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MISIONEROS EN CAMINO: VI Domingo del T.O. (Mt 5, 17-37) - Ciclo A: El precio de la vida
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sábado, 12 de febrero de 2011

VI Domingo del T.O. (Mt 5, 17-37) - Ciclo A: El precio de la vida


Publicado por Antena Misionera Blog

A primera vista, el evangelio de hoy nos puede parecer sorprendente y hasta contradictorio. Jesús afirma que no ha venido a suprimir la ley sino a darle plenitud, a pesar de que en muchas oportunidades él mismo se inclinó por una trasgresión de la ley cuando ésta violentaba necesidades fundamentales del hombre. Así impuso el criterio de que el hombre estaba por encima del descanso del sábado, con el consiguiente escándalo de escribas y fariseos.

Sin embargo, hoy nos dice que si en el cumplimiento de la ley “no sois mejores que los escribas y fariseos no entraréis en el Reino de los cielos”. Después el mismo Jesús nos trae diversos ejemplos de cómo los discípulos han de saber cumplir la ley “hasta la última letra o tilde”, porque “el que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, será el menos importante en el Reino de los cielos”.

Tratemos, pues de comprender el sentido de cuanto hoy nos dice Jesús, conscientes de que, de no hacerlo, nuestra entrada en Reino de Dios será dudosa.

La ley de Dios y la ley de los hombres

Es importante recordar que cuando Jesús habla de la “ley”, distingue claramente entre la ley o palabra de Dios y las leyes o palabras de los hombres, a pesar de que muchas veces es difícil en la práctica hacer tal distinción. Desde el pensamiento de Jesús, la Palabra de Dios tal como está contenida en la Sagrada Escritura es la ley del hombre en cuanto es camino de sabiduría para el hombre. Existen formas y formas de encarar la existencia humana, es decir, hay diversas sabidurías… Precisamente Pablo en la segunda lectura de hoy presenta el evangelio como “una sabiduría que no es de este mundo… y Dios nos la ha revelado por el Espíritu, y el Espíritu todo lo penetra, hasta la profundidad de Dios”.

Por lo tanto no existe contradicción entre ley de Dios y crecimiento del hombre; al contrario, la ley de Dios es el camino para que el hombre llegue a su total plenitud, perfección o desarrollo. En cambio, cuando el hombre hace de la ley un simple instrumento jurídico o penal al que debe someterse para no incurrir en serios castigos, entonces la ley pierde su carácter liberador, pierde su sal de sabiduría y se convierte pura y simplemente en un instrumento de represión al servicio de cierto orden instituido.

Por consiguiente, Jesús, afirma en primer lugar que la palabra de Dios, cuando es auténtica libera al hombre de sus ataduras interiores y de esta forma lo introduce

-como una pedagoga o maestra- al mismo Reino de Dios, reino que no es otra cosa que la vivencia plena de la voluntad del Padre tal como lo recuerda la oración dominical: “Que se cumpla tu voluntad en la tierra como en el cielo”.

Vivir la ley de Dios en su espíritu es preguntarse por cuál es toda la voluntad de Dios sobre la existencia humana, interpretando vez por vez cada parte o elemento de esa ley desde la perspectiva total o global de la Palabra divina.

Desde esta perspectiva, podemos afirmar que si los cristianos hoy no somos todo el fermento y la sal que debemos ser en el mundo es por haber cercenado y violentado la Palabra de Dios hasta reducirla a una simple formula que deje intacto nuestro corazón y nuestras íntimas intenciones. ¿Acaso no nos quedamos tranquilos en nuestra conciencia porque vamos a misa, cuando el espíritu de la eucaristía va mucho mas allá de ir o no ir a una misa? Pero no sólo el espíritu, sino la misma letra referida a la eucaristía es violentada cuando esa celebración no es un encuentro de hermanos que comen juntos como signo de su servicio a toda la comunidad

El derecho a vivir

Para no pecar de perfeccionistas o angelistas no estaría de más recordar que si hoy cumpliéramos al menos la letra del quinto mandamiento, tendríamos bastante más paz y felicidad de la que actualmente gozamos.

Porque hoy no sólo se viola el espíritu de la ley… sino que se pasa por alto cada una de sus letras y tildes hasta tal punto que las páginas de los periódicos más parecieran escritas con sangre humana que con tinta de imprenta. Porque no sólo matan a los criminales “comunes” como hipócritamente los llama nuestra sociedad, sino que se mata en nombre del estado, en nombre de determinados ideales políticos, en nombre de la raza, en nombre de tal o cual religión, o simplemente se mata para defender intereses económicos.

Jesús nos señala la necesidad de cumplir todo el espíritu del quinto mandamiento que implica un amor total al hombre, sea hermano o extraño, amigo o adversario. Tan cierto es que si la oración comunitaria o la eucaristía constituyen un elemento fundamental de nuestra vida de fe, mucho mas importante es saber reconciliarse con aquel hermano que está en litigio con nosotros. Podemos vivir sin matar a un prójimo, o sea quitarle materialmente la vida… pero no olvidemos que existen otras formas de matar al prójimo: mata la diferencia, matan las habladurías y calumnias, mata la mentira, matan las envidias, matan las disputas interminables; en fin quien mata verdaderamente y totalmente al hombre es el egoísmo

Derecho al respeto

El otro ejemplo se refiere a las normas que deben regular la relación hombre-mujer, un tema que no deja de suscitar constantes polémicas, y sobre el cual muchas veces tomamos partido antes de preguntarnos como cristianos, acerca de la letra y del espíritu de la Palabra de Dios.

Para el caso del adulterio bien vale lo dicho acerca del quinto mandamiento: puede parecer ironía decir hoy a los hombres que se guarden del adulterio del corazón cuando existen corrientes ideológicas y formas pragmáticas que presentan la fidelidad matrimonial como algo anticuado, burdo y primitivo. Nosotros, sin caer en un barato moralismo que tampoco conduce a nada, bien podemos preguntarnos si el noveno mandamiento no significa la salvaguarda de un derecho que todo hombre y toda mujer tiene mas allá de la fuerza del impulso de las pasiones: el derecho a ser respetados íntegramente por quien ha hecho un juramento de amor y fidelidad.

Una vez más y antes de perder la perspectiva del texto evangélico de hoy, recojamos su mensaje esencial: Si viviéramos la ley de Dios en su letra y en su espíritu sin regateos ni cercenamientos, el camino hacia la felicidad estaría totalmente despejado. Pero esto supone la renuncia a todas las formas de egoísmo y eso hace que tal camino -como lo recordó Jesús en otra oportunidad- sea duro y estrecho… duro y estrecho como el camino que nos conduce a la vida desde el seno materno; porque la vida tiene su precio. El evangelio de hoy defiende ése alto precio contra toda tendencia inflacionista.


WebJCP | Abril 2007