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MISIONEROS EN CAMINO: II Domingo de Cuaresma (Mt 17,1-9) - Ciclo A: Una experiencia religiosa con Jesús
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jueves, 17 de marzo de 2011

II Domingo de Cuaresma (Mt 17,1-9) - Ciclo A: Una experiencia religiosa con Jesús


Van de camino a Jerusalén. Los discípulos se enfrentan con Jesús, sus enemigos le van a condenar a muerte y ellos se niegan a seguirle. Su fe es aún débil. Jesús toma una decisión sorprendente. Escoge a tres discípulos y sube con ellos a un monte cercano. Allí en la soledad oran y viven en la oración una extraordinaria experiencia religiosa. Mateo dice que los apóstoles “vieron a Jesús resplandeciente, su rostro brillante como el sol”. Nunca habían sentido nada semejante en su interior al encontrarse con Jesús. Ya no dudan, están ante la gloria del Hijo de Dios que les inunda de gozo. Entusiasmados piden a Jesús levantar unas tiendas y seguir allí con Él, no quieren bajar ya del monte. De pronto se oye una voz potente: “es mi hijo amado, escuchadle”.

El encuentro en oración con Jesús, la experiencia religiosa que han vivido, verdadero regalo de Jesús, les ha transformado, les ha abierto a una realidad personal nueva que viven con Él y que provocó su determinación de seguirle dondequiera que Él estuviera. Jesús les manda bajar del monte, seguir con Él a Jerusalén. Es el contenido del relato de Mateo. Es éste un mensaje sorprendente.

Así nació la fe firme en Jesús, así fue la primera fe en Jesús de los hombres y mujeres que le siguieron en Palestina, de los primeros creyentes en Él, el nacimiento del cristianismo.

Nos lo sugiere esta página; la fe, el seguimiento a Jesús, se apoya en una experiencia personal profunda en Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, y no tanto en unas ideas, ni en un código moral, ni en una tradición ritual. La historia de la fe cristiana es la historia de personas que han vivido en su interior esta experiencia religiosa, se han comprometido y han seguido a Jesús. Jesús no repetirá siempre el milagro que realiza hoy de dejarse ver transfigurado, radiante ante sus discípulos amigos, pero nos hará sentir con seguridad su presencia de la que no podremos dudar. Es Él.

La experiencia religiosa, verdadera luz del espíritu, vivida por hombres y mujeres de todas las culturas, clases, países es la verdadera fuerza que mantiene la existencia del cristianismo como seguimiento a Jesús, más que otras razones de estructuras organizativas, de intereses sociales, de ambiciones o de represiones inquisitoriales, es lo que se va transmitiendo de unas generaciones a otras. Nuestra fe, la seguridad de que Jesús vive entre nosotros. Por eso no nos preocupemos tanto de la escasez de vocaciones en la Iglesia, de que los curas y religiosos se nos hacen viejos y se mueren, preocupémonos de si es que no llegamos a encontrarnos con Jesús y convencernos de que vive entre nosotros, de que nos acompaña siempre, a nuestro lado. Es lo que de verdad mantiene nuestra fe, la fe en nuestro mundo.

Hoy, aburridos ante tanta palabrería vana, que inunda los espacios en que vivimos, vemos a muchos que se alejan de su fe fatigados; otros se afanan en buscar nuevos argumentos, nuevos apoyos para su fe en Jesús, en Dios nuestro Padre, laudable esfuerzo. Tal vez no hemos llegado aún a comprender y a sentir la presencia de Jesús resucitado. Esta página evangélica nos trasmite algo que no podemos pasar por alto, en el monte ha pasado algo extraordinario: Jesús ha iluminado a sus apóstoles, dispuestos a abandonarle, con una luz que les ha transformado y han oído la voz potente desde la nube: “Escuchad a mi hijo amado”. Es el mismo Jesús resucitado, que es contemporáneo nuestro, que vive presente entre nosotros.

Hoy Jesús nos da la gran lección que necesitamos, la necesidad de orar con Él, de hacer nuestra la experiencia religiosa que Él puede suscitar en nosotros, este maravilloso regalo siempre actual de participar conscientes de su presencia, de sentir interiormente, con la mayor convicción que un humano pueda tener, que Él es una realidad de cuya existencia, de cuya presencia no podemos dudar. Así fue la fe de Pablo, de Pedro, de sus seguidores. Así es también la fe de hoy, de tantos y tantas con los que nos encontramos a diario en nuestra vida. Sigamos la llamada de Jesús, nos invita a todos a un poco de silencio, a la oración con él. El Padre también nos dice hoy: “es mi hijo, escuchadle.”

A nosotros discípulos de Jesús, más que atender a razonamientos o a amenazas de condenas, se nos pide acercarnos a su palabra, a su persona, estar dispuestos a recibir su mensaje bueno, el mensaje que necesitamos escuchar. Nos chirría esta palabra del Padre: “escuchad”. Pero es la clave para proseguir nuestra experiencia con Jesús.

¿Estamos convencidos de que Jesús tiene algo que comunicarnos?

Escuchar nos resulta difícil, más difícil que hablar. Pensamos que es más útil y provechoso hablar que escuchar, cubrirlo todo con nuestras palabras y discursos y nuestras razones, a veces verdaderas y a veces menos verdaderas, creemos que es más seguro no decir la verdad plena, no nos atrevemos con la verdad que Jesús nos dejó. Inventamos nuestras verdades y así tantos dudan.

Convivimos sin escucharnos, sin valorar lo que otros nos puedan comunicar. Una sociedad y una Iglesia en la que no se escuchan las personas, los creyentes, está condenada a ser una sociedad pobre, devaluada, no tenemos que ir muy lejos para contrastarlo.

Si hiciéramos un poco de silencio y asumiéramos su invitación para orar con Él, oiríamos esta palabra del Padre y escucharíamos el mensaje de Jesús que necesitamos y sentíamos interiormente la verdad de su palabra. Tomemos su Evangelio.

Merece la pena hacer silencio y escuchar los mensajes de Dios que nos llegan también a través de quienes nos rodean en nuestra vida. Y tratar de que en nuestra vida se manifieste la palabra de Jesús.

Así lo decía el Concilio, Dios nos habla también a través de “los signos de los tiempos”. Tratemos de comprender esos signos, de hacer nuestra oración partiendo de ellos. ¿Por qué no en esos momentos de silencio que hemos de tener cada día, repensar los “signos” que hemos vivido: en familia, con tu mujer, tu marido, tus hijos, tus padres ya mayores; en el trabajo con tu jefe, tus compañeros, tus amigos…pensar en los pobres, los inmigrantes, los desgraciados de este mundo, los abandonados por todos… pensar en lo que piden, en lo que quieren, en lo que no tienen, en lo que Dios quiere, en lo que yo puedo hacer y tratar de decirle algo a Jesús presente, y también escucharle?. Jesús está con ellos aunque no lo sepan, y está con nosotros. Orar es conectar íntimamente con Jesús, es estar a la escucha de lo que nos dice a través de nuestros semejantes y de toda la creación, son sus signos...

Hagamos nuestro este mensaje de Mateo. Para seguir a Jesús hemos de encontrarle en el silencio de la oración, Él nos ayuda, nos trasforma siempre que nos encontramos con él. Él nos hablará, guardemos sus palabras, para eso le ha enviado por el Padre.

Este es el mensaje de este gesto generoso, sublime de Jesús en su transfiguración. Este gesto que sigue realizándolo hoy con nosotros, no lo dudemos.


WebJCP | Abril 2007