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lunes, 7 de febrero de 2011

Pastoral Afro: Heridas, Huellas y Mitos de una Historia Común


Publicado por Esquila Misional

Aunque se encuentran dispersos en el continente americano, los afrodescendientes tienen a «África» como madre, además de la experiencia histórica de esclavitud, lucha y resistencia, y los palenques o quilombos como espacios de libertad y recreación de su dignidad humana. Su presencia en América ha construido la economía de muchas naciones durante varios siglos y colaborado en las luchas independentistas, sin embargo todos o casi todos los negros han sido reducidos a la categoría de «ciudadanos de segunda clase».
Es muy común que el afrodescendiente se sienta rechazado por su color. En casi todos los países donde existe población afro, las regiones donde ellos viven son las menos desarrolladas en todo sentido. Muchos datos estadísticos muestran que la discriminación se concreta en el salario, el índice de mortalidad, el desempleo, la práctica de la justicia, la violencia... A simple vista, parece una población privada prácticamente de sus derechos fundamentales: salud, educación, vivienda, trabajo... personas que sin entender el porqué de su situación, entran en una sustancial dependencia y anonimato en todos los sentidos.

La realidad afro...

Las leyes no bastan
Bien sabemos que en lugares donde un grupo humano siempre ha sido sometido a formas de discriminación en todos los sentidos, la existencia de leyes no basta para garantizar los derechos de todos los habitantes, sino que debe haber un trabajo de educación a la libertad, a la responsabilidad y, sobre todo, a la identidad específica. Este es el gran desafío de una pastoral afroamericana. Expresiones como: «negro corriendo, ladrón; blanco corriendo hace deporte», «trabajo como negro», «yo ya nací negro»... nos indican una conciencia colectiva (incluidos los negros mismos) que considera al afrodescendiente como un problema y como aquél que ha nacido para ser el último en la sociedad.

En diversas ocasiones se escuchan o leen expresiones que definen al afro como un individuo «con tendencia natural a la delincuencia». Sin duda, esto influye en las respuestas que se dan a este grupo y se manifiestan en el aislamiento territorial, la marginalidad económica, social, religiosa, cultural, política... dichas respuestas se dan en casi todos los niveles, tanto que algunas son enfocadas en que el negro no sea un «problema» para la sociedad y para la Iglesia. Quien trabaja con afrodescendientes, cada día se encuentra con el sufrimiento de estas personas fruto de esta conciencia colectiva dominante, que se mueve desde esta convicción: «el negro es un problema».

Una historia dramática
Sabemos que la historia de los afrodescendientes, en su fluir dramático y su trascendencia, ha dejado «huellas» marcadas en sus corazones y mentes que se van trasmitiendo de una generación a otra. De alguna manera, el pasado del hombre y la mujer afro está caracterizado por la experiencia de esclavitud que ha hecho de sus vidas una historia de negación, ocultamiento, minimización, desarraigo, en una palabra: de «deshumanización» total. Esta experiencia ha dejado un corazón y una mente habituados a no tener el derecho a ser diversos, o peor aún: a no existir como pueblo específico.

La historia continúa a través de diversos modos de subordinación y de exclusión racial en términos físicos, territoriales, de derechos, de valores y de pensamiento. No hace falta mucha imaginación para comprender el porqué hasta hoy un afrodescendiente pueda pensar como «esclavo». La historia ha dejado una profunda huella en el afro, es decir, una «dimensión de esclavitud» en su mente y en su corazón que hospedan el «mito del blanco» (un mito racial).

Una triste presencia de la Iglesia
En todo el continente americano, la relación de la Iglesia con los negros ha sido muy triste en el sentido de que ésta no ha sido una presencia liberadora para los esclavos; por el contrario, ella misma, no sólo ha apoyado y legitimado la ideología esclavista sino que ha tenido esclavos, por tanto, en la mente y el corazón del negro ha quedado la huella de una Iglesia «patrona» y no esa imagen de madre y compañera de camino como la conocemos hoy. Esto nos permite entender por qué el negro tiene una presencia insignificante y tímida en la Iglesia, ya que por experiencia histórica, él no podía entrar en la iglesia con el «patrón blanco» hasta después de «su esclavitud», pero no como «negro», es decir, no con su cultura, porque era considerada «diabólica». Esto deja una convicción profunda de que el negro es «una persona que se siente indigna de ser hija de Dios».

La teología colonial legitimaba la condición de sufrimiento del negro a partir del texto bíblico de Génesis (9,18-27), en el cual se identificaba a los africanos con los «maldecidos» hijos de Cam destinados a ser esclavos, mientras que los hijos de Jafet y de Sem (los blancos, semitas y árabes) tenían el «derecho teológico» de aprovecharse del trabajo de los hijos de Cam, porque así colaboraban en la redención de aquellos que habían sido marcados por «dos pecados originales»: el de ser hijos de Adán (pecado común de los seres humanos), y el de ser hijos de Cam (pecado específico de los africanos).

Durante muchos siglos el negro ha bebido y también resistido a una teología con «rostro blanco» en la que de muchas maneras se manifestaba que los elegidos por Dios no eran ellos. De esta manera lo «blanco» y lo «del blanco» se convirtió en el punto de referencia para medir el grado de humanidad de los no blancos (negros e indios). Era una teología conectada a visiones e intereses económicos, políticos y de dominio. Esta reflexión teológica con la que nacieron y crecieron los antepasados de los afrodescendientes ha dejado una huella profunda y una dimensión de maldición en el credo del hombre negro, es decir, esa convicción profunda de ser parte o descendiente de una raza esencialmente mala, pecadora y maldita. Es el mito del «negro» (mito teológico).



Una condición de pobreza y miseria
Cuando escuchamos la palabra «pobreza» o «pobre» inmediatamente pensamos en una situación extremadamente negativa y trágica. De hecho, en el ámbito sociológico, la pobreza es definida como un estatus inferior en la escala social. Por eso el pobre es definido como aquél que de manera permanente o temporal se encuentra en una situación de debilidad, dependencia, humillación... El pobre se caracteriza por la falta de medios de poder y de consideración social como el dinero, relaciones de influencia, conocimiento, capacidad técnica, fuerza física... esto de alguna manera le quita la libertad y la dignidad personal. Se piensa que el pobre «que vive al día» no tiene posibilidad de salir adelante sin la ayuda de otros. En este sentido la inferioridad y la carencia son las características de la pobreza sociológicamente hablando. Por tanto la pobreza experimentada por los afros les deja una dimensión de inferioridad y de carencia. Es el mito de la pobreza (un mito económico).

El afrodescendiente como negro (símbolo del mal y como pobre) vive como experiencia cotidiana un cúmulo de exclusiones que genera encierro, aislamiento, dispersión, violencia... y agudiza más su pobreza haciéndola también pobreza psicológica, afectiva, cultural, social, política... Esto es una consecuencia normal, pues se encuentra casi siempre excluido (de hecho y de derecho) de toda responsabilidad, de tal manera que es reducido a la pasividad propia del ejecutor y del consumidor, aceptando ser así, o peor aún, ser feliz y contento de serlo.

Las exclusiones constantes desde el inicio de su historia en el continente lo ha dejado en medio de una pobreza de iniciativa, de proyectarse, de sentido y de identidad, pobreza de combate y superación. Por eso no se alarma y no siempre se preocupa si no es tomado en cuenta en el ámbito de las decisiones, pues ya se ha acostumbrado a ser un ejecutor silencioso o simplemente ignorado. El cúmulo de exclusiones cotidianas le ha enseñado a no expresar sus opiniones, a no comunicar su experiencia. Se acostumbró ya al anonimato, a no tener derecho a expresarse y a participar.

Esa «indiferencia habitual» no es más que la representación visible de esta conciencia y experiencia. Esta vivencia desarrolla un modo de ser «extranjero» en la Iglesia y la sociedad (no se siente Iglesia ni ciudadano), es un modo de ser y de pensar que se coloca en el lugar del destinatario, del que sólo recibe, es decir, el puesto del «objeto» silencioso que delega la responsabilidad a los «sujetos», pues él mismo se siente incompetente y sin preparación. Podríamos decir que la experiencia constante de exclusión ha dejado en el afro «una dimensión de excluido», es el mito de la marginación (mito sociológico).

Destruir los mitos hospedados en el corazón afro
El afrodescendiente hospeda varios mitos que la historia, el contexto, la teología y la experiencia cotidiana le han dejado profundamente marcados en su mente y su corazón. Estos mitos son convicciones tan arraigadas y muchas veces inconcientes que constituyen el «credo» que lo condiciona en su existencia social y eclesial. Podríamos decir que ésta es la verdadera «religión» del afrodescendiente. Una religión hecha, según mi experiencia, de cuatro mitos o «leyes» para su existencia: un mito racial, un teológico, uno económico y uno sociológico.

Mi experiencia de trabajo de 13 años con los afroecuatorianos me dice que si queremos de verdad hacer una verdadera promoción humana, es decir, una verdadera evangelización (porque el Evangelio no es más que promoción humana), es necesario tener en cuenta estos mitos, conocer sus causas y sus consecuencias, luego destruirlos; de lo contrario todos nuestros esfuerzos pastorales estarán condenados al fracaso. Cuando no se consideran estos mitos en nuestra acción pastoral podemos caer con mayor facilidad en el trato paternalista a las personas que acompañamos, porque los tratamos y los consideramos como menores de edad e incapaces.

El inmediatismo puede tomar el lugar de la «paciencia histórica» porque nosotros somos quienes tomamos las decisiones por ellos. Esta «impaciencia evangelizadora» no hace otra cosa que reforzar un «endorracismo» que poco a poco va matando al negro como «negro» y va creando una persona a «imagen y semejanza nuestra», lo que podría significar la destrucción de la «imagen y semejanza de Dios».



Ayudar a entender la identidad como Evangelio
Si queremos devolver al afrodescendiente su capacidad de ser protagonista del desarrollo personal, social y eclesial, debemos ayudarlo a verse a sí mismo como parte de la solución y no como parte del problema. Esto significa no planificarle su futuro, significa impedir que las mayorías planifiquen la vida del hombre y la mujer afro. Significa también educar a cada hombre y mujer afro a la libertad y al amor a la autenticidad, podríamos decir que se trata de «educar y evangelizar la identidad del afrodescendiente», entendiendo la identidad propia como «Evangelio», es decir, como «Buena Noticia» y no como tragedia o maldición.

Mi experiencia me dice que un pueblo no sobrevive porque pone en marcha un proyecto cualquiera (económico, político, cultural...) o porque aprende a usar la tecnología, sino porque descubre valores que dan un sentido a su existencia específica por la cual vale la pena vivir y morir. La evangelización de y desde la cultura tiene como fin encontrar el sentido del ser específico, de tal manera que se vuelva un bien necesario para sí mismos y para los demás. Es decir, un bien personal y un bien común. La realidad concreta en la que nos encontramos nos hace ver que los «mitos» (raciales, teológicos, económicos, sociológicos) no son propiedad exclusiva de los afrodescendientes, sino que son hospedados en la conciencia y en el corazón de la gente, de la sociedad en general e incluso de la Iglesia. Precisamente por eso es necesaria una educación y una evangelización dirigida a la Iglesia, a la sociedad y al pueblo afrodescendiente.

El hecho de «tratar a todos igual» en la pastoral y en lo social con los mismos métodos, los mismos contenidos, las mismas prácticas... manifiesta una enfermedad eclesial y social: «el daltonismo socio-pastoral». Este daltonismo poco a poco va empobreciendo a la Iglesia y a la sociedad porque inicia una espiral interminable de exclusiones, de inestabilidad y de violencia objetiva y subjetiva. El no ver o no querer ver las culturas porque son consideradas inferiores o un tanto «exóticas», deja a los afrodescendientes expuestos a la adaptación, a la resignación y a la negación de sí mismos. La autenticidad afro va dejando paso ala imitación de una identidad que no es la suya.



Pentecostés: horizonte de la pastoral afroamericana
En este contexto globalizante que predomina a nivel mundial y eclesial, muchos afrodescendientes no se resignan a ser partidarios de la «uniformidad» camuflada en una especie de apertura a lo universal. Quien logra descubrir este «camuflaje» muchas veces hace grandes esfuerzos por afirmarse étnica, cultural y religiosamente. Pero tiene la sensación de estar frente a un «Goliat», cuya pretensión es globalizar sus criterios culturales como punto de referencia para la convivencia humana. Es evidente que es más fácil diluirse en el torrente globalizante y «uni-forme» que inunda todos los estratos de la vida humana planteando un mundo y una iglesia a semejanza de Babel. Ese mundo de la «uni-formidad» (Gen 11,1-9) en el que nadie tiene derecho a ser diferente, a pensar distinto, a ser él mismo.

El mundo de Pentecostés –que es el ideal y horizonte de la pastoral afro– es el mundo en el que los seres humanos se entienden entre ellos aunque hablen lenguas diversas (He 2,1-13). Es el mundo que permite hablar en la propia lengua sin cerrar los oídos a las otras. La comunicación entre los diversos, la comunión y participación sin renunciar a la propia identidad. Es el mundo en el que los seres humanos actúan desde el Espíritu de Dios que los hace hermanos, este Espíritu no deja mirar la diversidad como un «problema» sino como una «posibilidad» y una riqueza para todos.

El muro por derribar: la desconfianza y auntoinferiorización
El esclavo aprendió a no confiar en otro esclavo porque para salvar o conservar la vida y una cierta «dignidad» tenía que «traicionar» a su hermano de raza. Por eso no es raro encontrar la desconfianza entre los mismos afrodescendientes como un estilo de relación cotidiana. La gran dificultad para organizarse y hacer un camino como pueblo en gran parte se debe a esta herencia histórica.

La autoinferiorización radicada antropológicamente en cada afrodescendiente es el mayor muro que un evangelizador se encuentra en el camino fraterno con él. Pone ante sus ojos una cadena hecha de frases que ya son como un estribillo de una canción popular: «No puedo, no sé, no tengo, no me toman en cuenta». Una pastoral entre los afrodescendientes que no se ponga como objetivo romper esta cadena como primer paso, terminará frustrando a los evangelizadores y a los mismos hombres y mujeres afros.


WebJCP | Abril 2007