todos nosotros somos sus hijos. Los de lejos y los de cerca, los blancos y los negros. A todos ellos les damos hoy el abrazo de paz.


Comunión:

Una vez más Jesús nos invita a su Comida. Estamos celebrando su Triunfo, su llegada triunfal y queremos terminar la Fiesta reunidos en su Mesa. Dichosos nosotros los invitados...


Oración

Con ramos de olivo te aclamamos

Te aclamamos queriendo unirnos
a todos los que sufren.
A tantos enfermos que no pueden con el dolor,
a tantas familias deshechas por la droga,
a todas las parejas rotas por el desamor y la soledad,
a tantos niños llenos de cosas y necesitados de amor.

Te aclamamos pidiéndote nos ayudes
a acompañar la vida
de tantos inmigrantes llenos de nostalgia
e inseguridad,
de todos los deprimidos,
desanimados y sin ganas de vivir,
de los que no tienen valores que merezcan la pena,
de los que tienen penas que nadie consuela,
de los que cumplen penas en cárceles deshumanizadas...

Te aclamamos contentos
porque nos llenas de esperanza.
Por eso creemos que este mundo tiene remedio,
que se puede dar la vida como Tú, para crear vida,
que juntos contigo y con los otros,
somos una familia,
que poco a poco vamos haciendo tu reino
y que nos juntaremos en tu abrazo
al final de los días.

Te aclamamos, te felicitamos y te admiramos,
por lo bien que nos explicaste
la mejor manera de vivir,
por cómo nos contaste quién es nuestro Dios,
porque nos abriste caminos nuevos
y nos llenaste de ilusión,
porque, aunque las cosas te fueron difíciles,
llegaste hasta el fin,
porque nos invitas a vivir a tu manera
y a contar con tu presencia.
Y porque sentimos que caminas
la vida a nuestro lado...
GRACIAS, JESÚS... TU PASIÓN MERECIÓ LA PENA.



Bendición:

El Dios, Padre de Misericordia, que en la Pasión de su Hijo nos ha dado ejemplo de amor, nos conceda, por nuestra entrega a Dios y a los hombres, la mejor de sus bendiciones. Amén.
Y que gracias a la muerte temporal de Cristo, que alejó de nosotros la muerte definitiva, obtengamos el don de una vida sin fin. Amén.
Y así, imitando su ejemplo de humildad, participemos un día en su resurrección gloriosa. Amén.

Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu santo, descienda sobre nosotros y nos acompañe siempre. Amén.


Despedida:

Los ramos no son un amuleto mágico para que, colgado de nuestros balcones, nos sirva de reclamo para los bienes y ahuyente los males. El Ramo que hoy llevamos en nuestras manos es una opción: somos de los que queremos gritar: “Hosanna” y no “crucifícale”. Somos de los que han optado por cargar con la misma cruz de Jesús y dar nuestra vida, como Él la dio, por todos los hombres. Y ponerlo en el balcón, a la vista de todos, no es por ornamento o por mantener una costumbre supersticiosa. Es un modo de decir a todos los que pasen: “Aquí vive un cristiano: tienes su casa abierta, su corazón disponible para amar y su tiempo y oídos para escucharte y darte lo que tiene”.


WebJCP | Abril 2007