Por Javier Leoz
Segundo domingo de Pascua y, el Señor, se aparece. Unos creen porque han visto el sepulcro vacío, porque reconociendo su voz recuerdan aquellas palabras “volveré” y otros, aun con dificultades, porque tienen una inmensa fe en Aquel que vino en el nombre del Señor. Creer, no es tarea fácil.
1.- El recordado Papa Juan Pablo II llegó a afirmar “la mayor prisión en la que viven muchos hombres, es que están con el corazón cerrado”. ¿Cómo están las puertas de nuestras entrañas? ¿Abiertas o reacias a la fe? ¿Dispuestas abrirse a Cristo Resucitado o chirriando porque, hace tiempo, dejaron de ser bañadas por la oración, la esperanza, la fe o la caridad?
Estamos en Pascua. ¡Resucitó el Señor y nos llama a la vida! ¡Señor qué vea! ¡Señor, que viva! ¡Señor, que crea en ti! Deben ser exclamaciones que broten desde lo más hondo de nuestras ganas de celebrar, sentir y vivir a Jesús.
No podemos consentir que diferentes problemas que sacuden a nuestra Iglesia Universal, nos atrincheren. Hoy, más que nunca, como los apóstoles tenemos que decir: “hemos visto al Señor”. Y, aunque algunos –con intereses mezquinos y destructivos- intenten callar o desautorizar la voz de la Iglesia, hemos de responder con la fuerza de nuestra fe, con el entusiasmo activo y efectivo de nuestro testimonio cristiano. No podemos dejarnos llevar, como decía el Papa Benedicto XVI, por murmuraciones que entre otras cosas debilitan, pero no consiguen su propósito: herir y a conciencia. Minar lo que, por cierto, es algo inquebrantable y sólido: CRISTO NOS ACOMPAÑA EN NUESTRA PASION Y MUERTE, PARA LLEVARNOS A UN MAÑANA FELIZ. También, a nuestra Iglesia, le espera.
2.- Hoy, como a Santo Tomás, nos puede ocurrir lo mismo: que nos cueste ver al Señor en el contexto que nos toca vivir. Pero, mira por donde, es en la realidad sufriente, en el costado por donde sangra la Iglesia, donde hemos de incrustar nuestros dedos para comprobar que, Cristo, sigue vive dentro de ella. Que la razón de su ser, el de la Iglesia, es precisamente anunciar –con santidad pero a veces con alguna debilidad- la gran noticia del evangelio: ¡Ha resucitado! ¡Vive entre nosotros!
Hoy, con Santo Tomás, hacemos un acto de fe: “Señor mío y Dios mío”. Creo en tu Iglesia, amo y rezo por la santidad y entrega de sus sacerdotes y, sobre todo, sigo creyendo porque sé que, el paso del Señor por el mundo, no ha sido inútil. Tuvo un objetivo: sacarnos del pecado, curarnos las enfermedades del alma y atraernos, como si de un imán se tratara, al abrazo amoroso de Dios. Y, eso, nadie nos lo puede eclipsar o eliminar.
3.- Qué sugerente la primera lectura de este día. Los primeros cristianos tenían un pensamiento común (Cristo), un ideario de comunión (el de Cristo), compartían de una forma llamativa (como les enseñó Cristo) pero, sobre todo, daban testimonio de la Resurrección de Cristo. Que también nosotros, con esa Iglesia que nació de Cristo, seamos capaces de ir al fondo de nuestra vida cristiana: no nos podemos intoxicar o perder en el humo. Hay que irradiar al mundo el fuego del Espíritu, la alegría de la fe y la presencia de Jesús Resucitado. Tal vez, por ello mismo, a muchos…..les encantaría una Iglesia temerosa, débil o acomplejada. En nosotros, amigos, está la respuesta. ¿Qué decís? ¡MANTENGAMOS NUESTRAS PUERTAS, ABIERTAS!
1.- El recordado Papa Juan Pablo II llegó a afirmar “la mayor prisión en la que viven muchos hombres, es que están con el corazón cerrado”. ¿Cómo están las puertas de nuestras entrañas? ¿Abiertas o reacias a la fe? ¿Dispuestas abrirse a Cristo Resucitado o chirriando porque, hace tiempo, dejaron de ser bañadas por la oración, la esperanza, la fe o la caridad?
Estamos en Pascua. ¡Resucitó el Señor y nos llama a la vida! ¡Señor qué vea! ¡Señor, que viva! ¡Señor, que crea en ti! Deben ser exclamaciones que broten desde lo más hondo de nuestras ganas de celebrar, sentir y vivir a Jesús.
No podemos consentir que diferentes problemas que sacuden a nuestra Iglesia Universal, nos atrincheren. Hoy, más que nunca, como los apóstoles tenemos que decir: “hemos visto al Señor”. Y, aunque algunos –con intereses mezquinos y destructivos- intenten callar o desautorizar la voz de la Iglesia, hemos de responder con la fuerza de nuestra fe, con el entusiasmo activo y efectivo de nuestro testimonio cristiano. No podemos dejarnos llevar, como decía el Papa Benedicto XVI, por murmuraciones que entre otras cosas debilitan, pero no consiguen su propósito: herir y a conciencia. Minar lo que, por cierto, es algo inquebrantable y sólido: CRISTO NOS ACOMPAÑA EN NUESTRA PASION Y MUERTE, PARA LLEVARNOS A UN MAÑANA FELIZ. También, a nuestra Iglesia, le espera.
2.- Hoy, como a Santo Tomás, nos puede ocurrir lo mismo: que nos cueste ver al Señor en el contexto que nos toca vivir. Pero, mira por donde, es en la realidad sufriente, en el costado por donde sangra la Iglesia, donde hemos de incrustar nuestros dedos para comprobar que, Cristo, sigue vive dentro de ella. Que la razón de su ser, el de la Iglesia, es precisamente anunciar –con santidad pero a veces con alguna debilidad- la gran noticia del evangelio: ¡Ha resucitado! ¡Vive entre nosotros!
Hoy, con Santo Tomás, hacemos un acto de fe: “Señor mío y Dios mío”. Creo en tu Iglesia, amo y rezo por la santidad y entrega de sus sacerdotes y, sobre todo, sigo creyendo porque sé que, el paso del Señor por el mundo, no ha sido inútil. Tuvo un objetivo: sacarnos del pecado, curarnos las enfermedades del alma y atraernos, como si de un imán se tratara, al abrazo amoroso de Dios. Y, eso, nadie nos lo puede eclipsar o eliminar.
3.- Qué sugerente la primera lectura de este día. Los primeros cristianos tenían un pensamiento común (Cristo), un ideario de comunión (el de Cristo), compartían de una forma llamativa (como les enseñó Cristo) pero, sobre todo, daban testimonio de la Resurrección de Cristo. Que también nosotros, con esa Iglesia que nació de Cristo, seamos capaces de ir al fondo de nuestra vida cristiana: no nos podemos intoxicar o perder en el humo. Hay que irradiar al mundo el fuego del Espíritu, la alegría de la fe y la presencia de Jesús Resucitado. Tal vez, por ello mismo, a muchos…..les encantaría una Iglesia temerosa, débil o acomplejada. En nosotros, amigos, está la respuesta. ¿Qué decís? ¡MANTENGAMOS NUESTRAS PUERTAS, ABIERTAS!
4.- ¡CON MI IGLESIA, CREO EN TI, SEÑOR!
Abriré las puertas, cuando me llamen a tiempos y a deshoras
y, aun con incertidumbres o dudas,
proclamaré que estás vivo y operante
Que, en mis miedos y temores,
me das la valentía de un león
para hacer frente a mis adversarios.
¡CON MI IGLESIA, CREO EN TI, SEÑOR!
Ven, Señor, y como a Tomás muéstrame tu costado
no para que crea más o menos
sino para sentir un poco el calor de tu regazo.
Ven, Señor, y como a Tomás, enséñame tus pies
no porque desee verlos taladrados
sino porque, al contemplarlos,
conoceré el precio que se paga
a los que desean andar por tus caminos
Ven, Señor, y como a Tomás, dame tus manos
no para advertir los agujeros que los clavos dejaron
sino para, juntando las mías sobre las tuyas,
comprender que he de ayudar al que está abatido
animar al que se encuentra desconsolado
o servir con generosidad,
a todo hombre que ande necesitado
¡CON MI IGLESIA, CREO EN TI, SEÑOR!
Porque, sé que, los Apóstoles
débiles y santos, con virtudes y defectos,
nos han dejado esta Iglesia que es Madre y sierva
Santa y pecadora, grande y pequeña,
Rica y pobre, pero esplendorosa
por la alegría de tu Pascua Resucitadora
¡ALELUYA, CREO CON TU IGLESIA, EN TI SEÑOR!
Abriré las puertas, cuando me llamen a tiempos y a deshoras
y, aun con incertidumbres o dudas,
proclamaré que estás vivo y operante
Que, en mis miedos y temores,
me das la valentía de un león
para hacer frente a mis adversarios.
¡CON MI IGLESIA, CREO EN TI, SEÑOR!
Ven, Señor, y como a Tomás muéstrame tu costado
no para que crea más o menos
sino para sentir un poco el calor de tu regazo.
Ven, Señor, y como a Tomás, enséñame tus pies
no porque desee verlos taladrados
sino porque, al contemplarlos,
conoceré el precio que se paga
a los que desean andar por tus caminos
Ven, Señor, y como a Tomás, dame tus manos
no para advertir los agujeros que los clavos dejaron
sino para, juntando las mías sobre las tuyas,
comprender que he de ayudar al que está abatido
animar al que se encuentra desconsolado
o servir con generosidad,
a todo hombre que ande necesitado
¡CON MI IGLESIA, CREO EN TI, SEÑOR!
Porque, sé que, los Apóstoles
débiles y santos, con virtudes y defectos,
nos han dejado esta Iglesia que es Madre y sierva
Santa y pecadora, grande y pequeña,
Rica y pobre, pero esplendorosa
por la alegría de tu Pascua Resucitadora
¡ALELUYA, CREO CON TU IGLESIA, EN TI SEÑOR!








Adelante
Sigue Conociendo
INICIO





0 comentarios:
Publicar un comentario