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miércoles, 2 de marzo de 2011

El valor de las personas



Nos hemos vanagloriado durante mucho tiempo de que nosotros, los países ricos de Occidente, con nuestros sistemas políticos democráticos éramos los defensores de los “derechos humanos”.

Esa convicción nos daba “carta libre” para intervenir, incluso militarmente, en aquellos países pobres, corruptos que no respetaban la dignidad humana. Casualmente las intervenciones se producían en los países que ponían en peligro nuestro bienestar económico. Si tenían materias primas que nos interesaban aparecíamos como “salvadores”. Si económicamente no tenían interés para nosotros, los relegábamos al olvido.

Dos hechos que no fuimos capaces de prever han puesto en cuestión nuestra actitud frente a los países pobres.

Desde hace tres años sufrimos (algunos) la “crisis económica” fruto de nuestro afán especulativo y de obtener la máxima ganancia con el mínimo gasto. La crisis tiene muchas caras desde las cuales se la puede mirar. Son tantas que hacen que no seamos capaces de afrontarla y estemos cambiando de políticas económicas a cada rato.

Una de sus caras más evidentes en España es la situación de los inmigrantes. Durante años fueron la “mano de obra barata” que necesitábamos para el crecimiento inmobiliario (albañiles mal pagados) y buena parte de la agricultura (peones agrícolas viviendo en condiciones inhumanas). Pero tranquilizábamos nuestra conciencia pensando que les dábamos de comer.

Con la crisis aumentó el desempleo de forma impresionante. Quienes antes nos sacaban las castañas del fuego al hacer trabajo que nadie quería, pasaron a ser “competidores” y un “peso social”… disminuyó el aporte a la Seguridad Social y hubo que tomar medidas sobre la jubilación de dudosa justicia.

A quienes antes valorábamos por su trabajo se convirtieron en una carga de la que había que deshacerse.

Para colmo de repente, sin que nadie lo hubiera previsto, nuestros vecinos árabes del norte de África y de Oriente Medio comienzan procesos populares buscando la democratización de sus países y una mayor justicia social.

Otra sorpresa no esperada. Durante muchos años hemos mantenido regímenes dictatoriales que garantizaban la buena marcha de nuestra economía. Ante las revueltas populares nos quedamos desconcertados sin saber cómo reaccionar. Cuando ya situación parecía irreversible nos subimos al carro de las reivindicaciones del pueblo para minimizar las pérdidas económicas que los cambios políticos nos podían ocasionar.

Todo ello ha supuesto una gran disminución de la ayuda, escasa, selectiva e interesada que dábamos a los países pobres.

Pero más allá de los análisis políticos, siempre discutibles, creo que hay otra cuestión de fondo que no podemos dejar de lado.

Toda esta convulsión que estamos viviendo pone de manifiesto cuál es el valor que damos a la persona humana. Sea a las personas de nuestros propios países, como especialmente a las personas de otros países a las que hemos explotado mientras nos han resultado rentables.

Si te tomas la molestia de leer los discursos de cualquier reunión internacional dedicada a afrontar la situación actual (y son muchas) va a ser muy difícil que en cualquiera de ellos encuentres el valor de las personas, entre los valores que hay que salvar en estos momentos de crisis.

Y tenemos la cara dura de seguirnos considerando los “inventores” de los Derechos Humanos.

Hace 21 siglos a Jesús de Nazaret le costó la vida afirmar y defender que la persona estaba por encima de cualquier ley o interés. Quizás sea ése el mensaje que hoy la Iglesia tenga que transmitir en vez de perderse en otras cuestiones secundarias.


WebJCP | Abril 2007