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MISIONEROS EN CAMINO: Evangelio Misionero del Día: 17 de Abril de 2011 - DOMINGO DE RAMOS - CICLO A
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sábado, 16 de abril de 2011

Evangelio Misionero del Día: 17 de Abril de 2011 - DOMINGO DE RAMOS - CICLO A


Tu Cruz nos abre de la Vida

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 26, 3-5. 14-27, 66

¿Cuánto me darán si lo entrego?

C. Unos días antes de la fiesta de Pascua, los Sumos Sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron en el palacio del Sumo Sacerdote, llamado Caifás, y se pusieron de acuerdo para detener a Jesús con astucia y darle muerte. Pero decían:
S. «No lo hagamos durante la fiesta, para que no se produzca un tumulto en el pueblo».
C. Entonces, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo:
S. «¿Cuánto me darán si se lo entrego?»
C. Y resolvieron darle treinta monedas de plata. Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo.

¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?

C. El primer día de los Ácimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús:
S. «¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual ?»
C. Él respondió:
a «Vayan a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: "El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos"».
C. Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua.

Uno de ustedes me entregará

C. Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce y, mientras comían, Jesús les dijo:
a «Les aseguro que uno de ustedes me entregará».
C. Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno:
S. «¿Seré yo, Señor?» C. Él respondió:
a «El que acaba de servirse de la misma fuente que Yo, ése me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de Él, pero ¡ay de aquél por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!»
C. Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó:
S. «¿Seré yo, Maestro?»
a «Tú lo has dicho».
C. Le respondió Jesús.

Esto es mi cuerpo. Ésta es mi sangre

C. Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:
a «Tomen y coman, esto es mi Cuerpo».
C. Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, diciendo:
a «Beban todos de ella, porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados. Les aseguro que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre».
C. Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos.

Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño

C. Entonces Jesús les dijo:
a «Esta misma noche, ustedes se van a escandalizar a causa de mí. Porque dice la Escritura: "Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño". Pero después que Yo resucite, iré antes que ustedes a Galilea».
C. Pedro, tomando la palabra, le dijo:
S. «Aunque todos se escandalicen por tu causa, yo no me escandalizaré jamás».
C. Jesús le respondió:
a «Te aseguro que esta misma noche, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces».
C. Pedro le dijo:
S. «Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré».
C. Y todos los discípulos dijeron lo mismo.

Comenzó a entristecerse y a angustiarse

C. Cuando Jesús llegó con sus discípulos a una propiedad llamada Getsemaní, les dijo:
a «Quédense aquí, mientras Yo voy allí a orar».
C. Y llevando con Él a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse. Entonces les dijo:
a «Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí, velando conmigo».
C. Y adelantándose un poco, cayó con el rostro en tierra, orando así:
a «Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya».
C. Después volvió junto a sus discípulos y los encontró durmiendo. Jesús dijo a Pedro:
a «¿Es posible que no hayan podido quedarse despiertos conmigo, ni siquiera una hora? Estén prevenidos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil».
C. Se alejó por segunda vez y suplicó:
a «Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, que se haga tu voluntad».
C. Al regresar los encontró otra vez durmiendo, porque sus ojos se cerraban de sueño. Nuevamente se alejó de ellos y oró por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Luego volvió junto a sus discípulos y les dijo:
a «Ahora pueden dormir y descansar: ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar»

Se abalanzaron sobre Él y lo detuvieron

C. Jesús estaba hablando todavía, cuando llegó Judas; uno de los Doce, acompañado de una multitud con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta señal:
S. «Es aquél a quien voy a besar. Deténganlo».
C. Inmediatamente se acercó a Jesús, diciéndole:
S. «Salud, Maestro».
C. Y lo besó. Jesús le dijo:
a «Amigo, ¡cumple tu cometido!»
C. Entonces se abalanzaron sobre Él y lo detuvieron. Uno de los que estaban con Jesús sacó su espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja. Jesús le dijo:
a «Guarda tu espada, porque el que a hierro mata, a hierro muere. ¿O piensas que no puedo recurrir a mi Padre? Él pondría inmediatamente a mi disposición más de doce legiones de ángeles. Pero entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras, según las cuales debe suceder esto?»
C. Y en ese momento, Jesús dijo a la multitud:
a «¿Soy acaso un bandido, para que salgan a arrestarme con espadas y palos? Todos los días me sentaba a enseñar en el Templo, y ustedes no me detuvieron».
C. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.

Verán al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso

C. Los que habían arrestado a Jesús lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo siguió de lejos hasta el palacio del Sumo Sacerdote; entró y sentó con los servidores para ver cómo terminaba todo.
Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús para poder condenarlo a muerte; pero no lo encontraron, a pesar de haberse presentado numerosos testigos falsos. Finalmente, se presentaron dos que declararon:
S. «Este hombre dijo: "Yo puedo destruir el Templo de Dios y reconstruirlo en tres días"».
C. El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie, dijo a Jesús:
S. «¿No respondes nada? ¿Qué es lo que estos declaran contra ti?»
C. Pero Jesús callaba. El Sumo Sacerdote insistió:
S. «Te conjuro por el Dios vivo a queme digas si Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios».
C. Jesús le respondió:
a «Tú lo has dicho. Además, les aseguro que de ahora en adelante verán al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir sobre las nubes del cielo».
C. Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo:
S. «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes acaban de oír la blasfemia. ¿Qué les parece?»
C. Ellos respondieron:
S. «Merece la muerte».
C. Luego lo escupieron en la cara y lo abofetearon. Otros lo golpeaban, diciéndole:
S. «Tú, que eres el Mesías, profetiza, dinos quién te golpeó».

Antes que cante el gallo, me negarás tres veces

C. Mientras tanto, Pedro estaba sentado afuera, en el patio. Una sirvienta se acercó y le dijo:
S. «Tú también estabas con Jesús, el Galileo».
C. Pero él lo negó delante de todos, diciendo:
S. «No sé lo que quieres decir».
C. Al retirarse hacia la puerta, lo vio otra sirvienta y dijo a los que estaban allí:
S. «Este es uno de los que acompañaban a Jesús, el Nazareno».
C. Y nuevamente Pedro negó con juramento:
S. «Yo no conozco a ese hombre».
C. Un poco más tarde, los que estaban allí se acercaron a "Pedro y le dijeron:
S. «Seguro que tú también eres uno de ellos; hasta tu acento te traiciona».
C. Entonces Pedro se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre. En seguida cantó el gallo, y Pedro recordó las palabras que Jesús había dicho: «Antes que cante el gallo, me negarás tres veces». Y saliendo, lloró amargamente.

Entregaron a Jesús a Pilato, el gobernador

C. Cuando amaneció, todos los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo deliberaron sobre la manera de hacer ejecutar a Jesús. Después de haberlo atado, lo llevaron ante Pilato, el gobernador, y se lo entregaron.

No está permitido ponerlo en el tesoro, porque es precio de sangre

C. Judas, el que lo entregó, viendo que Jesús había sido condenado, lleno de remordimiento, devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo:
S. «He pecado, entregando sangre inocente».
C. Ellos respondieron:
S. «¿Qué nos importa? Es asunto tuyo».
C. Entonces él, arrojando las monedas en el Templo, salió y se ahorcó. Los sumos sacerdotes, juntando el dinero, dijeron:
S. «No está permitido ponerlo en el tesoro, porque es precio de sangre».
C. Después de deliberar, compraron con él un campo, llamado «del alfarero», para sepultar a los extranjeros. Por esta razón se lo llama hasta el día de hoy «Campo de sangre». Así se cumplió lo anunciado por el profeta Jeremías: «y ellos recogieron las treinta monedas de plata, cantidad en que fue tasado aquel a quien pusieron precio los israelitas. Con el dinero se compró el "Campo del alfarero", como el Señor me lo había ordenado».

¿Tú eres el rey de los judíos?

C. Jesús compareció ante el gobernador, y éste le preguntó:
S. «¿Eres Tú el rey de los judíos?»
C. Él respondió:
a «Tú lo dices».
C. Al ser acusado por los sumos sacerdotes y los ancianos, no respondió nada. Pilato le dijo:
S. «¿No oyes todo lo que declaran contra ti?»
C. Jesús no respondió a ninguna de sus preguntas, y esto dejó muy admirado al gobernador. En cada Fiesta, el gobernador acostumbraba a poner en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había entonces uno famoso, llamado Jesús Barrabás. Pilato preguntó al pueblo que estaba reunido:
S. «¿A quién quieren que ponga en libertad, a Jesús Barrabás o a Jesús llamado el Mesías?»
C. Él sabía bien que lo habían entregado por envidia. Mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir:
S. «No te mezcles en el asunto de ese justo porque hoy, por su causa, tuve un sueño que me hizo sufrir mucho».
C. Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la multitud que pidiera la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Tomando de nuevo la palabra, el gobernador les preguntó:
S. «¿A cuál de los dos quieren que ponga en libertad?»
C. Ellos respondieron:
S. «A Barrabás».
C. Pilato continuó:
S. «¿Y qué haré con Jesús, llamado el Mesías?»
C. Todos respondieron:
S. «¡Que sea crucificado!»
C. Él insistió:
S. «¿Qué mal ha hecho?»
C. Pero ellos gritaban cada vez más fuerte:
S. «¡Que sea crucificado!»
C. Al ver que no se llegaba a nada, sino que aumentaba el tumulto, Pilato hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo:
S. «Yo soy inocente de esta sangre. Es asunto de ustedes».
C. Y todo el pueblo respondió:
S. «Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos».
C. Entonces, Pilato puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.

Salud, rey de los judíos

C. Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron a toda la guardia alrededor de Él. Entonces lo desvistieron y le pusieron un manto rojo. Luego tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre su cabeza; pusieron una caña en su mano derecha y, doblando la rodilla delante de Él, se burlaban, diciendo:
S. «Salud, rey de los judíos».
C. Y escupiéndolo, le quitaron la caña y con ella le golpeaban la cabeza. Después de haberse burlado de Él, le quitaron el manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar.

Fueron crucificados con Él dos bandidos

C. Al salir, se encontraron con un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota, que significa «lugar del Cráneo», le dieron de beber vino con hiel. Él lo probó, pero no quiso tomarlo. Después de crucificarlo, «los soldados sortearon sus vestiduras y se las repartieron;» y sentándose allí, se quedaron para custodiarlo. Colocaron sobre su cabeza una inscripción con el motivo de su condena: «Este es Jesús, el rey de los judíos». Al mismo tiempo, fueron crucificados con El dos bandidos, uno a su derecha y el otro a su izquierda.

Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz

C. Los que pasaban, lo insultaban y, moviendo la cabeza, decían:
S. «Tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!»
C. De la misma manera, los sumos sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, se burlaban, diciendo:
S. «¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en Él. "Ha confiado en Dios; que Él lo libre ahora si lo ama", ya que Él dijo: "Yo soy Hijo de Dios"».
C. También lo insultaban los bandidos crucificados con Él.

Elí, Elí, ¿lemá sabactaní?

C. Desde. el mediodía hasta las tres de la tarde, las tinieblas cubrieron toda la región. Hacia las tres de la tarde, Jesús exclamó en alta voz:
a «Elí, lí, lemá sabactaní».
C. Que significa:
a «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
C. Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron:
S. «Está llamando a Elías». En seguida, uno de ellos corrió a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, le dio de beber. Pero los otros le decían:
S. «Espera, veamos si Elías viene a salvarlo».
C. Entonces Jesús, clamando otra vez con voz potente, entregó su espíritu.

Aquí todos se arrodillan, y se hace un breve silencio de adoración.

C. Inmediatamente, el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron y las tumbas se abrieron. Muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que Jesús resucitó, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a mucha gente. El centurión y los hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron:
S. «¡Verdaderamente, éste era Hijo de Dios!»
C. Había allí muchas mujeres que miraban de lejos: eran las mismas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo.
Entre ellas estaban María Magdalena, María -la madre de Santiago y de José- y la madre de los hijos de Zebedeo.

José depositó el cuerpo de Jesús en un sepulcro nuevo

C. Al atardecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también se había hecho discípulo de Jesús, y fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato ordenó que se lo entregaran. Entonces José tomó el cuerpo, lo envolvió una sábana limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo que sé había hecho cavar en la roca. Después hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, y se fue. María Magdalena y la otra María estaban sentadas frente al sepulcro.

Ahí tienen la guardia,
vayan y aseguren la vigilancia como lo crean conveniente

C. A la mañana siguiente, es decir, después del día de la Preparación, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron y se presentaron ante Pilato, diciéndole:
S. «Señor, nosotros nos hemos acordado de que ese impostor, cuando aún vivía, dijo: "A los tres días resucitaré". Ordena que el sepulcro sea custodiado hasta el tercer día, no sea que sus discípulos roben el cuerpo y luego digan al pueblo: "¡Ha resucitado!" Este último engaño sería peor que el primero».
C. Pilato les respondió:
S. «Ahí tienen la guardia, vayan y aseguren la vigilancia como lo crean conveniente».
C. Ellos fueron y aseguraron la vigilancia del sepulcro, sellando la piedra y dejando allí la guardia.

Palabra del Señor.


COMPARTIENDO LA PALABRA
Por Santiago Agrelo ofm

Jesús, la Iglesia, los pobres, van camino de la Pascua.

Su noche se hace ahora dura oscuridad. Es la última etapa de su “abajamiento” hasta la muerte, hasta la cruz.

Esta vez la tempestad no se calma, y la barca se hunde. Esta vez la muerte no retrocede, y el espíritu ha de ser entregado. Esta vez, el hombre queda solo con el misterio de Dios. En la cruz, con el crucificado, queda la noche de la fe.

El Domingo de Ramos en la Pasión del Señor es nuestra primera celebración del éxodo de Jesús desde este mundo al Padre.

“En este día, la Iglesia recuerda la entrada de Cristo en Jerusalén para consumar el misterio pascual”.

“Bendito el que viene en nombre del Señor”:

Entonces era la gente que iba con Jesús la que gritaba: “Bendito el que viene en nombre del Señor”. Hoy lo proclamas tú, Iglesia convocada a la celebración anual de los misterios de la Pascua.

Entonces lo decían quienes habían reconocido en Jesús de Nazaret la imagen del Mesías esperado. Hoy lo proclama la comunidad de los discípulos que el Mesías ha llevado consigo desde la esclavitud a la libertad.

Entonces, la multitud de los que iban con Jesús, no sólo lo aclamaban, sino que, a su paso, unos “extendían sus mantos por el camino”, otros “cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada”. Hoy, porque recuerda la libertad que ha recibido y hace memoria del Rey que se la ha dado, la comunidad de los discípulos, la asamblea de los pobres, agita ramos de olivo en sus manos y, con el manto de la fe, alfombra el camino del que ha venido “en nombre del Señor” para ser su salvador, su redentor, su liberador.

Anonadamiento:

Deja, Iglesia de Cristo, que el profeta te lleve de la mano al conocimiento del misterio, y “mira a tu Rey, que viene a ti, humilde”. Instruida por su palabra, podrás ver en Jesús de Nazaret, pobre y humilde, el sacramento de la salvación que te visita.

“Mira a tu Rey”: Humilde fue su nacimiento, humilde lo has visto que aprendía en Nazaret, humilde lo has visto trabajar por la redención de todos, humilde lo ves ahora que viene a ti, “montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila”, humilde lo verás que pende en el árbol de la cruz, fruto misterioso que la caridad de Dios ha madurado para que vivas.

El profeta te dice: “Mira a tu Rey que viene a ti”; y la fe entiende que tu Rey viene por ti, viene para ti, viene porque te ama.

“Mira a tu Rey”: El profeta lo dice “humilde”, y tú, aleccionado por el Espíritu, entras en el misterio de esa humildad. Viene “humilde” tu Rey, pues viene en tu condición humillada, en tu humanidad, en tu pequeñez. Viene “humilde” tu Rey, pues, al encarnarse el Hijo de Dios, hizo suyo para llevarlo él, lo que llevábamos nosotros porque era nuestro: “Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron”.

“Mira a tu Rey”: No viene a ti con legiones de ángeles, tampoco con legiones de soldados; viene a ti ungido para evangelizar a los pobres, para proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista, para anunciar el año de gracia del Señor.

“Mira a tu Rey”: Verás a tu salvador, verás que vine a ti tu redentor, y aclamarás a tu Señor, a tu Dios.

Plenitud:

Has entrado en el misterio de lo que Cristo ha recibido de ti. Considera ahora lo que tú has recibido de él.

Algo muy grande ha de ser, pues con solo haberlo visto en la pequeñez de un niño, tomándolo en brazos, el justo Simeón bendijo a Dios, diciendo: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu salvador”. Grande es sin duda lo que llena la vida de un hombre, sus deseos, sus esperanzas; pero grande hasta la plenitud ha de ser lo que cumple las esperanzas de todos, todos los deseos, todas las promesas.

La gente que, subiendo a Jerusalén, iba aquel día delante y detrás de Jesús, reconoció en él al Rey mesiánico que llegaba a Sión. Allí donde los ojos sólo ven a un hombre pobre y humilde; la fe contempla al Mesías justo y triunfador, que suprimirá carros y caballos para el combate, que romperá el arco guerrero, y proclamará la paz a los pueblos. Por eso la gente lo aclama: _ ¡Viva el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Viva el Altísimo! Aclaman por lo que ven, por lo que se les ha revelado, por lo que creen, por lo que la fe les permite esperar.

Pero a ti se te han manifestados misterios que el justo Simeón no pudo conocer, y que las gentes que iban con Jesús no pudieron sospechar. Tú has bebido en Cristo un agua que salta hasta la vida eterna. Tú has sido iluminado en Cristo por la luz de Dios. Tú has resucitado con Cristo a vida nueva. A ti se te ha concedido creer y renacer por el agua y el Espíritu para ser hijo de Dios. Por eso aclamas: _ ¡Viva el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Viva el Altísimo!

Que el hombre no separe lo que Dios ha unido:

En aquella ocasión, a quienes le preguntaban por matrimonio y divorcio, Jesús les respondió: _ ¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y dijo: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”.

“Es éste un gran misterio”, escribió el apóstol Pablo, y añadió: “Y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia”.

Es éste el misterio de comunión que consideraba el obispo Agustín cuando, en sus comentarios sobre los salmos, escribió: “No pudo Dios hacer a los hombres un don mayor que el de darles por cabeza al que es su Palabra, por quien ha fundado todas las cosas, uniéndolos a él como miembros suyos, de forma que él es Hijo de Dios e Hijo del hombre al mismo tiempo, Dios uno con el Padre y hombre con el hombre”.

Esto es lo que crees, Iglesia de Cristo, y en esto es en lo que serás tentada.

Recuerda las palabras que el tentador dice a Jesús en el desierto: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes”. Recuerda también las que le dicen a tu Señor, al que es tu cabeza, quienes pasaban cerca de él en la hora tenebrosa de su pasión: “Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz”. Si eres Hijo de Dios, niega tu condición de Hijo del hombre. Puesto que eres grande, anula los límites de tu pequeñez. Ya que eres fuerte, anula tu debilidad.

No separes, Iglesia de Cristo, tu pequeñez de su grandeza, pues él no separa su grandeza de tu pequeñez. Tu Señor abrazó tu condición y bajó contigo hasta tu muerte, hasta tu cruz. Tu Señor baja contigo, con tus hijos, con tus pobres, a las filas de los que no encuentran trabajo, a los cartones de los que no tienen hogar, a los caminos del emigrante, a la clandestinidad del que no es rentable, a las pateras de los que nunca llegan a destino. Tu Señor baja contigo al lecho de tu enfermedad, al de tu agonía, al de tu muerte. Tu Señor baja contigo, en tus hijos, en tus pobres, a los caminos que recorres humillada, despreciada, ultrajada, crucificada.

Ama esa pequeñez que Cristo hizo suya, y agradece la plenitud que de Cristo has recibido. Clama en tu dolor, pues es dolor verdadero; pero no olvides orar por quienes te hacen sufrir, e invocar sobre ellos la gracia del perdón.

Ésta es tu procesión:

“Recordando con fe y devoción la entrada triunfal de Jesucristo en la Ciudad Santa, le acompañaremos con nuestros cantos, para que participando ahora de su cruz, merezcamos un día tener parte en su resurrección”.

Hoy acompañamos a Cristo y lo aclamamos, no tanto por la resurrección que esperamos se manifieste un día en nuestra mortalidad, cuanto por la certeza de que el Rey ya ha venido humilde a la tierra de nuestra debilidad. No te alegras por lo que en Cristo aún esperas alcanzar, sino por lo que ya en él has recibido.

Hoy, mientras con palabras de evangelio recuerdas a tu Rey que viene a ti, humilde, ves en él a tus hijos, ves en él a tus pobres. Y si vuelves los ojos a tus hijos, a tus pobres, ves en ellos el rostro de tu Señor. Alégrate y goza, Iglesia cuerpo de Cristo, pues sabes que ya no recibirás pobres sin que en ellos te visite tu Rey, y no recibirás al Rey sin que venga con él su cortejo de pobres.

No temas a los que intenten parodiar tu camino. “No temáis a los que matan el cuerpo, y después de esto no pueden hacer más”. Si conociesen al Señor, también ellos vendrían a caminar contigo. Ámalos. Tal vez un día los veas agitar a tu lado el ramo de la alegría y del agradecimiento.

Ésta es tu Eucaristía:

La fe te dice quién viene a ti en la Eucaristía que celebras: Viene el Señor; escuchas su palabra, comulgas su Cuerpo y su Sangre.

Recuerda, Iglesia de Cristo, las palabras que hablan de tu unión con él: “Ya no son dos, sino una sola carne”. Proclama de nuevo las palabras del profeta: “Decid a la hija de Sión: Mira a tu Rey, que viene a ti, humilde”. Viene humilde en su palabra y en su pan; viene y se te ofrece para ser tuyo, como son tuyos las palabras que escuchas y el pan con que te alimentas; viene y se queda en tu pequeñez, en tus hijos, en tus pobres; tu Rey irá contigo “en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad”, irá siempre contigo, porque “ya no sois dos, sino una sola carne”.

La Eucaristía que celebras es sacramento de amor extremo, del amor con que el Hijo de Dios vino a ti, del infinito amor con que, despojado de su rango, ceñida la toalla de la condición humana, te lavó los pies para que tuvieras parte con él.

Reconoce en la diversidad de los signos la unidad del misterio que se te revela. El que se entregó a ti cuando te dijo: “Tomad, esto es mi cuerpo”, se te entregó de manera semejante cuando se arrodilló a tus pies para lavarte. El que partió para ti el pan con que te alimenta, él mismo es la fuente de la que brota el agua con que te purifica.

En tu Eucaristía, como en tu procesión, agradeces lo que ya has recibido de tu Señor, te asombras de reconocerle unido a ti para siempre en tu humanidad, de saberte unida a él en su divinidad, y aprendes a vivir del amor que has conocido.

Éste es tu canto:

Podemos aclamar a Jesús, acompañándolo como la multitud que subía con él a Jerusalén. El canto nace de la fe que permite reconocer en Jesús al Rey que, humilde, viene a ti.

Proclamando, con ramos de palmas: ¡Hosanna en el cielo!, podemos profetizar con los niños hebreos la resurrección del Señor. El canto anuncia lo que la multitud aún no podía conocer, y anticipa, en la alegría de los niños, la alegría de los fieles por Cristo resucitado.

Con la Virgen María, podemos proclamar la grandeza de Dios, porque en el Rey que a nosotros viene humilde, el Señor ha mirado nuestra humillación e hizo maravillas en sus pobres.

Jesús, la Iglesia, los pobres, van camino de la Pascua.

Mientras dure la noche, caminemos a la luz del amor.


WebJCP | Abril 2007