LUGAR DE ENCUENTRO DE LOS MISIONEROS DE TODO EL MUNDO
MISIONEROS EN CAMINO: Palabra de Misión: No ver para creer / Domingo de Pascua – Ciclo C – Jn. 20, 1-9
NO DEJES DE VISITAR
www.caminomisionero.blogspot.com
El blog donde encontrarás abundante material para orar y meditar sobre la liturgia del Domingo. Reflexiones teológicas y filosóficas. Videos y música para meditar. Artículos y pensamientos de los grandes guías de nuestra Iglesia y Noticias sobre todo lo que acontece en toda la vida eclesial
Fireworks Text - http://www.fireworkstext.com
BREVE COMENTARIO, REFLEXIÓN U ORACIÓN CON EL EVANGELIO DEL DÍA, DESDE LA VIVENCIA MISIONERA
SI DESEAS RECIBIR EL EVANGELIO MISIONERO DEL DÍA EN TU MAIL, DEBES SUSCRIBIRTE EN EL RECUADRO HABILITADO EN LA COLUMNA DE LA DERECHA

domingo, 4 de abril de 2010

Palabra de Misión: No ver para creer / Domingo de Pascua – Ciclo C – Jn. 20, 1-9


La escena de la tumba vacía del Evangelio según Juan tiene tres personajes bien presentes y uno ausente. Justamente, el gran ausente es Jesús. Mientras que en los sinópticos las apariciones explicativas no se hacen esperar, aquí hay una leve demora. En Marcos, el joven vestido de blanco está sentado cuando las mujeres ingresan al sepulcro (cf. Mc. 16, 5); en Mateo las manifestaciones son más que obvias: temblor de tierra, aparición del ángel del Señor y rodamiento de la piedra (cf. Mt. 28, 2-3); en Lucas, finalmente, tras la entrada de las mujeres al sepulcro, mientras están desconcertadas, se les aparecen dos hombres con vestidos deslumbrantes (cf. Lc. 24, 4). El capítulo 20 de Juan, en cambio, comienza con María Magdalena que encuentra el sepulcro abierto, un aviso a Pedro y al discípulo amado, y ni rastros de ángeles, hombres misteriosos ni el mismo Jesús. Será recién la segunda escena post-pascual la de las manifestaciones (cf. Jn. 20, 11-17).

Tenemos, por lo tanto, tres personas frente a un misterio, frente a un suceso que deben interpretar. En la interpretación de las cosas juega un papel importante la psicología, las experiencias pasadas, la fe. Todo lo que somos y nuestros contextos determinan que leamos la realidad de tal o cual manera. La Magdalena ve la piedra quitada del sepulcro. Esa es su visión. En el texto griego del Evangelio, se puede entender que la piedra ha desaparecido, que ha sido llevada, a diferencia de los sinópticos, donde la idea es que la piedra ha sido corrida. Ante este hecho demostrable y la imposibilidad de explicarlo con rápida lógica, María interpreta que se han llevado el cuerpo de Jesús. Su elucidación sería que si la piedra ha sido llevada, es porque ese trabajo se realizó entre varios, y si varios fueron al sepulcro por la noche, es porque constituían un grupo capaz de circular libremente y porque tenían un propósito. Ese propósito podría ser robarse el cuerpo de Jesús. Mateo, en su relato, ha hecho eco de esta interpretación cuando asegura que los sumos sacerdotes y los ancianos dieron dinero a los soldados que custodiaban el sepulcro para que no contaran nada de lo ocurrido y circularan el rumor de que los mismos discípulos habían robado el cuerpo (cf. Mt. 28, 11-15). Inclusive, la presencia de soldados de guardia en la tumba respondía al miedo de sumos sacerdotes y fariseos de que algunos fanáticos de Jesús robaran su cuerpo para justificar que aquel había prometido resucitar al tercer día (cf. Mt. 27, 62-66). Seguramente, las comunidades mateanas y joánicas tuvieron que lidiar con este rumor, y eso se ve reflejado aquí. Mateo es más explícito asegurando que el origen del rumor es judío. Juan se anima a que la misma Magdalena dude. Su primera interpretación, entonces, es que el cuerpo ha sido robado. No menciona sospechosos. Y más preocupada que por encontrarlos, parece obsesionada con el cadáver. Ella quiere tener restos donde llorar.

Los otros dos personajes de la lectura de hoy son Pedro y el discípulo amado. Como hemos mencionado alguna vez, los biblistas creen que, simbólicamente, la figura de Pedro representa la autoridad eclesial y la figura del Discípulo Amado representa la comunidad cristiana. María Magdalena acude a ellos dos, a la Iglesia y a sus dirigentes. La noticia es para ambos, porque ambos son dignos de recibirla, y ambos tienen que hacer algo al respecto. Al momento, seguimos con la interpretación de ella, sobre el robo del cuerpo. Tenemos ahora la famosa carrera de competencia. Pedro y el Discípulo van a la par al principio, pero el segundo corre más rápido y llega antes al sepulcro. O sea, el Discípulo Amado le gana la carrera a Pedro, la comunidad a la autoridad. Siempre hay una ventaja de su parte, y así lo hace notar el Evangelio según Juan. El Discípulo Amado se sienta al lado de Jesús y se recuesta en su pecho (cf. Jn. 13, 23-26), es conocido del Sumo Sacerdote y puede entrar durante el juicio para estar cerca de Jesús (cf. Jn. 18, 15-16), gana la carrera que leemos hoy, reconoce a Jesús resucitado antes que los demás (cf. Jn. 21, 7), y es de quien Jesús dice a Pedro: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme” (Jn. 21, 22).

La ventaja del Discípulo Amado sobre Pedro se hace presente en las interpretaciones del sepulcro vacío. María Magdalena les había transmitido la sospecha de un robo, pero ella sólo había constatado la desaparición de la piedra. Pedro, al ingresar a la tumba, ve los lienzos y el sudario en la posición que deberían tener conteniendo el cadáver de Jesús, pero sin Jesús. Los lienzos y el sudario están armados y vacíos, como aplastados. Esa es la correcta interpretación de las frases en griego que describen el hallazgo de Pedro. Lamentablemente, la mayoría de las traducciones no dejan en claro este punto, y pareciese que el apóstol halló lienzos tirados en el suelo y el sudario doblado y acomodado en otra parte, como si alguien se lo hubiese quitado y plegado para guardarlo. De todas maneras, lo que queremos recalcar es que Pedro interpreta los hechos limitadamente, pues sólo ve la situación. Constata la ausencia de cuerpo, sin embargo no hay explicación posible para el suceso. María Magdalena decía que podía ser un robo, pero al hallar las vendas de la forma en que las hallaron, eso parece imposible. El salto de calidad sucede con la interpretación del Discípulo Amado, que entra después de Pedro, ve y cree. Hasta ese momento, nadie había creído. Se miraba, se buscaban explicaciones, se planteaban hipótesis. El Discípulo cree, pues la Escritura se le acaba de abrir rotundamente, y ahora entiende que el misterio detrás de los misterios es la resurrección.

El relato joánico no cita ninguna Escritura específica para justificar qué es lo que se comprendió, pero eso no es una omisión reprochable. No hay ninguna Escritura específica porque lo que comprende el Discípulo Amado al creer es la Escritura en su conjunto. Con la resurrección se ilumina el misterio de Dios, de la Revelación, del plan histórico-salvífico. Con la resurrección se aclara el panorama de Israel, de los paganos, del pasado, el presente y el futuro. Al creer, desde la intimidad y oscuridad de la tumba vacía, se hace luz sobre el tiempo y el espacio. El sepulcro insignificante de Palestina es el suceso central de la historia. Como en un embudo, todo lo que sucedió y todo lo que sucederá hace vórtice allí. Por eso no se puede citar un solo pasaje, ni dos, ni siquiera diez. Aquí resuena Mateo otra vez: “No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento” (Mt. 5, 17).

Creer sin epifanías rimbombantes, sin ángeles ostentosos, sin apariciones, es un verdadero salto de calidad en la fe. Para reproducir fielmente la fe del Hijo, hay que creer a pesar de todo, como hizo Él cuando las cosas empezaron a andar mal, cuando sufrió persecución, cuando el Reino que predicaba parecía cada vez más lejano, cuando lo apresaron y lo traicionó uno de los íntimos, cuando lo juzgaron injustamente, cuando lo crucificaron. La fe del Hijo es la fe de la confianza plena en Dios, aunque parezca ausente, aunque parezca entregador. Es la fe en el amor del Padre que, a contracorriente de la religiosidad clásica, repite incesantemente en nuestro corazón que Dios no abandona y que no se ausenta; mucho menos que entrega a sus hijos. Fe en la experiencia filial es fe absoluta. Tras la experiencia del amor de Dios, recibir una manifestación extraordinaria y visible no hace la diferencia. La fe no se confirma en un milagro, sino en la misma fe sostenida y profundizada. La fe se va haciendo carne en las tribulaciones y las situaciones injustas, cuando seguimos creyendo en el amor que parece ausente.

Paradójicamente, en un Evangelio donde se hace hincapié en la bienaventuranza de los que creen sin haber visto (cf. Jn. 20, 29), los verbos de visión en el capítulo 20 aparecen 13 veces: en 7 oportunidades ver, 3 veces para apercibir y 3 más para mirar. La clave de la fe es ver, pero no lo extraordinario que se sale de las casillas, sino lo ordinario que manifiesta a Dios. Ver el rostro de Jesús en el pobre, ver la fuerza del Espíritu Santo en los emprendimientos de promoción humana, ver al prójimo en el vecino, el compañero de trabajo o de estudios. La resurrección cambia la mirada sobre los acontecimientos. La resurrección abre la mente y los ojos. Antes de la Pascua somos ciegos, y en la rutina creemos que Dios también es rutinario, o en los problemas creemos que Dios se ha ausentado, o en las enfermedades suponemos que Dios nos prueba, o en las muertes tempranas suponemos que Dios castiga. Antes de la Pascua somos ciegos porque queremos verlo todo. Tras la experiencia pascual reconocemos que hay testimonios gigantes de Dios, y que Él está siempre allí, al lado, abrazando, resucitando. Por la Pascua sabemos que Dios no es rutinario (porque interrumpió la historia de la muerte con la vida nueva), que no se ausenta (porque en la cruz no se tomó vacaciones, sino que sufrió el sufrimiento de su Hijo), que no prueba a nadie (porque la resurrección no es un premio para el que superó la carrera de obstáculos, sino la continuación de la vida querida por Él), y que no castiga (porque a Jesús lo crucifican por su manera de vivir, no por las exigencias sanguinarias de su Padre ni por el enojo insaciable de venganza respecto a los pecadores).

La Pascua es la revelación del Dios verdadero, y en cuanto tal, es la comprensión adecuada de las Escrituras. El Discípulo Amado entendió la Palabra porque creyó en Ella. Cuando la Iglesia pretende comprender las cosas desde una posición distinta a la Pascua, se deforma. A veces cree que la Biblia habla de premios y castigos, lo cual es un error. A veces se concentra en la espiritualización del Cristo, desencarnándolo, lo cual es otro error. A veces destina grandes recursos a encuentros multitudinarios y colosales retiros de impacto sin preocuparse de los pobres, lo cual es craso error. A veces se siente la policía del mundo y la dueña de la moral, lo cual la desgasta. A veces confunde solemnidad con estructuración y liturgia con tristeza, lo cual parece mostrar que la fe es una carga y no una alegría. A veces, la evangelización se concentra en relatos de apariciones marianas, bendiciones milagrosas o desmayos masivos, y eso parece contradecir la Buena Noticia de la Pascua que, hace dos mil años, se celebró en una tumba vacía, con testigos de dudosa procedencia, temerosos, pero capaces de creer a pesar de todo, a pesar de la misma ausencia del objeto de la fe. Para evangelizar pascualmente, habrá que animarse a compartir el único tesoro que tenemos: hemos conocido que Dios es amor, y esa certeza nos basta.

0 comentarios:


WebJCP | Abril 2007