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viernes, 2 de octubre de 2009

Palabra de Misión: Vigésimoseptimo Domingo del Tiempo Ordinario



En toda la sección del camino del Evangelio según Marcos (Mc. 8, 27 – 10, 45), el pasaje que leemos hoy es el único en el que se mencionan a los fariseos. Este grupo relevante en la época de Jesús, relevante también en la primera parte del libro (cf. Mc. 2, 16.18.24; Mc. 3, 6; Mc. 7, 1.3.5), había desaparecido del relato para irrumpir de nuevo aquí, presentando una polémica de los tiempos antiguos que es polémica de los tiempos modernos y polémica de los tiempos post-modernos. Respecto al tema del divorcio se pueden distinguir varios estratos dentro de la perícopa:

- Estrato histórico fariseo: había varias escuelas de interpretación rabínica en el ambiente judío. Estas escuelas tenían como objeto de estudio la Ley y su entramado, a veces con una lectura de hermenéutica descriptiva, y muchas otras veces como hermenéutica legislativa, interpretando aquello que la Palabra no decía explícitamente. Dos de las más importantes y sobresalientes de estas escuelas eran las lideradas por los maestros Schammai e Hillel. El tema del divorcio era, justamente, uno de esos temas que la Ley que no abarcaba por completo y sobre el cual no se había expedido minuciosamente. El versículo clave está en Deut. 24, 1: “Si un hombre toma una mujer y se casa con ella, y resulta que esta mujer no halla gracia a sus ojos, porque descubre en ella algo que le desagrada, le escribirá un acta de divorcio, se la pondrá en su mano y la despedirá de su casa”. La gran pregunta de las escuelas interpretativas era de qué se trataba ese algo que desagrada. La Ley sí había dispuesto limitaciones para el acto del repudio, como por ejemplo, la imposibilidad de divorciarse de una mujer tomada de un pueblo extranjero conquistado (cf. Deut. 21, 10-14), la imposibilidad de acusar a una mujer públicamente por no hallarla virgen sin las pruebas correspondientes (cf. Deut. 22, 13-21) o la imposibilidad de repudiar a una mujer con la que se han tenido relaciones pre-matrimoniales (cf. Deut. 22, 28-29). Pero respecto a la extensión y calidad de ese algo que desagrada no había acuerdo. Para la escuela de Schammai, siempre es ilícito divorciarse, excepto en caso de adulterio, y allí se encontraba ese algo que desagrada. Para la escuela de Hillel, en cambio, las causas de divorcio eran muy variadas y hasta insólitas, inclusive el hecho de dejar quemarse la comida constituía parte integrante de ese algo que desagrada.

- Estrato histórico marquiano: podemos suponer, con fundamentos, que el tema del divorcio era una cuestión candente de la comunidad donde se gesta el Evangelio según Marcos, y de allí la inclusión de esta perícopa en el libro. El único relato paralelo que encontramos se encuentra en Mt. 19, 1-12. Remarcando las diferencias entre ambas versiones, y recordando sus destinatarios principales (judíos convertidos al cristianismo para Mateo y paganos convertidos para Marcos), es posible sostener la suposición del problema del divorcio en las primeras comunidades cristianas. Para ambos autores la escena se construye primero entre fariseos y Jesús, luego entre Jesús y sus discípulos. El relato mateano es un tanto más varonil, si cabe la expresión, con la primera pregunta de los fariseos (cf. Mt. 19, 3) realizada en primera persona, en un diálogo de hombres. Marcos, en cambio, agrega sobre el final (cf. Mc. 10, 11-12) una variante que da a entender que tanto el varón como la mujer pueden repudiar a su cónyuge. La legislación mosaica no contempla el repudio de la mujer al varón, pero sí era posible en la legislación romana. De esta manera, Marcos habla en la cultura de sus oyentes, tomando una discusión de trasfondo rabínico y aplicándola a su comunidad. La referencia a la casa (cf. Mc. 9, 10), donde Jesús comparte a sus discípulos, en intimidad, su posición legal respecto a la situación, no aparece en Mateo. Como ya mencionamos en otras oportunidades, la casa es un ámbito comunitario-eclesial en Marcos, y durante la sección del camino es espacio de enseñanza intensiva para los seguidores del Maestro. Lo que Jesús dice en la intimidad de la casa lo dice a los lectores primeros del libro, y por eso se trata de frases dichas en lo íntimo, en el seno del hogar, para hablar al corazón de aquellos que, actualmente, tienen la duda. El Jesús del año 30 d.C. dice a la comunidad marquiana del año 60 d.C. cuál es su posición respecto al divorcio.

- Estrato sacramental: no podemos hablar de los sacramentos en el sentido actual del término, cometiendo un anacronismo sobre el texto bíblico, pero sí podemos hablar de una actitud sacramental en las respuestas que Jesús da a los fariseos. Mientras ellos presentan la legislación mosaica como palabra primordial, el Maestro se remonta a la Creación, a los orígenes. Para el pensamiento judío, en cierto sentido, el éxodo y la alianza del Sinaí son los hechos fundantes de su historia, y por extensión, los hechos que sirven como matriz para todo lo demás. Entonces, en la jerarquía ética israelita, lo primero es lo dicho por Moisés, luego lo demás, que debería estar en concordancia con aquello. Jesús les hace una observación interesante (cf. Mc. 10, 5): Moisés ha hecho una concesión por el corazón duro de Israel, o sea, ha modificado algo que existía de una determinada manera, introduciendo un permiso. Por lo tanto, la ley mosaica sobre el divorcio no es otra cosa que un agregado a otra ley mayor. Esta observación de Jesús es mucho más que un vericueto legal; se trata de poner en tela de juicio la primacía de la ley dada por Moisés, subordinándola a otra más grande y anterior. Inmediatamente se nos dan las explicaciones pertinentes. Desde los comienzos, Dios nos ha creado varón y mujer (cf. Gen. 1, 27), y cuando el hombre deja su familia para unirse a la otra creatura, se hacen una sola carne (cf. Gen. 2, 24). Siendo una sola carne, la desunión parece imposible, y si Dios lo ha dispuesto así desde la Creación, desde el origen de los orígenes, entonces cualquier legislación sobre ese hecho no puede ser más que una concesión, una norma limitada que no es el ideal primigenio. Jesús no niega la utilidad de la ley mosaica y su aplicación como necesidad concreta, pero recuerda que esa ley no es otra cosa que un borrador demasiado imperfecto del proyecto divino. En nuestro génesis está la verdad, no en las normativas que vienen del ser humano. El ideal concreto y realizable de la pareja primordial, ese sacramento del amor de Dios, es la base para cualquier relación amorosa. Cuando los fariseos realizan la pregunta a Jesús se nos hace notar que están tratando de probarlo (cf. Mc. 10, 2), pero su prueba era bastante limitada, puesto que aguardaban una posición rigorista o laxista, un apego a algún determinado tipo de hermenéutica legalista. Jesús, girando por completo la situación, supera la concesión de Moisés y sacramentaliza el amor conyugal, recordando que no es un mero contrato disoluble con un acta; en el amor conyugal se transparenta el amor del Padre, y por esa sacramentalidad, el amor conyugal es sagrado; atentar contra él es atentar contra el proyecto salvífico de Dios.

- Estrato literario: en el esquema del Evangelio según Marcos, la perícopa sobre el divorcio se encuentra, como ya hicimos notar, en la sección del camino (Mc. 8, 27 – 10, 45). Recordemos que esta sección del libro es fuertemente simbólica porque el camino es figura del seguimiento y figura del estilo de vida elegido, en este caso, por Jesús, quien elige caminar hasta Jerusalén. En un texto donde el discipulado constituye uno de los ejes primordiales, todo lo que sucede en el camino se refiere, íntimamente, a la escuela discipular. Durante el camino, reciben los seguidores del Maestro las claves para interpretar su opción por Cristo. Este camino tiene, en Marcos, tres partes signadas por los tres anuncios de la pasión (cf. Mc. 8, 31; Mc. 9, 31; Mc. 10, 33-34). Lo que leemos hoy se halla dentro de la segunda parte de la sección del camino, iniciada por el segundo anuncio de la pasión, que leímos en el Vigésimoquinto Domingo del Tiempo Ordinario. Esta segunda parte tiene unas características particulares que pueden resumirse en la referencia casi constante al comportamiento y al tópico de la humildad, comenzando por la discusión entre los Doce sobre quién es el mayor y la enseñanza sobre ser últimos para ser primeros (Mc. 9, 33-37), luego la escena de Juan que acusa a Jesús la existencia de un exorcista que no va con ellos (Mc. 9, 38-40), las frases sobre la mano, el pie, el ojo y la Gehenna (Mc. 9, 41-50), la discusión sobre el divorcio con los fariseos (Mc. 10, 1-12), los niños que aparecen como modelo para el discipulado (Mc. 10, 13-16), el episodio del rico que se va triste tras el llamado vocacional porque tenía muchos bienes (Mc. 10, 17-22) y el diálogo entre los discípulos y Jesús sobre las riquezas (Mc. 10, 23-31). Otra marca literaria es el ámbito de la casa, que durante todo el Evangelio es el espacio de la comunidad jesuánica, en contrapunto a la sinagoga y el templo. Durante la sección del camino la casa aparece tres veces (Mc. 9, 28.33; Mc. 10, 10), y siempre comienza con una pregunta que pone sobre la mesa la cuestión sobre la que versará la enseñanza. Dentro de la casa, el Maestro hace escuela, y de esta forma, casa y camino son espacios de aprendizaje para la vida discipular.

La misión, quizás hoy como hace mucho tiempo no venía sucediendo, se encuentra con muchas de las llamadas situaciones irregulares. En las zonas rurales más alejadas es muy factible hallar parejas formadas por parientes de primer grado; en las zonas rurales no tan marginales, el sacramento del matrimonio parece ser algo inalcanzable a causa de las dificultades que se derivan de la poca atención pastoral; en los poblados y pueblos los párrocos se quejan de la falta de uniones conyugales; y, finalmente, las ciudades muestran un mosaico imposible de describir en su totalidad, con madres solteras, padres solteros, uniones de hecho, parejas homosexuales, matrimonios clásicos, divorciados, separados, parejas de nueva unión, etc. Este mosaico al que nos referimos es una pregunta de la sociedad a la Iglesia, y una pregunta de la Iglesia a Dios. Los fariseos se acercaron a Jesús inquiriendo sobre lo lícito o ilícito del repudio; hoy podemos preguntar otras licitudes: ¿es válida la unión homosexual? ¿puede un divorciado contraer una nueva unión? ¿se le permite el concubinato a personas que no tienen acceso real al sacramento del matrimonio? ¿los separados en nueva unión que llevan mucho tiempo de monogamia demostrando verdadera vivencia de los valores del Reino, podrían comulgar? Son preguntas que deben dialogarse en la casa, en el seno de la comunidad, y no buscar soluciones fuera de ella o imponerlas desde arriba. Si de veras asumimos el modelo de la casa como modelo de Iglesia, entonces debiéramos ampliar nuestros ámbitos hogareños para escuchar todas las voces y discernir comunitariamente. ¿Cuántas situaciones irregulares pueden dejar de denominarse así? ¿Acaso no lastima el rótulo de irregularidad puesto sobre determinados seres humanos? ¿Quién determina qué es lo regular y qué no lo es?

Establecer un diálogo dentro de la casa es el primer paso para dialogar hacia fuera, para que la misión no sea un recorrido por el mundo catalogando y separando entre lícitos e ilícitos, entre quienes pueden comulgar y quienes no pueden hacerlo. ¿Cómo invitar a una pareja de divorciados en nueva unión para que se acerque a la comunidad cristiana? ¿Qué sentirá cuando, en medio de su participación ya activa en la pastoral, note que ciertas cosas le están vedadas? ¿Es propio del Reino que alguien llegue a sentirse irregular? Aunque la evangelización sea vista como una acción puramente centrífuga, en este caso particular demuestra que necesita basarse en una acción centrípeta, en un discernimiento intra-comunitario sobre la Iglesia que somos y la Iglesia que queremos. En el mundo plural que nos toca, en la cultura post-moderna que nos rodea, no es posible hablar del Reino de la inclusión si excluimos. La coherencia entre el Evangelio y la vida eclesial es lo que sostiene a los misioneros en su presentación frente a las personas; porque quien permanece encerrado en el templo o en la casa parroquial, al resguardo de los posibles contactos humanos, no es precisamente el que ve la necesidad de una Iglesia dialogante; el misionero, día a día predicando el Reino de Dios, sí se siente impelido a dar respuestas a los interrogantes de aquellos que, con sinceridad de corazón, buscan al Dios Padre que acoge.

Quizás, por lo pronto, y mientras se genera el discernimiento comunitario, convenga focalizarse en la mirada sacramental que Jesús ha dado a la problemática. El ideal de la Creación, el querer de Dios, el sacramento que es transparencia del amor divino, resultan perspectivas mucho más convincentes que la condena, la segregación y el oprobio público. Los fariseos querían saber la licitud del repudio antes de plantearse la naturaleza del hecho. Los fariseos pensaban en clave humana y pesimista; Jesús muestra el pensamiento del Padre, optimista, liberador, procreador, esperanzador. Evangelizar desde lo sacramental no es aumentar el número de bautizados registrados en las actas o incrementar el porcentaje anual de matrimonios; evangelizar desde lo sacramental es darle a cada minuto de cada vida de cada hombre y mujer, un sentido trascendente.

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WebJCP | Abril 2007