Publicado por Entra y Verás
Se acabó el llanto, el dolor, el luto, la inquietud. Jesús ha resucitado. La vida ha vencido. La luz ha cegado a la tiniebla. Feliz Pascua de resurrección para todos.Dos viajes. El primero –de ida–, andando a paso normal. El segundo –de vuelta–, corriendo a toda velocidad. Una misma protagonista: María Magdalena. Al alba, fue al sepulcro de Jesús; al ver la losa quitada de la entrada, volvió deprisa a alertar a Pedro y Juan. Así nos cuenta el evangelista Juan el doble desplazamiento exterior de la Magdalena. Pero hay en María otro itinerario interior aún más intenso e igualmente dual que podríamos esbozar con estos versos de Fernando de Villena: «Siempre la esperanza / y este oscuro dolor que es tu ausencia».
En este bendito Domingo de Pascua nos corre por las venas un torrente de alegría: ¡Jesús ha resucitado! Celebramos que la muerte está muerta y la vida ha ganado la partida. Somos seguidores de un Viviente y, aunque muchas veces soplen sobre nosotros vientos de derrota y amargura, sin embargo, nuestro vivir tiene un sentido positivo, una brújula de gozos, un recorrido esperanzado y un horizonte de plenitud. Creemos en la resurrección como una luz que no sólo nos aguarda para mañana, sino, además, como una claridad entre nubes que nos guía en el hoy de nuestros afanes, fatigas, llantos, decepciones y satisfacciones.
Discípulo de Jesús es aquel que mira Su sepulcro vacío con los ojos de la fe y, mediante la voz del amor, proclama con sus obras el gran pregón de la Pascua del Resucitado: Señor, yo tengo mi centro de gravedad «en la esperanza siempre / de tu blanca llegada» (Fernando de Villena). Es cierto que existen los tanatorios, los cementerios y los crematorios. No podemos negar que el sufrimiento, la injusticia, el mal y la muerte forman parte de nuestra biografía personal y colectiva. A pesar de lo cual, y por mucho que en ocasiones las zonas sombreadas de nuestra existencia parezcan más extensas que las regiones soleadas, quienes nos confesamos cristianos sabemos que nuestro oficio creyente se resume y proyecta en esta apasionante misión: ser testigos de la Resurrección. Una tarea que no se desarrolla lamiendo enterramientos y profiriendo lamentos a causa de la leche derramada por los Herodes, Pilatos, Barrabás y Caifás pasados, presentes y futuros, sino que se lleva a cabo descerrajando tumbas, rasgando sudarios, retirando mortajas, insuflando alientos y alumbrando esperanzas.
El célebre filósofo inglés Francis Bacon advertía que la esperanza «es un buen almuerzo, pero una mala cena». En efecto, fácil al principio, la esperanza se hace pronto costosa y ardua, dado que nos pesan las zancadillas de los días y nos pasan factura los varapalos de las noches. La esperanza que brota de contemplar el sepulcro vacío no es ilusa, sino realista. Por eso, con Jesús resucitado al frente de nuestro –tantas veces áspero– ir y venir por las calles y caminos de las horas, declaramos: la vida entera es un ejercicio de esperanza.
¡Felices Pascuas de Resurrección!
José Manuel Berruete, agustino recoleto.
Parroquia Nuestra Señora de Buenavista (Getafe, Madrid)







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