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lunes, 6 de julio de 2009

Son hijos y hermanos... Sin embargo, me gusta llamarles “padre”

Publicado por Entra y Verás

El Año Sacerdotal está recién inaugurado. La autora transcribe su experiencia de cariño y cercanía a los sacerdotes a quienes prefiere llamar "padres".

Ahora que comienza el Año Sacerdotal, quiero compartir con ustedes, una nueva escritura dedicada a quienes son un tesoro en nuestra Iglesia.
Me gusta llamarles “padre”. Sea joven o viejo, presbítero, obispo o cardenal, para ti, para mí y para todos en la Iglesia, ellos son padres. Será quizás la añoranza de Dios, será el deseo de verle ya, aquí mismo, entre nosotros; será la orfandad que sentimos en un mundo que se aleja y nos arrastra, será que en ellos buscamos el sentido y la razón…

Me gusta llamarles “padre”; para saberme hija, para ser niña, para reconocer en voz alta que necesito de su consejo y guía, de la Palabra que dicen y del Pan que nos dan. “Padre”… Cada vez que digo “padre”, quisiera que escucharan mi corazón asustado, hambriento y necesitado de Dios.

No es que yo quiera hacer a los presbíteros responsables de mi vida, pero es que soy hija, y cada vez que les llamo “padre”, les pido en nombre mío y de los demás el auxilio de Dios, aunque no se lo diga, y aunque parezca que todo va bien en mi vida interior.

“Padre”, en nombre de Jesús te pido que me exhortes, que me interpeles, que me confrontes, que me aconsejes, que me corrijas, que me confortes; que en nombre de Jesús, con su Palabra, me consueles.

Cada vez que me veas llegar, cada vez que te salude y te diga “padre”, sábete que en mí tienes una hija que te ha de seguir y cuidar. Basta que yo escuche a Jesús en tus palabras, que yo le mire en tu servicio, que yo le bese en tu mano, para que viva la experiencia de ser madre y hermana de nuestro Señor.

“Padre”, qué cosa tan linda el privilegio que tienes al ser “padre”. Qué Dios tan generoso: eligió a una mujer para encarnar en ella, y la Madre le alimentó para que fuese él nuestro Alimento, sólo faltabas tú. ¿Quién, si no tú, convocado desde el cielo, me iba a dar el Pan eterno? Jesús te eligió y yo contigo celebro.

El Padre bueno te creó para Cristo y Cristo te pidió, precisamente a ti, que nos dieras a todos el más Caro Alimento: al mismo Dios en ese pedacito de trigo y agua, que sólo en ti está la gracia de consagrar. Y Aquel que en tus manos se ofrece enterito por mis pecados, es el mismo que se hace Pan para buscar en mi corazón el cielo.
“Padre”, tú me das a Jesús y es imposible no decirte que te quiero. Si eres anciano, te quiero, y si eres joven, también te quiero. Pero ¿sabes, “padre”? eres parte de mi vida toda…

Desde niña, supe que al mirarte, sería más fácil para mí conocer a Jesús. Me basta ver la alegría con la que predicas en la Misa, la ternura con la que saludas a niños y ancianos, el cariño que sientes por las familias, la compasión por las mujeres solas, la amistad con los muchachos, el dolor con los enfermos, la audacia con los albañiles que reparan el templo, la severidad con la que pones límites, el celo que sientes por la verdad, la justicia y la paz, la austeridad con la que vistes, la sencillez de tu trato, la firmeza con la que corriges, la pureza de tu mirada, la frescura de tu sonrisa, para saber que mi Amado Jesús plenifica tu existencia.

“Padre”, a quien tú y yo amamos es al mismo Jesús. Por eso te pido que dormido y despierto lo alabes. Santifica el nombre del único Dios por quien vivimos, del único Dios en quien descansa de veras nuestro amor.

Cuando te veo huir de tanta gente que te pide algún favor, entiendo muy bien que necesitas irte a hacer oración, que ya quieres estar en silencio para un nuevo encuentro con Dios, con Aquel que te ilumina para hacerte sabio, con el Espíritu Santo que te fortalece, para seguir trabajando por el reino de Dios.

¿Crees que no me doy cuenta? los hijos sabemos más de los padres que los padres de nosotros. Nuestra mirada está fija en ustedes, en cambio los hijos somos muchos y a veces solemos escaparnos. Y aunque ustedes no sepan qué cosa es lo que nos pasa o dónde estamos, por nosotros rezan y nos esperan siempre, con los brazos abiertos.

“Padre”, gracias por poner tu humanidad entera para que Dios sea en ti y con nosotros. Gracias, “padre”, gracias por haber dicho sí a nuestro Padre. No creas que se me olvida que soy hija, pero también madre y hermana. Yo también rezo por ti y me duele que algunos te hieran. No hagas caso de las ofensas de quienes te insultan y se burlan de ti, porque no conocen o no comprenden la misión que has recibido. Pon la otra mejilla, no lleves cuenta del mal, canta y camina. Da gracias a Dios por todo, y bendice a tu agresor, que para estar con Cristo bastan dos.

“Padre”, vine a secarte el sudor, a lavarte los pies con mi llanto, a recordarte que Jesús resucitó, a darte de beber, a tocar tu manto, a pedirte que reces por mi hija, a traerte a mi niño enfermo, a invitarte a comer con mis amigos y mis padres, a pedirte que traigas vino de amor a nuestra fiesta… “Padre”, en todos los que te acompasamos en tu servicio, escucha la voz de los amigos de Jesús, a quienes él mismo nos ha encomendado cuidar tu corazón.

Este Año dedicado a tu ministerio, rezaré por ti con más devoción, con más entrega, con más cariño. Doy gracias a Dios y a la Iglesia por haberte consagrado enteramente a su servicio y me comprometo contigo a ser en Cristo ese pedacito que me ha asignado dentro de Su Cuerpo Místico, para que no falte lo que de mí para ti y a tu lado, he de hacer en comunión fraterna, para que se note la presencia de Jesús en este mundo que gime como dolores de parto por ver la manifestación de los hijos de Dios.

Te quiero, padre. Cuenta con mi respeto y cariño. Amén.

Tere García Ruiz, México

Artículo publicado en el semanario Desde la Fe, oficial de la Arquidiócesis de México.

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WebJCP | Abril 2007