Publicado por Parroquia San Vicente
Jeremías predica en la destruida Jerusalén, en tiempo de la deportación a Babilonia, hasta que es llevado a Egipto. Anuncia: “la catástrofe no se debe al ataque de los enemigos, instrumentos de las sanciones divinas. Los principales responsables son los líderes del pueblo.” El buen pastor tiene la función determinada de conducir, vigilar y proteger. Pero los falsos pastores han dispersado al rebaño. Sin embargo, la dispersión del destierro no marca el fin de la historia del pueblo de Israel: “Dios volverá a reunir a los dispersos.” Se nos adelanta conceptos sobre el verdadero pastor que Jesús mismo, nos completará después en la parábola: «Pero tengo otras ovejas que no están en este redil; también a éstas tengo que atraerlas, para que escuchen mi voz. Entonces se formará un rebaño único, bajo la guía de un solo pastor.» (Juan 10,16)
El buen pastor anunciado por Jeremías llega en la persona de Jesús de Nazaret. Jesús es un predicador ambulante que no se deja llevar por la improvisación. Su actividad tiene un orden y sigue un programa previsto. Primero envía por delante mensajeros, de dos en dos para mayor eficacia, a los lugares a donde piensa ir Él. Consciente de las limitaciones humanas se preocupa de dar descanso a los suyos. En esa intimidad les explica los misterios del reino.
El buen pastor es al mismo tiempo un buen humanista. Jesús sabe que el hombre no es una máquina sino un ser de carne y hueso, sometido al cansancio y necesitado de reposo. El trabajo tiene un sentido y el descanso también y sin olvidar que puede haber en el prójimo necesidades apremiantes que obliguen a limitar el descanso de quien ha hecho de su vida un servicio a los demás, atiende a todos. Son las reglas del juego de la vida: trabajo y descanso, oración y actividad. El agotador trabajo misionero recibe la recompensa del éxito en los trabajos.
El tiempo de descanso dado por Jesús a los discípulos sirve para la reflexión en contacto sedante con la naturaleza. Jesús y los suyos hacen revisión de vida después de unas jornadas densas de trabajo. Cuentan lo que han hecho y visto. Sobre estos datos de experiencia viene la reflexión de Jesús. Sus palabras son siempre norma de conducta y sus enseñanzas ofrecen siempre pistas de orientación. No se trata de programar las vacaciones, pero sí de ver cómo pueden ser las vacaciones un tiempo de plenitud y enriquecimiento, según el espíritu del Evangelio. La necesidad de vacaciones más que la necesidad de descanso, es una afirmación de la existencia de los valores del espíritu, que deben ser atendidos y desarrollados: «no sólo se vive de pan»
El ambiente de vacaciones nos sitúa por este tiempo en una atmósfera especial. El que más y el que menos ha pensado en el descanso anual de unos días libres, lejos del ambiente ordinario en que trabaja y vive. Estos días son laboralmente un derecho y psicológicamente una necesidad. Se ha comparado este tiempo con los minutos de pausa que piden los entrenadores, por ejemplo, en el juego del baloncesto. Es un “tiempo” estratégicamente escogido para la reflexión entre jugadores y entrenador, que puede ser decisivo para el resultado final.
¿Para qué usamos y de qué tratamos los días de vacaciones? Unos buscan el sol y las playas para superar el estrés producido por el ritmo de la vida moderna y recuperar el equilibrio psíquico. Otros prefieren la soledad de las montañas o la intimidad bucólica de los pueblos. Crece de año en año el fenómeno del turismo exterior en busca de nuevas gentes, diferentes costumbres, idiomas y culturas. El turismo es un fenómeno que caracteriza la sociedad moderna y pertenece a lo que el papa Juan XXIII llamó “fenómeno de las migraciones, con el enriquecimiento consiguiente al contacto con otras costumbres y personas” El contacto directo con otras gentes y lugares derriba automáticamente muchas barreras existentes. La verdad habla directamente por sí misma. Un español que viaja por el extranjero se encuentra fácilmente con gentes que han pasado alguna vez sus vacaciones en nuestras costas y que saludan entusiasmados evocando el recuerdo de unas fechas felices. Eso mismo ocurre en España cuando hablamos con nuestros visitantes.
Pablo añade en su carta: «Cristo es nuestra paz porque con su muerte ha derribado el muro que nos separaba: el odio.» Jesús, profeta de la paz y de la convivencia en paz es el gran reconciliador, el que derribó las barreras que separaban a los hombres. Su amor nos abrió las puertas de acceso a Dios Padre y puso el amor como distintivo de los suyos. Los creyentes deseamos vivir el espíritu del Evangelio y sabemos que toda persona tiene dignidad y merece respeto, que todos los hombres son hijos de Dios y redimidos por Cristo, que todos somos miembros de una gran familia. Jesús y los suyos no conocían la palabra “estrés”, perteneciente al lenguaje internacional de hoy, como expresión de una preocupante realidad. El Evangelio habla del ir y venir de la gente de tal manera que no le dejaban tiempo ni para comer. El que aprovechando sus vacaciones supera viejos prejuicios, ha disfrutado de un descanso fecundo.
El buen pastor anunciado por Jeremías llega en la persona de Jesús de Nazaret. Jesús es un predicador ambulante que no se deja llevar por la improvisación. Su actividad tiene un orden y sigue un programa previsto. Primero envía por delante mensajeros, de dos en dos para mayor eficacia, a los lugares a donde piensa ir Él. Consciente de las limitaciones humanas se preocupa de dar descanso a los suyos. En esa intimidad les explica los misterios del reino.
El buen pastor es al mismo tiempo un buen humanista. Jesús sabe que el hombre no es una máquina sino un ser de carne y hueso, sometido al cansancio y necesitado de reposo. El trabajo tiene un sentido y el descanso también y sin olvidar que puede haber en el prójimo necesidades apremiantes que obliguen a limitar el descanso de quien ha hecho de su vida un servicio a los demás, atiende a todos. Son las reglas del juego de la vida: trabajo y descanso, oración y actividad. El agotador trabajo misionero recibe la recompensa del éxito en los trabajos.
El tiempo de descanso dado por Jesús a los discípulos sirve para la reflexión en contacto sedante con la naturaleza. Jesús y los suyos hacen revisión de vida después de unas jornadas densas de trabajo. Cuentan lo que han hecho y visto. Sobre estos datos de experiencia viene la reflexión de Jesús. Sus palabras son siempre norma de conducta y sus enseñanzas ofrecen siempre pistas de orientación. No se trata de programar las vacaciones, pero sí de ver cómo pueden ser las vacaciones un tiempo de plenitud y enriquecimiento, según el espíritu del Evangelio. La necesidad de vacaciones más que la necesidad de descanso, es una afirmación de la existencia de los valores del espíritu, que deben ser atendidos y desarrollados: «no sólo se vive de pan»
El ambiente de vacaciones nos sitúa por este tiempo en una atmósfera especial. El que más y el que menos ha pensado en el descanso anual de unos días libres, lejos del ambiente ordinario en que trabaja y vive. Estos días son laboralmente un derecho y psicológicamente una necesidad. Se ha comparado este tiempo con los minutos de pausa que piden los entrenadores, por ejemplo, en el juego del baloncesto. Es un “tiempo” estratégicamente escogido para la reflexión entre jugadores y entrenador, que puede ser decisivo para el resultado final.
¿Para qué usamos y de qué tratamos los días de vacaciones? Unos buscan el sol y las playas para superar el estrés producido por el ritmo de la vida moderna y recuperar el equilibrio psíquico. Otros prefieren la soledad de las montañas o la intimidad bucólica de los pueblos. Crece de año en año el fenómeno del turismo exterior en busca de nuevas gentes, diferentes costumbres, idiomas y culturas. El turismo es un fenómeno que caracteriza la sociedad moderna y pertenece a lo que el papa Juan XXIII llamó “fenómeno de las migraciones, con el enriquecimiento consiguiente al contacto con otras costumbres y personas” El contacto directo con otras gentes y lugares derriba automáticamente muchas barreras existentes. La verdad habla directamente por sí misma. Un español que viaja por el extranjero se encuentra fácilmente con gentes que han pasado alguna vez sus vacaciones en nuestras costas y que saludan entusiasmados evocando el recuerdo de unas fechas felices. Eso mismo ocurre en España cuando hablamos con nuestros visitantes.
Pablo añade en su carta: «Cristo es nuestra paz porque con su muerte ha derribado el muro que nos separaba: el odio.» Jesús, profeta de la paz y de la convivencia en paz es el gran reconciliador, el que derribó las barreras que separaban a los hombres. Su amor nos abrió las puertas de acceso a Dios Padre y puso el amor como distintivo de los suyos. Los creyentes deseamos vivir el espíritu del Evangelio y sabemos que toda persona tiene dignidad y merece respeto, que todos los hombres son hijos de Dios y redimidos por Cristo, que todos somos miembros de una gran familia. Jesús y los suyos no conocían la palabra “estrés”, perteneciente al lenguaje internacional de hoy, como expresión de una preocupante realidad. El Evangelio habla del ir y venir de la gente de tal manera que no le dejaban tiempo ni para comer. El que aprovechando sus vacaciones supera viejos prejuicios, ha disfrutado de un descanso fecundo.








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