Por Juan Jauregui
Moniciones de entrada
(A)
Contar con Jesús en el quehacer diario da mucho juego, aporta muchas ventajas y proporciona mucho entusiasmo.
No hay que desesperar si después de evangelizar no vemos resultados inmediatos. ¿Lo habremos hecho bien? En todo caso, hay que seguir contando con Jesús. Él puede multiplicar nuestra fecundidad a pesar de nuestra pobreza o pequeñez…
Tengamos siempre presente que la misión no es sólo tarea nuestra; es también ocupación y preocupación de Dios.
(B)
Durante la Semana Santa recordábamos los padecimientos, el dolor y la muerte de Cristo.
Pero, ese Cristo dolorido y muerto, RESUCITÓ y se ha convertido en la esperanza de los creyentes.
Cristo resucitado fue la esperanza de las piadosas mujeres, de los apóstoles, de todos los que a lo largo de la historia han creído en Él.
Y Cristo resucitado es también nuestra FUERZA y nuestra ESPERANZA.
Nuestra vida sin Cristo no tendría sentido; nuestra vida sin Cristo sería una vida “Vacía, llena de tinieblas, una vida sin futuro”.
(C)
Hermanos, la Palabra de Dios nos va a llevar desde la fe a compartir la comida con el Resucitado, que nos exige el compromiso de vida. Dispongámonos a escuchar al Señor, a reconocerle y a participar de la comunión de su Cuerpo, alimento para nuestra vida y prueba de su resurrección.
ASPERSIÓN. Nos preparamos para celebrar esta Eucaristía recordando y renovando el día en el que empezamos a formar parte de la comunidad cristiana: el día de nuestro bautismo. Recibimos la aspersión del agua bendecida.
Que Dios Padre por medio de su Espíritu nos haga dignos de la vida nueva de Jesucristo.
Acto penitencial:
Para reconocer al Señor en su Palabra y en el Pan, abramos de inicio nuestros corazones al Señor, reconociéndonos pecadores y pidiéndole su misericordia.
Por no hacer del amor la forma de nuestras vidas. SEÑOR, TEN PIEDAD...
Por obedecer muchas veces más a los hombres que a Dios. CRISTO, TEN PIEDAD...
Por celebrar con poca fe y no vivir de acuerdo con lo celebrado. SEÑOR, PEN PIEDAD...
Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna. R/. Amén.
(B)
Antes de dar inicio a nuestra celebración, para que la fiesta y el gozo sean verdaderos, recojámonos un segundo en nuestros corazones y abrámoslos al perdón de Dios.
Sabemos cosas de Ti, pero no entendemos las Escrituras. SEÑOR, TEN PIEDAD...
Vas a nuestro lado, pero nosotros vamos ocupados en lo nuestro y no te reconocemos. CRISTO, TEN PIEDAD...
Nos faltan ojos para reconocer los signos de tu presencia. SEÑOR, TEN PIEDAD...
Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna. R/. Amén.
(C)
Danos docilidad a tus llamadas. SEÑOR, TEN PIEDAD...
Apártanos de los caminos de la mentira. CRISTO, TEN PIEDAD...
Haznos caminar por la verdad y en la verdad. SEÑOR, TEN PIEDAD
Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleva a la vida eterna. R/. Amén.
Escuchamos la Palabra de Dios
Monición a la lectura
Se constata una fuerte oposición entre lo viejo y lo nuevo. Las viejas instituciones y la novedad de Cristo. ¿Podrán detener el viento impetuoso del Espíritu?
Los discípulos dieron valiente testimonio de “ése”, de Jesús, poniendo la conciencia por encima del mandamiento. “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”.
Monición al Evangelio
Otra vez Jesús se hará presente para iluminar la noche y para llenar el vacío. En ese clima de amistad y de fe, Jesús comparte con los discípulos el pan y los peces –signos eucarísticos-. Pedro confesará por tres veces su amor al maestro, ahora con humildad, y recibirá el título de pastor.
Homilías
(A)
Durante estos domingos de Pascua vamos recordando cómo Jesús se apareció vivo a sus amigos y les devolvió otra vez la alegría y la esperanza. Los discípulos han vuelto a Galilea, y un día, Pedro, no sabemos si porque quería recordar sus tiempos de pescador o porque se aburría, dijo: “Me voy a pescar”.
Cuenta el evangelio que aquella noche la pesca se les dio mal. Al amanecer no habían pescado nada. Todavía no clareaba bien la mañana cuando alguien, desde la playa, les dice que echen la red a la derecha de la barca. La echaron y no tenían fuerzas para sacar la red llena de peces. El acontecimiento resultaba asombroso y extraño. Uno de la barca se dio cuenta de que aquello no ocurría por casualidad. En el hombre que estaba en la playa reconoció a Jesús y dijo: “Es el Señor”. Entonces Pedro se tiró al agua y fue nadando a donde estaba Jesús. Allí, sobre unas brasas, Jesús les estaba preparando algo de comer. Comieron contentos porque estaban disfrutando de que su Señor estuviera vivo entre ellos.
Estas cosas son las que cuenta el evangelio. Pero, como siempre, con todo esto algo nos quiere decir el Señor a nosotros, que estamos celebrando la gran fiesta de la resurrección. En nuestra vida y en nuestras comunidades cristianas también anda el Señor. Quizás nos pase a nosotros como a aquellos cristianos de la barca. No terminamos de reconocer al Señor, pero el Señor está. Además, Dios también nos habla desde las cosas que ocurren en la vida. Muchos acontecimientos llevan la marca o huella de Dios y nos transmiten su mensaje. A nosotros también nos puede parecer que las cosas ocurren por casualidad, pero no es así. Nuestro Dios no está ausente de nuestra vida. Es el Señor el que nos va sacando de nuestras rutinas, el que nos implica en tareas bonitas, el que nos hace sensibles a los problemas de los demás, el que nos va descubriendo otros valores que antes no veíamos, y es también el que nos anima y nos da fuerzas para seguir. El Señor anda con nosotros y va cambiando nuestra vida. Creo que descubrir esa presencia misteriosa del Señor entre nosotros es también una experiencia muy bonita. No es algo que se sabe sólo con la cabeza. Es algo que se gusta, se saborea y se disfruta con el corazón.
Ahora nosotros podemos pensar que nuestras eucaristías también se parecen a aquel encuentro amistoso de Jesús con sus discípulos en la playa. Para no hundirnos en el cansancio o para encontrar nuevas fuerzas ante las dificultades, necesitamos esos momentos de estar con el Señor y sentirlo a nuestro lado. El Señor también nos reparte a nosotros su alimento, que es su Pan y su Palabra. por eso, de nuestras eucaristías salimos más contentos, más animados y con más fuerzas para seguir al Señor. A nosotros el Señor tampoco nos abandona.
(B)
¿ME AMAS?
Esta pregunta que el resucitado dirige a Pedro nos recuerda a todos los que nos decimos creyentes que la vitalidad de la fe no es asunto de comprensión intelectual, sino de amor a Jesucristo.
Es el amor lo que permite a Pedro entrar en una relación viva con Cristo resucitado y lo que nos puede introducir también a nosotros en el misterio cristiano. El que no ama, apenas puede “entender” algo acerca de la fe cristiana.
No hemos de olvidar que el amor brota en nosotros cuando comenzamos a abrirnos a otra persona en una actitud de confianza y entrega que va siempre más allá de razones, pruebas y demostraciones. De alguna manera, amar es siempre “aventurarse” en el otro.
Así sucede también en la fe cristiana. Yo tengo razones que me invitan a creer en Jesucristo. Pero si le amo, no es en último término por los datos que me facilitan los investigadores ni por las explicaciones que me ofrecen los teólogos, sino porque él despierta en mí una confianza radical en su persona.
Pero hay algo más. Cuando queremos realmente a una persona concreta, pensamos en ella, la buscamos, la escuchamos, nos sentimos cerca. De alguna manera, toda nuestra vida queda tocada y transformada por esa persona, por su vida y su misterio.
La fe cristiana es “una experiencia de amor”. Por eso, creer en Jesucristo es mucho más que “aceptar verdades” acerca de él. Creemos realmente cuando experimentamos que él se va convirtiendo en el centro de nuestro pensar, nuestro querer y nuestro vivir.
Un teólogo tan poco sospechoso como K. Rahner no duda en afirmar que sólo podemos creer en Jesucristo “en el supuesto de que queramos amarle y tengamos el valor para abrazarle”.
Este amor a Jesucristo no reprime ni destruye nuestro amor a las personas. Al contrario, es justamente el que puede darle su verdadera hondura, liberándolo de la mediocridad y la mentira. Cuando se vive en comunión con Cristo es más fácil descubrir que eso que llamamos tantas veces “amor” no es sino el “egoísmo sensato y calculador” de quien sabe comportarse hábilmente sin arriesgarse nunca a amar con desinterés a nadie.
La experiencia del amor a Cristo podría darnos fuerzas para liberar nuestra existencia de tanta sensatez fría y calculadora, para amar incluso sin esperar siempre alguna ganancia, para renunciar al menos alguna vez a pequeñas y mezquinas ventajas a favor de otro.
Tal vez algo realmente nuevo se produciría en nuestras vidas si fuéramos capaces de escuchar con sinceridad la pregunta del resucitado: “Tú, ¿me amas?”
(C)
Pedro vuelve a ocupar un lugar muy importante en las apariciones del Resucitado.
Pedro es una figura atractiva dentro del grupo de aquellos, en su mayoría pescadores, que dejaron un día las redes y siguieron al maestro. Era un hombre cordial, emotivo, apasionado, fiel discípulo de aquel Señor que le había mirado un día a los ojos y le había llamado. Es el hombre espontáneo, que manifiesta sus sentimientos con fuerza en el lavatorio de pies: «¿Lavarme tú los pies? Jamás». Pero si ello significa que no va a tener nada que ver con Jesús, dirá enseguida: «Señor, no sólo los pies, también las manos y la cabeza». Como suele suceder en los hombres de fuertes sentimientos, se derrumba cuando le van preguntando si era discípulo de Jesús. Y el valiente se vuelve cobarde, el presuntuoso tartamudea ante una simple criada.
Cada uno de nosotros tiene mucho de aquel Pedro... Incluso podría decirse que nuestro talante español, tan dado a los grandes entusiasmos y los solemnes propósitos de vida, se siente especialmente cercano al hijo de Juan. Los evangelios subrayan dos miradas de Jesús sobre Pedro: después de la primera, Pedro dejó todo y siguió a Jesús; después de la segunda, Pedro «salió afuera y lloró amargamente». Ahí sin duda comenzó el cambio del corazón de Pedro. No lo dice el evangelio, pero es claro que siguió confiando en el perdón del maestro. Es lo que no hizo Judas, que no fue capaz de creer que Jesús le seguía llamando amigo. Y la nueva actitud de Pedro, más humilde y menos presuntuosa, eclosiona en el pasaje de hoy. Jesús le tiende una trampa cariñosa: «¿Me amas más que estos?». Y Pedro ya no se compara con nadie; su respuesta es ahora sencilla, brotando de lo mejor de su corazón: «Tú sabes que te amo... Tú sabes que te quiero».
Finalmente, entristecido ante la tercera pregunta: «Señor, tú sabes todo. Tú sabes que te quiero». Tú conoces mi negación, -- mi cobardía, mis sentimientos... Tú sabes que, desde la verdad de mi ser, a pesar de todo, te quiero.
La historia de Pedro es nuestra propia historia. Tantos compromisos, tantos propósitos de vivir de acuerdo con nuestra fe, incluso estableciendo comparaciones con los otros. Y tantas veces también, nuestras negaciones, nuestras huidas, nuestros fracasos... Ojalá sintamos siempre que, a pesar de todo, el Señor nos sigue mirando con cariño; ojalá lloremos amargamente y, sobre todo, ojalá podamos seguir diciendo, porque nos sentimos como mecidos por la mirada de amor y de comprensión del maestro: «Señor, tú sabes todo. Tú sabes que yo te quiero».
Oración de los fieles
(A)
Por medio de Jesús Resucitado presentemos confiadamente nuestras súplicas y deseos a Dios Padre, diciéndole: PADRE, ESCÚCHANOS.
Oremos en primer lugar por nuestros hermanos más necesitados. Para que encuentren siempre fortaleza en Dios y en nosotros ayuda. OREMOS...
Pidamos, también, por los que no saben que Dios es Padre y Amor. Para que lo descubran pronto y sea una ayuda en su vida. OREMOS...
Pidamos por los niños y jóvenes de nuestra parroquia, que se preparan para la Comunión y la Confirmación. Para que los cristianos mayores les ayudemos con nuestra fe y con nuestro ejemplo. OREMOS...
Pidamos, también, por nosotros mismos. Para que nuestra fe en Jesús Resucitado sea un estímulo en nuestra vida. OREMOS...
Oremos: Dios y Padre nuestro; concédenos lo que te hemos pedido con fe y en nombre de tu Hijo Jesucristo que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
(B)
Oremos a Dios, Padre de Misericordia, dándole gracias y pidiéndole por las necesidades de todos los hombres. Se lo pedimos, diciéndole: ESCÚCHANOS, SEÑOR.
Te damos gracias, Señor, por la fe y te pedimos que nuestra fe sea una fe viva y consecuente. OREMOS...
Te damos gracias, Señor, por la vida y por la salud y te pedimos que la vida sea respetada y los enfermos confortados. OREMOS...
Te damos gracias, Señor, por la comida de cada día y te pedimos que a nadie le falte el alimento necesario para vivir. OREMOS...
Te damos gracias, Señor, por tu amor y por tu perdón y te pedimos que aprendamos de Ti a amar y a perdonar. OREMOS...
Oremos: Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios y te pedimos que nos ayudes a ser de verdad, testigos tuyos entre los hombres. Por JNS..
(C)
Oremos a Dios, Padre de misericordia, dándole gracias y pidiendo por las necesidades de todos los hombres.
Todos: ESCÚCHANOS, PADRE, POR TU BONDAD. ESCÚCHANOS, PADRE.
Te damos gracias, Señor, por la fe, y pedimos que sea viva, misionera, para que todos lleguen a conocer a Jesucristo como Salvador. Oremos...
Te damos gracias, Señor, por la vocación, y pedimos que todos escuchen y sigan la llamada que Tú les haces. Oremos...
Te damos gracias, Señor, por la vida y la salud, y pedimos que todos los enfermos sean respetados, curados y confortados como necesitan. Oremos...
Te damos gracias, Señor, por el alimento, y pedimos que la solidaridad humana multiplique los panes con abundancia.
Te damos gracias, Señor, por el trabajo, y pedimos oportunidad para todos los que lo buscan. Oremos...
Te damos gracias, Señor, por la eucaristía, y pedimos que nos transforme en testigos de la resurrección. Oremos...
Oremos: Te damos gracias, Señor, por Jesucristo, y pedimos ser en verdad sus apóstoles y testigos para la salvación de todos. Por JNS...
(D)
Pidamos a nuestro Señor Jesucristo por todos los que dan testimonio de él en su vida y apostolado, y digamos:
R/ Señor Resucitado, escucha nuestra oración.
Señor Jesús, tus apóstoles faenaron como pescadores toda la noche sin resultado alguno. Mantén el ánimo y fortaleza de todos tus apóstoles de hoy, que trabajan sin éxito aparente. Y así te pedimos:
R/ Señor Resucitado, escucha nuestra oración.
Señor Jesús, al principio los apóstoles no te reconocieron. Con frecuencia nosotros tampoco percibimos que tú estás aquí. Haznos conscientes de que tú estás siempre con nosotros. Y así te pedimos:
R/ Señor Resucitado, escucha nuestra oración.
Señor Jesús, hoy la red de la Iglesia se está llenando de nuevo con pueblos de todas las partes del mundo. Que no se rompa esa red, sino que pueda acoger y acomodar a todos, y así te pedimos:
R/ Señor Resucitado, escucha nuestra oración.
Señor Jesús, también hoy en muchos lugares se les advierte y se les prohíbe a tus mensajeros hablar en tu nombre. Para que tus testigos te obedezcan a ti más que a los hombres, y prediquen sin miedo tu palabra, te pedimos:
R/ Señor Resucitado, escucha nuestra oración.
Señor Jesús, tus discípulos tambíén hoy son perseguidos; se les encarcela y tortura. Dales el valor y la fortaleza para mantenerse fieles y para sobrellevar sus sufrimientos con alegría, y así te pedimos:
R/ Señor Resucitado, escucha nuestra oración.
Señor Jesús, que nuestras comunidades cristianas, junto con toda la creación, te den gloria, honor y alabanza, y así te pedimos:
R/ Señor Resucitado, escucha nuestra oración.
Señor, ¡qué bueno estar aquí contigo! Tú eres nuestra fuerza y nuestra alegría, ahora y por los siglos de los siglos.
Presentación de ofrendas
Presentación de unos pescados, una hogaza y una jarra de vino
(Para la realización de esta ofrenda se debe preparar una procesión que abre, de uno en uno, los que llevan las ofrendas y la cierra una cuarta persona, que será quien la diga)
Señor, como tras la pesca milagrosa invitaste a comer a tus discípulos que te habían ya reconocido como el Señor, nosotros hoy te queremos ofrecer estos dones, que Tú mismo nos has dado, para que, por un nuevo rasgo de tu generosidad, los conviertas en el manjar de tu Cuerpo entregado por nosotros. Enciende también nuestra fe, para que la comunión sea identificación contigo y nos lleve al mundo, y a la vida, para que demos testimonio de Ti y nos portemos como Tú mismo lo harías hoy día
Presentación de unas redes
(Hace la ofrenda, uno de los catequistas...)
Mira, Señor, yo te traigo estas redes, símbolo de las que dejaron los apóstoles antes de que Tú les hicieras pescadores de hombres. Con ellas te ofrecemos nuestro compromiso de anunciar el evangelio, pues sabemos que el don de la fe que Tú nos has regalado, no es sólo para uso personal o para encerrarnos en nuestra comunidad, como si fuéramos una secta, sino que nos lo has dado en orden a la misión y a que compartamos nuestra fe, nuestra alegría y nuestra felicidad pascuales, con todos los hombres, que buscan, tantas veces sin encontrar nada.
Prefacio...
Te alabamos, Dios misericordioso
y te bendecimos y te damos gracias
porque eres un Padre generoso con todos nosotros
los que a lo largo de la historia,
hemos sabido abrir los ojos del corazón
y reconocerte como único Dios y salvador,
a pesar de que, a veces, por nuestra inconstancia
no hemos sabido pagar la deuda del amor
con la fidelidad de nuestra entrega y amistad.
Tú siempre has sido fiel
y te has ocupado de nosotros.
Tras el pecado,
abriste la ventana a la esperanza.
Y, después, elegiste a tu pueblo
y le hiciste objeto de tu amor.
Le sacaste de la esclavitud y no le abandonaste en el desierto.
Y llegada la plenitud de los tiempos
enviaste a tu Hijo
para que nos trajera
tu paz y tu salvación
Por eso unidos a todos los santos
y a todas las personas de buen corazón
entonamos el himno de alabanza
diciendo sin cesar:
Santo, Santo, Santo...
Padre nuestro
Padre santo, nos conmueve el regalo de la fe y nos sorprende cómo se propaga cuando la vivimos de verdad y con espíritu misionero. Porque deseamos que todos te alaben, unimos nuestras voces para decirte: Padre nuestro...
Nos damos la paz
Realizamos, ahora, el rito de la paz, dándonos la mano. Queremos continuar en la calle, en nuestras casas con la paz y la alegría que el Resucitado pone en nuestros corazones.
Que la paz del Señor esté con vosotros...
Nos damos la paz...
Comunión:
El Señor no nos abandona, y quiere con nosotros compartir su Cuerpo, para que nuestro corazón se llene de amor y quienes vivan con nosotros sean partícipes de la gracia de Cristo.
Vamos a acercarnos y a compartir este alimento.
Dichosos los invitados a la Mesa del Señor...
Bendición
Hermanos: ¡Qué bueno que hemos tomado más conciencia de cómo el Señor Resucitado está con nosotros, no solo en esta eucaristía, sino también en la vida de cada día!
Aprendamos a percibir los signos de su presencia en la gente que encontramos, en el bien que otros nos hacen y en todo lo que hacemos los unos por los otros.
Que esto nos dé a todos entusiasmo y alegría.
Y que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nosotros y nos acompañe siempre.








Adelante
Sigue Conociendo
INICIO





0 comentarios:
Publicar un comentario