Tal vez nunca he podido percibir un robustecimiento tan fuerte de la religiosidad en Chile, y conjuntamente con ello de la afirmación de la dignidad humana, como en los años de la dictadura militar cuando junto al dolor extremo de miles de chilenos se alzó potente la voz de la Iglesia Católica y especialmente la del Cardenal Raúl Silva Henríquez. Era cierto: “Dios es amor”. Y también era cierto que la violencia, toda violencia, sólo produce dolor en la vida de los pueblos.No he podido dejar de recordar esos tiempos, y esa vivencia, cuando hemos visto en estos días la lucha que ha estado dando el Obispo de Rancagua y Presidente de la Conferencia Episcopal Monseñor Alejandro Goic para hacer conciencia de la extrema gravedad moral que implica la subsistencia entre nosotros de importantes focos de extrema pobreza y, conjuntamente con ello, de aberrantes injusticias que afectan a miles de trabajadores que carecen de adecuadas organizaciones para defenderse.
Aunque en forma y grados diferentes pensamos que algo une a ambas luchas (la de las décadas del 70 y 80 y la de hoy): la necesaria afirmación de la dignidad humana ya sea frente a actos positivos de maldad (como cuando se asesina, tortura o hace desaparecer personas) ya sea frente a la avaricia, el egoísmo, la falta de sensibilidad o el afán desmedido de lucro que permiten la subsistencia de realidades sociales que condenan a multitudes de seres humanos al hambre, la miseria, o a la insatisfacción de sus necesidades básicas.
En este último aspecto Monseñor Alejandro Goic –que ya había dado un impresionante testimonio de coraje durante la dictadura –nos ha impresionado hondamente cuando en los últimos tiempos ha colocado en el primer plano del debate nacional una preocupante realidad social: las remuneraciones de cientos de miles de trabajadores que dado su monto precario son absolutamente insuficientes para sustentar dignamente a una familia.
En este aspecto es efectivo que economistas y técnicos vienen insistiendo y denunciando desde hace ya tiempo, que el 20% más pudiente de la población disfruta de más de un 56% de las entradas brutas del país mientras el 20% más pobre sólo pueden acceder a menos del 4%. Sin embargo, el mérito de Monseñor Goic es que esta situación la ha planteado y denunciado insistentemente como una realidad moralmente inaceptable, como un escándalo frente al cual nadie puede permanecer indiferente o pasivo.
En este aspecto los conceptos emitidos por Monseñor Goic, sea como Obispo de Rancagua o como Presidente de la Conferencia Episcopal, han sido categóricos: “porque vivo en un país mayoritariamente cristiano (cerca del 90%) el mensaje de Cristo es claro: aquella miseria que condena a los pobres al hambre, a la enfermedad, a la soledad, al llanto, no tiene su origen en Dios, al contrario es un escándalo para EL”. Agregando que todo el mundo debe saber que “las personas que sufren esta injusticia son los hijos predilectos de Dios. Nunca se construirá la vida como la quiere Dios sino liberando a estos hombres y mujeres de la miseria”.
Frente a esta realidad Monseñor Goic ha sostenido, además, que “existe una conducta que es fundamental si queremos alcanzar una mayor justicia social: ponernos en el lugar de los más pobres”. Por lo mismo ha hablado la necesidad de un “sueldo ético”. Y citando textos de la doctrina de la Iglesia ha afirmado perentoriamente que “es preciso elegir entre la lógica del lucro como criterio último de nuestra actividad o la lógica del compartir y de la solidaridad”. Todo ello dentro de un mundo en que tiende a predominar la idolatría de la avaricia. “Una idolatría que se opone al Díos verdadero y que falsifica la imagen de Dios a través del dios dinero”. Es una idolatría que está íntimamente relacionada con la crisis económica que hoy vive el mundo y, desde luego, nuestro país.
Resulta profundamente alentador que Monseñor Goic haya planteado el escándalo hoy existente de las enormes diferencias económicas y sociales entre nosotros en el plano de la moral, de los valores éticos. Frente a exigencias de este tipo no caben los conformismos o pragmatismos. No es conducta cristiana vivir en Chile, por algunos, con estándares de vida aún superiores a los de los países más ricos del mundo. Tampoco es aceptable tratándose del sector político la pasividad o la falta de sensibilidad, eficiencia o coraje frente a un problema que compromete la vida con dignidad de millones de seres humanos compatriotas nuestros. Y también la tranquilidad y la paz social.
Si, así como ayer Monseñor Silva Henríquez al condenar las violaciones a los derechos humanos defendió el “alma de Chile”, también hoy Monseñor Goic al hablar de un “sueldo ético” está defendiendo a hombres, mujeres o niños y, también, las posibilidades concretas de que prevalezca la paz. Los cristianos debemos dar gracias por ello y acoger su llamado con generosidad, estudio serio de los problemas y desprendimiento.
Separata de “Reflexión y Liberación” por los 30 años de Episcopado de monseñor Alejandro Goic M.
Santiago, Junio de 2009







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