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MISIONEROS EN CAMINO: marzo 2010
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miércoles 31 de marzo de 2010

EL DULCE ASOMBRO DE SU PRESENCIA


Tríptico de Semana Santa 2010
MIGUEL ÁNGEL MESA
Publicado por ECLESALIA

Jueves Santo

Van pasando lentamente los años. La incertidumbre ante el porvenir nos apesadumbra. La costumbre nos incita a la rutina. Nos desmoraliza el no ver resultados en nosotros mismos, en los demás, en nuestro mundo… Pero, nos sorprende, como cumbre de todas las comidas de Jesús, un momento inédito. Él nos invita y nos conduce a la sala del encuentro. Y allí nos preguntamos: ¿Cuál es mi sitio? ¿Adónde nos lleva tanta actividad, tanto estrés, tantas fuerzas empleadas, baldías?

Nos conduce al reposo de sus palabras, de su amor, que es su misma Persona: “Venid conmigo a solas y descansad”. Es el momento de la intimidad, de la absoluta confianza, de la apertura del corazón.

En su presencia se vislumbra más claramente nuestra fragilidad. Y por eso, necesitamos alimentar la amistad, encender los ánimos, saciar la sed con el vino del encuentro. Sólo el amor fraterno nos libera de tantos engaños como nos rodean, pues sólo el amor es digno de fe. En su Rostro contemplamos todos los rostros de la comunidad. Escuchándole, sentimos que nuestro corazón se transforma y es entonces cuando nos revela nuestra más profunda intimidad.

Y cuando nos lava los pies, descubrimos que es más fácil dar algo de lo que nos sobra que dejarse querer, dejarse abrazar, vivir en cada momento la gratitud por el regalo que nos ofrece el día a día. Y entendemos que tenemos que descentrarnos para entrar en nosotros mismos y en el misterio de la vida. Sólo entonces le descubrimos, le reconocemos y le gustamos al partir el pan, en la cena “que nos recrea y enamora”. Cuando nos dejamos lavar y renovar por Él, en el abrazo que recibimos y ofrecemos, gratuito, cálido, amoroso.


Viernes Santo

El amor se desliza a tientas entre la oscuridad que nos rodea, en el propio corazón. Sembrar con lágrimas amargas sin esperar la cosecha. Recoger, a veces, donde no sembramos. Es el misterio de la entrega sin esperar respuesta, desde la gratuidad. Morir en la donación de cada instante para poder nacer, para atrevernos a lo nuevo. El ser generosos es lo que concede la esplendidez a la persona y hace gozar de la fecundidad oculta en cada corazón. ¿Existirá una esperanza más allá del dolor, de la desilusión, de las lágrimas? El silencio de Dios nos aplasta en los momentos más difíciles, y las lágrimas nos impiden ver el cielo de su presencia, como el Sol tan real, pero oculto, tras las nubes en un día de lluvia.

La cruz no es más que la culminación de una existencia entregada. La cruz no salva por sí misma, lo que nos libera de verdad es la vida de Jesús, su forma de ser: sus gestos de amistad, sus miradas, sus manos tendidas, sus palabras de acogida, sus curaciones, su amor profundo y concreto hacia los más débiles y marginados. El egoísmo no podrá vencer jamás a la ternura, a la solidaridad, al cariño convertido en presencia. La compasión se deja afectar por el dolor del otro, y el perdón ofrece una muestra gratuita de fecundidad y éxito. En la vida entregada de Jesús, Hasta las últimas consecuencias, todas las víctimas de la historia recobran la esperanza, y comprenden que jamás podrán ser vencidos, aunque sí derrotados en algunas batallas. Permanecer en el amor es la única garantía, nuestra única esperanza de conseguir la victoria de la resurrección.

Sábado Santo

¿Adónde han ido a parar nuestros sueños? Ante la crisis que nos envuelve y amordaza con las vendas de la desilusión, surge el desencanto, la frustración. No hay nada más que podamos hacer, nos sentimos impotentes ante tanto dolor, tanta sinrazón, tanta sangre, tanta opresión y desprecio.

“Nosotros creíamos…”. Creíamos que se podría transformar la sociedad, que podría ser un lugar de encuentro, de justicia y fraternidad. Que la dignidad y la solidaridad iban a ser al fin el pan de los pobres, los signos de otro mundo posible, más humano. Pero, ahora, con su muerte, nos han robado nuestros ideales y esperanzas.

Aunque hay unas mujeres que dicen, alborozadas, entre gritos, que han sentido a Jesús vivo, de nuevo. María Magdalena cuenta que, cuando la llamó por su nombre, supo sin ningún atisbo de duda que era Él. Y buscamos ansiosos una explicación a lo inexplicable. Dice María que Jesús la dijo cuando le abrazó jubilosa: ¡Suéltame! Y es que nadie puede retener el Espíritu del Resucitado. Ninguna clase de poder.

Ningún recinto sagrado. Ninguna ley política o religiosa. Tomás nos comentó con énfasis que lo que quería era verle y tocarle, como hizo en estos años pasados a su lado. Y aunque le reprochaban su falta de fe, todos, en el fondo, también necesitábamos verle, tocarle, sentirle.

Porque, aunque la fe es confianza plena, siempre tenemos necesidad de sentir, para gozar la presencia del amado. Y Jesús atravesó nuestras puertas y ventanas interiores, entró dentro de todos nosotros y nosotras, arrasando nuestras dudas y desconfianzas, nuestros miedos y temores, y los echó fuera, como hojas caducas, con un viento impetuoso, que nos sorprende siempre, que nos vuelve locos de alegría y felicidad.

Él aparta nuestras cenizas apagadas y aviva en nuestro corazón el deseo de vivir de nuevo, la pasión por anunciar el mensaje revolucionario de la resurrección a todo el que encontramos a nuestro paso y, en especial, a quienes hallamos tirados en las cunetas del mundo. Le decimos siempre: ¡Quédate con nosotros! Y sabemos, sentimos que Él está. Porque la muerte no puede apresar a Quien es la Vida, a Quien da la vida. Nos dice, quedo, al oído: “No temáis nada”. “Estad alegres siempre”. “No os dejéis arrebatar la esperanza” Y no deja de sorprendernos, siempre, a cada instante, el dulce asombro de su Presencia entre nosotros.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Meditación para el Jueves Santo –Un gesto que vale toda una vida



Por amor, sólo por amor

¡Está tan lleno y repleto el Jueves Santo que siempre se hace difícil seleccionar alguna escena! Con todo, nos quedaremos con el texto evangélico de la eucaristía vespertina de hoy.

Es uno de los relatos más impresionantes y emblemáticos de toda la vida de Jesús. Es una escena que merece y justifica toda una vida, aun cuando el Amor de Jesús fue tan exigente que aún nos dio más; nos dio su Cuerpo y su Sangre, en don total de sí mismo.

Está entre nosotros como el que sirve

Pero hoy fijemos nuestra mirada y nuestro corazón en el pasaje del lavatorio de los pies, que recapitula toda su existencia y misión entre nosotros. Jesús, el Señor, el Maestro, el Dios y Hombre verdadero, lava los pies a sus apóstoles. Demuestra de manera fehaciente e inequívoca que El no vino al mundo a ser servir sino a servir y dar su vida en rescate por muchos. Él está entre nosotros como el que sirve.

"¿Sabéis lo he hecho con vosotros?", preguntó Jesús a sus apóstoles nada más concluir con el rito del lavatorio. "Si yo os he lavado los pies -respondió Jesús-, siendo vuestro Señor y Maestro, también habéis de lavaros vosotros los pies unos a otros. Porque yo os he dado ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho".

La mayor revolución de la historia

"Únicamente una madre o un esclavo -escribió Giovanni Papini- hubiera podido hacer lo que Jesús aquella noche. La madre, a sus hijos pequeños y a nadie más; el esclavo, a sus dueños y a nadie más. La madre, por amor; y el siervo, por obediencia".

Por su parte, Williams Froester, afirmó: "si hubo en el mundo una revolución, fue en este momento. Aquí fue donde el César quedó destronado, el orgullo abatido, proscrita la explotación y condenado todo servicio que no sea recíproco... Esta revolución no atenta contra ninguna autoridad, no entorpece ninguna obediencia, no siembra ningún odio. Lo divino desciende a nosotros bajo la forma del servicio más humilde para mostrarnos que sólo sirviendo con toda humildad podemos alcanzar lo divino".

Y todavía, ¿podemos creernos superiores y más importantes que los demás? Y todavía ¿podemos sentirnos humillados si servimos en humildad y en fraternidad? "Os he dado ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho: yo estoy entre vosotros como el que sirve". ¿Y todavía desdeñaros de servir o le buscaremos las vueltas a esta inexcusable vocación de servicio radical y hasta el extremo? Esto y no otra cosa es ser cristiano.

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Semana Santa: Jueves Santo


Por José Enrique Galarreta

Parábola del pan y el vino

El pan y el vino son dos símbolos constantes en la predicación de Jesús:
· el grano de trigo enterrado y muerto para dar fruto,
· la pizca de levadura que fermenta una gran masa,
· la multiplicación de los panes,
· el pan vivo bajado del cielo,
· el vino de Caná,
· el vino nuevo que rompe los odres viejos.

El pan, nacido de granos de trigo sembrados, muertos, multiplicados, molidos, amasados, fermentados por la levadura, para ser alimento de muchos, para convertirse en los que lo comen.

Los granos de uva, milagros de la vida en la vid, machacados también y estrujados, que también fermentan en la oscuridad para ser bebidos y dar fuerza y alegría a los que beben.

El grano de trigo, los granos de uva, el pan y el vino enlazan con lo mejor y más profundo de las parábolas.

El pan y el vino tuvieron el honor de ser elegidos como la parábola de las parábolas, en la cena de despedida de Jesús.

Muchas cosas habría encima de la mesa en aquella cena. Cordero (si fue una cena pascual), verduras, salsas, candelabros para iluminar la estancia… muchas de ellas habían sido ya elegidas como símbolos del Mesías: el cordero inmolado, la luz que resplandece en las tinieblas.

Pero aquella noche, los ojos de Jesús se fijaron en signos más sencillos, el pan y el vino. Jesús se sintió pan, se sintió grano de trigo enterrado y muerto para ser fecundo, hogaza fermentada por el Viento de Dios para que muchos tuvieran alimento. Se sintió grano de uva estrujado y exprimido, fermentado hasta ser vino generoso que enciende el espíritu del que lo bebe.

Y se sintió pan y vino compartido por muchos, alrededor de una mesa de hermanos que al compartir el pan y el vino con él mismo se sentían más hermanos, compartían con él su entrega para ser pan y vino para muchos.

Jesús no fue un grano de trigo conservado en un viril para ser adorado. Jesús no fue un frasco de vino precioso reservado por su dueño para admirar a los huéspedes.

Jesús leyó durante la cena su vida entera, como se lee la vida en la cercanía cierta de la muerte, y se interpretó a sí mismo con la más bella de todas las parábolas.

Así, la cena de despedida de Jesús coronó todas sus comidas/cenas con pecadores, en las que se sembraba y se derramaba, con riesgo de su prestigio y de su vida, aquellas comidas que expresaban con perfección toda su forma de vivir: sembrarse en cualquier terreno, aunque estuviera lleno de piedras y de cardos, a voleo, generosamente, sabiendo que sería pisado, ahogado por las zarzas, rechazado por la tierra endurecida por la sequía.

La cena de despedida resumió en el pan y en el vino la vida entera de Jesús, su estilo, su concepción del Reino, el modo de proceder de los que quisieran seguirle, su imagen de Dios.

Por eso los que se atrevieron a seguirle, los que después de verle morir en la cruz vencido y humillado se atrevieron a proclamar que Dios estaba con él, significaron también toda su fe y su modo de vida compartiendo el pan y el vino en un recuerdo que hacía presente a Jesús, que invitaba a la comunión con él y con todos los que se reunían alrededor de la mesa.

Y allí, alrededor de la mesa, cada uno presenta y ofrece su grano de trigo y se presenta a sí mismo como grano de trigo entregado con Jesús y como Jesús, para que haya más vida en el mundo.

Es estremecedor pensar en la profundidad de la imagen del pan y del vino y su enorme superioridad sobre la idea de sacrificio ritual de una víctima sustitutoria. El verdadero sacrificio de Jesús no fue solamente ser cordero inmolado en la cruz, sino ser grano de trigo sembrado desde que se dejó llevar del Espíritu, allá en el Jordán, desde el entorno del Bautista.

El cordero es una imagen sangrienta, espectacular y momentánea. El grano de trigo es una imagen cotidiana, desapercibida, constante. El sacrificio del templo es oficiado por el sacerdote y contemplado por los demás. El grano enterrado es cada uno, todos los días, como sacerdote de su propio sacrificio que es toda su vida.

Y no es bueno que se mezclen, porque el sacrificio del cordero inmolado por el sacerdote tiene el atractivo de los espectáculos culturales, y sus resplandores hacen olvidar fácilmente al grano cotidiano, enterrado en silencio.

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Evangelio Misionero del Día: Jueves 1 de Abril de 2010 - JUEVES SANTO


Lectura del santo evangelio según san Juan 13, 1-15

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.
Estaban cenando, ya el diablo le había metido en la cabeza a judas 1scariote, el de Simón, que lo entregara, y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.
Llegó a Simón Pedro, y éste le dijo:
- «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?»
Jesús le replicó:
- «Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde.»
Pedro le dijo:
- «No me lavarás los pies jamás.»
Jesús le contestó:
- «Si no te lavo , no tienes nada que ver conmigo.»
Simón Pedro le dijo:
- «Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.»
Jesús le dijo:
- «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos.»
Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios.»
Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo:
- «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis "el Maestro" y "el Señor", y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.»

COMPARTIENDO LA PALABRA
Por Pedro Garcia cmf

¡Señor Jesucristo! Hoy no vengo a hablar de ti. Hoy quiero hablar contigo. Con la intimidad y con el calor con que Tú me hablaste en aquella Ultima Cena que en este día celebraste con tus apóstoles.
Juan, al llegar a este momento de tu vida, tiene una expresión que se ha hecho de las más famosas del Evangelio, cuando nos dice: Jesús, habiendo amado siempre a los tuyos, ahora los amaste hasta el fin, hasta el extremo, hasta no poder más...
Había llegado tu HORA. Y tu Hora, para ti, era la tu Glorificación, que Tú la hacías consistir, a la vez, en tu pasión, tu muerte, tu resurrección y tu entronización a la derecha del Padre.
A ti, Jesús, no te vamos a entender nunca. ¿Por qué tenías que sufrir por nosotros y morir de esa manera?... ¿Que no tenías bastante, si querías salvarnos, con decirle a Dios que nos perdonase, que olvidara toda nuestra culpa, y, por ser Tú quien lo pedía, hubiera habido bastante, y el mundo se hubiese librado de la condenación y adquirido la Gloria? ¿Que no podías haberlo hecho así, o qué?...
Pero oigo que me respondes Tú:
- Sí, es muy cierto lo que dices. Me bastaba una súplica, y quedaba zanjada toda la cuestión entre Dios y vosotros. Pero, ¿hubierais entendido mi amor? ¿Hubierais sos-pechado el amor de un Dios que os quiere tanto? Todo lo hubierais medido con una ley del derecho, la del “tanto cuanto”:
un Dios ofendido,
un Dios que aboga y pide,
un Dios que se da por satisfecho y no pide nada más... Mientras que ahora...
No sigas, Jesús. Ahora, con esos azotes y esa corona de espinas, con esa cruz a cuestas, con esas tres horas de tormento infernal en el patíbulo, nos dejas aniquilados, y nuestros labios se quedan mudos... Tu pasión no fue una broma, por cierto.
¿Y qué nos pides a cambio de tanto amor? Nuevo desconcierto para nosotros, cuando nos dices:.
- Me contento con que os acordéis de mí, con que no olvidéis lo que por vosotros he hecho. Y para que tanto amor mío, tanto sufrimiento por vosotros, tanta ilusión mía mientras os espero en mi Gloria, para que todo esto no lo echéis al olvido, “tomad, tomad y comed, porque esto es mi Cuerpo. Tomad, tomad y bebed, porque esta es mi Sangre... Haced esto como memorial mío”.
¿Cómo, Señor, qué estás haciendo?... Para que no olvidemos tu amor, añades a tanto amor más amor, y un amor tal que te lleva a hacerte apariencia de pan y apariencia de vino, porque el pan y vino los conviertes en tu propio Cuerpo y en tu propia Sangre, para que te comamos sin miedo, y, al comerte, puedas meterte dentro de nosotros, de cada uno de nosotros, y hacer de los dos, de ti y de mí una sola cosa?
Tú permaneces en mí, y yo permanezco en ti. Tú te metes en mi carne mortal como semilla inmortal, de modo que mi carne, convertida un día en podredumbre y en polvo, deba resucitar para estar contigo en tu propia Gloria.
Para que no olvide yo tu amor, ¿me das otra prueba de amor como ésta: comerte a ti, beberte a ti, para hacerme una cosa contigo?...
Un santo de nuestra tierra que te quería mucho, Pedro Betancur, decía que se volvía loco al pensar en este divino Sacramento de la Eucaristía que Tú instituiste hoy.
Y otro santo como Gerardo Mayela te dijo delante de tu Sagrario algo que te debió hacer reír con gusto en esa tu divina prisión:
- Jesús, si yo estoy loco por ti ante el Sacramento, ¿no estabas Tú un poco más loco que yo cuando te quisiste quedar así por mí?...
Tú, Jesús, estás loco de amor por mí, y yo quisiera enloquecer también por ti.
Pero siento que me dices, Jesús, como advertencia muy grave:
- ¡Muy bien! ¿Has visto mi amor por vosotros? Pues, así quiero que sea el amor vuestro con los demás. por eso “os digo, os mando, que os améis los unos a los otros como yo os he amado”. Este es mi mandamiento de amor en el día en que yo he llevado mi amor hasta el extremo, hasta el no poder más...
¡Señor! Empeñado en acrecentar el amor, nos mandas hacer del amor el signo y la prueba del amor que te tenemos a ti. ¿Cómo no voy a amar yo a los demás, y cómo no me voy a deshacer en su servicio, ante lo que te veo hacer a ti y ante lo que Tú me mandas?...
¡Jueves Santo, día del amor! Día del amor tuyo por nosotros, Jesús, y del nuestro por ti, Señor.
Amor de locura, que te lleva a la Cruz.
Amor de locura, que te lleva al pan y al vino, para venir bien escondido, en la realidad de tu Cuerpo y de tu Sangre, hasta encerrarte en nuestro corazón.
Jesús, ¿quién no te amará!...
Jesús, ¿quién no querrá hacer algo por ti?
¡Jesús! Ya pasaron los primeros minutos de tu Hora, tan amarga.
Ahora, ya no quedan más que los minutos finales de esa Hora bendita: la de tu glorificación, y esos minutos últimos de tu Hora son eternos, no acabarán jamás.
A mí, a todos mis hermanos, métenos en esa Hora, la Hora tuya última, para gozar todos juntos contigo, en la Gloria del Padre, de las inefables delicias de ese amor que Tú llevaste hasta el fin...

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JUEVES SANTO (Jn 13,1-15): Hora Santa, Liturgia, Reflexiones, Exégesis y Oración


Publicado por DABAR

NOTAS PARA EL JUEVES SANTO,
MISA VESPERTINA “EN LA CENA DEL SEÑOR”

- En orden de importancia esta celebración es la de menor relieve en la Semana Santa aunque, como ya hemos dicho, sea la que mayor asistencia registra.
- Debe procurarse que la de hoy no aparezca como la "Eucaristía" por antonomasia (aunque esto sea lo que se hace en muchas comunidades); la de hoy debe ser, es, un anticipo de la Eucaristía por antonomasia (ésta si) que es la Eucaristía pascual.
- No hay elementos extraordinarios hoy, salvo:
a) el traslado de la Eucaristía al Monumento al final de la celebración. b) y el lavatorio de los pies; donde se haga, debe hacerse recordando a la Comunidad que san Juan, en su relato de la Última Cena, no narra la institución de la Eucaristía, sino el lavatorio de los pies, o sea, un equivalente que es el servicio a los hermanos. Y, en fin, procurar que sean celebraciones realmente comunitarias, que ayuden a vivir el misterio de la fe, que las homilías ayuden a esta vivencia, que haya unas buenas moniciones que ayuden a entender los ritos extraordinarios y, sobre todo, que quede renovada y fortalecida nuestra fe en Jesucristo Muerto y Resucitado.


DIOS HABLA
Primera lectura: Exodo 12,1-8.11-14
Segunda lectura: 1ª Corintios 11,23-26
Evangelio: Juan 13,1-5


EXÉGESIS

PRIMERA LECTURA
Es este un texto tan lleno de símbolos que resulta de todo punto imposible explicarlos todos. Nos vienen a la mente los más conocidos y conservados después en la liturgia cristiana, bien que transformados: el cordero sacrificado y los panes ácimos. Pero habría que revisar el simbolismo de las hierbas amargas, el comer en pequeña comunidad, la sangre que rocía jambas y dinteles; la fecha de la celebración, el comer de pie y con sandalias puestas, el bastón en la mano y aprisa… Como hacen los piadosos judíos en su celebración de la pascua.
Habría que reflexionar sobre el origen de estos signos. Comida compartida de pastores en la primavera, acompañando el esquileo del rebaño; propio de una sociedad nómada o mejor, seminómada. Con todas esas explicaciones es posible que olvidáramos el mensaje y razón principal de la celebración. Algo que sucede con frecuencia cuando por desatención los signos adquieren el valor de lo significado e impiden acceder al misterio que se oculta bajo ellos.
Por eso en nuestra celebración cristiana los signos han quedado transformados en el pan y el vino y se ha introducido uno totalmente novedoso que es el lavar los pies. Los dos primeros signos siguen siendo la Pascua, el Paso salvador de Dios Padre aceptando el sacrificio del Cordero de Dios que nos ‘libra del pecado’ (la auténtica esclavitud y la única muerte eterna) y nos lleva de la mano por el mismo camino que siguió Jesús: el sendero humilde y compasivo a los hermanos que consistió en hacerse esclavo de todos. “El que quiera ser primero que se haga vuestro servidor” (Mt 20,27). “Ya que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida como rescate por todos” (Mc. 10,45). Los sorprendente es que para Jesús este es el camino de la libertad, de la salida de la esclavitud. Paradigma del misterio de estos días.
La Pascua que revela el mismo misterio asombroso de la comunidad que comparte la humilde comida de acción de gracias, que vive en precario con las sandalias y el bastón del migrante a mano, que se siente amenazada siempre por el enemigo opresor… pero que tiene como valedor al Señor. Una vez más es la fe la que engendra la inconmovible confianza en el Señor.

TOMÁS RAMÍREZ
tomas@dabar.net


SEGUNDA LECTURA
La Primera Carta a los Corintios está escrita hacia mediados de los años cincuenta. Como Pablo aquí se remite a una tradición que él ha recibido, podemos suponer razonablemente que este testimonio se remonta, como mínimo a la década anterior, es decir, a unos quince años después de la Última Cena. Es el primer testimonio, cronológicamente hablando, de la institución de la Eucaristía.
La tradición paulina es muy semejante a la que presenta el Evangelio de Lucas y, en cambio, difiere en algunos pequeños, aunque significativos, detalles de la que aparece en los de Marcos y Mateo.
En la versión paulina se destaca la entrega salvadora de Cristo a la muerte tanto en la introducción del párrafo como en la fórmula del pan con la expresión “por vosotros”. También añade el adjetivo ”nueva” para referirse a la alianza en la del vino. Como es obvio la “alianza” prolonga el vocabulario del AT , pero con una cierta transformación porque recoge lo más general de la expresión en el sentido de “ economía”, “ situación”. Lo que interesa aquí de lo referente a la alianza judía es que representaba el sistema de relaciones de Israel con Dios, el cual queda transformado en Cristo hasta el punto de poderse hablar con razón de “nueva alianza”
En Lucas y Pablo hay una explicitación de la memoria que se hace de la muerte de Cristo en la celebración de la Eucaristía con las palabras “cada vez que bebáis” repetida en el versículo 26 con la alusión a la comida del pan y bebida del cáliz.
Es, privativo de Pablo el matiz escatológico y de esperanza que aparece en el “hasta que vuelva”. La Eucaristía no es sólo recuerdo y actualización del pasado sino también anuncio del futuro
Tenemos, pues, muy en la línea soteriológica de Pablo, un subrayado del efecto salvador de la muerte de Cristo. Y, como en teología paulina muerte y resurrección de Cristo van unidas, no estaría fuera de lugar ver también aquí alguna alusión a la misma resurrección de forma implícita.
Finalmente, la conmemoración de la institución que aparece en la liturgia de la misa mezcla un poco todos estos elementos.

FEDERICO PASTOR
federico@dabar.net


EVANGELIO
Texto. Se trata probablemente del relato con la introducción más solemne de todo el cuarto evangelio, significándose con ello la condición culminante del momento. Culmen de conocimiento; culmen de amor; culmen de poder.
Marco solemnísimo para una secuencia pormenorizada de acciones corrientes, serviles: Se levanta de la mesa, se quita el manto,...(vs.4-5).
Acciones, por otro lado, que tienen lugar no cuando les correspondería, al comienzo de la cena, sino cuando la cena ya está en curso. No obedecen, pues, a los cánones de la hospitalidad cortés. A los calificativos de corrientes y serviles, hay que añadirles el de inesperadas.
Todo ello las convierte en acciones con una carga simbólica no fácilmente perceptible y, en todo caso, difícilmente aceptable. Simón Pedro es la muestra de ello. A la vista de su reacción, Jesús le dice: No lo entiendes ahora; lo comprenderás más tarde.
A la peculiar carga simbólica de las acciones apunta la pregunta final de Jesús a todos sus discípulos: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?
Jesús ha actuado con ellos en calidad de maestro y de señor, y, en calidad de tal, ha hecho con ellos algo que ellos no podían esperar que hiciera: se ha hecho siervo de ellos, haciendo saltar por los aires la división en acciones serviles y señoriales.

Puntos de reflexión. Prólogo majestuoso, imponente, para acciones normales, corrientes. Siempre me ha impresionado este texto, que convierte lo servil en señorial, lo trivial en importante, rompiendo con los esquemas al uso sobre lo señorial e importante. ¡Qué tendrá el Hijo de Dios, que siempre nos rompe los esquemas!
Diferenciar no es discriminar ni dar trato de inferioridad. Pero para que las diferencias no discriminen deberemos aprender a adquirir una categoría personal en línea con la del maestro y señor Jesús.
ALBERTO BENITO
alberto@dabar.net



NOTAS PARA LA HOMILIA

Comenzamos con esta celebración vespertina el Triduo Sacro o Santo Triduo Pascual. La centralidad de nuestra fe cristiana está contenida en las celebraciones y el significado del jueves, viernes, sábado santos y el Domingo de Resurrección. Es la culminación de la misión de Jesús: su entrega en sacrificio por los pecados del mundo y su victoria sobre la muerte con su resurrección. La liturgia de estos días forma una unidad, de modo que podríamos decir que se trata de una única celebración distribuida en tres actos. Todo comienza con la cena pascual.

A la caída de la tarde, cuando las luces dejan paso a las sombras y el bullicio al silencio, la liturgia de la Iglesia quiere no que recordemos la última cena de Jesús, sino que celebremos hoy la última cena de Jesús con nosotros, con sus discípulos, antes de entregarse mañana en la cruz y antes de resucitar al tercer día de entre los muertos. Hoy estamos con el Señor en la intimidad, mirándole, escuchándole, celebrando con él la cena de la pascua. Estamos dentro de la escena, cenando con él y con el resto de discípulos. En aquel momento celebraban la pascua judía, el paso del Mar Rojo, que suponía dejar atrás la esclavitud para abrirse a una vida en libertad. Comían el cordero sacrificado cuya sangre –uno por casa- libró a los hebreos del exterminio de los primogénitos en tierras egipcias. Hoy no celebramos eso. La primera lectura nos lo traía a nuestra presencia para recordarnos el contexto de aquella primera última cena. Pero aquella cena lo cambiaría todo; sería la puerta de apertura a una nueva Pascua. Se trata de la Pascua de Jesús. De su paso de la muerte a la vida. Se trata de que Jesús, ofrecido como víctima en el sacrificio de la cruz, ha limpiado nuestros pecados para siempre y su sangre derramada por todos nos ha obtenido la salvación. Por eso ya no cenamos el cordero que salvó a los israelitas: cenamos el cuerpo y la sangre de Jesús, que nos ha salvado a nosotros. Y esta cena la podemos repetir todos los días, porque en el pan y en el vino, Jesús se ha quedado con nosotros para siempre, porque el pan y el vino eucarísticos actualizan nuestra salvación cada vez que los tomamos en memoria suya.

Sí. Jesús será entregado esta noche en manos de los paganos para darle muerte. Pero él vuelve a instituir hoy la eucaristía para nosotros. Antes que en las de ellos, Jesús se pone en nuestras manos; y lo hace para siempre; como alimento de nuestra fe; como signo de comunión con él y con su destino; como signo de comunión entre nosotros, hermanos, hijos todos del mismo Padre. Se nos queda, vivo y resucitado para todos los días de nuestra vida. Por eso, cada vez que celebramos la misa, anunciamos su muerte y proclamamos su resurrección, pues no puede desligarse del contexto pascual en que se instituye. Participar de su cuerpo entregado y de su sangre derramada es entrar en comunión con él; estar dispuestos a lo mismo que él; participar en su destino: es lo que mejor nos une a Cristo porque nos hace uno con él y él se hace uno en nuestro cuerpo y en nuestra sangre. Pero eso no es todo, pues Jesús no celebra este gesto con gente extraña o no creyente, sino que lo da a los que él mismo ha enseñado, a los que desde entonces asumirán la tarea de ser continuadores de la misión que el Padre le confió. El alimento de su cuerpo y de su sangre une en comunión a los que participan de él. Una misma carne y una misma sangre hacen a los hombres hermanos. Así la eucaristía conforma la familia de Jesús.

La familia vive y se realiza en el amor. (No conviene silenciar en la liturgia de hoy el canto del gradual, pues es el único momento en el que aparece el mandamiento nuevo). En el mismo contexto de la cena con los suyos y de la institución eucarística, Jesús anticipa ya la nueva alianza de Dios con los hombres en un solo mandamiento: “Que os améis los unos a los otros como yo os he amado”. Es más, será el signo por el que nos reconocerán como discípulos suyos. El seguimiento de Jesús no se entiende fuera del amor fraterno. Tampoco la participación en la eucaristía tiene sentido desligada del amor fraterno. La eucaristía es perdón y reconciliación, es entrega y sacrificio, es renuncia a uno mismo y es amar, incluso, a quien no nos ama o nos odia.

Jesús mismo dijo que no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos. Su mayor muestra de servicio es su entrega en la cruz por amor a todos. Sin embargo, el evangelio de San Juan nos muestra en la última cena la escena del lavatorio de los pies. Jesús nació pobre y vivió siempre en el servicio a Dios y a los demás. Lavando los pies, ocupa el lugar del esclavo y enaltece a su prójimo. Sólo quien entienda este gesto y esté dispuesto a hacer lo mismo podrá ser discípulo suyo. El diálogo que mantiene con Pedro a propósito de este gesto es totalmente clarificador: “No tienes nada que ver conmigo”.

Concluyendo. Estamos celebrando la misma cena con Jesús antes de entregarse en la cruz. Él ha instituido para nosotros la eucaristía, memorial de su pasión, para nuestro alimento y para nuestra comunión con él y con los hermanos. Lo que Jesús va hacer es lo que quiere que estemos dispuestos también a hacer los que queremos seguirle, y eso sólo es posible desde el amor, un amor perfecto que no excluye a nadie y que no se niega ni siquiera a nuestro enemigo. La Pascua de Jesús nos hará pasar con él de la muerte a la vida, de la esclavitud a la libertad, del pecado a la gracia. Pero la libertad compromete. El que es libre ha de comprometerse con las decisiones que toma. Seguir a Jesús libremente es ser fiel al compromiso de Jesús de vivir como vivió él, de continuar la misión por él emprendida de dar a conocer el Evangelio, y estar abiertos a compartir con él su misma suerte: su misma muerte y resurrección.

JUAN SEGURA
juan@dabar.net


LA MISA DE HOY

SALUDO
Hermanos: Que Jesucristo, el Señor, que ha venido a nosotros para ser nuestro servidor, nuestro Salvador, esté con todos vosotros.

ENTRADA
Celebramos la Cena del Señor. Como aquellos discípulos, nos sentimos invitados a la mesa de Jesús para compartir su palabra, su Cuerpo y su Sangre. Él se hace presente entre nosotros ofreciendo libremente y de forma voluntaria su vida a Dios Padre en favor de los que ama. Cristo se entrega por nosotros a la muerte, muerte de cruz. Nos deja la Eucaristía, para que sea para nosotros sacramento y signo de su entrega y de su presencia. No podemos separar Eucaristía y amor fraterno, servicio a los hermanos y comunión con el Cuerpo de Cristo.
Participar en la Eucaristía es todo un compromiso de ser y vivir, como Jesús, hasta dar, hasta darnos, hasta formar común-unión.

ACTO PENITENCIAL
Jesús nos dice: “Amaos como yo os he amado”. Reconocemos que a veces no somos fieles a este mandato del Señor. Pidámosle al Señor que tenga piedad de nosotros.
- Tú, que estás en medio de nosotros como el que sirve. Señor, ten piedad.
- Tú, que deseas lavarnos la mente y el corazón. Cristo, ten piedad.
- Tú, que te humillas y te pones a los pies de la humanidad. Señor, ten piedad.

MONICIÓN AL GLORIA
En esta tarde, nosotros somos los discípulos amados, por el Señor. Un amor que nos sobrepasa, que no tiene igual en los amores humanos. Queremos agradecer a Dios Padre su misericordia hacia nosotros, la entrega de su Hijo, y el aliento y la fuerza del Espíritu Santo.

LECTURA NARRATIVA
El texto que vamos a escuchar nos cuenta las tradiciones que rodeaban la celebración de la Pascua Judía, y el espíritu con el que el pueblo de Israel debía vivirla. Gracias a la actuación del Señor, los israelitas fueron liberados de la esclavitud de Egipto. Para recordar esta liberación celebran la fiesta de la Pascua. El gozo y la gratitud marcaban la memoria de este acontecimiento central en la vida del pueblo elegido.

SALMO RESPONSORIAL (Sal 115)
El cáliz de la bendición es comunión con la sangre de Cristo.
¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre.
El cáliz de la bendición es comunión con la sangre de Cristo.
Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles. Señor, yo soy tu siervo, hijo de tu esclava; rompiste mis cadenas.
El cáliz de la bendición es comunión con la sangre de Cristo.
Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor. Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo.
El cáliz de la bendición es comunión con la sangre de Cristo.

LECTURA APOSTOLICA
Pablo recuerda a los cristianos de Corinto la tradición que él recibió sobre la última cena del Señor Jesús con sus apóstoles y como arranca de allí mismo y del mandato del Señor el hecho de que ellos se reúnan para celebrar la Eucaristía. El creyente que participa en ella se une al Señor muerto y resucitado: establece comunidad de vida con Él, disfrutando de la nueva situación que Cristo ha establecido para sí y para los que se unen a él. La Eucaristía, según San Pablo, es memoria y presencia de la muerte y Resurrección del Señor.

LECTURA EVANGELICA
Jesús, único Señor y Maestro, da a sus discípulos un ejemplo práctico de su amor: durante la cena se puso a lavarles los pies. (un quehacer propio de los esclavos en aquel tiempo). En ese gesto, Cristo revela todo el sentido de su vida: ha venido a servir y no a ser servido. Un gesto en el que se anticipa su entrega y muerte en la cruz, lo mismo que en la Eucaristía. El cristiano está llamado a vivir de la misma manera, con actitud de servicio, viendo en toda persona a un hermano.

ORACION DE LOS FIELES
El amor que recibimos de Dios Padre, en la persona de Jesús, su Hijo y nuestro hermano, crea y provoca fraternidad. Unidos por este amor oremos por la gran familia de la Iglesia y por las necesidades de todo el mundo. Diremos: Padre, fortalece nuestro amor.
- Por la Iglesia, para que seamos fermento de comunión y servicio en medio de todas las circunstancias y momentos que viven y padecen los hombres y mujeres de nuestro mundo. Oremos.
- Por todas las naciones de la tierra que sufren la violencia, el terrorismo la guerra, para que desaparezcan las enemistades y desconfianzas y sea posible la concordia y el diálogo. Oremos.
- Por todas las personas que en medio de nuestra sociedad se preocupan de los demás, se esfuerzan por servir y amar a los demás, para que no cesen en su necesaria y hermosa tarea. Oremos.
- Por los que más necesitan de nuestra acogida y caridad: los enfermos, los ancianos, los inmigrantes, los que viven en soledad, los excluidos… Oremos.
- Por esta comunidad (parroquial) para que la comunión con el Cuerpo de Jesús nos lleve a amar y servir generosamente y de forma gratuita a los hermanos. Oremos
- Por nuestra comunidad parroquial, para que nadie se sienta solo, rechazado o excluido de la caridad que brota de la Eucaristía. Oremos
Oración: Acoge, Padre, la oración que te dirigen tus hijos. Que nuestra vida diaria sea una Eucaristía continuada.

MONICIÓN AL LAVATORIO DE LOS PIES
Jesús realiza un gesto desconcertante, propio de esclavos: arrodillarse ante sus discípulos y lavarles los pies. El mensaje que transmite no puede estar más claro. El cristiano está llamado a ser como Él: el que sirve. Eucaristía y servicio no pueden separarse. Ahora, entre nosotros, vamos a realizar el mismo gesto de Jesús, en la última Cena. El que preside la celebración lavará los pies a algunos miembros de esta comunidad (parroquial). Es recordar la entrega y servicio de Jesús; es mostrar el camino a seguir.



CANTOS PARA LA CELEBRACIÓN

Entrada: El Señor nos ha reunido junto a El, de Kairo del disco "Vive"; Con nosotros está el Señor, de Erdozáin, del casete "15 Nuevos Cantos para la Misa"; Danos un corazón grande para amar (1 CLN-718).
Gloria: Gregoriano, de la Misa de Angelis:
Salmo: El cáliz..., de Cols, o el LdS.
Aclamación antes del Evangelio: Un mandamiento nuevo (popular).
Ofertorio: Ubi caritas, o el canto Dios es Amor, del disco "Dios es Amor".
Santo: Gregoriano.
Aclamación al Memorial: 1 CLN-J 22.
Comunión: El gran convite (mientras la cena), del disco "Cantos para participar y vivir la Misa"; Donde hay caridad y amor (1 CLN-O 26); Comiendo del mismo pan, de Madurga.
Traslado del Santísimo: Cantemos al amor de los amores; Tantum ergo, Proclamemos el reino de la vida (Congreso de Sevilla).



HORA SANTA

(Conviene prever la participación con suficiente antelación, adecuar su duración a la comunidad convocada, y combinar apropiadamente la palabra y el silencio, que favorezca la oración)

Dios llora a medianoche
La Semana Santa adquiere su mayor densidad y dramatismo en Getsemaní. En el monte de los olivos Jesús vive sus más angustiosas y angustiadas horas. La oscuridad de la noche de la primera luna llena de primavera hace presagiar la tragedia. Pero la cruz será la luz. La noche dará paso al día. Es la pasión, la pascua, el paso del Dios del amor.
"Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos".
"Vosotros sois mis amigos".
Getsemaní no tiene una celebración litúrgica propia, exclusiva, común, aun cuando quien no vive Getsemaní difícilmente puede recorrer el Vía Crucis, ascender al Calvario y descubrir su cruz y su gloria. Esta noche es tiempo para la plegaria, para la preparación de la Hora de Nona, la hora más esperada de toda la historia cuando Jesucristo ofrezca su cuerpo lacerado y su alma entregada y la muerte sea vencida en prenda inmediata de resurrección, como el grano de trigo que sólo enterrado en la tierra puede germinar.
Vamos a acercarnos al monte de los olivos… donde Jesús se hace ofrenda, donde Jesús, confiando en el Padre, arriesga su vida. Todo está en juego…. Su grito es “hágase tu voluntad”, su actitud será… “Padre… me fío de ti”.

Vamos a Getsemaní a acompañar a Jesús que hoy sigue diciendo “Padre… me fío de ti”, vamos a abrir los ojos a quienes están hoy en Getsemaní y se debaten entre la confianza y la decepción, entre la esperanza y la desilusión, entre el sueño de justicia y la realidad tantas veces injustificable.

En Getsemaní también están los que pasan hambre y sólo esperan un plato de comida, los que sufren la violencia y sólo sueñan en un día de paz, quienes han perdido el norte de su vida y sólo esperan una señal que aporte una dirección a su existencia.

Vamos a Getsemaní a acompañar a Jesús y con él a los que sufren hoy la cruz.

(Alguien lee en voz alta para todos): Mt 26, 36-46

“Padre, aparta de mí este cáliz”
Jesús pide que no se le avecine lo que le parece inevitable, que no se materialice lo que presiente va a ser su doloroso final. Como a nosotros, no le gustaba sufrir, no busca sufrir, su sufrimiento es consecuencia de su vivir y enfrentarse al mal, de su cumplir la voluntad de Dios al denunciar las injusticias y anunciar que la vida tiene que ser vivida de otra manera: que no se puede ignorar el sufrimiento de otros, ni regodearse en la propia comodidad, que uno no se puede escudar en la religión para mantener en la miseria y la ignorancia al pueblo, que lo que los sacerdotes y fariseos hacían no encajaba en la voluntad del Padre sino en su propio beneficio. Jesús no buscó nunca el conflicto, pero no huyó de él cuando fue manifiesto que estaban hablando de un Dios diferente, no dudó de la Buena Noticia: Dios nos ama, nos libera, nos espera, sabe de nuestros pecados, no le gustan y espera nuestra conversión pero es lento a la ira y rico en misericordia.

“Padre, aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.”

No obstante, consciente de que la omnipotencia de Dios es en el amor y no en cambiar los acontecimientos históricos, que asume plenamente la libertad humana, Jesús se pondrá en manos de Dios aunque la voluntad de Dios no es la cruz ni la muerte ni el sufrimiento, Jesús acepta que el amor del Padre pasa por respetar la libertad de las criaturas y con ello su opción por el mal.

"Volvió junto a sus discípulos y los encontró dormidos;
entonces dijo a Pedro: ¿Ni siquiera habéis sido capaces de velar una hora conmigo?"
"Velad y orad para no caer en tentación: pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil".

Si queremos ir a Getsemaní tenemos que imaginarnos al lado de Pedro, ser un discípulo más, ver a Jesús que nos dice que recemos mientras Él se aleja para rezar en soledad, que le acompañemos en su oración e imaginemos que como a los discípulos se nos cierran los ojos de cansancio, de tristeza, de incomprensión, y nos dormimos. Y es Jesús quien nos despierta desolado ante nuestro sueño, como si de un amigo se tratara que nos ha pedido que le acompañemos para hacer algo importante y nos hemos dormido antes de ir donde habíamos quedado y nos llama para preguntarnos dónde estamos, algo así le pasó a Jesús. Él llora y suda sangre mientras sus amigos parecen ajenos a lo que le está pasando, parecen querer darle la espalda a la realidad y despreocupados se duermen al primer síntoma de sueño. Así actuamos nosotros tantas veces…

Pongamos ante Dios todas las veces que nos hemos quedado dormidos. ¿Qué cuándo le hemos dado la espalda? Cuántas veces hemos mirado hacia otro lado cuando un pobre nos pedía limosna en medio de la fría calle, cuántas ante todos los desastres humanitarios (guerras, conflictos, hambrunas, sequías, tsunamis, huracanes, terremotos, inundaciones,…) han permanecido impasibles e intactas nuestras cuentas corrientes, todas las veces que nos hemos callado cuando alguien criticaba a otro, o nos hemos reído haciéndole la burla a alguien, cuántas hemos ocultado ante otros nuestro ser cristiano, nuestra pertenencia eclesial, cuántas veces hemos sucumbimos al consumismo y gastamos más de lo que necesitamos o deseamos más de lo que tenemos, cuando sólo pensamos en nosotros mismos, en nuestro cansancio y dejamos que nos venza el sueño o la comodidad en lugar de escuchar o ayudar al otro, ….

En esta noche nos hacemos conscientes de todas nuestras siestas a deshora, de todas nuestras inconsciencias, de nuestros pecados… de todos los momentos en que no hemos sabido velar y orar.

Te pedimos perdón Padre por todas las veces que no hemos estado atentos o despiertos, por todas las ocasiones en que no hemos sabido velar, escudriñar la realidad para ver a qué nos llamabas, qué palabra teníamos que pronunciar para hacer más real el Reino en nuestra realidad, por…. (cada uno expresa en su corazón una petición de perdón y los que lo deseen lo comparten públicamente)

En esta noche que velamos con Jesús en el monte de los olivos, vamos a hacernos algo más conscientes del sufrimiento de tantos de nuestros hermanos, que sufren en Cristo y por quienes Cristo sufrió.

Velad y orad para no caer en tentación.
Velad y orad, esa es la recomendación, ante la Cruz,
ante el dolor, ante el sinsentido, velad y orad.

Velamos para sentir que millones de personas mueren por no tener alimento. En nuestro mundo hay recursos suficientes para el alimento de todos y sin embargo el hambre sigue siendo la peor lacra de la humanidad.

Oramos al autor de la vida para no ser impasibles ante tanto sufrimiento, para que mueva nuestros corazones para que sepamos compartir nuestros bienes, exigir justicia a nuestros representantes y trabajar porque en el mundo nadie sufra necesidad.

Velamos para estar atentos a acompañar a tantas personas que sufren en su cuerpo o en su espíritu, nos acordamos de los discapacitados físicos y psíquicos, de los enfermos crónicos, de los ancianos, que muchas veces quedan “aparcados” en hospitales y residencias.

Oramos al Señor de la salvación que nos dé entrañas de misericordia e inspire el gesto y la palabra oportuna con el que sufre, con quien lo pasa mal, con los enfermos o con quienes sufren por un motivo u otro.

Velamos para ser conscientes de la violencia, el odio, la guerra y la destrucción masiva producida por las cada vez más potentes armas, con las que tantos de nuestros hermanos conviven.

Oramos al Señor de la concordia para que, Tú que dijiste a los apóstoles “la paz os dejo, mi paz os doy”, nos des la capacidad de ser instrumentos de paz allí donde estemos. Haznos capaces de guiarnos por el diálogo y el perdón, para que así sembremos paz entre las personas y entre las naciones.

Velamos para mirar la vida desde los que sufren exclusión: Cada día vemos a personas tiradas, enganchadas a un envase de vino, o escondidas debajo de unas mantas o cartones. Muchos de ellos son jóvenes, que deambulan sin saber qué hacer o a dónde ir. Hasta les hemos puesto nombre: “los sin-techo”

Oramos al Padre de la acogida, que nos recibe con los brazos abiertos, que cuando nos acercamos nos hace una fiesta, para que no seamos marginados ni marginadores, que nos ayude a acoger y aceptar a todos los excluidos, para que los incluyamos en la casa común de la fraternidad.

Velamos para ponernos en la piel de tanto inmigrante en tierra extraña que vive a nuestro lado, para ponernos en el lugar de muchas personas ponen rumbo a una esperanza sin norte y dejan familia, amigos, posesiones… para cruzar el estrecho, venir en avión o en autobús, con o sin papeles, con o sin contrato, y que sólo traen necesidad e ilusiones.

Oramos al Dios del Amor, para que no olvidemos que la tierra es suya y que nosotros somos administradores, por lo que tenemos que edificar un mundo en el que nadie tenga que salir de su hogar por miedo, o por hambre, un mundo donde no se levanten barreras a costa de la vida de personas.

Velamos para descubrir cuántos de los que nos rodean han perdido la esperanza, ya no sueñan, no tienen ilusiones, han perdido la fe y el rumbo, no saben por dónde tirar: su vida, su familia, el trabajo, los amigos, el entorno… no significan nada.

Oramos al Dios de la ilusión para que nos dé fuerza para acompañarles a recuperar la esperanza y nos enseñe cada mañana a dar gracias por el regalo de un nuevo día, a saber percibir el gozo de estar vivos, a disfrutar del encuentro con las personas que nos rodean y a sentir que Tú estás a nuestro lado alentando nuestra existencia.

Velamos para hacernos conscientes de todos los que trabajan bajo condiciones precarias o viven con angustia no poder tener un trabajo, en esta crisis económica los trabajos son más precarios, los contratos más temporales, los expedientes de regulación de empleo más frecuentes, muchas familias tienen todos sus miembros en el paro y sobreviven a duras penas.

Oramos al Señor de la Justicia, que nos confía la tierra para que continuemos su obra, para que asumamos la responsabilidad de ser cooperadores suyos en su construcción; para que toda tarea, toda labor se oriente al bien común; se asiente en un trabajo justo y favorezca la vocación de la persona y el desarrollo de su dignidad.

Velamos para no dar la espalda a ….
Oramos al Padre de Bondad para que …

En este velar y orar que nos abre los ojos al sufrimiento de tantas personas nos vamos haciendo conscientes de las lágrimas de Dios.

Si Dios llora a medianoche ¿no es deber nuestro estar despiertos a esa hora y llorar con Él y por Él? Esas dos lamentaciones, la suya y la nuestra, son la expresión de una comunidad humano-divina en vigilia, y el descubrimiento de que esta capacidad de estar en vela junto a Dios en medio de las grandes tinieblas, abre un espacio de esperanza en medio del mal.
Quien está conmovido por el dolor divino y se mantiene despierto a causa de sus lágrimas, inaudibles en medio del estruendo del mundo, permanece atento y en contacto con aquello que, en lo más secreto de sí mismo, le habla de una realidad que le desborda, y experimenta de nuevo cómo el soplo de Dios transforma el polvo en “alma viviente”. Catherine Chalier

Quizás tengamos la tentación de creer que nuestro velar y nuestro dejarnos conmover por lo que hemos descubierto tras mantener abiertos los ojos en esta noche no sirve para nada, no cambia el sufrimiento de tanto de nosotros, ni siquiera el nuestro propio. Mas no es así, nuestro velar junto a Dios, nuestro estar atentos a lo que otros viven, nos habla de que se puede construir una nueva humanidad, de que Dios tiene poder para hacernos renacer de nuestro egoísmo, de que nosotros somos capaces de dejarnos afectar por las lágrimas de Dios y nuestras lágrimas nos llevan más que al dolor y la desesperanza, más que a querer tirar la toalla, a exclamar juntos, con fuerza renovada, con ilusiones nuevas:

“Bendecid al Señor, hermanos míos,
que levanta a sus hijos en los brazos:
sus brazos son murallas protectoras,
sus brazos serán alas maternales,
sus brazos, el mejor hogar paterno.
Bendecid al Señor, hermanos míos,
que reparte su carne en alimento:
esa carne es el signo de su entrega,
esa carne aglutina a los amigos,
esa carne alimenta a los más débiles.
Bendecid al Señor, hermanos míos,
que se queda para siempre con nosotros:
su presencia es oasis y es hoguera,
su presencia es imán y es libertad,
su presencia es el centro de la vida.
Bendecid al Señor, hermanos míos.

Acabamos esta velada construyendo juntos un salmo de bendición, proponiendo los motivos que, desde nuestra experiencia creyente, nos impulsan a alabar las grandezas del Señor porque hemos descubierto su brazo protector ante el sufrimiento y la soledad, su carne que alimenta al hambriento y al desesperado así como su presencia liberadora de todo pecado y opresión. A pesar del mal, a pesar del sufrimiento, Dios no nos abandona, Dios no se rinde, Dios no nos deja solo, Dios nos sostiene en sus amorosos brazos paternales.
Cada participante que lo desee puede empezar su oración diciendo: "Bendito seas, Señor, por...." a lo que todos contestaran: "Bendito y alabado seas".

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Jueves Santo: Cena del Señor

Por P. Fidel Oñoro, cjm
Centro Bíblico del CELAM

Lavatorio de los pies: el camino de la comunión con Jesús
Juan 13, 1-15
“Los amó hasta el extremo”

Entremos en el Triduo Pascual

Con la celebración vespertina llamada “Misa en la Cena del Señor”, evocamos y hacemos presente la última cena de Jesús con sus discípulos antes de su Pasión. Así entramos en el corazón del año litúrgico, que es el gran Triduo Pascual.

Precisamente el triduo pascual se coloca en el centro del año litúrgico por su función de “memorial” de los eventos que caracterizan la Pascua “cristiana”. Como la comunidad de Israel, también la Iglesia mantiene viva la memoria de la misericordia de Dios que “pasa” continuamente por su historia y refunda su existencia como “pueblo de Dios” con base en esta perenne voluntad de reconciliación.

El centro de este “memorial” es el Misterio Pascual, la muerte y resurrección de Jesús. En la muerte de Jesús, Dios ha asumido la naturaleza humana hasta la muerte, “hasta la muerte de Cruz” (Filipenses 2,8). A través de ella, Jesús “se convirtió en causa de salvación eterna para todos aquellos que le obedecen” (Hebreos 5,9; idea importante del Viernes Santo). De hecho, la cruz de Jesús no se puede separar de la resurrección, fundamento de nuestra esperanza. Y este es nuestro futuro: “Sepultados... en su muerte, para que también nosotros vivamos una vida nueva” (Romanos 6,4; idea central de la Vigilia Pascual).

Todo esto se recoge en la gran Eucaristía que se celebra entre hoy y el Domingo de Pascua. Hoy hacemos “memoria” de aquella primera Eucaristía que Jesús celebró y al mismo tiempo la actualizamos como recuerdo del pasado, como presencia en el hoy de nuestras comunidades, al mismo tiempo de esperanza y profecía para el futuro.

El cuerpo y la sangre eucarísticos de Jesús nos aseguran su presencia a lo largo de la historia. Es Jesús mismo quien establece de manera concreta, en la Eucaristía, la permanencia visible y misteriosa de su muerte en la Cruz por nosotros, de su supremo amor por la humanidad, de su venida continua dentro de nosotros para salvarnos y santificarnos. Es así como en cada celebración su corazón, traspasado por la lanza, sea abre para derramar el Espíritu Santo sobre la Iglesia y el mundo.

Para profundizar en esto, se nos propone leer hoy el relato del “lavatorio de los pies” (Juan 13,1-15). Notemos que en la última cena, el evangelista Juan no habla de la institución de la Eucaristía (que se encuentra ampliamente tratada en el discurso del “Pan de Vida” en Jn 6). Juan prefiere colocar aquí un gesto que indica el significado último de la Eucaristía, como acto de amor extremo de Jesús por los suyos, manifestación de un servicio pleno hacia los discípulos.

(1) Introducción: la hora del amor supremo (13,1)

La última parte del evangelio de Juan (13-21) se abre con una introducción solemne: “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (13,1).

El evangelista Juan nos ayuda a recorrer atentamente el último día de Jesús con sus discípulos. Así nos hace comprender que efectivamente ha llegado la “hora” tan esperada por Jesús, la “hora” ardientemente deseada, cuidadosamente preparada, frecuentemente anunciada (ver 12,27-28). Es la “hora” en que manifiesta su amor infinito entregándose a quien lo traiciona, en el don supremo de su libertad.

Dos aspectos se ponen de relieve:
- Esta es la hora en que Jesús regresa a la casa del Padre: “había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre”. Él conoce el camino y la meta.
- Esta es la hora en la que Jesús da la máxima prueba de su amor: “los amó hasta el extremo”.

Juan señala que el amor de Jesús viene de Dios y es, por lo tanto, un amor gratuito y total. La cruz de Jesús será la manifestación de este amor divino, afecto supremo que ama hasta las últimas consecuencias, hasta el extremo de sus fuerzas.

El marco es el de la Pascua hebrea: “Antes de la fiesta de la Pascua”. En ella el pueblo de Israel celebra con gratitud los beneficios de Dios, quien lo liberó de la esclavitud y lo hizo su pueblo. Jesús lleva a su cumplimiento esta liberación, arrancando al hombre de la esclavitud del pecado y de la muerte y dándole la comunión plena con Dios.

El gesto simbólico del lavatorio de los pies muestra la significación de la entrega de su vida y el valor ejemplar que ésta tiene para todo discípulo.

(2) El lavatorio de los pies (13,2-5)

El episodio del lavatorio de los pies es un “signo” que revela un misterio mucho más grande que lo que una primera lectura inmediata puede sugerir.

El gesto contiene una catequesis bautismal y al mismo tiempo una enseñanza sobre la humildad, una ilustración eficaz del mandamiento del amor fraterno a la manera de Jesús: el amor que acepta morir para ser fecundo.

“Durante la cena” (13,2ª). En la cena, donde el vivir en comunión encuentra su mejor expresión, pesa la sombra de la traición que rompe la amistad. Pero mientras el traidor se mueve orientado por el diablo (13,2b), Jesús lo hace dejándose determinar por Dios (13,3). Lo que Jesús ha hecho y va a hacer proviene de su comunión con Dios. Ahí radica la libertad que hará que la muerte que le aguarda sea realmente un don de amor por los suyos y por los hijos de Dios dispersos.

“El Padre le había puesto todo en sus manos” (13,3ª). El amor del pastor (10,28-29) protegerá los discípulos de un mundo que quisiera poder arrancarlos de la comunión de vida con su Maestro. Y aunque ellos lo traicionen, Jesús reforzará los vínculos con ellos y les ofrecerá un perdón pleno. Por lo tanto, lavar los pies constituye una promesa de aquel perdón que el Crucificado le ofrecerá a los discípulos en la tarde del día de la resurrección (ver Jn 20,19ss).

“Y se puso a lavar los pies de los discípulos”. Notemos en el v.4 los movimientos de Jesús. Para demostrar su amor: (a) se levanta de la mesa, (b) se quita los vestidos (el manto), (c) se amarra una toalla alrededor de la cintura, (d) echa agua en un recipiente, (e) le lava los pies a los discípulos y (f) se los seca con la toalla que lleva en la cintura.

El lavatorio de los pies está enmarcado por el “quitarse” (13,4) y “volver a ponerse” los vestidos (13,12). Este movimiento nos reenvía al gesto del Buen Pastor de las ovejas, quien se despoja de su propia vida para dársela a sus ovejas. De hecho, se puede notar que los verbos que se usan en el texto son los mismos verbos que se utilizan en el capítulo del Buen Pastor, cuando se dice que “ofrece su propia vida” y “la retoma” (ver Jn 10,18).

El despojo del manto y del amarrarse la toalla son, por lo tanto, una evocación del misterio de la Pasión y de la Resurrección, que el lavatorio de los pies hace presente de manera simbólica. Jesús se comporta como un servidor (a la manera de un esclavo) de la mesa ya que su muerte es precisamente eso: un acto de servicio por la humanidad.

Así llegamos a entender que el lavatorio de los pies sustituye el de la institución de la Eucaristía precisamente porque explica precisamente lo que sucede en el Calvario. En el lavatorio de los pies contemplamos la manifestación del Amor Trinitario en Jesús que se humilla, que se pone al alcance y a disposición de todo hombre, revelándonos así que Dios es humilde y manifiesta su omnipotencia y su suprema libertad en la aparente debilidad.

(3) El diálogo con Pedro (13,6-11)

La reacción de Pedro no tarda. En el evangelio de Juan, Pedro representa al discípulo que tiene dificultad para entender la lógica de amor de su Maestro y para dejarse conducir con docilidad por la voluntad de su Señor.

Pedro no puede aceptar la humildad de su Maestro: se trata de un acto de servicio que, según él, no está a la altura de la dignidad de su Maestro (13,6). En la cultura antigua los pies representan el extremo de la impureza, por eso lavar los pies era una acción que solo podían realizar los esclavos. Pedro se escandaliza de lo que Jesús está haciendo y dicho escándalo pone en evidencia la distancia entre su modo de ver las cosas y el modo como Jesús las ve.

Jesús entonces le explica a Pedro que él ahora no puede comprender lo que está haciendo por él, pero en sus palabras le hace una promesa: “¡Lo comprenderás más tarde!” (13,7). A la luz de la Pascua no se escandalizará más por todo lo que el Señor hizo por él y por los otros discípulos. Más bien, aquel gesto constituirá un comentario brillante al misterio de amor “purificador” de la Pasión: amor que los hace capaces de amor en la perfecta unión con Dios (13,8-11). De esta forma se podrá tomar parte en su propio destino.

(4) El valor ejemplar del gesto de Jesús (13,12-15)

Los vv. 12 a 15 hacen la aplicación del lavatorio de los pies a la vida de los discípulos, para sugerir el estilo de la comunidad de los verdaderos discípulos: cómo debemos comportarnos los unos con los otros (ver 13,12).

Precisamente aquél que es el “Señor y el Maestro” (13,13) se ha hecho siervo por nosotros y por tanto la comunidad de los discípulos está llamada a continuar esta praxis de humillación en los servicios –a veces despreciables a los ojos del mundo- para dar vida en abundancia a los humillados de la tierra.

Este estilo de vida estará marcado por la reciprocidad, irá siempre en doble dirección, ya que se trata de estar disponibles para hacerse siervos de los hermanos por amor, pero también para saber acoger con sencillez, gratitud y alegría los servicios que otros hacen por nosotros.

Juan subraya que tal servicio será un “lavarse los pies unos a otros” (13,14); en otras palabras consistirá en aceptar los límites, los defectos, las ofensas del hermano y al mismo tiempo que se reconocen los propios límites y las ofensas a los hermanos.

En fin, retengamos la doble lección:

Sólo del reconocimiento del gran amor con el cual hemos sido amados podremos madurar nuevas actitudes de perdón y de servicio con todos los que nos rodean. Por lo tanto, dejémonos aferrar por el amor de Cristo para que nazca de nuestro corazón una caridad y una alabanza sincera.

Jesús pide que lo imitemos para que a través de los servicios humildes de amor a los hermanos podamos transformar el mundo y ofrecerlo al Padre en unión con su ofrenda en la Cruz. Ésa es la raíz de la sacerdotalidad.



Para cultivar la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón:

1. ¿Qué relación hay entre el gesto del lavado de los pies, la Eucaristía y la muerte de Jesús en la Cruz?

2. ¿Por qué Pedro no quería dejarse lavar los pies? ¿Qué le enseña Jesús? ¿Qué relación tiene con el bautismo?

3. ¿Qué servicios concretos me está pidiendo Jesús en esta etapa de mi vida? ¿Estoy disponible con libertad de corazón o estoy resistiendo?

4. ¿Qué gestos concretos de amor humilde y servicial podría hacer hoy o en estos días para aliviar el dolor de mis hermanos que sufren y para dar repuesta a sus necesidades?

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LA HOMILIA MÁS JOVEN: JUEVES SANTO (Jn 13,1-15)

(seguramente seis de abril del año 30)
Por Pedrojosé Ynaraja

Del documento antiguo.

1.- Nos reunimos en la casa de una familia amiga. Nos cedieron la habitación superior, aquella que todo judío que se precie, guarda y ofrece al amigo que viene de fuera. El cuarto de huéspedes, dicho de otra manera. El Maestro decía y repetía que íbamos a celebrar la Pascua, pero nosotros no entendíamos nada de nada. Desde los inicios de nuestra estirpe, el cordero era imprescindible en la celebración de esta fiesta y nosotros no habíamos traído ninguno. A Él esto le era indiferente. Alguna ocurrencia gorda bailaba en su interior. No íbamos a pasar hambre, pues algunos compañeros habían traído por lo menos pan y vino. El amo de la casa nos subió gozoso algunos manjares. Llegó un momento que se hizo entre nosotros un tenso silencio. No temíamos, pero estábamos convencidos de que alguna cosa importante iba a suceder. El Maestro no quería desvelarnos el misterio todavía. Lo traído estaba en la mesa.

2.- Primera sorpresa, el Señor toma una jofaina y un trozo de tela y se acerca al que está su lado, le pide que se descalce y el otro sorprendido, accede sin rechistar, y el siguiente y el de más allá hacen lo mismo. A cada uno les lava los pies. Quedan pocos, uno de ellos es Pedro, se niega. No puede soportar ver al Maestro oficiando servicio de esclavo o del más ínfimo criado de una estancia rica. Jesús no se enoja por su gesto, pero severamente le advierte que no consentir le alejará de Él, entonces, aunque nada, ni él ni nosotros, se haya entendido, permite que le lave y se presta a ser aseado todo el cuerpo, si conviene. El Señor le advierte que no es necesario, que con aquel simbólico hacer, es suficiente. Respiramos satisfechos y acaba con los que faltaban.

Estábamos sentados, reclinados más bien en cojines, cuando Él nos mira a todos fijamente y nos dice emocionado: os preguntabais qué hacíamos reunidos en este día sin un cordero degollado y asado. Ahora os voy a descubrir un secreto que hace tiempo os tenía reservado. No hace falta ni cordero, ni cabrito, porque la víctima pascual es este pan que tengo en mis manos, que, aunque os extrañe, es mi mismo cuerpo, tomad, pues, y comedlo. En vuestras entrañas será alimento espiritual. Y la sangre que rocía los dinteles, tampoco es necesaria. Este vino es mi sangre, pronto sabréis que la voy a derramar para que sea salvación. Bebedla sin escrúpulos y aunque no lo entendáis. Es suficiente que confiéis en mí. Llegará el día que en mi nombre continuaréis haciéndolo.

¿Quién se iba a atrever a llevarle la contraria? Lo hicimos y en nuestras miradas se notaba que algo trasformaba nuestro interior, pero nadie se atrevió a decirle nada.

3.- El Maestro emocionado se puso a hablar. Hora se dirigía a su Padre, hora a nosotros. En otro documento he recogido el contenido. A decir verdad entendíamos muy poco el significado de su discurso pero a todos nos contagió su emoción y estábamos convencidos de que algo muy importante había cambiado. Él decía que era la Nueva Pascua. Si lo decía Él, debía ser verdad, Él siempre tiene razón.

Cantamos los himnos que tocaban y nos fuimos a un lugar que todos conocíamos. Allí, en Getsemaní, todo cambió, nunca había visto al Maestro de aquella manera. Os lo debo explicar en otro momento, ahora anoto que sufrió lo indecible, que, estúpidos de nosotros, nos dormíamos, que llegó un pelotón de uniformados y lacayos, y se lo llevaron.

Jesús había perdido la libertad. Aunque de poco le sirviera, también perdió nuestra compañía. Lo encerraron en una prisión. Era un simple y grande hueco en la montaña, bajo el palacio de los jefes, cerrada la embocadura por una verja. Estaba solo, a oscuras, solo, vuelvo a repetirlo. Había añorado la compañía de su Padre, y ahora parecía que lo tenía abandonado. Nosotros esto no lo entendíamos, pero a Él, la unión con su Padre le era indispensable y ahora no lo sentía a su lado.

4.- Anás y Caifás se confabulaban en sus ricas estancias. Quisieron que los soldados los dejaran solos a ellos dos. Hablaban y hablaban. Abajo en la mazmorra temblaba y sollozaba Él. Ni ellos ni el Señor tenían sueño, frío sí que Él tenía mucho, y tiritaba, pero al final, todos dormitaron. No se que soñarían los de arriba, ni tampoco Jesús. Pero se dice que el hambriento en sus delirios, sueña comida, Él, con seguridad, soñaría libertad y ser amado, nunca como entonces había sentido la necesidad de dejarse querer y a nadie tenía junto a sí que le abrazara.

Convocaron al Sanedrín y allí le condujeron. Nunca uno se siente tan solo, como cuando esta rodeado de una multitud de enemigos. Discutir y discutir, ese era su macabro juego. Decidieron implicar a otras autoridades. Fue conducido ante el sanguinario gobernador romano, este al reyezuelo Herodes, quien para mayor escarnio le vistió de loco…

Sólo, hambriento, todo su cuerpo dolorido por la tortura. El sueño no le venía, hubiera sido una especie de anestesia pasajera, pero su ausencia sensibilizaba su piel. En un determinado momento del proceso al que le tenían sometido, nos miró. Fue angustia lo que inundaba sus ojos o reproche, no lo sé. No soy capaz de continuar… Proseguiré otro rato…

5.- ***** Mis queridos jóvenes lectores, esta noche del paso del seis al siete de abril (en realidad es del uno al dos abril del 2010), no es digno que la pasemos frívolamente. Sería profanarla si nos dedicásemos a divertirnos. Os propongo que salgáis, si podéis, al aire libre. Pero también os puede servir un rincón silencioso de una iglesia o cerrar los ojos en cualquier sitio, estirados en el suelo o acurrucados, os propongo que vayáis tratando de contemplar, meditando intensamente. Que sintáis un poco de frío, que os quedéis solos, os ayudará. La oración nos libra del espacio y del tiempo, en que nuestra vida transcurre aprisionada. No es preciso que gocemos de éxtasis, tampoco podemos pretenderlo, es suficiente la imaginación y un sincero deseo de conseguir una unión espiritual. Quedamente, dile al Señor: quisiera estar junto a ti. Se que todo esto, por mí lo soportaste, te prometo que lo que te ocurre, no me deja indiferente y que quiero cambiar… Ya que no puedo llevarte ni un vaso de agua, ni siquiera un bocadillo, de ahora en adelante viéndote a ti en los necesitados, satisfaré el hambre y la sed de quienes me encuentre. No dejaré perder ni una sola de agua del grifo, pensando que tú en la mazmorra tanto ansiabas poder mojar tus labios y nadie se acordaba de tu sed, recordaré que dijiste que tu estás presente en mis contemporáneos pobres, así pues, no tiraré nunca comida, recordando que nadie te llevó alimento a la cárcel, pero, pensando en que si alguien recibe hoy mi ayuda, como estás, según nos dijiste, entre los pobres, te sentirás un poco de aliviado por mi gesto.

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JUEVES SANTO (Jn 13,1-15): ¡QUÉ HABLEN LOS GESTOS!


1.- El Señor se dobla, y al hacerlo, nos recuerda que los cristianos hemos de aprender a no cansarnos por acercarnos a los que sufren o a los más necesitados. Hoy, en Jueves Santo, habla el amor y la fraternidad. Si el Señor ha hecho algunas cosas llamativas en estas horas (las va a realizar ahora con el lavatorio de los pies) es para sugerirnos el camino para ser como El: no quedarnos en simples gestos y, hacer de nuestra vida cristiana, una ofrenda.
En Jueves Santo, con un gesto asombroso y desconcertante, el Señor lo dice todo: “en esto conocerán que sois mis discípulos”. Pero, por qué no reconocerlo, nos cuesta torcer el espinazo, perder de nuestros derechos, dejar a un lado nuestra comodidad, servir sin más ni más. El Señor, expresa su más íntima convicción: hay que desgastarse y con generosidad. El mandamiento del amor se escucha y se visualiza por los cuatro costados de esta celebración.
Si el Señor lo hizo, lo tendremos que imitar también nosotros. En el amor estará nuestro escudo y nuestra defensa. Quedarán para siempre en la memoria del Señor cinceladas aquellas escenas en las que, nuestras manos ayudaron; en las que nuestros brazos levantaron; en las que nuestros pies señalaron el camino a los demás.
Si el Señor lavó los pies, también nosotros tendremos que limpiar: los ojos de aquellos que están tristes o amargados de la vida. Los pies de tantos hermanos nuestros que ya no desean caminar y que han preferido quedarse en el estiércol de lo exclusivamente aparente. ¡Qué gran testimonio! ¡Dios, una vez más, a los pies de los hombres! ¡Pobre en Belén y….nuevamente como siervo a nuestros pies! ¿Y todavía no entendemos lo mucho que Dios nos quiere? Abramos los ojos. El Señor se arrodilla ¿Seremos capaces de no enternecernos ante su cuerpo en tierra?

2. En este Año Sacerdotal, el Jueves Santo, adquiere también unos tintes muy especiales. NO podemos menos que, dar gracias al Señor por los sacerdotes. En este día nace el sacerdocio del Nuevo Testamento. Es el día del sacerdocio que germina y se lanza en la mesa de Jueves Santo. El sacerdocio que se identifica plenamente con el de Cristo. El sacerdocio que, como Cristo, quiere ofrecer y ofrecerse por la vida de los creyentes. Y, por ser el Año Sacerdotal, no solamente damos las gracias a Dios por todos aquellos que presidimos en el nombre del Señor las comunidades cristianas sino que, además, pedimos perdón por nuestros errores. Por nuestra falta de caridad o por todo aquello que empaña u oscurece lo que debiera de ser un testimonio permanente y transparente de la presencia de Cristo: la santidad. Perdón, por todo ello, Señor. Pedir, al Señor, por nosotros y por aquellas veces en las que no estamos a la altura del Ministerio al que hemos sido llamados.

3.- Y, en Jueves Santo, el Señor desplegó un inmenso altar. Un mandamiento nos dejó al calor de la última cena: “amaos” y, un deseo nos pidió: “haced esto en memoria mía”. El celebrar esta eucaristía, cuando entramos en total comunión con Cristo, nos sentimos insignificantes. ¡Es tan grande el Misterio de Jueves Santo! ¡Es tanto lo que encierra esta celebración!
En Jueves Santo, el Señor, nos dejó la clave para estar permanentemente con El: el amor y la eucaristía. Por el amor intuirán los que nos rodean que somos de los suyos y, con la eucaristía, al entrar en comunión con El, nos da la fuerza y el impulso necesario para no cejar en ese empeño de entrega, generosidad y ofrecimiento de nuestra vida. ¿Somos conscientes del valor infinito de la Eucaristía?
“Haced esto en memoria mía” Y, cada día más, existen hombres y mujeres que han ido olvidando y dejando por el camino este sacramento de salvación y de eternidad, de vida y de Palabra y de verdad, de muerte y de resurrección: la Eucaristía. ¿Mantenemos vivo en nuestras familias, en nuestros amigos, en nuestras parroquias este deseo de Jesús…”HACED ESTO EN MEMORIA MIA”? No seamos desagradecidos.

4.- TE QUEDAS, SEÑOR
En el pan, para calmar nuestra hambre espiritual
Y, cuando te vemos partir y repartir así la hogaza,
vemos que nos amas hasta el extremo
que tu Cuerpo, se desangra y se derrama en sangre,
para que, nosotros tus amigos,
tengamos asegurado alimento en nuestro caminar.
TE QUEDAS, SEÑOR
Y, al quedarte entre nosotros,
lo haces como el que siempre sirve y se da
Como el que, arrodillándose o inclinándose
nos indica que el camino de la humildad
es el secreto para llegarnos hasta Dios
y para mitigar penas y sufrimientos.
TE QUEDAS, SEÑOR
Con un amor tremendamente asombroso
nos enseñas el valor de la fraternidad
la clave para vivir contigo y por Ti
La llave para, abriendo la puerta de tu casa
contemplar que, el interior de tu morada,
está adornado con el color del amor
y con la entrega de tu Sacerdocio
o con el sacrificio de tu vida donada
TE QUEDAS, SEÑOR
Para que, sin verte,
te adoremos en tu Cuerpo en tu Sangre
Para que, al llevar el pan hasta tu altar,
nos acordemos que es signo de tu presencia
Para que, al repartirlo entre los necesitados,
comprendamos que es sacramento de tu presencia
TE QUEDAS, SEÑOR
Y nos dejas un mandamiento: ¡Amaos!
Y nos sugieres un camino: ¡El servicio!
Y te quedas para siempre: ¡La Eucaristía!
Y eres, sacerdote que ofrece
Y eres, sacerdote que se ofrece
por toda la humanidad
Gracias, Señor

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Miércoles Santo. Oraciones para Semana Santa

Por Francis Pastor, cmf
Publicado por Ciudad Redonda

Por la mañana

¿Por qué puerta puedo entrar para abrazarte, Dios? Por la que está elevada sobre la tierra y tiene forma de cruz; por la puerta de un costado abierto, rasgado por la lanza. El que así está convertido en puerta absoluta, con su cuerpo desgarrado, nos atrae hacia ti. Buscó la paz para nosotros. Quitó la raíz amarga que nos hacía tanto daño: la muerte. Nos puso en el plato de cada día otra comida: la de los hijos ya reconciliados y reunidos en su fiesta, para escuchar la voz de quien nos convocaba. Dios nos tuvo desde siempre inscritos en el registro de su mismo fuego y quiso siempre hacernos partícipes de la plenitud de su amor. Porque nunca habrá amor más grande que el de dar la vida por aquellos a quienes se ama.

Estoy invitado a hacer lo mismo: invitado a amar como he sido amado; invitado a dar mi vida por los hermanos. Cristo mío, tú no te resistes ni te echas atrás a la hora de cumplir esta misión de amarnos hasta el extremo. Ofreciste tu cuerpo todo a quienes quisieron destrozarlo. No te tapaste el rostro para evitar los ultrajes que te hicieron. El Señor era tu ayuda; sabías con certeza que, con Él a tu favor, no quedarías defraudado. Tu sangre, que corrió abundante acusando, pero a la vez fecundando la tierra, purifica nuestra conciencia de las obras de la muerte y nos prepara para presentarnos al Dios vivo.

Todo esto ya lo sé. Y cada día, a través de esta oración reiterativa, lo recuerdo y lo hago presente y deseo asimilarlo. Pero no tengo que inventar cosas nuevas para hablar contigo o para comunicar a mis hermanos, intentando quizás más que orar de verdad lucirme ante los demás con este ejercicio diario, pero vanidoso, de las entregas que les hago. Lo has dicho todo ya con tu propia vida; sólo tenemos que mirar y querer repetir con la nuestra aquello que Tú fuiste para todos. Debe ser una opción mía, de cada uno, en libertad completa elegir ser imitador de Dios y vivir como El en el amor. Quiero vestirme con tus sentimientos, para que a fuerza de repetir y repetir, de recordar y recordar, lo que Tú eres vaya insensiblemente acabando con lo que yo soy antes de llegar a la fe y conocerte. Y a fuerza de querer que me vivas, llegue el momento de que ya no sea yo quien vive, sino Tú en mí, mi Cristo. Que como Pablo, pueda yo repetir que para mí la vida es Cristo, y una ganancia morir.

Por la noche

Mis manos están extendidas hacia ti, Dios de todos y más si cabe de los humildes, como ofrenda agradecida. Porque cuando repaso la historia de mi vida, descubro que sigues siendo el que acoge a cualquier hora, al no saber nunca rechazar a quien a ti llega. Eres misericordia que no se agota, el Dios que nunca olvida su bondad y mantiene su promesa para siempre. La cólera no te pertenece; es algo exclusivamente nuestro. Entrañas de misericordia es lo que eres. Hoy sigues realizando proezas, portentos, hazañas de amor incalculables. Me atas a ti con lazos de bondad; me eliges como amigo y confidente. Por la sangre de tu Hijo, me haces entrar a una dulce intimidad contigo. Comunicas a mis ojos la luz y la alegría que Tú mismo eres. Mis manos extendidas expresan todo eso: ¿qué dios es grande como nuestro Dios?

Tu poder es el perdón; por eso te sobran todos los ejércitos, policías o tribunales constitucionales. Tu brazo nos rescata con la vida, jamás con la fuerza de la violencia, algo también exclusivamente nuestro. Sólo en ti descanso y tengo paz; sólo de ti viene mi salvación; sólo Tú eres la roca de mi esperanza. Déjame, Señor, estremecerme ante lo que eres. Permíteme, a pesar de los nubarrones que ensombrecen mi vida, permíteme arrodillarme y desahogar en ti mi corazón. Pueda adorarte y acogerte para que me des la vida, y sepa agradecerte con toda el alma el que hayas hecho a Cristo para mí, para nosotros, para todos sabiduría, justicia, santificación y redención. Y que por Él, por su sangre, hayamos recibido el perdón de los pecados. Por Él nos has reconciliado, y has hecho la paz por la sangre de su cruz.

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Palabra de Misión: La Hora de lavar los pies / Jueves Santo – Ciclo C – Jn. 13, 1-15


La celebración del Jueves Santo es, en su esencia, la celebración de la eclesialidad, de los fundamentos eclesiales. En este día (aunque por practicidad se está realizando en muchos lugares el miércoles) el Obispo de cada Iglesia particular consagra los óleos que se utilizarán durante el año, los óleos sacramentales. De más está decir que los sacramentos son el edificio de la Iglesia, la vía celebrativa que hace visible la relación de los cristianos entre sí y su relación con Dios. La lectura del Evangelio del día nos lleva a la última cena de Jesús con sus discípulos, y por ende, nos concentra en el sacramento de la comunión, alrededor del cual se congrega la Iglesia toda, diariamente, para comer el mismo pan y beber la misma sangre. En los primeros siglos, el Jueves Santo era también el día en que los penitentes de la cuaresma recibían la absolución comunitaria tras un camino de arrepentimiento. En una época donde la reconciliación sólo podía celebrarse una vez en toda la vida, este día era muy significativo en ese sentido. También hay eclesialidad allí porque el perdón se recibía en comunidad y el penitente se sentía incluido en una comunidad que perdona, una Iglesia de reconciliación. Finalmente, con el lavatorio de los pies, éste es el día del servicio. Este dato no es menor en la eclesialidad que celebramos. Si la Iglesia no sirve, no se hace esclava, no lava los pies, entonces no ama, no es Iglesia de Jesús. Si no sabe reproducir la entrega del Maestro, es porque no ha aprehendido nada. La Iglesia celebra hoy lo que quiere para Ella: ser servidora, dar la vida.

Si bien el texto elegido litúrgicamente pertenece al Evangelio según Juan, y si bien los sinópticos no conservan esta memoria, no son ajenos al mensaje de la perícopa. Lucas, el evangelista del Ciclo C, tiene un versículo interesante durante la última cena, unas palabras de Jesús a los comensales: “Porque, ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc. 22, 27). Los paralelos con lo leído hoy son elocuentes. El tema es el servicio; la paradoja está presente (el mayor es el menor, el Maestro y Señor lava los pies); el movimiento relacionado con la mesa también (Jesús, en lugar de estar a la mesa siendo servido, sale de ella para servir). La última cena, así, no es un evento aislado de la pasión, sino una dimensión más del hecho pasional, un acceso diferente, una lectura desde otro ámbito. En la última cena, Jesús ya se está entregando radicalmente, ya está anticipando y viviendo en presente la pasión.

Si quisiésemos esbozar una estructura de las acciones del Maestro en el gesto del lavatorio, tendríamos una distribución concéntrica:

A. Levantarse de la mesa

B. Quitarse sus vestidos

C. Ceñirse la toalla

D. Lavar los pies

C´. Secar con la toalla

B´. Ponerse sus vestidos

A´. Volver a la mesa

El centro de la acción, por lo tanto, es el gesto de lavar los pies. Ese es el centro de la vida de Jesús: servir. Desde ese abajamiento (esa kenosis en término de Pablo a los Filipenses) cobra sentido su muerte y su vida. El por qué del comportamiento de Jesús es el lavatorio de los pies, o sea, es el amor. Este gesto servicial está ligado íntimamente al nuevo mandamiento del amor (cf. Jn. 13, 34). Lavarse los pies los unos a los otros es amarse los unos a los otros, pero no con cualquier amor ni con cualquier servicio; el modelo es el Cristo. Se trata de un modelo apasionado y radical, un forma amorosa de dar la vida, de entregarse, de salir de uno mismo para los otros. Esa expresión máxima se hace evidente en la cruz. Por eso en la estructura concéntrica que presentamos, se sale de la mesa y se vuelve, se quitan los vestidos y se recobran, pero la toalla parece quedar ceñida. El Maestro se la ata antes del lavatorio, pero nunca se nos narra que la desate. Jesús va a entrar en el servicio definitivo, el servicio de la muerte injusta por transmitir vida. No puede quitarse la toalla porque seguirá sirviendo; Él es el servidor eterno. La fuerza de esa disposición interna, la radicalidad de ese amor, encuentra su expresión literaria en el versículo introductorio. Jn. 13, 1 no es solamente el proemio a la escena del lavatorio; es el prólogo de toda la segunda parte del Evangelio. Clásicamente, la narración joánica puede dividirse en una primera parte (o Libro de los Signos) que va de Jn. 1, 1 a Jn. 12, 50, y una segunda parte (o Libro de la Hora) que va de Jn. 13, 1 a Jn. 20, 31. A lo que sucederá en esta segunda sección nos lo presenta Jn. 13, 1 con una serie de palabras de fuerte significado para la teología de Juan:

- Pascua: en el Evangelio según Juan se nombran, por lo menos, tres fiestas de Pascua. La primera es nombrada en Jn. 2, 13.23 y está relacionada con el incidente del Templo, cuando Jesús expulsa a los vendedores y cambistas y declara que el Templo ya no tiene validez, que ahora su cuerpo muerto y resucitado es el nuevo y verdadero lugar de adoración. La segunda Pascua está en Jn. 6, 4 y es sucedida por la multiplicación de los panes y el discurso sobre el pan de vida, haciendo notar que el modelo pascual antiguo es superado por el nuevo de comensalidad abierta y cuerpo y sangre del Mesías entregado. Finalmente, la tercera y última Pascua comienza en Jn. 11, 55 y Jn. 12, 1, con la resurrección de Lázaro, la entrada mesiánica a Jerusalén, y la aparición de los griegos que buscan a Jesús, en lugar de buscar el Templo. Esta Pascua de los judíos coincidirá con la Pascua de Jesús, que comienza en la última cena y hace un arco hasta la resurrección. Como vemos, todo el proceso de sustitución del judaísmo por el cristianismo tiene su clave de bóveda en la cruz y la tumba vacía. No se sustituye por capricho, sino porque las cosas han sido hechas nuevas.

- Jesús: la palabra Jesús aparece 158 veces en la primera parte del Evangelio (hasta el capítulo 12 inclusive) y es el término más frecuente para referirse al protagonista de la obra. Otras palabras, como Cristo (16 veces) o Mesías (2 veces) tienen muy poca presencia cuantitativa. El cuarto Evangelio está muy preocupado por demostrar, no sólo que Jesús es Dios, sino que es humano, luchando así, apologéticamente, contra las herejías fuertes que amenazan su comunidad. Por eso es importante que Jesús sea llamado por su nombre humano, por lo que lo define aquí en la tierra. En la segunda parte de su obra (desde el capítulo 13), la palabra sigue siendo la más frecuente para referirse al protagonista, apareciendo 93 veces. Cristo aparece sólo una vez y Mesías no figura.

- Hora: el tema de la Hora es importantísimo en Juan. Todo el libro está recorrido y signado por la Hora que ha de llegar o la Hora que ha llegado. En sí mismo, el concepto es una pieza fundamental de la teología joánica. Este pasaje entre la Hora que está por llegar y su llegada puede visualizarse con la lectura de Jn. 2, 4 (cuando en las bodas de Caná la madre de Jesús recibe la noticia de que no ha llegado aún) y la contraparte en Jn. 12, 23.27 (cuando Jesús, en una oración similar al Getsemaní de los sinópticos, asegura que ya ha llegado la Hora y que asume la Voluntad divina de que así sea). En el medio de este arco que une el principio y el final de la vida pública de Jesús, es imposible adelantar la Hora, o sea, es imposible apresarlo para darle muerte (cf. Jn. 7, 30; Jn. 8, 20). Jn. 13, 1 y Jn. 17, 1 confirmarán las afirmaciones del capítulo 12. Y Jn. 16, 25 relaciona la Hora con la revelación clara del Padre. Cuando llegue la Hora, dos tipos de características tendrá: unas involucran específicamente a los discípulos y otras son más generales. Dentro de las primeras, tenemos que los discípulos serán asesinados en nombre de Dios (cf. Jn. 16, 2) y muchos se dispersarán abandonado a Jesús (cf. Jn. 16, 32). En el segundo grupo, tenemos que cuando llegue la Hora no habrá un lugar específico de adoración, sino que se adorará al Padre en espíritu y verdad (cf. Jn. 4, 21.23) y los muertos oirán la voz del Hijo para vivir (cf. Jn. 5, 25.28).

- Mundo: la palabra aparece 33 veces en la primera parte del Evangelio y 45 veces en la segunda. En los capítulos 16 y 17, durante el discurso de despedida de Jesús, cobra vital importancia. Aparece 8 veces en el capítulo 16 y 18 veces en el 17. En el mundo hay hostilidad, se mata al Maestro y se persigue a los discípulos, pero en el mundo se realiza la misión, y el mundo es salvado por Jesús. Esa tensión propia de la Iglesia es explicitada en el discurso de despedida porque es el discurso para los discípulos, el discurso para la comunidad eclesial.

- Padre: la palabra Padre aparece 73 veces hasta el capítulo 12 y 57 veces del capítulo 13 en adelante. Siempre, en sus apariciones, está en relación al Hijo. Jesús es el hombre en relación filial con Dios, el que conoce la intimidad de la divinidad, el que sale del seno de Dios para darlo a conocer, para revelarlo. Jesús es el gran revelador porque tiene una relación, eterna y pre-existente, que le hace el gran conocedor. Nada de lo que hace Jesús cae fuera de la órbita del Padre y de su Voluntad. Curiosamente, durante el capítulo 19 del libro, donde se narran los hechos centrales de la Pasión y la crucifixión, la palabra desaparece, para volver a hacerse presente en el capítulo 20, en boca del Resucitado. De esta manera, Jesús es también el gran Hijo fiel, que ante la aparente ausencia del Padre en la tribulación, permanece firme en el propósito de cumplir su Voluntad. Su relación es tan profunda y de tanta fe, que aunque todo indique lo contrario o incite al abandono, Él sigue creyendo y amando al Padre.

- Amor: sobre el amor abundan los Evangelios. En cuanto a Juan, nos limitaremos a citar cuatro versículos que pueden representar, de cierta manera, su teología del amor: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no muera, sino que tenga vida eterna” (Jn. 3, 16); “El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano” (Jn. 3, 35); “Como el Padre me amó, yo también los he amado a ustedes; permanezcan en mi amor” (Jn. 15, 9); “Este es el mandamiento mío: que se amen los unos a los otros como yo los he amado” (Jn. 15, 12).

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Materiales litúrgicos y Catequéticos: JUEVES SANTO (Juan 13, 1-15)


Publicado por Juan Jauregui

Monición de entrada

Hermanos: En esta tarde Santa, a la misma hora aproximadamente en la que Jesús se reunió con sus discípulos para celebrar la Cena Pascual; nosotros, como comunidad creyente, nos unimos también a su Mesa, reviviendo aquel momento entrañable.
Jesús, sabía que aquella era su "ultima cena"; sabía que estaba decretada su muerte.
Por eso antes de despedirse de los suyos, quiso resumir con unos gestos todo el sentido de su vida y de su Palabra: Partió el pan y se los dio a sus discípulos.
Tomó una copa de vino y la repartió entre ellos. "Haced esto en memoria mía".
Una vez terminada la Cena, se quitó el manto, echó agua en una jofaina y se puso a lavarles pies a los que estaban con Él.
Desde entonces, generaciones de cristianos, de todos los tiempos y de todas las razas, han conservado vivos estos recuerdos y los han transmitido hasta nosotros.
Hermanos: Vivamos con intensidad este momento, dejándonos transformar por la Palabra de Dios y, por la comunión en su Cuerpo, y así crezca la fraternidad entre todos los hombres.
Nos ponemos de pie…

Saludo

En el nombre del Padre...
Hermanos: Que el amor de Dios se derrame en nuestros corazones; que la paz y la alegría del Señor, llene nuestras vidas; y que la fuerza del Espíritu Santo, esté siempre con vosotros.



Monición del sacerdote

Con la misa de la Cena del Señor comienza el Triduo Pascual de la muerte, sepultura y resurrección del Señor. Juan da la clave de todo lo que viviremos: «Los amó hasta el extremo». De esta fuente que es el amor manan los gestos: la reunión para la Cena, el lavatorio de pies, el pan entregado, el mandamiento nuevo, el sacramento.
El tono es de despedida, cálido, últimas recomendaciones. No hay tiempo para florituras, sólo para dejar claro lo esencial, lo nuevo, lo distintivo de los amigos del Señor ahora y por siempre.
«En esto reconocerán que sois mis discípulos, que os amáis unos a otros.»
Es tarde de intimidad, de recuerdo, de misterio.
Las palabras no lo pueden decir todo.
Las palabras se quedan pequeñas.
Necesitamos hacer gestos para acercarnos a lo esencial.

Pedimos perdón

Unidos por nuestro amor fraterno que debe crecer día a día, unidos todos al Señor que nos ama con un cariño sin límites, humildemente pedimos perdón al Dios de nuestra alegría.

Señor: Tú nos pides construir un mundo en la paz y en la unidad. Por nuestros enfrentamientos y divisiones... SEÑOR, TEN PIEDAD

Señor: Tú nos has dicho que lo único importante es amarnos. Por nuestras incomprensiones, nuestra violencia, nuestra intolerancia... CRISTO, TEN PIEDAD

Señor: Tú quieres un mundo de hombres libres en el amor, justos en su fraternidad. Por nuestras injusticias, nuestras insolidaridad, y nuestras mil formas de egoísmo. SEÑOR, TEN PIEDAD.

Que Dios todopoderoso, tenga también hoy misericordia de nosotros; perdone nuestros pecados; nos siga dando su luz y su fuerza, y nos acompañe hasta la vida eterna. Amén

Gloria

Todo lo que esta tarde celebramos es una muestra del amor incomprensible que Dios nos tiene. Agradecidos por su bondad, le alabamos cantando el himno de su Gloria.

Oración:
Hoy nosotros como Comunidad de creyentes en Jesús, nos unimos a todos los cristianos, a todas las personas buenas del mundo, para recordar el amor de Jesús.

Sentados a tu mesa

Invitados por ti, Señor,
estamos sentados en tu mesa,
somos de los tuyos, tus discípulos.
Distinto cada uno,
pero igual de importante para ti.

Tú, Jesús, nos conoces a todos,
Sabes quién te va a seguir, quién te va a negar,
quién te va a vender
y quién te va a olvidar del todo.
... No, no lo permitas, Señor...
No dejes que disfrutemos tu amistad
y luego la dejemos a un lado.
No nos dejes dejarte,
no permitas que te olvidemos, no nos dejes ningunearte,
ni olvidarte con las ocupaciones diarias.
¡Te necesitamos, Señor!
Nuestra vida sin ti está reseca, vivimos en un sin vivir,
estamos insatisfechos, vacíos, desasosegados...
No te vayas de nuestro lado,
quédate para siempre, así,
sentados a la mesa de la vida juntos,
haciendo hueco a todos los hermanos,
sin permitir que nuestras almas se distancien,
fundiéndonos contigo en un único Amor.

LITURGIA DE LA PALABRA...


Homilías:
(A)

"Primun donum amor" Santo Tomás lo expresó bellamente. Dios, es verdad, nos regaló muchas cosas, pero el primer regalo fue su amor. Nos regaló muchas cosas, pero en todas ellas, nos regala su amor. Las cosas, en sí, tienen un valor relativo, pero el amor es absoluto. Por eso, antes que todas las cosas y dentro de todas las cosas, Dios, en Jesús, nos regaló su amor.
Si un amigo te regala algo, ya te ha regalado antes su amor. El cariño que se pone en los regalos vale más que todos los regalos. Puede un regalo ser insignificante y tener un valor infinito, por el amor que le acompaña. Yo guardo, no una flor, sino la hoja de una flor, pero para mí es un tesoro. Y también puede suceder lo contrario, que un regalo muy grande no signifique nada.
Jesús nos regala su palabra, pero no son tanto palabras para enseñar, sino para manifestar y crear amor. En cada una de sus palabras Él nos está diciendo: te quiero, si supieras cómo te quiero, cómo te quiere mi Padre... Cuando nos dice, por ejemplo sígueme, nos está diciendo: es que te quiero. Cuando nos dice, coge la cruz, es para que crezca el amor; cuando nos dice, dichosos vosotros, es para que sepamos lo que el Padre nos ama; o cuando nos dice palabras de perdón; y no digamos nada cuando nos dice las palabras de esta tarde de Jueves Santo.
Jesús nos regala su servicio, porque así tiene la oportunidad de significar lo que nos quiere, ayudándonos en la necesidad, ayudándonos a crecer. Nos sirve porque nos quiere hacer bien, porque nos quiere.
Jesús nos regala su pan, y nos aclara que ese pan está amasado con su amor, que tiene vitaminas de amor, que ese pan es él mismo en cuanto se entrega, es un amor que se deja comer. En cada don Dios nos regala un trozo de su corazón, pero en la Eucaristía nos regala el corazón entero.

En un libro leí este hermoso pensamiento: "Cada don viene dedicado: "con todo cariño de tu Padre celestial". Pues sí, aun en los dones más sencillos y ordinarios, como el sol, el aire, el agua y tantos y tantos detalles que sólo tú conoces, todos llevan la firma del amor de Dios.
Sí, queridos, hermanos. Hoy, Jueves Santo, es el día de los regalos: En la última cena nos regaló lo mejor que se puede dar:
- Nos regaló su amor, hasta dar la vida por nosotros.
- Nos regaló la Eucaristía, para que podamos retenerle junto a nosotros.
- Y nos regaló a los sacerdotes, para que sigan anunciando lo que Jesús nos dijo...
Y cada uno de estos dones de Jesús viene dedicado:
- Es para ti... con cariño de tu mejor amigo...
Por eso hoy celebramos el día del Amor fraterno. El amor, el calor, el pan, el vino...son de todos. Y mientras no llegue para todos, Jesús seguirá muriendo.
Ya sabéis algo de mi amor. Pues ahora tenéis que ponerlo en práctica. ¿Sabéis ya cómo os amo? Pues así os tenéis que amar vosotros. Yo no os doy mi amor para que lo guardéis en una caja fuerte. Yo os doy mi amor, para que lo irradiéis a los demás. Ni siquiera os pido que me améis. Yo no os amo para que me améis, sino para que os améis, y así el Padre es glorificado.
Este mandamiento del amor, más que un mandato es una necesidad, porque el amor necesita amar.
En esto conocerán que sois mis discípulos.


(B)

Al lavar los pies a sus discípulos –gesto de humildad y de servicio- Jesús nos está diciendo y enseñando lo que debe ser y hacer un cristiano.
Cristiano es: el que sirve a los demás; el que se despoja y da incluso de lo que él necesita; el que se pone a los pies del hermano, incluso del enemigo; el que ama, el que ayuda, el que escucha, el que comprende, el que perdona.
La gran revelación de Jesús sobre Dios, es decir, lo más importante que Jesús nos dijo sobre Dios: no es que Dios existe, sino que nos ama; no es que Dios es Dios, sino que es nuestro Padre; no es que Dios es todopoderoso, sino que es misericordioso; No es que Dios es un Dios lejano, que está en el cielo, sino que es un Dios cercano, que está dentro de nosotros.
Por eso, el mayor dolor de Dios es no poder amar a todos los hombres a quienes ama, porque no todos los hombres se dejan amar por Dios. Así como el mayor dolor de Cristo fue no poder amar a Judas, que dio la espalda al amor de Jesús.
Si el amor de Dios a los hombres es lo más importante del mensaje de Jesús, lo más consolador de nuestra fe, debe haber –por parte nuestra- una respuesta de amor a los demás.
¿Qué hacemos nosotros por los demás, especialmente por los más débiles, por los indefensos, por los más necesitados? ¿Rezar por ellos? ¿Compadecernos de ellos? ¿Echar la culpa a los poderosos, a los ricos? ¿Decir que tiene que ser así?
¿Qué hizo Cristo? Abrir su corazón y ayudar a los más necesitados; compartir las necesidades de los demás; defender a los más débiles; perdonar; servir.
En este día de Jueves Santo, de tanto contenido y significado para los cristianos, renovemos nuestro deseo sincero de amarnos unos a otros como Jesús nos amó.

(C)

Cuando muere un pariente muy querido o un amigo íntimo, el recuerdo de aquel ocupa nuestra mente. Una y otra vez nos gusta pensar en esta persona. Nos gusta recordar las pequeñas cosas que parecían ser características de él o de ella.
Empezamos a recordar palabras y cosas que nos había dicho.
Recordamos señales de afecto. Y una cierta tristeza se mezcla en nuestro pensamiento, cuando recordamos los últimos momentos, las últimas horas, y apreciamos de una manera especial las últimas palabras, el mensaje final. Para nosotros todo esto es muy importante, y buscamos algo que nos recuerde a la persona querida, recuerdos entrañables avivados por éste o aquel objeto.
Lo revolvemos todo buscando cartas, y con frecuencia, éstas hablan después de la muerte de una manera más incisiva y directa que en vida.
Seguro que esta clase de experiencia la conocemos muchos, y ésta es la experiencia que la Iglesia vive en estos días que llamamos Semana Santa; la persona querida es nuestro Señor Jesucristo. En nuestros cantos, en nuestra oración, en la liturgia en general, vamos repasando estos importantes acontecimientos y sus últimas palabras.
Hoy, Jueves Santo, recordamos la Institución de la Eucaristía, aquella ocasión en la que tomó pan y lo transformó en su Cuerpo, tomó vino y lo transformó en su Sangre. Esta verdad requiere de nosotros FE, y esta fe es él quien nos la da. Es necesaria la humildad, para que nuestra mente reconozca que lo que era pan, ahora es su Cuerpo, y que lo que era vino ahora es su SANGRE. Nuestro acto de fe en esta gran verdad necesita ser renovado constantemente e irse cultivando.
Y en este día del Jueves Santo, recordamos también, un gesto que es expresión de su amor.
Jesús quiso a sus discípulos. Y, ahora que está a punto de dejarles, quiere ofrecerles un recuerdo: un gesto simple, que corre el riesgo de pasar inadvertido: se pone a lavar los pies a sus discípulos. Como diciéndoles que el amor no consiste en grandes gestos; al contrario, muchas veces se traduce en pequeñas muestras, humildes y sencillas. El gesto de Jesús significa eliminar toda barrera o diferencia para ir hacia las personas con el amor más fraterno, para arrodillarse a sus pies y estar disponible para los quehaceres más humildes.
Ante semejante cuadro, nosotros corremos el riesgo de ser como Pedro: de escandalizarnos y reaccionar indebidamente.
Entonces, como Pedro, también nosotros tenemos necesidad de ese reproche dulce: “Si no te lavo, no tendrás parte conmigo”.
Que es como decirnos: Si no aceptas este modo de obrar, si no entras en esta mentalidad, no puedes llamarte cristiano, no puedes ser mi discípulo.
Jesús, está realizando sus últimos gestos. Juan, afirma que, habiendo llegado la última hora, el Maestro quiere dar una muestra de amor supremo a sus amigos. Su muestra está toda ella aquí: es la lección de humildad, es la afirmación de que la vida vale solamente si se pone al servicio de los demás.
Tal es el sentido de las palabras y del mensaje que Jesús deja a sus discípulos y a todos nosotros: “¿Entendéis lo que he hecho? Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros os los debéis lavar unos a otros. Yo os he dado ejemplo para que hagáis vosotros como yo he hecho”.
Muchos andan buscando sentido a sus vidas, porque no saben qué hacer, ni cómo emplear el tiempo. Muchos, por suerte, han comprendido la grandeza del ejemplo de Jesús. Basta abrir los ojos a la realidad, estar atento al que pide, estar disponible al que lo necesita.
Jesús trazó ante Pedro el camino a su Iglesia y a todos los que quieran entrar en ella: una Iglesia llamada a gobernar sirviendo y a predicar amando.

(D)

Hoy Jesús, con el gesto de quitarse el manto y ceñirse la toalla, rehace la encarnación: se despoja de su rango, se abaja, se hace siervo siendo de condición divina. Este es el marco en el que el evangelista Juan sitúa la primera Eucaristía: un marco de servicio, de entrega, de abajamiento. El pan que Jesús reparte no es el pan que tiene, no es lo que tiene; reparte lo que es; se reparte. No reúne a los suyos para repartir la herencia de sus bienes. Los reúne para repartirse como único bien. Para poder repartirse hace falta hacerse poco, bajarse de los pedestales...
En el Evangelio todo queda trastocado; se da la vuelta a todo. Son llamados bienaventurados los que lloran; son «señores» los que sirven.
Pedro es llamado al orden: «O te dejas lavar los pies o no tienes parte conmigo». Quizá esas resistencias que tenemos a que el otro se haga pequeño delante de nosotros y nos sirva es reflejo de las resistencias que tenemos nosotros a hacernos pequeños. El hecho de contemplar al Señor haciéndose siervo es una continua denuncia a nuestros modos de proceder como «señores».
¡Qué dentro tenemos el que «los de arriba» tienen que ser servidos, que no tienen que hacer determinadas cosas...! Recuerdo aquel hecho que me contaron de una determinada comunidad en la que cuando acudieron al superior para pedirle un favor, él contestó: «Esas cosas no son propias del superior». No era propio del superior atender el teléfono, ni sustituir a un hermano en la capellanía, ni dar un recado... Mandar, tener un cargo de responsabilidad era, parece, incompatible con servir. Hoy se nos recuerda que la entrega hasta el extremo comienza por entregas normales, ordinarias, muy cercanas y cotidianas.
Hoy se nos habla de hacernos siervos de los demás…
Expresiones: «Con los niños no podemos hacer lo que queremos...», «ahora somos esclavos de los hijos, nos ocupan todo el tiempo...», etc.
«Servir» a alguien es cambiar la vida, cambiar de ritmo de vida,
no poder disponer de ella, entregarla. Cuando este cambio se hace por amor, no pasa nada, mejor, sí pasa algo: en el cambio
está la felicidad. Cuando es obligado y no hay amor por medio,
servir no es amor, sino esclavitud, sufrimiento insoportable. Pensando sólo en lo que es mío no se llega a madurar ni a ser
persona madura. Sólo se llega a cotas altas de egoísmo.
Los papás con el niño pequeño, al salir de casa tienen que adivinar lo que les hará falta durante el paseo que den: el agua, el
biberón, los pañales, el jersey... El amor mira hacia el futuro para
que el otro tenga vida. El amor tiene «gran angular».
El amor no da porque busque respuesta; da porque es respuesta.
La primera Eucaristía la presenta Juan como el momento en
que Jesús cambia de traje y se pone «en traje de faena», con mandil, con trapo de limpiar en la mano, con toalla de servicio, con escoba y recogedor...
¿Qué pasaría si hoy todos los sacerdotes en todas las misas
salieran vestidos con un mandil, con una toalla en la mano, con el
trapo de limpiar y la escoba...?

Hoy queda establecido para los seguidores de Jesús que «lo que él hizo no es un ejemplo que nos dio; es una norma de comportamiento que inauguró»: para que lo que yo he hecho con vosotros, también lo hagáis. Ser seguidor de Jesús conlleva un comportamiento de lavar los pies.


Oración de los fieles y Lavatorio de los Pies

Monición

La Iglesia, en sintonía con la última voluntad de Jesús de que nos amemos y nos sirvamos los unos a los otros, como Él lo hizo, realiza el gesto simbólico del lavatorio de los pies.
Las personas que a continuación subirán al Altar, representan a todos los colectivos humanos que, de una u otra manera, sufren entre nosotros.
Son los niños, los jóvenes, los ancianos, los pueblos que sufren guerras, las mujeres explotadas y maltratadas, los inmigrantes y las minorías pobres.
Con este gesto del lavatorio de pies, toda nuestra comunidad se ofrece en actitud de servicio ante las necesidades de nuestros hermanos y pide al Padre por todos.

(Mientras se lava a cada uno, se permanece con gesto arrodillado y el monitor hace la oración.)

1.- OREMOS POR LOS NIÑOS DEL MUNDO.

Por los millones de niños que sufren violencia y explotación.
Por los millones de niños que sufren enfermedad y hambre.
Por los millones de niños que sufren muerte premeditada.

- Para que obtengan el derecho a la vida, a una familia y la esperanza de un futuro mejor. Roguemos al Señor.

2.- OREMOS POR LOS JÓVENES.

Por todos los que van quedando marginados a causa del fracaso escolar.
Por los que tras años de esfuerzo y superación tienen serias dificultades para acceder a su primer puesto de trabajo.
Por tantos jóvenes desencantados que escogen el camino falso del alcohol y de la droga.
Por los que no se deciden a adquirir compromisos definitivos de cara al amor, a la fe y a la comunidad.

- Para que tengan las fuerzas necesarias para vivir con ilusión y esperanza. Roguemos al Señor.

3.- OREMOS POR LOS ANCIANOS.

Por tantas mujeres y hombres que han acumulado una experiencia amplia y profunda en la vida.

- Para que llenemos su vida de ternura, cariño y consideración y, sepamos empaparnos de su experiencia. Roguemos al Señor.

4.- OREMOS POR NOSOTROS MISMOS.

Para que seamos capaces de saludarnos mutuamente en la paz; y vivamos siempre unidos por la comprensión, la tolerancia y el perdón.

Oremos por las naciones y los pueblos, en guerra o enfrentados por intereses económicos y comerciales, para que recobren la tranquilidad, la libertad, la justicia y la paz. Roguemos al Señor.

5.- OREMOS POR LAS MUJERES.

En especial por las del Tercer Mundo, con sus manos atareadas sobre la tierra y la espalda cargada de hijos, acostumbradas a multiplicar lo que no tienen.

Por las mujeres que con su modo de luchar, de amar, de vivir y en ocasiones de morir, han ido trazando un camino hermoso de relaciones humanas. Roguemos al Señor.

6.- OREMOS POR LOS INMIGRANTES

Y, las mayorías económicamente débiles.

Para que nuestro corazón se abra a ellos y, aceptando sus diferencias, acojamos la inmensa riqueza que nos aportan con sus formas de ser y de vivir. Que veamos con claridad, en ellos la imagen de que Tú eres el Padre de todos. Roguemos al Señor.


Oración después del lavatorio

Te remangaste y te bajaste a lavar los pies a tus amigos.
Nos diste la lección más clara.
No nos gusta que nos exploten,
no queremos que se aprovechen de nosotros.
Tú esta tarde nos recuerdas que hay que bajarse hasta el otro aunque sea lo que más te cuesta, lo que más te molesta...
Nos dices que el que quiera ser el primero,
sea el servidor de todos.
Nos lo dices a nosotros que nos encanta presumir
de que somos los que más hacemos,
los más sacrificados, los mejores,
los que no nos quejamos, los que...
Nosotros que nos las arreglamos para dejar al otro
un poco por debajo.

Festejas una cena de amigos
y compartes con total sencillez el pan y el vino.
A nosotros que nos gustan las mesas llenas,
más llenas que las de los demás, para impresionar, para competir, para deslumbrar, para aparentar...
y tú, con esa filosofía tuya que libera por dentro,
nos sigues diciendo
que seamos el último, el más sencillo,
el que mejor se deja ayudar, el que no deslumbra.

Cuando compartimos tu pan, resulta que estamos
diciendo a toda la humanidad,
sobre todo a la parte más sufriente, más excluida,
que optamos por ellos,
que nuestra vida, en lo sucesivo,
va a estar entrelazada con la suya, porque somos hermanos, porque tú, Jesús, nos mandas al servicio de un mundo distinto,
a liberar a los oprimidos de la tierra,
a ser buena noticia para los que viven sin vida,
a llevar la salvación a nuestras familias, nuestros trabajos, nuestros ambientes todos.
Queremos vivir a tu manera:
tu cena de Jueves Santo nos cambia el corazón,
nos entusiasma tu estilo de compartir, esa hermandad que emanas, y nos dejas a todos cerca, iguales, envueltos en tu Amor.
Nos lanzas como profetas al mundo, a hacer
la revolución de tu Reino.

(B)

Monición: De la misma manera que Jesús lo hizo a sus discípulos y siguiendo su mandato, el que preside nuestra celebración repetirá el gesto de lavar los pies. Que este signo nos ayude a vivir como Jesús, no buscando ser servidos, sino el servir a los demás con la máxima diligencia.
(El sacerdote lava los pies a distintos miembros de la comunidad: Un niño, un joven, un matrimonio, un abuelo...
Y quedará una silla vacía, en señal de los que no vienen y a los que hay que servir y atender....)

Niños: representan a nuestros niños. Ellos son el futuro y han de constituir una de las preocupaciones más importantes de toda familia y de la Parroquia.
Que crezcan sanos en un clima de cariño y de acogida y que nadie les estropee.
Hemos de preocuparnos de su formación humana, sí; pero, no sólo es importante que saquen buenas notas en Inglés o en Matemáticas... Es, también, importante que sean generosos, solidarios, que sean sinceros... Y es muy importante, que junto con todo ello, vayan conociendo a aquel que puede enseñarles todo eso como nadie puede hacerlo: Jesús de Nazaret.

Jóvenes: representan a la juventud de nuestro pueblo o parroquia. A veces da la sensación de que lo único que deseáis es vivir vuestra propia vida. Estáis en una etapa delicada de vuestra vida, pero muy hermosa. No exenta de búsquedas, de incertidumbres, de dudas...
Cuánto bien nos ha hecho a todos tener en esos momentos, un amigo que sin imposiciones y respetando nuestra libertad, nos haya ayudado a saber por dónde tirar. Vuestras familias y vuestra Familia Cristiana (La Parroquia) quieren ser para vosotros ese amigo.
Pero al mismo tiempo, evitad la tentación de preocuparos sólo de vuestras cosas, os necesitamos... No sois muchos los que vivís vuestra pertenencia a esta comunidad parroquial, a los que venís os digo: No abandonéis a Jesús porque en la Iglesia o en la Parroquia, hay muchas cosas que no os gustan. A mí me pasa lo mismo, hay muchas cosas que no me gustan... No nos limitemos a condenar... Venid y vayamos cambiándola entre todos...

Matrimonio: Simbolizan a todas las familias de nuestro pueblo o parroquia... No hay que subrayar mucho las necesidades que hay en el seno de nuestras familias: el amor apagado con el paso de los años... y que se limita a un “ir tirando”... Pero con el amor sucede como con las brasas de un fuego, basta soplar un poco para que vuelva a revivir...
Las dificultades de los hijos: su educación, su futuro, las escasas posibilidades de trabajo... Si no nos ha salido alguno “torcido”...
La familia y sus dificultades han de estar siempre presentes en las preocupaciones de la comunidad parroquial.

Abuelos: Representan a todos los mayores de nuestra parroquia.
Os ha tocado vivir en una sociedad que parece que quiere arrinconaros... porque no producís, porque sois un estorbo.
Me avergüenzo de una sociedad que olvida lo que habéis hecho por nosotros durante tanto tiempo, cuando estabais en edad de producir.
En esta tarde, al lavaros los pies, queremos refrescar esa memoria agradecida y deciros que ocupáis un lugar importante en el corazón de esta Parroquia. Y al mismo tiempo deciros que os seguimos necesitando: necesitamos vuestros consejos, vuestra presencia, vuestra paz, vuestra sabiduría y vuestra oración....

Silla vacía....

(C)

Muchos recordaréis cómo en este día el sacerdote, en nombre de la comunidad, lavaba los pies a algunos miembros de la Asamblea queriendo repetir el gesto de Jesús en aquella cena. Este gesto de lavar los pies, tan rico en significado, quizá haya perdido, para algunos y en nuestra cultura, fuerza y actualidad. Por eso queremos que todos podamos participar y expresar de alguna forma esa actitud característica de Jesús y sus amigos: el servicio y la ayuda a los demás
Aquí hay un grupo de personas de nuestra comunidad (que simbolizan las distintas etapas de la vida) en las que estamos todos representados: el mundo de los niños, de los jóvenes, de los adultos y de los jubilados.
¿A cuál de esas realidades pensamos que necesitamos acercarnos?

(Invitación del sacerdote a participar en el gesto y explicar que éste puede ser tan sencillo como ofrecer una flor, dar la mano... a cualquiera de los que están representando a la comunidad o acercarse a la silla vacía expresando nuestro deseo de universalidad. Mientras se realiza, poner música de fondo y con ella se va recitando muy despacio estas letras...)

Para lavar los pies se necesita
un poco de agua limpia en la jofaina;
una buena toalla, blanca y limpia.... (pausa)

y unas manos muy limpias, preparadas,
que ofrezcan el agua con ternura,
que den seguridad con la toalla... (pausa)

y unos ojos bien limpios, penetrantes,
que ofrezcan el amor en la mirada
y que aumenten el agua del lavado
con tiernas y abundantes lágrimas; ... (pausa)

y un corazón del todo limpio y grande
que meta al hermano en sus entrañas;... (pausa)

y unos labios muy limpios
que regalen besos y besos, más que gotas de agua;... (pausa)

y un frasco de perfume muy costoso
como signo de aprecio y elegancia... (pausa)

Lavar los pies a los pobres significa
descender y bajar hasta sus plantas,
despojarte de mantos y vestidos
y pedirles perdón por la distancia;
ofrecerles, humilde, tus servicios
y abrirles los caminos del mañana...(pausa)

Lavar los pies al anciano significa
ofrecerle tu escucha y tu palabra;
mostrarle que le aprecias, que le quieres;
y lavar sus pasados y añoranzas;
hacerle que se sienta realizado
y sembrarle semillas de esperanza... (pausa)

Lavar los pies al que sufre significa
comprender su dolor o su desgracia;
acercarte a la cama del enfermo
como quien pisa la tierra más sagrada;
envolver sus heridas y sus males
con la luz y el calor de tu mirada.

(D)

Monición:

Es el momento de reconocer nuestra responsabilidad. Queremos que el signo de lavar los pies a los demás sea un signo de servicio, de reconciliación, del perdón que pedimos, del perdón que nos otorgan y del perdón mutuo que nos funde en un abrazo de hermanos.

1.- Lavemos los pies a nuestros mayores, solos y abandonados. Nos lo han dado todo y ahora los arrinconamos porque son una carga y ya no nos valen. Les pedimos perdón por nuestra ingratitud.
2.- Nos acercamos a los jóvenes sin ilusión y futuro y les lavamos los pies con todo cariño. Son los incomprendidos y descalificados. No nos atrevemos a ponernos en su piel. Les pedimos perdón por nuestra injusticia.
3.- Lavemos los pies a los niños de la calle, sin familia, aprendices de delincuentes. Les pedimos perdón por nuestra indiferencia y dureza de corazón.
4.- Lavemos los pies de los alcohólicos, nuestros hermanos y, acercándonos a su corazón, busquemos conocer y comprender las presiones, fracasos y luchas que les han llevado a esta situación. Les pedimos perdón por haberles juzgado y condenado.
5.- Lavemos los pies a nuestros hermanos en paro y a los que amenaza un futuro incierto. Nos hemos encerrado en nuestra seguridad, en nuestro trabajo y nos hemos desentendido de ellos. Les pedimos perdón por nuestra falta de solidaridad.
6.- Lavemos los pies a los inmigrantes que llegan a nuestro país buscando un futuro mejor y se encuentran con nuestro rechazo porque son pobres y diferentes. Les pedimos perdón por no haberles aceptado y acogido como hermanos.
7.- Lavemos los pies de todos los enfermos. Falta en su horizonte la luz de la salud, tal vez de la ilusión, y olvidamos que su situación puede ser un día la nuestra. Les pedimos perdón por nuestro olvido.
8.- Lavemos los pies a las mujeres maltratadas, aisladas y olvidadas cerca de nosotros: les pedimos perdón por nuestra ligereza.


(Si no hay lavatorio directamente las peticiones…)

Oración de los fieles

(A)

Oremos a Dios, unidos a Jesús, que, en los momentos más dolorosos y comprometidos de su vida, oraba lleno de confianza a Dios.
Jesús, en la Última cena, nos dejó como ley suprema su Mandato del Amor. Para que cada uno pongamos en nuestra vida más amor a los demás. Roguemos al Señor.
Jesús, en la Última cena, se puso a los pies de sus discípulos. Para que nos pongamos a disposición de quien necesita algo de nosotros. Roguemos al Señor.
Jesús, en la Última cena, nos dejó la Eucaristía. Para que nuestra fe en Él y en su presencia entre nosotros crezca y se haga más fuerte. Roguemos al Señor.
Jesús, en la Última cena, se preparaba para el sufrimiento que le esperaba. Para que los que sufren encuentren su ayuda y nuestra compañía. Roguemos al Señor.
Oremos: Te pedimos todo esto, Dios y Padre nuestro, por medio de Jesús, que nos enseñó a confiar en Ti y que vive y reina contigo...

(B)

En esta tarde del Jueves Santo, tan lleno de recuerdos entrañables para los cristianos y de tantas enseñanzas para nuestra vida, unamos nuestra oración a la oración de todo el pueblo creyente, dándole gracias a Dios diciendo ¡TE DAMOS GRACIAS, SEÑOR!
Porque vienes a nosotros como Amigo y como Salvador.
¡TE DAMOS GRACIAS, SEÑOR!
Porque te acercas a nosotros paciente, compasivo, misericordioso.
¡TE DAMOS GRACIAS, SEÑOR!
Porque te entregaste a la Muerte para darnos Vida.
¡TE DAMOS GRACIAS, SEÑOR!
Porque sigues caminando entre nosotros para que no estemos solos.
¡TE DAMOS GRACIAS, SEÑOR!
Porque nos alimentas con tu Cuerpo, nos enseñas con tu Palabra y nos fortaleces con tu Espíritu.
¡TE DAMOS GRACIAS, SEÑOR!
Oremos: Te damos gracias, Señor, y te alabamos por todo lo que has hecho por nosotros. Amén.

(C)

Hoy queremos, de una manera especial, sentirnos cerca de todos los hombres, especialmente de todos los que sufren. Hagámoslo, al menos, a través de la oración.
Por las personas que más sufren y están más necesitadas de amor, para que no se sientan solos. Roguemos al Señor.
Por los que viven en desamor y odio; por los que son violentos y egoístas, para que resuciten a una vida de amor. Roguemos al Señor.
Por las Iglesias separadas, para que progresen en el camino del amor. Roguemos al Señor.
Para que nosotros mismos nos amemos unos a otros como Cristo nos ha amado y seamos siempre testigos de su amor. Roguemos al Señor.
Oremos: Gracias, Señor, porque nos has amado tanto y ayúdanos a amar como Tú nos amas.


Liturgia Eucarística:

Monición:

Hemos escuchado la Palabra y pasamos ahora a la mesa que une a cuantos tienen algo en común o al menos quieren tenerlo. La mesa a la que nos invita Jesús. Vamos a prepararla entre todos. Hoy es fiesta, y juntos podemos, en torno a ella, pedir, dar gracias, compartir el pan y el vino... en definitiva: sentirnos amigos de Jesús, encontrarnos con Él y dejar que su amistad nos cambie...

(Se presentan los dones...)

Pan: Mira, Señor, traemos este pan. Es el símbolo de nuestra alimentación más básica y del hambre, por su carencia, que sufren millones de personas en este mundo. Pero es también el símbolo de tu Eucaristía, el de tu Cuerpo entregado por nosotros.
Danos hoy, Señor, la fuerza de tu Cuerpo para empeñarnos en la realización de los compromisos de amor y de justicia que nacen de la actualización de la Eucaristía.

Vino: Traemos, también, Señor, el vino. Calma la sed de los hombres y alegra, cuando es consumido con medida, nuestro corazón, acercándonos unos a otros en la felicidad de la fiesta. Es también el signo de la Sangre que vertió tu Hijo por nosotros en su pasión y en la Cruz.
Con ella queremos expresar que es posible un mundo distinto, fruto del amor y de la justicia, donde no quepa la explotación de unos por otros, ni las desigualdades ni las injusticias.

Colecta: Señor, aquí tienes el fruto de nuestra solidaridad, de nuestra Cuaresma, que quiere ser alivio de las necesidades de los más pobres. No pasa de ser un gesto y, a lo mejor, no es parte de lo que necesitamos, sino de lo que nos sobra. Trabaja sin descanso, Señor, nuestros corazones, para que crezca en ellos nuestra sensibilidad a favor de los más pequeños y necesitados.


Plegaria Eucarística

Monición:

En la Eucaristía recordamos la entrega de nuestro amigo Jesús, que quiso así conseguir que los hombres viviéramos unidos, reconciliados. Ese proyecto de Jesús sigue todavía en pie. Jesús nos pide ahora que cada uno confirme lo que Él ha hecho por nosotros. Por ello es normal que nosotros sintamos necesidad de darle gracias... Es lo que vamos a hacer en esta Plegaria que ahora dirigimos al Padre...


Prefacio:

Te damos gracias, Señor,
porque eres bueno con nosotros.
En una tarde como ésta,
te reuniste con tus amigos más íntimos
y realizaste gestos profundos
y pronunciaste palabras bonitas.
Nos diste ejemplo de servicio
lavando los pies a los discípulos,
y nos dejaste un mandamiento nuevo:
que nos queramos mucho.
Tú eres un Dios de amor
y quieres que vivamos en el amor,
repartiendo corazón
y repartiendo vida:
repartiendo lo que somos y tenemos.
Por todo ello, te damos gracias, Señor,
y te cantamos:

Santo, Santo, Santo...


Padrenuestro:

Al repetir hoy la oración que Jesucristo nos enseñó, seamos conscientes de su exigencia de vivir como hermanos e hijos del mismo Padre, dispuestos a perdonarnos siempre. Con estos sentimientos, digámosle: Padre nuestro...

Nos damos la paz:

Sólo con un corazón en paz y disponible para el amor, nos podemos mirar a los ojos y llamarnos hermanos. Que la paz del Señor esté con todos vosotros...
Démonos fraternalmente la paz.

Comunión:

Haz que a nadie le falte el pan: el pan de tu Palabra y de tu Espíritu,
el pan de un jornal suficiente, el pan de la libertad,
el pan de la amistad y del amor fraterno.
El pan que nos une a todos y nos hace hermanos.
Dichosos los invitados a la Cena del Señor...


Oración de acción de gracias:

Sentarse a la misma mesa es de amigos, Jesús.
Tú te sentaste a la mesa con los tuyos.
Y les dijiste que se amasen como Tú a ellos,
que se ayudasen unos a otros.
Aquella noche compartiste con ellos el pan y el vino
e hiciste de este gesto un sacramento.
Eras feliz con tus amigos, Jesús.
Nosotros también somos de los tuyos
y estamos felices por celebrar los gestos de tu amor.
Gracias, Jesús, por enseñarnos tantas cosas
y por compartir tu cuerpo y sangre con nosotros.


Traslado del Santísimo

MONICIÓN

Acompañamos a Jesús Eucaristía al Monumento, donde podemos adorar el misterio de su Amor, y donde podemos unir nuestras vidas a la suya, recordando a tantos hombres y mujeres que trabajan en favor de los más desvalidos, desde ese Amor que Él mismo ha puesto en sus corazones.

MONICIÓN FINAL

El Señor está en medio de nosotros, don de Dios hecho Pan de Vida. Esta tarde es tiempo para orar por todas las necesidades, por la paz en el mundo, y agradecer por cuanto somos y tenemos. Tras la Cena, Jesús partió hacia el monte de los Olivos, donde pidió a sus discípulos que vigilaran y oraran. Hoy, nos hace la misma invitación a cada uno de nosotros. Por eso os invitamos a volvernos a reunir esta noche para orar y estar con Él.

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WebJCP | Abril 2007