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domingo, 24 de abril de 2011

LA HOMILÍA MÁS JOVEN: DOMINGO DE PASCUA



1.- Yo no sé, mis queridos jóvenes lectores, si asistiréis durante el día de este domingo a misa. Tal vez habéis celebrado la solemne Vigilia Pascual y consideráis que vuestra participación ha tenido la suficiente solemnidad y dedicación, como para considerar que ha sido suficiente. Y no seré yo quien os lo recrimine. Tampoco, caso de que asistáis, sé qué evangelio se escogerá, pues hay tres posibilidades. Voy a imaginar que proclaman el que veo ahora que sería propio de la misa del atardecer.

Pensando ahora en vosotros, se me ocurre aquello de que los varones somos cerebros con patas y las mujeres tenéis el alma en la piel. Son graciosos disparates, pero no carentes de significado. Si recuerdo la frase, es porque la resurrección del Señor, nos sugiere el planteamiento de la posibilidad de la nuestra. Las dos van, de alguna manera, relacionadas. Añádase la pregunta honrada de querer saber de qué manera será la vida en la otra realidad. Honradamente os confieso que no tengo respuesta evidente. La Fe excluye la seguridad, la Fe siempre es un riesgo, aquí radica su merito. Lo que podemos conseguir es el convencimiento, y a eso voy.

2.- El episodio del encuentro de Jesús resucitado con los discípulos que decepcionados huían de Jerusalén, y nos cuenta el evangelio de Lucas, es además de simpático y colorista, muy convincente. Iban ellos discutiendo cerebralmente, no lo hacían en voz baja, ni se amilanaron porque cerca de ellos viniera un desconocido. No eran gente reservada y precavida. Interviene el que camina de incógnito y trata de entrar en conversación. ¿De qué habláis les pregunta? Podían haberle respondido ¿y a ti que te importa? Pero no lo hicieron. Pese a que les recrimine llamándoles torpes y necios, ellos no le dicen: mira, jefe, que te enrollas demasiado, déjanos en paz, que bastantes preocupaciones tenemos. Le escuchan con gusto, pese a ser adultos. Se dice que uno de los caminantes pudiera ser su primo. Piensan también que siempre puede uno aprender (aquel dicho castellano: nunca te acostarás sin saber una cosa más).

3.- El camino de Emaús no era demasiado largo, pero daba para mucho conversar. Por fin llegan a su destino. Hace el desconocido ademán de continuar y ellos, que hasta entonces han tenido un corazón abierto a sus explicaciones, le demuestran tener su domicilio dispuesto para que se hospede en él. Le invitan a su casa. En la mesa, cuando parte el pan, descubren de quien se trata. Las razones no les habían llegado a convencer, el gesto sí.

"El corazón tiene razones que la razón desconoce", es la frase famosa del gran Blas Pascal. Reconocen por el camino que hacen de vuelta, que cuando le escuchaban, su corazón ardía y quedan convencidos por ello. Pero no quieren reservarse el descubrimiento para ellos solos. Piensan en la pena que empapaba a los discípulos que dejaron en la capital y no esperan a que llegue un nuevo día. Vuelven de inmediato a Jerusalén y allí encuentran a los demás y con ellos comparten la gozosa experiencia. No acuden a demostraciones filosóficas: lo han reconocido al partir el pan, cuentan convencidos.

4.- El episodio ocurre en domingo, el mismo domingo que, antes de amanecer, el Señor había resucitado y se había dado a conocer a unas mujeres. Mujeres sensibles, más que cerebrales, a las que no tuvo que pedirles comida y zamparse pescado, para que comprobaran que no era un fantasma, como así lo tuvo que hacer más tarde con los apóstoles masculinos. Se dice que el acontecimiento de Emaús fue la primera misa, inmediatamente después de resucitar, no quiso el Señor que olvidáramos el domingo, la gran fiesta. No quiso espectaculares demostraciones ante multitudes atónitas. Fue un encuentro familiar.

6.- Entre nosotros, los artistas, presentan la escena con tres únicas figuras. Yo creía que la narración correspondía a un encuentro restringido de esta índole. Recuerdo que un día, pretendiendo salir deprisa del museo de Louvre, pues había contemplado lo que me interesaba y afuera me estaban esperando, me sorprendió un enorme cuadro a mi derecha y no pude resistir la tentación de detenerme para, por un momento, fijarme en él, sin saber porqué, me fascinaba. Me sorprendió que su titulo fuera Emaús. Me sorprendió, porque en la escena aparecían otras personas, además de los tres tradicionales para mí. No podía detenerme y me limité a fotografiarlo para, en casa pensarlo con detenimiento. He comprobado que no es el único artista que interpretó la escena de esta manera. Lógicamente, en el domicilio de los dos hospitalarios caminantes, vivirían sus familiares. Si fue una misa no quiso el Señor que fuera para aquellos dos de su grupito. Desde el principio estuvo abierta a otros que no eran del cotarro (aviso a la navegación, espiritual, de cabotaje).

7.- Lamentablemente, el lugar donde ocurrió no se sabe con certeza. Tres o cuatro se lo disputan. En dos o tres he estado, el que a mí más me complace, es el que protege la Custodia Franciscana. No tiene la elegancia gótica del que alberga a una comunidad benedictina, que también he visitado. Pero siento que, cuando estoy allí, que ahora es un pueblecito árabe cuyo nombre no recuerdo, pero que suena a algo así como Kweibe, a mí también me arde el corazón. Ruinas sencillas, restos de una antigua calzada y de viviendas pobres, es todo lo que queda, más algún mosaico bizantino, que correspondería a la casa de Cleofás, el único nombre que aparece en el relato, tal vez hijo de la que acompañó a Santa María en el Calvario.

8.- Os decía que nos preguntamos a veces cómo será nuestra existencia en la realidad que sigue a la muerte, el episodio de Emaús nos da alguna respuesta. Jesús resucitado sigue interesado por los hombres, le importan sus amigos y les quiere en paz y cordial comunicación. Nuestro futuro, esta es nuestra Esperanza, gozará de algo semejante. Nada de una gota de agua que llega triunfante al mar y se sumerge en él, perdiendo su individualidad. El amor une, pero no destruye.


WebJCP | Abril 2007