Por Javier Leoz
1.- El Señor se dobla, y al hacerlo, nos recuerda que los cristianos hemos de aprender a no cansarnos por acercarnos a los que sufren o a los más necesitados. Hoy, en Jueves Santo, habla el amor y la fraternidad. Si el Señor ha hecho algunas cosas llamativas en estas horas (las va a realizar ahora con el lavatorio de los pies) es para sugerirnos el camino para ser como El: no quedarnos en simples gestos y, hacer de nuestra vida cristiana, una ofrenda.En Jueves Santo, con un gesto asombroso y desconcertante, el Señor lo dice todo: “en esto conocerán que sois mis discípulos”. Pero, por qué no reconocerlo, nos cuesta torcer el espinazo, perder de nuestros derechos, dejar a un lado nuestra comodidad, servir sin más ni más. El Señor, expresa su más íntima convicción: hay que desgastarse y con generosidad. El mandamiento del amor se escucha y se visualiza por los cuatro costados de esta celebración.
Si el Señor lo hizo, lo tendremos que imitar también nosotros. En el amor estará nuestro escudo y nuestra defensa. Quedarán para siempre en la memoria del Señor cinceladas aquellas escenas en las que, nuestras manos ayudaron; en las que nuestros brazos levantaron; en las que nuestros pies señalaron el camino a los demás.
Si el Señor lavó los pies, también nosotros tendremos que limpiar: los ojos de aquellos que están tristes o amargados de la vida. Los pies de tantos hermanos nuestros que ya no desean caminar y que han preferido quedarse en el estiércol de lo exclusivamente aparente. ¡Qué gran testimonio! ¡Dios, una vez más, a los pies de los hombres! ¡Pobre en Belén y….nuevamente como siervo a nuestros pies! ¿Y todavía no entendemos lo mucho que Dios nos quiere? Abramos los ojos. El Señor se arrodilla ¿Seremos capaces de no enternecernos ante su cuerpo en tierra?
2. En este Año Sacerdotal, el Jueves Santo, adquiere también unos tintes muy especiales. NO podemos menos que, dar gracias al Señor por los sacerdotes. En este día nace el sacerdocio del Nuevo Testamento. Es el día del sacerdocio que germina y se lanza en la mesa de Jueves Santo. El sacerdocio que se identifica plenamente con el de Cristo. El sacerdocio que, como Cristo, quiere ofrecer y ofrecerse por la vida de los creyentes. Y, por ser el Año Sacerdotal, no solamente damos las gracias a Dios por todos aquellos que presidimos en el nombre del Señor las comunidades cristianas sino que, además, pedimos perdón por nuestros errores. Por nuestra falta de caridad o por todo aquello que empaña u oscurece lo que debiera de ser un testimonio permanente y transparente de la presencia de Cristo: la santidad. Perdón, por todo ello, Señor. Pedir, al Señor, por nosotros y por aquellas veces en las que no estamos a la altura del Ministerio al que hemos sido llamados.
3.- Y, en Jueves Santo, el Señor desplegó un inmenso altar. Un mandamiento nos dejó al calor de la última cena: “amaos” y, un deseo nos pidió: “haced esto en memoria mía”. El celebrar esta eucaristía, cuando entramos en total comunión con Cristo, nos sentimos insignificantes. ¡Es tan grande el Misterio de Jueves Santo! ¡Es tanto lo que encierra esta celebración!
En Jueves Santo, el Señor, nos dejó la clave para estar permanentemente con El: el amor y la eucaristía. Por el amor intuirán los que nos rodean que somos de los suyos y, con la eucaristía, al entrar en comunión con El, nos da la fuerza y el impulso necesario para no cejar en ese empeño de entrega, generosidad y ofrecimiento de nuestra vida. ¿Somos conscientes del valor infinito de la Eucaristía?
“Haced esto en memoria mía” Y, cada día más, existen hombres y mujeres que han ido olvidando y dejando por el camino este sacramento de salvación y de eternidad, de vida y de Palabra y de verdad, de muerte y de resurrección: la Eucaristía. ¿Mantenemos vivo en nuestras familias, en nuestros amigos, en nuestras parroquias este deseo de Jesús…”HACED ESTO EN MEMORIA MIA”? No seamos desagradecidos.
4.- TE QUEDAS, SEÑOR
En el pan, para calmar nuestra hambre espiritual
Y, cuando te vemos partir y repartir así la hogaza,
vemos que nos amas hasta el extremo
que tu Cuerpo, se desangra y se derrama en sangre,
para que, nosotros tus amigos,
tengamos asegurado alimento en nuestro caminar.
TE QUEDAS, SEÑOR
Y, al quedarte entre nosotros,
lo haces como el que siempre sirve y se da
Como el que, arrodillándose o inclinándose
nos indica que el camino de la humildad
es el secreto para llegarnos hasta Dios
y para mitigar penas y sufrimientos.
TE QUEDAS, SEÑOR
Con un amor tremendamente asombroso
nos enseñas el valor de la fraternidad
la clave para vivir contigo y por Ti
La llave para, abriendo la puerta de tu casa
contemplar que, el interior de tu morada,
está adornado con el color del amor
y con la entrega de tu Sacerdocio
o con el sacrificio de tu vida donada
TE QUEDAS, SEÑOR
Para que, sin verte,
te adoremos en tu Cuerpo en tu Sangre
Para que, al llevar el pan hasta tu altar,
nos acordemos que es signo de tu presencia
Para que, al repartirlo entre los necesitados,
comprendamos que es sacramento de tu presencia
TE QUEDAS, SEÑOR
Y nos dejas un mandamiento: ¡Amaos!
Y nos sugieres un camino: ¡El servicio!
Y te quedas para siempre: ¡La Eucaristía!
Y eres, sacerdote que ofrece
Y eres, sacerdote que se ofrece
por toda la humanidad
Gracias, Señor
En el pan, para calmar nuestra hambre espiritual
Y, cuando te vemos partir y repartir así la hogaza,
vemos que nos amas hasta el extremo
que tu Cuerpo, se desangra y se derrama en sangre,
para que, nosotros tus amigos,
tengamos asegurado alimento en nuestro caminar.
TE QUEDAS, SEÑOR
Y, al quedarte entre nosotros,
lo haces como el que siempre sirve y se da
Como el que, arrodillándose o inclinándose
nos indica que el camino de la humildad
es el secreto para llegarnos hasta Dios
y para mitigar penas y sufrimientos.
TE QUEDAS, SEÑOR
Con un amor tremendamente asombroso
nos enseñas el valor de la fraternidad
la clave para vivir contigo y por Ti
La llave para, abriendo la puerta de tu casa
contemplar que, el interior de tu morada,
está adornado con el color del amor
y con la entrega de tu Sacerdocio
o con el sacrificio de tu vida donada
TE QUEDAS, SEÑOR
Para que, sin verte,
te adoremos en tu Cuerpo en tu Sangre
Para que, al llevar el pan hasta tu altar,
nos acordemos que es signo de tu presencia
Para que, al repartirlo entre los necesitados,
comprendamos que es sacramento de tu presencia
TE QUEDAS, SEÑOR
Y nos dejas un mandamiento: ¡Amaos!
Y nos sugieres un camino: ¡El servicio!
Y te quedas para siempre: ¡La Eucaristía!
Y eres, sacerdote que ofrece
Y eres, sacerdote que se ofrece
por toda la humanidad
Gracias, Señor







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