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sábado, 19 de diciembre de 2009

Palabra de Misión: Cuarto Domingo de Adviento – Ciclo C – Lc. 1, 39-45



Hoy leemos el famosísimo texto llamado la visitación, donde Lucas nos cuenta un episodio enmarcado dentro del género literario de los relatos de la infancia de Jesús. Se trata del encuentro de María e Isabel, en casa de esta última. Durante siglos, el texto fue la base para dos mensajes clásicos: la solidaridad y la misión, siendo María ejemplo de ambos. La solidaridad porque, estando embarazada, la joven de Nazareth emprende un viaje largo para, supuestamente, ayudar a su prima Isabel que ya lleva unos seis meses de gestación. La misión porque, habiendo recibido la Buena Noticia en su seno, María parte con prisa para compartirla con Isabel. Con estas dos lecturas, si bien se pueden realzar y destacar actitudes básicas del cristianismo, nos estamos perdiendo la riqueza de la construcción literaria de Lucas, que ha usado un trasfondo veterotestamentario para esta escena.

En otro orden de cosas, pero siguiendo la intención de profundizar la escena, debemos decir que, así como está, deja algunas cosas importantes sin explicación, o al menos, sin mencionar. El sitio exacto donde residen Isabel y Zacarías no es mencionado. La tradición lo ha identificado con Am Karam, una localidad a 6 kilómetros de Jerusalén. De una u otra manera se trata de la provincia de Judá, y eso implicaría un desplazamiento gigante de María considerando su estado. En esa época, los viajes no eran seguros. En los caminos desiertos, los asaltantes encontraban presas fáciles en los grupos pequeños que se desplazaban por allí, por eso lo ideal era viajar en caravana. ¿Cómo habría viajado María, entonces? ¿Y José? De él no hay noticias en el relato. Recién en el capítulo 2 cobra un cierto protagonismo (cf. Lc. 2, 4). También resulta extraño que María no se quede para el parto de Isabel siendo que ha realizado un viaje tan largo. Lc. 1, 56-57 da a entender que María se quedó tres meses con su prima y se volvió a su casa antes del parto.

Planteadas estas dificultades, vale indagar cuál es la intención de Lucas para la redacción de este texto, cuál es el mensaje determinante. La perícopa comienza con la expresión en aquellos días, propia del lenguaje del Antiguo Testamento (cf. 2Rey. 10, 32; 2Rey. 15, 37; 2Cron. 32, 24; Is. 38, 1; Dan. 10, 2). Y es que Lucas ha tejido sus dos primeros capítulos con el telón de fondo de las Escrituras judías. Tomando moldes veterotestamentarios relató la infancia de Jesús y de Juan el Bautista. Con ese recurso literario establece continuidad en la historia de la salvación, dentro de una obra que remarca las divisiones temporales de esa misma historia. Justamente, el gran trabajo arquitectónico de este autor consistió en separar la vida del Pueblo de Dios según tres épocas. La primera época es la de la Antigua Alianza, la que culmina con la llegada de Jesús. En su Evangelio, ese período tiene como representantes a Zacarías (sacerdote del templo), a Isabel (estéril al comienzo, como muchas mujeres del Antiguo Testamento) y a Juan el Bautista (el último profeta de la Antigua Alianza y el más grande, según Lc. 7, 26-28). Cuando comienza el ministerio de Jesús se abre una nueva etapa, la del Hijo, la de la Nueva Alianza (cf. Lc. 22, 20), que tendrá su coronación en la ascensión (cf. Lc. 24, 50-51; Hch. 1, 9). Y, finalmente, llega el período del Espíritu Santo con la efusión de Pentecostés narrada en el capítulo 2 de los Hechos de los Apóstoles, libro que también pertenece a Lucas. El tiempo del Espíritu Santo es, por lo tanto, el tiempo de la Iglesia, que perpetúa la utopía de Jesús, el nuevo orden de cosas de la Nueva Alianza. Considerando este esquema básico de Lucas-Hechos, los dos primeros capítulos del Evangelio son una bisagra temporal, y por eso se remarca la ruptura con lo viejo, pero en continuidad. María y Jesús son los íconos del Nuevo Testamento, distintos de Zacarías, Isabel y el Bautista, pero no por eso separados. La Nueva Alianza no viene a destruir la Antigua, sino a plenificarla. Esto explica que, en paralelo, sean narradas las anunciaciones a Zacarías (cf. Lc. 1, 5-25) y a María (cf. Lc. 1, 26-38); y los nacimientos de Juan (cf. Lc. 1, 57-80) y Jesús (cf. Lc. 2, 1-21). La visitación queda, así, en el centro de estos cuatro acontecimientos, como escena que hace las veces de articulación entre una familia de la Antigua Alianza (la familia de Zacarías) y una familia de la Nueva Alianza (la familia de María).

Como dijimos, el telón de fondo hay que buscarlo en el Antiguo Testamento. Así nos encontramos con el relato de 2Sam. 6, 1-12. Allí se narra que David quiere transportar el arca de Dios desde Baalá de Judá hasta Jerusalén, la capital del reinado davídico. Para los israelitas, el arca contenía en su interior las tablas de la Ley dadas a Moisés en el Sinaí y era, en la tierra, la presencia real de Yahvé. David quiere llevarla a Jerusalén porque, evidentemente, teniéndola en su territorio más fuerte, en su casa, se asegura el respeto religioso-político del pueblo. Entre esta historia y la visitación hay puntos de contacto más que suficientes para relacionarlas. David parte de Judá, de la casa de Abinadab que está en la loma (cf. 2Sam. 6, 2-3); Isabel vive en la región montañosa de Judá. Tras la muerte de Uzá por tocar el arca, al reconocer el poder que encierra, David se pregunta: “¿Cómo voy a llevar a mi casa el arca de Yahvé?” (cf. 2Sam. 6, 9b); Isabel se pregunta: “¿De dónde a mí que venga a verme la madre de mi Señor?”. David decide llevar el arca a casa de Obededón, donde permanece tres meses (cf. 2Sam. 6, 11); María estuvo en casa de Isabel también tres meses (cf. Lc. 1, 56). La casa de Obededón quedó bendecida por la visita del arca (cf. 2Sam. 6, 11); Isabel quedó llena del Espíritu Santo (bendecida) por la visita de María y la declaró bendita entre todas las mujeres (cf. Jdt. 13, 18; Juec. 5, 24), que semíticamente es una expresión para designar un superlativo, o sea que la declaró la más bendita de todas las mujeres. Cuando David se entera que la casa de Obededón fue bendecida, decide continuar el camino hacia Jerusalén con el arca y la llevan con gran alborozo (cf. 2Sam. 6, 12), danzando (cf. 2Sam. 6, 13) y con cánticos (cf. 2Sam. 6, 14); apenas se oye el saludo de María en casa de Isabel, el niño Juan salta de gozo en el seno materno. El mensaje teológico se clarifica rotundamente: María es el arca de la Nueva Alianza.

Como ya lo habíamos dejado entrever, la visitación es la pieza articulatoria de Antiguo y Nuevo Testamento que, compartiendo la bisagra histórica, moviéndose casi en paralelo (las dos anunciaciones y los dos nacimientos), se encuentran en las dos madres, que no casualmente son parientes (cf. Lc. 1, 36). La tensión entre continuidad-discontinuidad, entre ruptura-plenificación es una línea delgada que se sostiene en estas dos mujeres. La representante de las matriarcas israelitas estériles favorecidas por la gracia divina para concebir, reconoce en la joven y fecunda representante del Nuevo Israel a la madre del Señor, a la que trae en su seno la salvación. A su vez, la joven fértil, llena del Espíritu Santo (cf. Lc. 1, 35), transmite ese Espíritu a Isabel, compartiéndole las primicias de lo nuevo, de la obra definitiva de Dios. Ya Zacarías había escuchado la promesa de que su hijo quedaría lleno del Espíritu desde el seno de su madre (cf. Lc. 1, 15). La renovación de la Nueva Alianza toma de la mano a la Antigua y la lleva a lugares insospechados. La esterilidad de lo antiguo es convertida en fecundidad por la novedad del Mesías que cumple las promesas de Dios. María es la que ha creído en este cumplimiento, a diferencia de Zacarías, quien dudó y por eso quedó mudo (cf. Lc. 1, 20). Zacarías, sacerdote sin palabra, no puede servir a su pueblo; María, joven que confía en Yahvé, transmite el Espíritu Santo a quienes visita. La Antigua Alianza está muda, sin palabras, en cambio la Nueva canta en boca de María (cf. Lc. 1, 46-55). María tiene palabra porque ha creído en la Palabra. Así podemos entender mejor el pasaje de Lc. 11, 27-28:“Estaba él [Jesús] diciendo estas cosas cuando alzó la voz una mujer de entre la gente y dijo: ¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron! Pero él dijo: Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la guardan”. María es la primera dichosa que guarda la Palabra oída, es la que medita en su corazón los acontecimientos (cf. Lc. 2, 19.51), es el nuevo Israel que le cree a Dios y que confía en su novedad.

En nuestros corazones hay cosas viejas y cosas nuevas, en la sociedad hay cosas viejas y nuevas, en las estructuras eclesiales hay cosas viejas y nuevas. En la tensión de ambos elementos está el riesgo de los extremismos. O aferrarse demasiado a lo antiguo, o querer demolerlo por completo con lo novedoso. En nuestros corazones sería profundizar actitudes por costumbre y repetir sin justificación, o cambiar rotundamente olvidando la historia pasada, los momentos vividos. En la sociedad se suele expresar generacionalmente, cuando los que se ponen ancianos tratan, por todos los medios, de perpetuar su estilo de vida, mientras los jóvenes arrasan con rebeldía cualquier modo de hacer, pensar o sentir que se identifique con los mayores. En las estructuras eclesiales no hay excepción a esta regla; mientras algunos grupos se aferran a tradicionalismos que representarían la esencia cristiana, otros movimientos proponen desbaratar todo lo existente por considerarlo una interpretación errónea y prolongada del Evangelio. Aquí no hay bien y mal enfrentados, no existe un límite preciso que separa entre lo debido y lo indebido. Viejo y nuevo incluyen las categorías de bueno y malo, pero no las agotan en sí mismos. No todo lo viejo es malo ni todo lo nuevo es bueno, y viceversa.

María es el arca de la Nueva Alianza, pero visita a la Antigua personificada en Isabel embarazada de Juan el Bautista. Lucas reconoce y cree en lo novedoso del Evangelio, pero no por eso desprecia los moldes del Antiguo Testamento para narrar la historia de Jesús. Es una tarea de discernimiento que debemos aprender, es una cualidad para la evangelización que nos cuesta equilibrar. ¿Cómo saber hasta dónde la Buena Noticia permite que algunas cosas permanezcan y otras no? ¿Cómo presentar el mensaje insólito de la resurrección para que esa luz ilumine y no ciegue? ¿Cómo tratar la historia del otro, con sus altibajos? ¿Cómo creer en la renovación que causa el Cristo asumiendo la presencia anterior de Dios? Desde la Iglesia primitiva nos lo venimos planteando. Al principio, la discusión fue sobre el judaísmo, sobre la posición de Israel en el plan de la salvación. ¿El pueblo elegido había pasado de moda? Pablo responde en los capítulos 9 al 11 de la Carta a los Romanos. Pero la intención no es detenernos allí, sino reconocer la problemática que acompaña la evangelización.

¿Dónde están las antiguas alianzas de nuestros pueblos? ¿Cuáles son sus antiguos testamentos? Ya demasiado daño ha causado la colonización evangelizadora para que no nos olvidemos de esas preguntas. La historia de los pueblos habla de Yahvé, como germen, de manera oscura, velada, probablemente imperfecta. El Cristo es la plenificación de esa historia, y esa es la perspectiva de la evangelización. Si decimos que el relato de la visitación es el relato de María misionera, que no sea solamente porque recorrió varios kilómetros, sino porque, siendo arca de la Nueva Alianza, quiso comunicar el Espíritu Santo a los modos antiguos de vivir a Dios, quiso que su fecundidad mirara hacia delante transformando la esterilidad de lo pasado.

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WebJCP | Abril 2007