Por Juan Jauregui
Monición de entrada
(A)
Queridos amigos: Pascua es una fiesta tan grande que no se puede celebrar en un solo día. Por eso la Iglesia dedica cincuenta días para celebrarla: cincuenta días de pascua. Es como si quisiera que la vayamos gustando poco a poco, como se degusta una rica tarta. Y cada uno de los domingos, la liturgia nos invita a contemplar y gustar una parte.
En este segundo domingo de pascua vamos a vivir la idea gozosa de que el Señor resucitado ha hecho de nosotros la comunidad de los cristianos.
Somos su familia, su grupo, su gente. Y nos reunimos en su nombre para festejar su resurrección.
(B)
La experiencia en la Resurrección del Señor es el principal motivo que nos reúne, domingo tras domingo, en la Eucaristía para dar gracias a Dios y escuchar su Palabra.
En el Evangelio vamos a escuchar uno de los actos de fe más profundos, según expresa Tomás: ¡Señor mío y Dios mío!
Que sea ésta también, hoy y siempre, nuestra oración.
(C)
¡Bienvenidos, hermanos! Volvemos a encontrarnos en el gozo pascual. “A los ocho días”, “en el primer día de la semana”, igual que los apóstoles en el evangelio. Y como a ellos, también a nosotros viene el Señor para descubrirnos algo importantísimo para mantener y vivir nuestra fe en su resurrección: la comunidad. Cristo desea formar una comunidad con cuantos creen en su vida nueva. Una comunidad de creyentes que viven en el amor. Posiblemente, a más de uno de nosotros habrá de convencernos, como a Tomás, para superar nuestros individualismos e integrarnos en el seno del grupo comunitario. Para ello contamos con su presencia viva y convincente en esta eucaristía. Escuchemos su saludo de paz: “Paz a vosotros”, y llenémonos del gozo que el Resucitado trae consigo.
(D)
En la vida podemos encontrar muchas dificultades para creer: unas que pueden estar dentro de nosotros mismos y otras fuera de nosotros.
Una enfermedad incurable; una desgracia seria; la muerte de un ser querido; los pecados y errores de la Iglesia y de los cristianos... pueden convertirse en dificultades para creer, aunque sean dificultades que están fuera de nosotros.
Y hay otras dificultades que sí están dentro de nosotros, que dependen de nosotros: La indiferencia o apatía religiosa; el dejarnos llevar de los planteamientos de la sociedad; el abandono de las prácticas religiosas.
Pero, a pesar, de todas las dificultades, si nosotros queremos, PODEMOS CREER.
(E)
Durante el tiempo de Pascua, el tema de reflexión es preferentemente: “Cristo resucitó y camina con nosotros”.
A Jesús le encontramos en las personas que caminan a nuestro lado, en la Eucaristía, en los acontecimientos de la vida.
Pero solamente, unos ojos creyentes, podrán descubrirlo.
La fe de los apóstoles se basaba en la experiencia vivida con Jesús.
Nuestra fe se basa en la fe de los apóstoles, en la fe de los primeros cristianos y de todos los cristianos de la historia.
Todos los que creemos en Jesús debemos ser testigos suyos en el mundo.
(F)
A los ocho días de la pascua nos volvemos a encontrar con la certeza de que el resucitado es el crucificado. Hay un testigo que necesita ver y tocar: se llama Tomás. El evangelio nos lo presenta hoy como interpelación a nuestras dudas y temores, como reto a nuestra fe. A lo largo de los cinco domingos pascuales tomaremos conciencia de nuestras “heridas”, presentadas a Dios en el acto penitencial, y las “curaciones” sanantes que el Resucitado contagia con la explosión de su vida en miles de fragmentos de nuestras propias vidas. Daremos gracias a Dios por estas “sanaciones” después de comulgar su cuerpo.
Saludo
Hermanas y hermanos:
¡Que nos acompañe siempre la alegría de la Pascua!
La paz y la vida de Jesucristo, el Señor resucitado, estén con todos vosotros…
Pedimos perdón
No sólo hemos de celebrar la Pascua, durante estos cincuenta días… Tenemos que ser mensajeros de Pascua, con nuestras vidas…
¿Que tu marido o tu mujer han fallado? Tú tienes la misión de recuperarlo con tu perdón, no castigándolo con tu silencio, sino haciéndole sentir que tu amor es más grande que su pecado. Yo entiendo que su pecado te duela y hasta te decepciones, pero si tú crees en la Pascua y te dejas renovar por el don del Espíritu sentirás que, en vez de la venganza, surgirá en ti el amor. Y habrás salvado a tu marido.
¿Que el hijo te ha fallado y no responde a tus esperanzas? Castigándolo lo único que haces es hundirlo y destruirlo más, pero con “la paz esté contigo”, con un “te perdono porque te amo”, estarás salvando a tu hijo.
¿Que alguien te ha hecho daño? Son lógicos tus sentimientos de malestar y hasta de sufrimiento, pero ¿logras con ello cambiar la realidad? “Es que no puedo perdonar...” Estás confesando que tu amor es más pequeño que la ofensa recibida. En cambio con el perdón, la comprensión y la misericordia sanas al que te ofendió y sanas tu propio corazón.
Resucitados con Jesús, estamos llamados como Él, a expresar la Resurrección con nuestro amor y nuestro perdón…
En un momento de silencio le pedimos a Dios que seamos mensajeros de su perdón y de su paz…
Bendición y aspersión del agua:
(A)
Amigos, en la antigüedad, el día de hoy recibía el nombre de domingo “in albis”, pues, los que habían sido bautizados en la Noche de Pascua, habían recibido unos vestidos blancos, de los cuales hoy se desprendían. Por eso, este primer domingo, tras la resurrección del Señor, conserva un carácter bautismal, que nosotros significamos mediante la bendición y la aspersión con el agua, que nos ayudan a renovar nuestro bautismo y a revisar si de verdad seguimos llevando las vestiduras blancas de la gracia que obró en nuestros corazones. Antes de nada, invoquemos a Dios Padre, para que bendiga esta agua que va a ser derramada sobre nosotros
(Breve momento de silencio)
Señor Dios Todopoderoso, escucha las oraciones de tu pueblo, ahora, que recordamos la acción maravillosa de nuestra creación y la maravilla, aún más grande, de nuestra redención; dígnate bendecir esta agua. La creaste para hacer fecunda la tierra, y para favorecer nuestros cuerpos con el frescor y la limpieza. La hiciste también instrumento de misericordia al liberar a tu pueblo de la esclavitud y al apagar con ella su sed en el desierto; por los profetas la revelaste como signo de la nueva alianza que quisiste sellar con los hombres. Y, cuando Cristo descendió a ella en el Jordán, renovaste nuestra naturaleza pecadora en el baño del nuevo nacimiento. Que esta agua, Señor, avive en nosotros el recuerdo de nuestro bautismo y nos haga participar en el gozo de nuestros hermanos bautizados en la Pascua. Por Jesucristo nuestro Señor. R/. Amén.
(Todos cantan: “Aguas del Bautismo”. El sacerdote se signa él en primer lugar y, después asperja a la comunidad).
(B)
Con profundo agradecimiento, comenzamos esta Eucaristía recordando el día de nuestro Bautismo. Desde la fe, recibimos el agua que nos renueva para vivir según el Espíritu de Dios. Pidámoslo con todo el corazón.
(Música de fondo, melodía del canto de entrada, durante la aspersión…)
Que Dios, Padre de todos nos purifique del pecado y, nos haga participar del banquete de su Reino. Amén.
Gloria:
Recitemos el himno de alabanza, invocando a Jesucristo, el Señor de la Comunidad cristiana. Gloria a Dios...
Escuchamos la Palabra
Monición a la lectura:
Recogemos en estos domingos de Pascua los testimonios y experiencias que nos narra el libro de los Hechos de los Apóstoles.
Algo nuevo irrumpe con fuerza después de Pascua. Empieza la era del Espíritu, el que resucitó a Jesús y el que se derrama sobre los creyentes. Éstos empiezan a vivir de “común acuerdo”, proclaman la resurrección de Jesús, y la palabra va acompañada de signos liberadores.
Salmo:
Monición al Evangelio
¿Os imagináis que Jesús resucitado hubiera ido por todo Palestina diciendo: “Soy yo, Jesús” ¡He resucitado!? Todo el mundo hubiera tenido que creer en él. Pero a Jesús resucitado no le pudo ver todo el mundo. Jesús sólo se hizo ver de los que creían en él. Y aun así, a algunos les costó mucho creerlo, como escucharemos en el Evangelio.
También nosotros tenemos que aprender a ver a Jesús resucitado de una manera distinta de la que se ven otras cosas. Él nos invita a descubrirle en las personas que tenemos alrededor, y en los acontecimientos de cada día, tanto en las situaciones desagradables como en los momentos felices.
Homilías
(A)
Ha sido un autor moderno quien nos ha recordado recientemente que el encuentro con el Resucitado ha sido “una experiencia de perdón”. Los discípulos han experimentado al resucitado como alguien que les perdona y les ofrece paz y salvación.
Ninguna alusión, por parte de Jesús, al abandono de los suyos. Ningún reproche por la cobarde traición. Ningún gesto de exigencia para reparar la injuria.
Los relatos insisten en que el saludo del resucitado es siempre de paz y reconciliación: “Paz a vosotros”. Y es precisamente este perdón pacificador y esta oferta de salvación los que ponen una alegría y una esperanza nuevas en la vida de los discípulos.
Vivimos en una sociedad que no es capaz de valorar debidamente el perdón. Se nos ha querido convencer de que el perdón, es la “virtud de los débiles”, que se resignan y se doblegan ante las injusticias porque no saben luchar y arriesgarse.
Y, sin embargo, los conflictos humanos no tienen una verdadera solución si no se introduce la dimensión del perdón.
No es posible dar pasos firmes hacia la paz, desde la violencia, el endurecimiento y la mutua destructividad, si no somos nadie capaces de introducir el perdón en la dinámica de nuestras luchas y conflictos, jamás conseguiremos la paz.
El perdón no es sólo la liquidación de conflictos pasados. Al mismo tiempo, despierta la esperanza y las energías en quien perdona y en aquel que es perdonado.
El perdón, cuando se da realmente y con generosidad, es, en su aparente fragilidad, más vigoroso que toda la violencia del mundo. La Resurrección nos descubre a los creyentes que la paz no surge de la agresividad y la sangre, sino del amor y del perdón.
Necesitamos recuperar la capacidad de perdonar y olvidar.
La verdadera paz no se logra cuando unos hombres vencen sobre otros, sino cuando todos juntos tratamos de vencer incomprensiones, agresividades y la mutua destructividad que hemos desencadenado,
La paz no llegará a nuestros pueblos mientras unos y otros nos empeñemos obstinadamente en no olvidar el pasado. La paz no será realidad entre nosotros sin un esfuerzo amplio y generoso de mutua comprensión, acercamiento y reconciliación.
En una sociedad tan conflictiva como la nuestra, en un ambiente tan difícil como el que entre todos hemos creado, los creyentes, es decir, los que domingo tras domingo venimos aquí a participar de la Eucaristía de Jesús, a alimentarnos de su Palabra, para iluminar los problemas que tenemos planteados, a alimentarnos de su Cuerpo para poder ir superando dificultades que cada día se nos presentan... Tenemos que llevar a la vida de nuestro pueblo, a nuestros vecinos y a nuestras familias la fuerza del perdón, como la única arma que hará que nuestra convivencia sea de verdad la convivencia querida por Jesús Resucitado.
El perdón es causa de resurrección y de vida. Así pues, un pueblo que practica y vive el perdón es un pueblo resucitado y vivo. En cambio, un pueblo que práctica el odio, que vive en la enemistad y las revanchas, es un pueblo en el que reinará la desconfianza y la muerte.
(B)
El evangelio que leemos este domingo parece que quiere decirnos que el día de la resurrección de Jesús, el primer día de la semana, al anochecer, se producía en la comunidad cristiana un cambio importante. Hasta entonces había sido Jesús el verdadero protagonista: Jesús curaba a los enfermos, atendía a los pobres, perdonaba a los pecadores, anunciaba a todos la buena noticia del amor de Dios. A partir de ese momento, Jesús está resucitado y transmite sus poderes y sus tareas a los cristianos. Les dice: “Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros”. Ahora somos nosotros los que llevamos entre manos la hermosa tarea que tuvo Jesús; anunciar a todos el amor de Dios, cuidar de los pobres del mundo, devolver la dignidad a las personas destrozadas, buscar a los que se pierden, construir fraternidad entre todos los hombres e incluso hacer milagros, como Jesús.
Seguramente que todo esto nos puede parecer demasiado grande, como les parecía también a los primeros cristianos. Pensarían: nosotros, que hacemos tantas cosas mal, ¿cómo vamos a repetir la figura asombrosa de Jesús, que es irrepetible? Y pensarían que no estaban preparados para tomar en sus manos una tarea tan hermosa. Por eso, en aquella tarde de resurrección, cuenta el evangelio que Jesús “sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo”. Este gesto es impresionante. Quiere decirnos el evangelio que Jesús nos transmitió su Espíritu y desde ese momento ya no vamos solos por la vida. Algo del Señor ha entrado en nosotros y en nuestras comunidades.
Con frecuencia pensamos que nuestras parroquias y comunidades son sólo la suma de unos pocos hombres y mujeres con todos sus defectos a cuestas. Pues no son sólo eso. En nuestras parroquias y comunidades, pequeñas o grandes, también anda el Espíritu de Jesús. Seguramente haremos muchas cosas mal, pero el Espíritu de Dios también está entre nosotros dando una eficacia asombrosa a nuestras chapuzas pastorales. Tenemos los poderes de Jesús. Hasta podemos perdonar pecados. Les decía Jesús a sus discípulos: “A quienes les perdonéis los pecados, Dios se los perdonará; a quienes se los retengáis, Dios se los retendrá”. Los creyentes en Jesús llevamos en nuestra vida unas posibilidades asombrosas, capaces de repetir en nuestro tiempo los milagros de Jesús. Todos sabemos que aún siguen ocurriendo en las comunidades cristianas cosas maravillosas, verdaderos milagros. No son habilidades nuestras. Es que Jesús, en aquella tarde de Resurrección, exhaló su aliento sobre nosotros para que recibiéramos su Espíritu.
Cuenta el evangelio que Tomás, uno de los doce, no estaba allí cuando ocurrieron estas cosas y no quería creerlo. Ninguno de nosotros estuvimos allí aquella tarde y también nos resulta demasiado hermoso para creerlo. ¿Cómo creer que hemos sido enviados a sacar adelante la misma tarea que tuvo Jesús? ¿Cómo creer que el Espíritu de Jesús anda en nuestras pobres comunidades cristianas? ¿Cómo creer que tenemos poderes tan maravillosos, si nos vemos tan pobres, tan inseguros y tan llenos de errores? Jesús decía a Tomás: “¿Crees porque has visto? Dichosos los que creen sin haber visto”. Nosotros no estuvimos allí. No pudimos ver al Señor con los ojos de la cara, pero también creemos que Jesús está vivo y anda con nosotros en nuestras comunidades cristianas produciendo cosas asombrosas. El Señor resucitado vive entre nosotros.
(C)
UNIDOS Y REUNIDOS EN NOMBRE DE JESÚS
Pablo VI, en su luminosa encíclica Ecclesiam suam, afirma: "La Iglesia se renovará de verdad cuando vuelva de verdad su mirada a Cristo". Entonces, y sólo entonces, se rejuvenecerá.
En realidad, los cristianos y los grupos rutinarios se convierten, cambian radicalmente, pasan de un cristianismo cumplimentero a un cristianismo entusiasmado cuando se encuentran personalmente con Jesucristo resucitado.
En este sentido resulta conmovedor el testimonio del gran teólogo Yves Congar: "He tardado bastante en dar a Jesucristo el lugar central que ocupa hoy en mi pensamiento y en mi vida. Para mí Jesucristo lo es todo; es él quien me da el calor y la luz. Su Espíritu es el que me da movimiento, vitalidad. Cada día me interpela, me impide detenerme; el evangelio y su ejemplo me arrancan de la tendencia instintiva que me ata a mí mismo, a mis hábitos, a mi egoísmo".
Los testimonios de personas de toda clase y condición son interminables. Milagro palpable y palpitante de la presencia dinamizadora de Jesús son muchas comunidades cristianas
surgidas como hogueras en la noche del mundo.
¿Cómo resucita el grupo de los amigos de Jesús? ¿Qué hizo posible que, después del "fracaso rotundo" del Maestro, resurgieran con increíble vigor?
BUSCAR JUNTOS
Aunque acoquinados y dispersos en un primer momento, los discípulos, impulsados por el Espíritu de Jesús, vuelven a reencontrarse para convivir, para dialogar, para compartir el "fracaso" de la muerte del Maestro, para seguir su amistad. Buscan juntos.
Por eso, como estaban reunidos en el nombre del Señor, él se hace presente en medio de ellos (Mt 18,20), Y le reconocen
con la mirada de fe. Tomás se ha ausentado de la comunidad; por eso no ha podido gozar del encuentro con el Señor; sólo cuando se reintegra a la comunidad puede vivir la experiencia.
Los de Emaús, a pesar de que se alejan desencantados, caminan compartiendo su tristeza y su desencanto; por eso el Señor les sale al encuentro.
La situación de incontables "cristianos", aunque parezca que no tiene nada que ver con la situación de los discípulos de
Jesús después del viernes santo, sin embargo tiene mucho en común. Son numerosísimos los que viven su religiosidad muy rutinariamente, están desencantados, dispersos, desilusionados, porque creen que la Iglesia no responde a sus inquietudes ni a las esperanzas del mundo. El cristianismo no les llena; sin embargo, están inquietos, buscan. Su fe, como la de los discípulos, corre peligro.
El camino de encuentro con el Señor comienza por reunirse para buscar juntos, compartir dudas, críticas, poner en común experiencias e intentar nuevas formas de vivir la fe. No hacerlo es poner en peligro la fe.
Ésta es la razón por la que muchos "cristianos" solitarios
(una rotunda contradicción) nos confiesan: "Estoy perdiendo la fe", "ya no sé si creo o no creo". Lo extraño no es esto, lo extraño sería lo contrario. Si fuera del ámbito comunitario, todos echan agua al fuego de tu fe y nadie echa leña, terminará, obviamente, por apagarse. Repiten el error de Tomás.
Naturalmente que si Tomás no hubiera retornado al grupo de condiscípulos, hubiera perdido definitivamente la fe. Pretender ser cristiano por libre es poner en riesgo la propia fe. Y reunirse, como hicieron los discípulos, en torno a Jesús para evocar su memoria, para profundizar su mensaje y comprender el significado de su persona y su relación con nosotros es condición de vida. Pero, para reconocerle, se precisan los ojos de la fe como les sucedía a aquellos primeros discípulos en sus encuentros con el Maestro. Quienes participamos reiteradamente en la vida de grupos y comunidades comprobamos asombrados su verificación desbordante. Comprobamos cómo se enciende la fe medio apagada de quienes se reúnen; desaparecen las dudas ante la experiencia de encuentro con el Señor, como ocurrió con los de Emaús (Lc 24,13-35). Llenos de entusiasmo, testimonian:
"Este cristianismo sí que merece la pena", "ahora sí que me he encontrado con Jesucristo", "a partir de mi incorporación a la comunidad o al grupo, he empezado una vida nueva".
Afirma monseñor Casaldáliga: "¡Feliz el que sabe que seguir a Jesucristo es vivir en comunidad, siempre unido al Padre y a los hermanos! No te engañes: quien se aleja de la comunidad, en busca de ventajas personales, se aleja de Dios; quien busca la comunidad se encuentra con Dios".
EL DÍA PRIMERO DE LA SEMANA
Juan afirma que esto sucedió "el primer día de la semana"; con ello hace referencia a la semana de la creación. A partir de la resurrección de Jesús empieza la nueva creación; el grupo de discípulos a los que se manifiesta Jesús es la "nueva humanidad", el nuevo y definitivo pueblo de Dios. "El que está en Cristo es una criatura nueva; lo viejo ha pasado y ha aparecido lo nuevo" (2Co 5,17). Donde hay una comunidad viva hay una "humanidad nueva". Éste es el milagro que Jesús nos invita a hacer para que seamos sacramento de salvación para los mismos que la formamos, para la Iglesia y para el mundo.
¿Contribuyo a realizar este milagro? ¿Participo en la vida de algún grupo o comunidad cristiana? ¿Debería, tal vez, hacerlo con más entrega? ¿Me esfuerzo por avivar la mirada de fe para reconocer en mi grupo o comunidad la presencia del Señor resucitado? ¿Qué me pide el Espíritu?
"Estando los discípulos reunidos en una casa... entró Jesús y se puso en medio de ellos"... Jesús ha prometido categóricamente: "Siempre que nos reunimos en su nombre, aunque no seamos más que dos, allí estoy en medio de vosotros" (Mt 18,20). Está, pero no como un espectador pasivo, sino como estuvo en la manifestación de la que nos ha hablado Juan: para darnos paz, entusiasmo y los dones de su Espíritu. Lo que hace falta es que lo reconozcamos con los ojos de la fe. El relato evangélico patentiza lo que afirma monseñor Casaldáliga y lo que hemos experimentado cuantos participamos en la vida de la comunidad: "Quien busca la comunidad, encuentra al Señor" porque ella es el lugar de encuentro en que nos cita (Mt 18,20).
(D)
ABRIR LAS PUERTAS
...con las puertas cerradas por miedo a los judíos
Jn 20, 19-31
El evangelio de Juan describe con trazos oscuros la situación de la comunidad cristiana cuando en su centro falta Cristo resucitado. Sin su presencia viva, la Iglesia se convierte en un grupo de hombres y mujeres que viven en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos.
Con las puertas cerradas no se puede escuchar lo que sucede fuera. No es posible captar la acción del Espíritu en el mundo. No se abren espacios de encuentro y diálogo con nadie. Se apaga la confianza en el ser humano y crecen los recelos y prejuicios. Pero una Iglesia sin capacidad de dialogar es una tragedia, pues los seguidores de Jesús estamos llamados a actualizar hoy el eterno diálogo de Dios con el ser humano.
El miedo puede paralizar la evangelización y bloquear nuestras mejores energías. El miedo nos lleva a rechazar y condenar. Con miedo no es posible amar al mundo. Pero, si no lo amamos, no lo estamos mirando como lo mira Dios. Y, si no lo miramos con los ojos de Dios, ¿cómo comunicaremos su Buena Noticia?
Si vivimos con las puertas cerradas, ¿quién dejará el redil para buscar a las ovejas perdidas? ¿Quién se atreverá a tocar a algún leproso excluido? ¿Quién se sentará a la mesa con pecadores o prostitutas? ¿Quién se acercará a los olvidados por la religión? Los que quieran buscar al Dios de Jesús, se encontrarán con nuestras puertas cerradas.
Nuestra primera tarea es dejar entrar al resucitado a través de tantas barreras que levantamos para defendernos del miedo. Que Jesús ocupe el centro de nuestras iglesias, grupos y comunidades. Que sólo él sea fuente de vida, de alegría y de paz. Que nadie ocupe su lugar. Que nadie se apropie de su mensaje. Que nadie imponga un estilo diferente al suyo.
Ya no tenemos el poder de otros tiempos. Sentimos la hostilidad y el rechazo en nuestro entorno. Somos frágiles. Necesitamos más que nunca abrimos al aliento del resucitado y acoger su Espíritu Santo.
CREDO
Desde nuestra fe vacilante, nos unimos en comunidad proclamando juntos nuestra fe…
Plegaria de los fieles
Por medio de Jesús, el Señor, y movidos por el Espíritu, presentamos a Dios nuestro Padre nuestra oración, diciendo: ¡Señor, danos tu paz!
- Para que en la Iglesia seamos creadores de vida y de esperanza, de fuerza y ánimo para cuantos viven abatidos.
Oremos.
- Por los pueblos de la tierra que sufren la injusticia, el subdesarrollo, y la falta de respeto a los derechos humanos
para que les hagamos llegar los frutos de la Pascua liberadora
de Cristo. Oremos.
- Por los que viven marcados por el sufrimiento, el fracaso y la miseria para que la presencia resucitadora de Jesús los
vivifique. Oremos
- Para que nuestra comunidad parroquial alegre por la experiencia de Jesús Resucitado, anuncie siempre el triunfo del amor, de la verdad y del bien. Oremos.
Oración: Danos tu Paz, Señor, que nos haga vivir en tu Amor. Por Jesucristo.
(B)
Oremos a Dios, nuestro Padre, fuente de Vida y Amor, que resucitó a nuestro Señor Jesucristo.
Por todos los pueblos y naciones del mundo que sufren el hambre, la pobreza, la guerra, la violencia. ROGUEMOS AL SEÑOR...
Por todas las personas que sufren la marginación, la soledad y el abandono. ROGUEMOS AL SEÑOR...
Por todos nosotros: para que seamos siempre solidarios con quienes sufren estos males, con quienes padecen estas injusticias. ROGUEMOS AL SEÑOR...
Por todos nosotros: para que no dejemos nunca de tener fe, a pesar de todas las dificultades con que nos encontremos en la vida.
Oremos: Señor y Dios nuestro, aumenta y fortalece nuestra fe. Que ningún problema de la vida nos aparte de Ti.
(C)
A Jesús Resucitado, vida y esperanza de los cristianos, nos dirigimos diciéndole:
JESÚS RESUCITADO, ESCÚCHANOS.
Para que vivamos todos los domingos la alegría del encuentro con el Señor en la Eucaristía. OREMOS...
Para que demos testimonio de nuestra fe con un amor constante y entregado. OREMOS...
Para que con nuestro ejemplo ayudemos a crecer como cristianos a los niños que reciben la primera comunión y a los jóvenes que reciben la Confirmación. OREMOS...
Para que estemos siempre atentos a las necesidades de nuestros hermanos. OREMOS...
Oremos: Que tu vida y tu ejemplo, Señor, fecunden nuestras vidas y las vidas de todos los hombres y mujeres. Tú que, resucitado, vives y reinas...
(D)
Pidamos a Dios Padre, que ha resucitado a Jesucristo y nos concede los dones del Espíritu.
Decimos: Haznos testigos de tu amor.
Para que el mundo crea.
Para que los pueblos sepan compartir en justicia y solidaridad.
Para que la Iglesia resplandezca como signo de esperanza y salvación.
Para que los pobres sean evangelizados.
Para que cuantos están marcados por el dolor sean aliviados.
Para que los que están desunidos se reconcilien.
Para que se multipliquen las vocaciones de servicio y entrega.
Para que los que buscan a Cristo lo encuentren.
Para que nosotros seamos presencia de Cristo resucitado.
Escúchanos, Padre, y derrama sobre nosotros y sobre todos tus hijos el Espíritu de amor. Por JNS…
Presentación de ofrendas
Pan y vino: El pan y el vino son tu respuesta para cuando estamos un poco cortos de vista y te preguntamos ¿dónde estás, Señor?
Velas: Las velas son hoy las que iluminan nuestro alrededor con esa luz que no da el sol ni la electricidad, y que nos ayuda a reconocerte en medio de un mundo en el que poca gente sabe verte.
Gafas: Estas gafas que sirven para ver mejor el mundo representan esas otras gafas invisibles que tenemos que poner en nuestro interior para poder reconocer a Jesús resucitado.
(B)
Crucifijo: Nunca se nos escapará al contemplar al crucificado las llagas y las heridas. Presentamos las heridas y fracturas de nuestra humanidad doliente asumidas por el crucificado que resucita. Ante su contemplación, nos preguntamos: ¿qué he hecho, que hago, qué debo hacer por Cristo?
Vestidura blanca: Esta vestidura blanca es símbolo de la dignidad cristiana. Al presentarla recordamos lo que se significó con ella en el bautismo: el compromiso de los honestos, de los limpios de corazón, la integridad y responsabilidad.
El pan y el vino acompañando a la colecta: Pan, vino y colecta. Todo a disposición de todos y la colecta para distribuirla según la necesidad de cada uno. Así nos lo urgía la primera lectura.
(C)
PRESENTACIÓN DE UNA LÁMPARA ENCENDIDA
Yo te traigo, Señor, esta vela encendida, símbolo de Jesús Resucitado, que reunió en tomo a su luz a los primeros cristianos. Te ofrecemos, en primer lugar, nuestros deseos de vivir y compartir esa luz en nuestra comunidad y hacerla brillar en nuestro mundo. Para ello danos, Señor, tu gracia y fortaleza.
PRESENTACIÓN DE UNA PANCARTA, DONDE SE HA YA ESCRITO: ((SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO»
Señor, nosotros hemos querido levantar bien en alto la
confesión de fe de cada uno de esta comunidad de .
Es respuesta al mejor regalo que tú nos has hecho, porque
creemos que la fe ni es un código de verdades solamente, ni afecta sólo a una dimensión de nuestra persona, sino que es nuestra confianza depositada en Ti, que nos hace ser, pensar, vivir, relacionamos y comprender la historia y la realidad desde Ti. Por eso, al regalo de la fe en tu Hijo, nosotros te ofrecemos hoy todo lo que somos y tenemos.
PRESENTACIÓN DE LAS LLAGAS DE LA HUMANIDAD
Señor, nosotros estamos celebrando tu triunfo sobre la muerte... Muerte que está presente en nuestro mundo de muchas maneras Como la lista de problemas que hoy te presentamos:
- Al Qaeda siembra de Cadáveres…
- Utilizan niños discapacitados para atentar en Irak. . .
- Detenido un joven con hachís para la venta
- Inmigrantes llegan a las costas de Canarias...
- Prisión para los padres de un bebé muerto...
Hazte presente, Señor, y transfórmalos en vida, y no te olvides de hacemos crecer a nosotros en amor y solidaridad para luchar contra todos esos problemas que causan la muerte a tantas personas, así seremos testigos de tu Resurrección en medio del mundo.
Prefacio...
Te damos gracias, Señor, porque eres bueno;
te alabamos, porque es eterna tu misericordia.
No dejaste a tu Hijo abandonado a la muerte.
Le hiciste renacer
a una vida nueva y mejor,
que la que poseía antes de ser crucificado.
La piedra que los arquitectos desecharon,
es ahora la piedra angular.
Gracias, Padre, porque arrebataste a tu Hijo
del reino de la muerte
y lo estableciste como Señor de todo lo creado.
Aunque nosotros, como Tomás, no estábamos allí,
cuando se apareció el Señor por primera vez,
sin embargo hemos recibido el testimonio de los apóstoles.
No le vimos, pero hemos oído la Buena Nueva
y hemos percibido los signos que la acompañan.
Por eso sentimos la dicha que Jesús prometió
a los que creyeran en él sin verle.
Llenos de alegría y de esperanza
cantamos el himno de los ángeles diciendo:
Santo, Santo, Santo…
Padrenuestro
Padre Santo, nos conmueve el regalo de la fe
y nos sorprende cuando se propaga cuando la vivimos.
Porque deseamos que todos te alaben unimos nuestras voces para decirte: Padre nuestro...
Nos damos la paz
Jesús Resucitado se presenta a los apóstoles con este saludo: “Paz a vosotros”: Este es también nuestro mejor deseo para todos.
Comunión
Cristo resucitado nos reúne en comunidad de fe, se hace comunión con nosotros y nos estrecha en comunión con los demás. Dichosos los invitados a la Mesa del Señor…
Bendición:
Hermanos, el Señor se ha hecho presente hoy en medio de nosotros. Como a los primeros seguidores suyos, nos ha concedido saborear el amor de la comunidad y nos ha dado su gracia y su paz. Salgamos ahora a nuestros ambientes y a nuestras tareas, llevando nuestra experiencia, para que los hombres puedan descubrir que Jesús ha resucitado y merece la pena confesarle como el único Señor. Para ello que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros. R/. Amén
Podéis ir en paz. Aleluya, aleluya.
Demos gracias a Dios. Aleluya, aleluya.
En este segundo domingo de pascua vamos a vivir la idea gozosa de que el Señor resucitado ha hecho de nosotros la comunidad de los cristianos.
Somos su familia, su grupo, su gente. Y nos reunimos en su nombre para festejar su resurrección.
(B)
La experiencia en la Resurrección del Señor es el principal motivo que nos reúne, domingo tras domingo, en la Eucaristía para dar gracias a Dios y escuchar su Palabra.
En el Evangelio vamos a escuchar uno de los actos de fe más profundos, según expresa Tomás: ¡Señor mío y Dios mío!
Que sea ésta también, hoy y siempre, nuestra oración.
(C)
¡Bienvenidos, hermanos! Volvemos a encontrarnos en el gozo pascual. “A los ocho días”, “en el primer día de la semana”, igual que los apóstoles en el evangelio. Y como a ellos, también a nosotros viene el Señor para descubrirnos algo importantísimo para mantener y vivir nuestra fe en su resurrección: la comunidad. Cristo desea formar una comunidad con cuantos creen en su vida nueva. Una comunidad de creyentes que viven en el amor. Posiblemente, a más de uno de nosotros habrá de convencernos, como a Tomás, para superar nuestros individualismos e integrarnos en el seno del grupo comunitario. Para ello contamos con su presencia viva y convincente en esta eucaristía. Escuchemos su saludo de paz: “Paz a vosotros”, y llenémonos del gozo que el Resucitado trae consigo.
(D)
En la vida podemos encontrar muchas dificultades para creer: unas que pueden estar dentro de nosotros mismos y otras fuera de nosotros.
Una enfermedad incurable; una desgracia seria; la muerte de un ser querido; los pecados y errores de la Iglesia y de los cristianos... pueden convertirse en dificultades para creer, aunque sean dificultades que están fuera de nosotros.
Y hay otras dificultades que sí están dentro de nosotros, que dependen de nosotros: La indiferencia o apatía religiosa; el dejarnos llevar de los planteamientos de la sociedad; el abandono de las prácticas religiosas.
Pero, a pesar, de todas las dificultades, si nosotros queremos, PODEMOS CREER.
(E)
Durante el tiempo de Pascua, el tema de reflexión es preferentemente: “Cristo resucitó y camina con nosotros”.
A Jesús le encontramos en las personas que caminan a nuestro lado, en la Eucaristía, en los acontecimientos de la vida.
Pero solamente, unos ojos creyentes, podrán descubrirlo.
La fe de los apóstoles se basaba en la experiencia vivida con Jesús.
Nuestra fe se basa en la fe de los apóstoles, en la fe de los primeros cristianos y de todos los cristianos de la historia.
Todos los que creemos en Jesús debemos ser testigos suyos en el mundo.
(F)
A los ocho días de la pascua nos volvemos a encontrar con la certeza de que el resucitado es el crucificado. Hay un testigo que necesita ver y tocar: se llama Tomás. El evangelio nos lo presenta hoy como interpelación a nuestras dudas y temores, como reto a nuestra fe. A lo largo de los cinco domingos pascuales tomaremos conciencia de nuestras “heridas”, presentadas a Dios en el acto penitencial, y las “curaciones” sanantes que el Resucitado contagia con la explosión de su vida en miles de fragmentos de nuestras propias vidas. Daremos gracias a Dios por estas “sanaciones” después de comulgar su cuerpo.
Saludo
Hermanas y hermanos:
¡Que nos acompañe siempre la alegría de la Pascua!
La paz y la vida de Jesucristo, el Señor resucitado, estén con todos vosotros…
Pedimos perdón
No sólo hemos de celebrar la Pascua, durante estos cincuenta días… Tenemos que ser mensajeros de Pascua, con nuestras vidas…
¿Que tu marido o tu mujer han fallado? Tú tienes la misión de recuperarlo con tu perdón, no castigándolo con tu silencio, sino haciéndole sentir que tu amor es más grande que su pecado. Yo entiendo que su pecado te duela y hasta te decepciones, pero si tú crees en la Pascua y te dejas renovar por el don del Espíritu sentirás que, en vez de la venganza, surgirá en ti el amor. Y habrás salvado a tu marido.
¿Que el hijo te ha fallado y no responde a tus esperanzas? Castigándolo lo único que haces es hundirlo y destruirlo más, pero con “la paz esté contigo”, con un “te perdono porque te amo”, estarás salvando a tu hijo.
¿Que alguien te ha hecho daño? Son lógicos tus sentimientos de malestar y hasta de sufrimiento, pero ¿logras con ello cambiar la realidad? “Es que no puedo perdonar...” Estás confesando que tu amor es más pequeño que la ofensa recibida. En cambio con el perdón, la comprensión y la misericordia sanas al que te ofendió y sanas tu propio corazón.
Resucitados con Jesús, estamos llamados como Él, a expresar la Resurrección con nuestro amor y nuestro perdón…
En un momento de silencio le pedimos a Dios que seamos mensajeros de su perdón y de su paz…
Bendición y aspersión del agua:
(A)
Amigos, en la antigüedad, el día de hoy recibía el nombre de domingo “in albis”, pues, los que habían sido bautizados en la Noche de Pascua, habían recibido unos vestidos blancos, de los cuales hoy se desprendían. Por eso, este primer domingo, tras la resurrección del Señor, conserva un carácter bautismal, que nosotros significamos mediante la bendición y la aspersión con el agua, que nos ayudan a renovar nuestro bautismo y a revisar si de verdad seguimos llevando las vestiduras blancas de la gracia que obró en nuestros corazones. Antes de nada, invoquemos a Dios Padre, para que bendiga esta agua que va a ser derramada sobre nosotros
(Breve momento de silencio)
Señor Dios Todopoderoso, escucha las oraciones de tu pueblo, ahora, que recordamos la acción maravillosa de nuestra creación y la maravilla, aún más grande, de nuestra redención; dígnate bendecir esta agua. La creaste para hacer fecunda la tierra, y para favorecer nuestros cuerpos con el frescor y la limpieza. La hiciste también instrumento de misericordia al liberar a tu pueblo de la esclavitud y al apagar con ella su sed en el desierto; por los profetas la revelaste como signo de la nueva alianza que quisiste sellar con los hombres. Y, cuando Cristo descendió a ella en el Jordán, renovaste nuestra naturaleza pecadora en el baño del nuevo nacimiento. Que esta agua, Señor, avive en nosotros el recuerdo de nuestro bautismo y nos haga participar en el gozo de nuestros hermanos bautizados en la Pascua. Por Jesucristo nuestro Señor. R/. Amén.
(Todos cantan: “Aguas del Bautismo”. El sacerdote se signa él en primer lugar y, después asperja a la comunidad).
(B)
Con profundo agradecimiento, comenzamos esta Eucaristía recordando el día de nuestro Bautismo. Desde la fe, recibimos el agua que nos renueva para vivir según el Espíritu de Dios. Pidámoslo con todo el corazón.
(Música de fondo, melodía del canto de entrada, durante la aspersión…)
Que Dios, Padre de todos nos purifique del pecado y, nos haga participar del banquete de su Reino. Amén.
Gloria:
Recitemos el himno de alabanza, invocando a Jesucristo, el Señor de la Comunidad cristiana. Gloria a Dios...
Escuchamos la Palabra
Monición a la lectura:
Recogemos en estos domingos de Pascua los testimonios y experiencias que nos narra el libro de los Hechos de los Apóstoles.
Algo nuevo irrumpe con fuerza después de Pascua. Empieza la era del Espíritu, el que resucitó a Jesús y el que se derrama sobre los creyentes. Éstos empiezan a vivir de “común acuerdo”, proclaman la resurrección de Jesús, y la palabra va acompañada de signos liberadores.
Salmo:
Monición al Evangelio
¿Os imagináis que Jesús resucitado hubiera ido por todo Palestina diciendo: “Soy yo, Jesús” ¡He resucitado!? Todo el mundo hubiera tenido que creer en él. Pero a Jesús resucitado no le pudo ver todo el mundo. Jesús sólo se hizo ver de los que creían en él. Y aun así, a algunos les costó mucho creerlo, como escucharemos en el Evangelio.
También nosotros tenemos que aprender a ver a Jesús resucitado de una manera distinta de la que se ven otras cosas. Él nos invita a descubrirle en las personas que tenemos alrededor, y en los acontecimientos de cada día, tanto en las situaciones desagradables como en los momentos felices.
Homilías
(A)
Ha sido un autor moderno quien nos ha recordado recientemente que el encuentro con el Resucitado ha sido “una experiencia de perdón”. Los discípulos han experimentado al resucitado como alguien que les perdona y les ofrece paz y salvación.
Ninguna alusión, por parte de Jesús, al abandono de los suyos. Ningún reproche por la cobarde traición. Ningún gesto de exigencia para reparar la injuria.
Los relatos insisten en que el saludo del resucitado es siempre de paz y reconciliación: “Paz a vosotros”. Y es precisamente este perdón pacificador y esta oferta de salvación los que ponen una alegría y una esperanza nuevas en la vida de los discípulos.
Vivimos en una sociedad que no es capaz de valorar debidamente el perdón. Se nos ha querido convencer de que el perdón, es la “virtud de los débiles”, que se resignan y se doblegan ante las injusticias porque no saben luchar y arriesgarse.
Y, sin embargo, los conflictos humanos no tienen una verdadera solución si no se introduce la dimensión del perdón.
No es posible dar pasos firmes hacia la paz, desde la violencia, el endurecimiento y la mutua destructividad, si no somos nadie capaces de introducir el perdón en la dinámica de nuestras luchas y conflictos, jamás conseguiremos la paz.
El perdón no es sólo la liquidación de conflictos pasados. Al mismo tiempo, despierta la esperanza y las energías en quien perdona y en aquel que es perdonado.
El perdón, cuando se da realmente y con generosidad, es, en su aparente fragilidad, más vigoroso que toda la violencia del mundo. La Resurrección nos descubre a los creyentes que la paz no surge de la agresividad y la sangre, sino del amor y del perdón.
Necesitamos recuperar la capacidad de perdonar y olvidar.
La verdadera paz no se logra cuando unos hombres vencen sobre otros, sino cuando todos juntos tratamos de vencer incomprensiones, agresividades y la mutua destructividad que hemos desencadenado,
La paz no llegará a nuestros pueblos mientras unos y otros nos empeñemos obstinadamente en no olvidar el pasado. La paz no será realidad entre nosotros sin un esfuerzo amplio y generoso de mutua comprensión, acercamiento y reconciliación.
En una sociedad tan conflictiva como la nuestra, en un ambiente tan difícil como el que entre todos hemos creado, los creyentes, es decir, los que domingo tras domingo venimos aquí a participar de la Eucaristía de Jesús, a alimentarnos de su Palabra, para iluminar los problemas que tenemos planteados, a alimentarnos de su Cuerpo para poder ir superando dificultades que cada día se nos presentan... Tenemos que llevar a la vida de nuestro pueblo, a nuestros vecinos y a nuestras familias la fuerza del perdón, como la única arma que hará que nuestra convivencia sea de verdad la convivencia querida por Jesús Resucitado.
El perdón es causa de resurrección y de vida. Así pues, un pueblo que practica y vive el perdón es un pueblo resucitado y vivo. En cambio, un pueblo que práctica el odio, que vive en la enemistad y las revanchas, es un pueblo en el que reinará la desconfianza y la muerte.
(B)
El evangelio que leemos este domingo parece que quiere decirnos que el día de la resurrección de Jesús, el primer día de la semana, al anochecer, se producía en la comunidad cristiana un cambio importante. Hasta entonces había sido Jesús el verdadero protagonista: Jesús curaba a los enfermos, atendía a los pobres, perdonaba a los pecadores, anunciaba a todos la buena noticia del amor de Dios. A partir de ese momento, Jesús está resucitado y transmite sus poderes y sus tareas a los cristianos. Les dice: “Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros”. Ahora somos nosotros los que llevamos entre manos la hermosa tarea que tuvo Jesús; anunciar a todos el amor de Dios, cuidar de los pobres del mundo, devolver la dignidad a las personas destrozadas, buscar a los que se pierden, construir fraternidad entre todos los hombres e incluso hacer milagros, como Jesús.
Seguramente que todo esto nos puede parecer demasiado grande, como les parecía también a los primeros cristianos. Pensarían: nosotros, que hacemos tantas cosas mal, ¿cómo vamos a repetir la figura asombrosa de Jesús, que es irrepetible? Y pensarían que no estaban preparados para tomar en sus manos una tarea tan hermosa. Por eso, en aquella tarde de resurrección, cuenta el evangelio que Jesús “sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo”. Este gesto es impresionante. Quiere decirnos el evangelio que Jesús nos transmitió su Espíritu y desde ese momento ya no vamos solos por la vida. Algo del Señor ha entrado en nosotros y en nuestras comunidades.
Con frecuencia pensamos que nuestras parroquias y comunidades son sólo la suma de unos pocos hombres y mujeres con todos sus defectos a cuestas. Pues no son sólo eso. En nuestras parroquias y comunidades, pequeñas o grandes, también anda el Espíritu de Jesús. Seguramente haremos muchas cosas mal, pero el Espíritu de Dios también está entre nosotros dando una eficacia asombrosa a nuestras chapuzas pastorales. Tenemos los poderes de Jesús. Hasta podemos perdonar pecados. Les decía Jesús a sus discípulos: “A quienes les perdonéis los pecados, Dios se los perdonará; a quienes se los retengáis, Dios se los retendrá”. Los creyentes en Jesús llevamos en nuestra vida unas posibilidades asombrosas, capaces de repetir en nuestro tiempo los milagros de Jesús. Todos sabemos que aún siguen ocurriendo en las comunidades cristianas cosas maravillosas, verdaderos milagros. No son habilidades nuestras. Es que Jesús, en aquella tarde de Resurrección, exhaló su aliento sobre nosotros para que recibiéramos su Espíritu.
Cuenta el evangelio que Tomás, uno de los doce, no estaba allí cuando ocurrieron estas cosas y no quería creerlo. Ninguno de nosotros estuvimos allí aquella tarde y también nos resulta demasiado hermoso para creerlo. ¿Cómo creer que hemos sido enviados a sacar adelante la misma tarea que tuvo Jesús? ¿Cómo creer que el Espíritu de Jesús anda en nuestras pobres comunidades cristianas? ¿Cómo creer que tenemos poderes tan maravillosos, si nos vemos tan pobres, tan inseguros y tan llenos de errores? Jesús decía a Tomás: “¿Crees porque has visto? Dichosos los que creen sin haber visto”. Nosotros no estuvimos allí. No pudimos ver al Señor con los ojos de la cara, pero también creemos que Jesús está vivo y anda con nosotros en nuestras comunidades cristianas produciendo cosas asombrosas. El Señor resucitado vive entre nosotros.
(C)
UNIDOS Y REUNIDOS EN NOMBRE DE JESÚS
Pablo VI, en su luminosa encíclica Ecclesiam suam, afirma: "La Iglesia se renovará de verdad cuando vuelva de verdad su mirada a Cristo". Entonces, y sólo entonces, se rejuvenecerá.
En realidad, los cristianos y los grupos rutinarios se convierten, cambian radicalmente, pasan de un cristianismo cumplimentero a un cristianismo entusiasmado cuando se encuentran personalmente con Jesucristo resucitado.
En este sentido resulta conmovedor el testimonio del gran teólogo Yves Congar: "He tardado bastante en dar a Jesucristo el lugar central que ocupa hoy en mi pensamiento y en mi vida. Para mí Jesucristo lo es todo; es él quien me da el calor y la luz. Su Espíritu es el que me da movimiento, vitalidad. Cada día me interpela, me impide detenerme; el evangelio y su ejemplo me arrancan de la tendencia instintiva que me ata a mí mismo, a mis hábitos, a mi egoísmo".
Los testimonios de personas de toda clase y condición son interminables. Milagro palpable y palpitante de la presencia dinamizadora de Jesús son muchas comunidades cristianas
surgidas como hogueras en la noche del mundo.
¿Cómo resucita el grupo de los amigos de Jesús? ¿Qué hizo posible que, después del "fracaso rotundo" del Maestro, resurgieran con increíble vigor?
BUSCAR JUNTOS
Aunque acoquinados y dispersos en un primer momento, los discípulos, impulsados por el Espíritu de Jesús, vuelven a reencontrarse para convivir, para dialogar, para compartir el "fracaso" de la muerte del Maestro, para seguir su amistad. Buscan juntos.
Por eso, como estaban reunidos en el nombre del Señor, él se hace presente en medio de ellos (Mt 18,20), Y le reconocen
con la mirada de fe. Tomás se ha ausentado de la comunidad; por eso no ha podido gozar del encuentro con el Señor; sólo cuando se reintegra a la comunidad puede vivir la experiencia.
Los de Emaús, a pesar de que se alejan desencantados, caminan compartiendo su tristeza y su desencanto; por eso el Señor les sale al encuentro.
La situación de incontables "cristianos", aunque parezca que no tiene nada que ver con la situación de los discípulos de
Jesús después del viernes santo, sin embargo tiene mucho en común. Son numerosísimos los que viven su religiosidad muy rutinariamente, están desencantados, dispersos, desilusionados, porque creen que la Iglesia no responde a sus inquietudes ni a las esperanzas del mundo. El cristianismo no les llena; sin embargo, están inquietos, buscan. Su fe, como la de los discípulos, corre peligro.
El camino de encuentro con el Señor comienza por reunirse para buscar juntos, compartir dudas, críticas, poner en común experiencias e intentar nuevas formas de vivir la fe. No hacerlo es poner en peligro la fe.
Ésta es la razón por la que muchos "cristianos" solitarios
(una rotunda contradicción) nos confiesan: "Estoy perdiendo la fe", "ya no sé si creo o no creo". Lo extraño no es esto, lo extraño sería lo contrario. Si fuera del ámbito comunitario, todos echan agua al fuego de tu fe y nadie echa leña, terminará, obviamente, por apagarse. Repiten el error de Tomás.
Naturalmente que si Tomás no hubiera retornado al grupo de condiscípulos, hubiera perdido definitivamente la fe. Pretender ser cristiano por libre es poner en riesgo la propia fe. Y reunirse, como hicieron los discípulos, en torno a Jesús para evocar su memoria, para profundizar su mensaje y comprender el significado de su persona y su relación con nosotros es condición de vida. Pero, para reconocerle, se precisan los ojos de la fe como les sucedía a aquellos primeros discípulos en sus encuentros con el Maestro. Quienes participamos reiteradamente en la vida de grupos y comunidades comprobamos asombrados su verificación desbordante. Comprobamos cómo se enciende la fe medio apagada de quienes se reúnen; desaparecen las dudas ante la experiencia de encuentro con el Señor, como ocurrió con los de Emaús (Lc 24,13-35). Llenos de entusiasmo, testimonian:
"Este cristianismo sí que merece la pena", "ahora sí que me he encontrado con Jesucristo", "a partir de mi incorporación a la comunidad o al grupo, he empezado una vida nueva".
Afirma monseñor Casaldáliga: "¡Feliz el que sabe que seguir a Jesucristo es vivir en comunidad, siempre unido al Padre y a los hermanos! No te engañes: quien se aleja de la comunidad, en busca de ventajas personales, se aleja de Dios; quien busca la comunidad se encuentra con Dios".
EL DÍA PRIMERO DE LA SEMANA
Juan afirma que esto sucedió "el primer día de la semana"; con ello hace referencia a la semana de la creación. A partir de la resurrección de Jesús empieza la nueva creación; el grupo de discípulos a los que se manifiesta Jesús es la "nueva humanidad", el nuevo y definitivo pueblo de Dios. "El que está en Cristo es una criatura nueva; lo viejo ha pasado y ha aparecido lo nuevo" (2Co 5,17). Donde hay una comunidad viva hay una "humanidad nueva". Éste es el milagro que Jesús nos invita a hacer para que seamos sacramento de salvación para los mismos que la formamos, para la Iglesia y para el mundo.
¿Contribuyo a realizar este milagro? ¿Participo en la vida de algún grupo o comunidad cristiana? ¿Debería, tal vez, hacerlo con más entrega? ¿Me esfuerzo por avivar la mirada de fe para reconocer en mi grupo o comunidad la presencia del Señor resucitado? ¿Qué me pide el Espíritu?
"Estando los discípulos reunidos en una casa... entró Jesús y se puso en medio de ellos"... Jesús ha prometido categóricamente: "Siempre que nos reunimos en su nombre, aunque no seamos más que dos, allí estoy en medio de vosotros" (Mt 18,20). Está, pero no como un espectador pasivo, sino como estuvo en la manifestación de la que nos ha hablado Juan: para darnos paz, entusiasmo y los dones de su Espíritu. Lo que hace falta es que lo reconozcamos con los ojos de la fe. El relato evangélico patentiza lo que afirma monseñor Casaldáliga y lo que hemos experimentado cuantos participamos en la vida de la comunidad: "Quien busca la comunidad, encuentra al Señor" porque ella es el lugar de encuentro en que nos cita (Mt 18,20).
(D)
ABRIR LAS PUERTAS
...con las puertas cerradas por miedo a los judíos
Jn 20, 19-31
El evangelio de Juan describe con trazos oscuros la situación de la comunidad cristiana cuando en su centro falta Cristo resucitado. Sin su presencia viva, la Iglesia se convierte en un grupo de hombres y mujeres que viven en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos.
Con las puertas cerradas no se puede escuchar lo que sucede fuera. No es posible captar la acción del Espíritu en el mundo. No se abren espacios de encuentro y diálogo con nadie. Se apaga la confianza en el ser humano y crecen los recelos y prejuicios. Pero una Iglesia sin capacidad de dialogar es una tragedia, pues los seguidores de Jesús estamos llamados a actualizar hoy el eterno diálogo de Dios con el ser humano.
El miedo puede paralizar la evangelización y bloquear nuestras mejores energías. El miedo nos lleva a rechazar y condenar. Con miedo no es posible amar al mundo. Pero, si no lo amamos, no lo estamos mirando como lo mira Dios. Y, si no lo miramos con los ojos de Dios, ¿cómo comunicaremos su Buena Noticia?
Si vivimos con las puertas cerradas, ¿quién dejará el redil para buscar a las ovejas perdidas? ¿Quién se atreverá a tocar a algún leproso excluido? ¿Quién se sentará a la mesa con pecadores o prostitutas? ¿Quién se acercará a los olvidados por la religión? Los que quieran buscar al Dios de Jesús, se encontrarán con nuestras puertas cerradas.
Nuestra primera tarea es dejar entrar al resucitado a través de tantas barreras que levantamos para defendernos del miedo. Que Jesús ocupe el centro de nuestras iglesias, grupos y comunidades. Que sólo él sea fuente de vida, de alegría y de paz. Que nadie ocupe su lugar. Que nadie se apropie de su mensaje. Que nadie imponga un estilo diferente al suyo.
Ya no tenemos el poder de otros tiempos. Sentimos la hostilidad y el rechazo en nuestro entorno. Somos frágiles. Necesitamos más que nunca abrimos al aliento del resucitado y acoger su Espíritu Santo.
CREDO
Desde nuestra fe vacilante, nos unimos en comunidad proclamando juntos nuestra fe…
Plegaria de los fieles
Por medio de Jesús, el Señor, y movidos por el Espíritu, presentamos a Dios nuestro Padre nuestra oración, diciendo: ¡Señor, danos tu paz!
- Para que en la Iglesia seamos creadores de vida y de esperanza, de fuerza y ánimo para cuantos viven abatidos.
Oremos.
- Por los pueblos de la tierra que sufren la injusticia, el subdesarrollo, y la falta de respeto a los derechos humanos
para que les hagamos llegar los frutos de la Pascua liberadora
de Cristo. Oremos.
- Por los que viven marcados por el sufrimiento, el fracaso y la miseria para que la presencia resucitadora de Jesús los
vivifique. Oremos
- Para que nuestra comunidad parroquial alegre por la experiencia de Jesús Resucitado, anuncie siempre el triunfo del amor, de la verdad y del bien. Oremos.
Oración: Danos tu Paz, Señor, que nos haga vivir en tu Amor. Por Jesucristo.
(B)
Oremos a Dios, nuestro Padre, fuente de Vida y Amor, que resucitó a nuestro Señor Jesucristo.
Por todos los pueblos y naciones del mundo que sufren el hambre, la pobreza, la guerra, la violencia. ROGUEMOS AL SEÑOR...
Por todas las personas que sufren la marginación, la soledad y el abandono. ROGUEMOS AL SEÑOR...
Por todos nosotros: para que seamos siempre solidarios con quienes sufren estos males, con quienes padecen estas injusticias. ROGUEMOS AL SEÑOR...
Por todos nosotros: para que no dejemos nunca de tener fe, a pesar de todas las dificultades con que nos encontremos en la vida.
Oremos: Señor y Dios nuestro, aumenta y fortalece nuestra fe. Que ningún problema de la vida nos aparte de Ti.
(C)
A Jesús Resucitado, vida y esperanza de los cristianos, nos dirigimos diciéndole:
JESÚS RESUCITADO, ESCÚCHANOS.
Para que vivamos todos los domingos la alegría del encuentro con el Señor en la Eucaristía. OREMOS...
Para que demos testimonio de nuestra fe con un amor constante y entregado. OREMOS...
Para que con nuestro ejemplo ayudemos a crecer como cristianos a los niños que reciben la primera comunión y a los jóvenes que reciben la Confirmación. OREMOS...
Para que estemos siempre atentos a las necesidades de nuestros hermanos. OREMOS...
Oremos: Que tu vida y tu ejemplo, Señor, fecunden nuestras vidas y las vidas de todos los hombres y mujeres. Tú que, resucitado, vives y reinas...
(D)
Pidamos a Dios Padre, que ha resucitado a Jesucristo y nos concede los dones del Espíritu.
Decimos: Haznos testigos de tu amor.
Para que el mundo crea.
Para que los pueblos sepan compartir en justicia y solidaridad.
Para que la Iglesia resplandezca como signo de esperanza y salvación.
Para que los pobres sean evangelizados.
Para que cuantos están marcados por el dolor sean aliviados.
Para que los que están desunidos se reconcilien.
Para que se multipliquen las vocaciones de servicio y entrega.
Para que los que buscan a Cristo lo encuentren.
Para que nosotros seamos presencia de Cristo resucitado.
Escúchanos, Padre, y derrama sobre nosotros y sobre todos tus hijos el Espíritu de amor. Por JNS…
Presentación de ofrendas
Pan y vino: El pan y el vino son tu respuesta para cuando estamos un poco cortos de vista y te preguntamos ¿dónde estás, Señor?
Velas: Las velas son hoy las que iluminan nuestro alrededor con esa luz que no da el sol ni la electricidad, y que nos ayuda a reconocerte en medio de un mundo en el que poca gente sabe verte.
Gafas: Estas gafas que sirven para ver mejor el mundo representan esas otras gafas invisibles que tenemos que poner en nuestro interior para poder reconocer a Jesús resucitado.
(B)
Crucifijo: Nunca se nos escapará al contemplar al crucificado las llagas y las heridas. Presentamos las heridas y fracturas de nuestra humanidad doliente asumidas por el crucificado que resucita. Ante su contemplación, nos preguntamos: ¿qué he hecho, que hago, qué debo hacer por Cristo?
Vestidura blanca: Esta vestidura blanca es símbolo de la dignidad cristiana. Al presentarla recordamos lo que se significó con ella en el bautismo: el compromiso de los honestos, de los limpios de corazón, la integridad y responsabilidad.
El pan y el vino acompañando a la colecta: Pan, vino y colecta. Todo a disposición de todos y la colecta para distribuirla según la necesidad de cada uno. Así nos lo urgía la primera lectura.
(C)
PRESENTACIÓN DE UNA LÁMPARA ENCENDIDA
Yo te traigo, Señor, esta vela encendida, símbolo de Jesús Resucitado, que reunió en tomo a su luz a los primeros cristianos. Te ofrecemos, en primer lugar, nuestros deseos de vivir y compartir esa luz en nuestra comunidad y hacerla brillar en nuestro mundo. Para ello danos, Señor, tu gracia y fortaleza.
PRESENTACIÓN DE UNA PANCARTA, DONDE SE HA YA ESCRITO: ((SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO»
Señor, nosotros hemos querido levantar bien en alto la
confesión de fe de cada uno de esta comunidad de .
Es respuesta al mejor regalo que tú nos has hecho, porque
creemos que la fe ni es un código de verdades solamente, ni afecta sólo a una dimensión de nuestra persona, sino que es nuestra confianza depositada en Ti, que nos hace ser, pensar, vivir, relacionamos y comprender la historia y la realidad desde Ti. Por eso, al regalo de la fe en tu Hijo, nosotros te ofrecemos hoy todo lo que somos y tenemos.
PRESENTACIÓN DE LAS LLAGAS DE LA HUMANIDAD
Señor, nosotros estamos celebrando tu triunfo sobre la muerte... Muerte que está presente en nuestro mundo de muchas maneras Como la lista de problemas que hoy te presentamos:
- Al Qaeda siembra de Cadáveres…
- Utilizan niños discapacitados para atentar en Irak. . .
- Detenido un joven con hachís para la venta
- Inmigrantes llegan a las costas de Canarias...
- Prisión para los padres de un bebé muerto...
Hazte presente, Señor, y transfórmalos en vida, y no te olvides de hacemos crecer a nosotros en amor y solidaridad para luchar contra todos esos problemas que causan la muerte a tantas personas, así seremos testigos de tu Resurrección en medio del mundo.
Prefacio...
Te damos gracias, Señor, porque eres bueno;
te alabamos, porque es eterna tu misericordia.
No dejaste a tu Hijo abandonado a la muerte.
Le hiciste renacer
a una vida nueva y mejor,
que la que poseía antes de ser crucificado.
La piedra que los arquitectos desecharon,
es ahora la piedra angular.
Gracias, Padre, porque arrebataste a tu Hijo
del reino de la muerte
y lo estableciste como Señor de todo lo creado.
Aunque nosotros, como Tomás, no estábamos allí,
cuando se apareció el Señor por primera vez,
sin embargo hemos recibido el testimonio de los apóstoles.
No le vimos, pero hemos oído la Buena Nueva
y hemos percibido los signos que la acompañan.
Por eso sentimos la dicha que Jesús prometió
a los que creyeran en él sin verle.
Llenos de alegría y de esperanza
cantamos el himno de los ángeles diciendo:
Santo, Santo, Santo…
Padrenuestro
Padre Santo, nos conmueve el regalo de la fe
y nos sorprende cuando se propaga cuando la vivimos.
Porque deseamos que todos te alaben unimos nuestras voces para decirte: Padre nuestro...
Nos damos la paz
Jesús Resucitado se presenta a los apóstoles con este saludo: “Paz a vosotros”: Este es también nuestro mejor deseo para todos.
Comunión
Cristo resucitado nos reúne en comunidad de fe, se hace comunión con nosotros y nos estrecha en comunión con los demás. Dichosos los invitados a la Mesa del Señor…
Bendición:
Hermanos, el Señor se ha hecho presente hoy en medio de nosotros. Como a los primeros seguidores suyos, nos ha concedido saborear el amor de la comunidad y nos ha dado su gracia y su paz. Salgamos ahora a nuestros ambientes y a nuestras tareas, llevando nuestra experiencia, para que los hombres puedan descubrir que Jesús ha resucitado y merece la pena confesarle como el único Señor. Para ello que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros. R/. Amén
Podéis ir en paz. Aleluya, aleluya.
Demos gracias a Dios. Aleluya, aleluya.








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