No vamos a cuestionar la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad, ni le vamos a corregir la plana a Jesús. Se podrán discutir muchas cosas, pero no es este el problema. Más bien la pregunta va en otra dirección: ¿Cuál debe ser la actitud del cristiano para con los que sufren el divorcio y han vuelto a unir sus vidas en un nuevo matrimonio?La inestabilidad del matrimonio es algo que está a la vista de todos. Lo que antes podía ser como un escándalo, hoy se ha convertido en algo tan de diario que hasta nos parece normal. ¿Quién no tiene un amigo, un familiar, un compañero de oficina o un vecino que no esté viviendo en estas condiciones?
Evidentemente hemos de ver cómo solucionar o mejorar la situación y lograr una mayor estabilidad matrimonial, tanto por la salud de los esposos como la de los hijos y de la misma sociedad.
Ante una realidad, tampoco podemos cruzarnos de brazos pensando que eso no va conmigo. El sufrimiento de los demás tiene que ver mucho conmigo. No podemos ser indiferentes ante el que sufre. Por eso, la actitud del creyente, no ha de ser la de darles razón o disimular las exigencias del Evangelio y de la Iglesia, pero sí la actitud de comprensión. Comprender no es justificar la conducta de nadie, pero es saber entenderla y hacernos solidarios con ellos.
En primer lugar, no hemos de hacernos los jueces que condenan a nadie. A nosotros no nos toca condenar, como tampoco Dios “envió al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”. Lo más fácil resulta siempre la condena, es todavía lo más barato que tenemos.
En segundo lugar, a estos hermanos tenemos que ofrecerles nuestra caridad. La caridad no está en contra de la verdad. Ellos necesitan sentirse amados por la comunidad a la que siguen perteneciendo. Jesús nos dice que “no ha venido para los sanos sino para los enfermos”. En casa, suele ser el enfermo el que más cuidado necesita. Por tanto, en vez de dejarlos abandonados en su soledad, sintiendo la marginación de los llamados “buenos”, que sientan que para nosotros siguen siendo nuestros hermanos y que los seguimos amando como antes o tal vez, mucho más, porque son ellos los que más necesitan de nuestra comprensión. Estos hermanos necesitan ser acogidos y experimentar que no les hacemos el vacío sino que los seguimos valorando, queriendo y amando, que seguimos siendo sus amigos y que pueden seguir contando con nosotros. Necesitan el testimonio cristiano del amor, que es también una manera de que puedan seguir abriéndose a la llamada de Dios.
LOS DIVORCIADOS SIGUEN SIENDO IGLESIA
La experiencia pastoral me dice que, muchos de los que han fracasado en su matrimonio y viven ahora “situaciones irregulares”, tienen la impresión de estar excomulgados de la Iglesia. Y esto no es cierto.
Ellos han fracasado en su matrimonio, pero no han renunciado a su bautismo. Por tanto, siguen siendo cristianos como el resto de la comunidad. También ellos pueden decir “somos Iglesia”, porque siguen siendo hijos de ella, siguen siendo miembros de la comunidad eclesial. De lo contrario, la Iglesia tendría que echar fuera a todos los pecadores. Eso no es verdad, ni sería evangélico.
Jesús sabía “desde el principio quién le iba a entregar”. Sin embargo, no lo excluyó del grupo y le siguió brindando sus enseñanzas y preocupaciones como al resto de discípulos, incluso lo admitió a la Ultima Cena y compartió con él también la primera Eucaristía y la primera Comunión de la historia.
Una cosa es que su conciencia les haga sentir el dolor de su fracaso y otra cosa es que ellos sientan que ya no pertenecen a la Iglesia. Creo que debemos despertar en estas parejas irregulares su conciencia de que siguen siendo bautizados, por tanto miembros del Pueblo de Dios y miembros de la Iglesia. También ellos son Iglesia.
De lo contrario, si ellos se sienten marginados, excluidos y fuera de la Iglesia, ¿cómo podremos llegar a ellos, tenderles nuestra mano y ayudarles a abrirse al amor de Dios que también a ellos se les ama, a pesar de todo?
La acción pastoral no ha de ser para alejarlos más, sino para acercarlos y que también ellos vayan haciendo el proceso de conversión a la que está llamada también toda la Iglesia. Es preciso abrirles a la serenidad, a la conciencia de su bautismo y a la conciencia de ser miembros de la Iglesia. También ellos son el rostro de la Iglesia. Tal vez un rostro con arrugas, pero son su rostro humano.
LOS PASTORES Y LOS DIVORCIADOS VUELTOS A CASAR
Prefiero, para que nadie se sienta escandalizado, citar textualmente la Exhortación “Familiaris Consortio” de Juan Pablo II, que escribe:
“Los pastores, por amor a la verdad, están obligados a discernir bien las situaciones. En efecto, hay diferencia entre los que sinceramente se han esforzado por salvar el primer matrimonio y han sido abandonados del todo injustamente, y los que por culpa grave han destruido un matrimonio canónicamente válido. Finalmente, están los que han contraído una segunda unión en vista a la educación de los hijos, y a veces están subjetivamente seguros en conciencia de que el precedente matrimonio, irreparablemente destruido, no ha sido nunca válido”
“En unión con el Sínodo exhorto vivamente a los pastores y a toda la comunidad de los fieles para que ayuden a los divorciados, procurando con solícita caridad que no se consideren separados de la Iglesia, pudiendo y aun debiendo, en cuanto bautizados, participar en su vida. Se les exhorte a escuchar la Palabra de Dios, a frecuentar el sacrificio de la Misa, a perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad y las iniciativas de la comunidad a favor de la justicia, a educar a los hijos en la fe cristiana, a cultivar el espíritu y las obras de penitencia para implorar de este modo, día a día, la gracia de Dios. La Iglesia rece por ellos, los anime, se presente como madre misericordiosa y así los sostenga en la fe y en la esperanza.” (FC n.84)
Como puede verse, los Pastores no pueden olvidarse de estas parejas. Tienen el deber, en fidelidad a la verdad, de discernir las distintas situaciones, actuar con “solícita caridad”. Que la “comunidad rece por ellos, los anime, exprese la misericordia maternal de la Iglesia, los sostenga en la fe y en la esperanza”. Hacerles sentir que es más lo que pueden hacer en la Iglesia que lo que no pueden hacer. Todo esto lo dice Juan Pablo II, en su Exhortación después del Sínodo de Obispos sobre la familia en 1980.
LA “DECLARACIÓN DE LA NULIDAD”
No. No se trata de que la Iglesia haga nulos algunos matrimonios, se trata que puede declarar que “fueron nulos”. Lo que un día fue válido no se puede declarar ahora inválido. Es una salida para muchas parejas que como decía Juan Pablo II en el texto antes citado, “tienen serias dudas de la validez de su primer matrimonio”. Pues bien, ahora, el Papa Benedicto XVI en Exhortación “Sacramento de la Caridad”, como fruto del Sínodo Episcopal sobre la Eucaristía, escribe:
“Donde existen dudas legítimas sobre la validez del matrimonio sacramental contraído, se debe hacer lo que sea necesario para averiguar su fundamento. Es preciso también asegurar, con pleno respeto al derecho canónico, que haya tribunales eclesiásticos en el territorio, su carácter pastoral, así como su correcta y pronta actuación. En cada Diócesis ha de haber un número suficiente de personas preparadas para el adecuado funcionamiento de los tribunales eclesiásticos."
“Recuerdo que “es obligación grave hacer que la actividad institucional de la Iglesia en los tribunales sea cada vez más cercana a los fieles”.”Sin embargo, se ha de evitar que la preocupación pastoral sea interpretada como una contraposición con el derecho. Más bien debe partir del presupuesto de que el amor por la verdad es el punto de encuentro fundamental entre el derecho y la pastoral: en efecto, la verdad nunca es abstracta, sino que se “integra en el itinerario humano y cristiano de cada fiel”. (SC. n. 29)
En Lima, el Tribunal Eclesiástico está en el Palacio Arzobispal. Este servicio pastoral no es un privilegio para algunos, es un derecho para todos. Por eso dice el Papa que donde hay “dudas legítimas” “se debe hacer todo lo necesario para averiguar su fundamento”.
PUEDES SER RÍO
1.
Puedes ser río. Pero necesitas sentir que tu vida está unida a un manantial lejano, tal vez perdido entre las rocas de una montaña. Pues ese pequeño manantial es tu fuente de vida. ¿Será Dios el manantial que se hace río en tu vida? ¿Será Dios el manantial que hace río tu vida?
2.
Puedes ser río. Pero el río corre abierto a otros riachuelos que lo van engrosando. Tu vida no es un caminar en solitario, por donde vayas cada hombre que se te cruza en el camino es un pequeño afluente que si sabes aprovecharlo bien te enriquece, te hace cada vez más grande. Los demás se hacen ríos en el río e tu vida.
3.
Puedes ser río. Pero el río camina siempre con su vientre abierto a todas las aguas que quieran unírsele. Tú serás río en la medida en que no vivas encerrado en ti mismo, sino abierto a todos. Comienza por vivir abierto hoy a esa agua que te aportan los tuyos en casa. Piensas que es poca cosa. Sin embargo, terminarán haciéndote más grande a ti.
4.
Puedes ser río. Pero el río no es egoísta, se deja embalsar para regar los campos. Déjate remansar también tú y tu vida podrá regar otras vidas. Tu vida podrá ser vida para muchas otras que esperan tu agua, tu corriente fresca y limpia.
5.
Puedes ser río. Pero el río al pasar, deja vida por donde pasa, a sus orillas crece la naturaleza, la vegetación. Tú, al pasar por la vida, ¿estás dejando vida? ¿Crece la vida por donde tú pasas? ¿Crecen las vidas al paso de la tuya? ¿Vas dejando vida con mayor vida?
6.
Puedes ser río. Pero el río tiene vida dentro: peces, truchas. ¿Eres río que dentro llevas vida? ¿Tu vida es rica interiormente? ¿O te pareces más bien al Mar Muerto donde no hay señal alguna de vida? La vida del río se alimenta del mismo río. ¿Tienes dentro de ti suficiente vida para alimentar tu vida de cada día?
7.
Puedes ser río. Pero hay ríos hondos y hay ríos con muy poca hondura. Hay vidas con una vitalidad muy honda y hay vidas que son puro cristal de superficialidad. ¿Cuánta es la hondura que tiene tu vida? ¿Quieres responderte? Averigua cuánta vida puedes cargar encima de ti sin hundirte tú mismo.







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