Así habría que titular el Evangelio de hoy. Los discípulos acaban de regresar de hacer su primera experiencia pastoral, vienen entusiasmados. Todos hemos disfrutado de nuestros primeros éxitos, cada uno en nuestros propios campos. Jesús que conoce muy bien el corazón humano asume dos actitudes. Primero, no quiere que ellos se queden respirando ese incienso de sus primeros pininos de evangelización y, por otra parte, también quiere que se tomen un descanso. Un descanso primero para reparar sus cansancios físicos, porque la tarea sigue. La gente se agolpa y no tienen ni tiempo para comer, pero un descanso que es también un espacio de discernimiento de lo que han hecho. Sólo así evitarán que se les suban los humos a la cabeza.
Para ello, los invita a retirarse a un lugar solitario donde puedan descansar, pero la gente piensa poco en el estómago vacío de Jesús y de los discípulos y les siguen. Cuando Jesús llega, la gente ya ha llegado antes que ellos.
Por una parte, Jesús quiere enseñarles que el mensajero del Evangelio no es un activista sino una persona que se vive a sí misma por dentro para luego poder darse y entregarse más plenamente. Por eso necesitan descanso. El descanso es tan importante como el trabajar. El cristiano tiene que esforzarse y trabajar, pero también tiene que aprender a descansar. No solo para reparar sus fuerzas físicas sino, sobre todo, para reparar su propio espíritu.
Pero así como el trabajo no es un absoluto, tampoco lo es el descanso. El descanso merecido y todo, puede quedar interrumpido cuando la urgencia de las llamadas de la gente se imponen. Tenemos derecho y también obligación de descansar, pero cuando uno ve que la gente se agolpa “desorientada, como ovejas que no tienen pastor”, hay que olvidarse de comer y de descansar y atenderlas. Podemos descansar más tarde, pero hay exigencias que no pueden esperar. Hay urgencias que no saben de esperas. Y esas gentes que siguen a Jesús y que se le anticipan antes de llegar a ese lugar solitario, tienen prioridad.
Jesús está cansado, los discípulos también, pero Jesús “al ver la multitud sintió lástima” y “se puso a enseñarles con calma”. Jesús no tiene prisas para despedir a la gente y pedirle que vuelva otro día. La gente necesita una palabra hoy y ahora, por eso Jesús se sienta y les habla sin prisas, sin nerviosismos, sin fastidio. Les habla con calma.
Todos tenemos prisas, todos andamos cansados, pero hay otras urgencias a nuestro lado y no podemos atenderlas por compromiso. Como Jesús hay que dejarse tocar el corazón. “Sintió lástima.” Nuestras prisas y nuestros cansancios nunca pueden ser razón para no prestar atención a aquellos que nos necesitan, para aquellos que esperan de nosotros una palabra amable, un tiempo para escucharles. Descansar sí, pero con los ojos abiertos.
En la primera lectura, Dios habla a través de Jeremías quejándose y lamentándose de los pastores que dispersan y dejan perecer a las ovejas del rebaño. En el Evangelio, Jesús siente lástima de aquellas gentes que andaban como “ovejas sin pastor”.
Yo me pregunto y me cuestiono, ¿cuántas ovejas andan hoy por el mundo, dentro del mismo ámbito y geografía de la comunidad parroquial, que andan sin pastor? En el Evangelio de Lucas se habla del pastor que deja las noventa y nueve y se va por los montes en búsqueda de la que se había perdido.
Claro que tenemos que preocuparnos de las ovejas que ya están integradas en la comunidad parroquial, pero qué hacemos con las que andan perdidas, sin rumbo, sin dirección, y sin nadie que les diga una palabra de aliento y de esperanza.
Con todo el cariño que ustedes me merecen, permítanme decirles, que ustedes no me preocupan tanto. Al fin y al cabo, ustedes ya están dentro del redil. Es posible que no siempre tengan la atención que se merecen, pero las que me preocupan de verdad son aquellas a las que ni conozco, ni sé su nombre, ni sé por dónde andan ni que hacen y que también ellas son “ovejas del rebaño de Jesús”.
Toda nuestra pastoral está centrada “con los de casa”, pero cuándo organizaremos una pastoral de los alejados. ¿Cuándo tendremos tiempo para aquellos que no se acercan a la parroquia? Tenemos que ser sinceros: “No tenemos una pastoral organizada para los que están lejos, pastoral para los que no vienen, pastoral para los que no tienen pastor.” ¿Quién es el pastor de los que están lejos? ¿Quién es el pastor de los que se han alejado? ¿Quién es el pastor de los que ni conocemos?
Personalmente, estoy convencido de que la Iglesia no es para los “de dentro” sino para los “de fuera”. Si a éstos los olvidamos, ¿estaremos cumpliendo el mandato que nos dejó el Señor? Yo al menos, me siento insatisfecho, incómodo y con una profundo malestar. ¿Y a usted la preocupan e inquietan?
Un problema de suma actualidad: “No tenemos tiempo.”
Y una urgencia de actualidad: “Necesitamos tener tiempo” porque son muchos los que están necesitados de nuestro tiempo.
Tú mismo estás necesitado de tiempo, para poder encontrarte contigo mismo. Hoy la inmensa mayoría de la gente se siente sola consigo misma porque no tiene tiempo para regalarse y encontrarse uno consigo mismo. La mayoría vivimos asomados siempre a la ventana o sentados frente al televisor robándonos el tiempo que todos necesitamos para darnos a nosotros mismos un tiempo de encuentro con nuestra interioridad. Personalmente, estoy convencido de que la verdadera soledad no es no tener a nadie a nuestro lado, sino el no ser capaces de estar con nosotros mismos.
Los esposos necesitan de un tiempo suficiente para estar a solas entre ellos y hablar de ellos mismos, de sus problemas, de sus vacíos, de sus inquietudes y preocupaciones. La gran mayoría de los esposos, desde que se casaron, están condenados a la soledad de cada uno consigo mismo porque el otro no tiene tiempo para dedicarle un rato para escucharle y para compartir juntos los mismos sentimientos.
Los padres necesitan tiempo para estar con sus hijos. Tenemos tanto que hacer que los hijos suelen pasar a un segundo plano. Por eso, los hijos buscan la calle, el grupo de amistades, la collera, porque al menos allí tienen con quienes hablar y tienen quien los escuche.
La soledad hoy en día se llama “no tener tiempo”. Alguien me decía: “Va uno al psiquiatra y llegan los cincuenta minutos y escucha la consabida voz: Venga usted la semana próxima, por hoy hemos terminado”. Hoy damos nuestro tiempo a cuenta gotas. Nadie tiene tiempo para los demás. Nadie tiene tiempo para escuchar al otro. No se trata de que los demás solucionen nuestros problemas. Lo único que necesitamos es que alguien tenga tiempo para escucharnos.
Seamos sinceros, ¿de cuánto tiempo dispones cada día para escuchar al otro, a los otros? Por eso el pecado de nuestro tiempo es “la soledad”. Pareciera que el único que siempre tiene tiempo para nosotros es Dios. Él tiene todo el tiempo para cada uno de nosotros. Vete al Sagrario y verás que Dios no tiene prisa alguna. Puedes hablar y desahogarte con Él todo el tiempo que necesites, pero uno necesita también el tiempo humano, el tiempo de los demás.
Es un fenómeno de hoy, los hijos pasan más tiempo en la calle que en la casa.
Es que se sienten mejor con los amigos, libres de presiones, incluso, libres del tiempo.
Es que entre los amigos se sienten “alguien”, se sienten reconocidos y pueden hablar sin ser recriminados.
No es que la calle sea el mejor ambiente porque, al fin y al cabo, en la calle se juntan todos aquellos que no encuentran espacio en el propio hogar.
Hablamos mucho contra los jóvenes, contra su libertad, contra sus horarios nocturnos que comienzan a medianoche y terminan de madrugada. Es una realidad que, nos guste o no, se nos impone.
No hacemos nada con lamentar esta actitud de los jóvenes si antes no nos preguntamos el por qué del fenómeno. Ya sé que las explicaciones no son nada fáciles y que las causas son múltiples. Pero, no por eso, podemos dejar de cuestionarnos a nosotros mismos. ¿Será todo culpa de los jóvenes? ¿Nos hemos preguntado cuánta culpa hay en nosotros los mayores?
Si los jóvenes se sintiesen bien en casa, ¿se irían tan fácilmente? Si en casa tuviesen otro ambiente, ¿lo abandonarían con la misma facilidad? Hay algo en lo que todos estamos fallando, unos y otros, pero es sobre lo que nadie quiere reflexionar ni pensar. Todos preferimos culparles a ellos, no niego tengan su parte de culpa, pero ¿hemos pensando en la que nos toca a nosotros?
¿Qué ambiente familiar existe? ¿Qué tipo de comunicación hay en el hogar? ¿Qué tipo de valoración de las personas existe en la familia? Sé que no es solo culpa de la familia, también se debe en gran parte al ambiente social, el ambiente de diversión, al ambiente de que todos lo hacen. Pero, ¿habrá alguna respuesta aunque no sea sino a largo plazo? No creo equivocarme si digo que hoy los jóvenes ven el hogar más como “hotel” que como hogar. Yo tampoco tengo la respuesta ni la solución, pero algo habrá que hacer, me supongo yo.
Si quieres triunfar: ten confianza en ti.
Si quieres llegar lejos: no te detengas en el camino.
Si quieres ganar amigos: no los busques, merécelos.
Si quieres comenzar bien el día: sonríe al levantarte.
Si quieres tener éxito: no lo pidas prestado, merécelo.
Si quieres ser amado: déjate amar.
Si quieres ser apreciado: valora a todos más que a ti mismo.
Si quieres que te respeten: tenlos a todos en gran consideración.
Si quieres que tus hijos te valoren: hazles sentir que ellos son tu mejor riqueza.
Si quieres que los demás te sonrían: sonríe a todos.
Si quieres salir de la vulgaridad: esfuérzate en todo.
Si quieres ser luz para los demás: vive en la verdad.
Si quieres que los demás cuenten contigo: nunca les digas no.
Si quieres que los demás te crean: di siempre la verdad.
Si quieres que los demás te busquen: irradia siempre la bondad.
Si quieres que el mundo sea mejor: constrúyelo en la justicia.
Si quieres que haya paz: siémbrala.
Si quieres que en tu jardín haya flores: plántalas.
Si quieres que tu matrimonio sea feliz: hazle sentir que ella es lo más valioso para ti.
Si quieres que tu matrimonio dure mucho: ama todos los días.
Si quieres que tus hijos te crean: no les mientas.
Si quieres que tu corazón esté siempre lleno: llénalo de Dios.
Si quieres sentir a Dios dentro de ti: ora todos los días.
Si quieres escuchar a Dios: lee diariamente su Palabra.
Si quieres que crean en tu palabra: vive siempre en coherencia con ella.
Si quieres ser bueno: deja de ser vulgar.
Si quieres ser santo: no te contentes con ser bueno.
Si quieres ser santo al que todos quieran: sé un santo simpático.
Si quieres ser simpático: que tus labios florezcan siempre en una sonrisa.
Si quieres que el futuro te sonría: pon esperanza en tu corazón.
Si quieres que el futuro sea mejor: siembra sus semillas hoy.
Para ello, los invita a retirarse a un lugar solitario donde puedan descansar, pero la gente piensa poco en el estómago vacío de Jesús y de los discípulos y les siguen. Cuando Jesús llega, la gente ya ha llegado antes que ellos.
Por una parte, Jesús quiere enseñarles que el mensajero del Evangelio no es un activista sino una persona que se vive a sí misma por dentro para luego poder darse y entregarse más plenamente. Por eso necesitan descanso. El descanso es tan importante como el trabajar. El cristiano tiene que esforzarse y trabajar, pero también tiene que aprender a descansar. No solo para reparar sus fuerzas físicas sino, sobre todo, para reparar su propio espíritu.
Pero así como el trabajo no es un absoluto, tampoco lo es el descanso. El descanso merecido y todo, puede quedar interrumpido cuando la urgencia de las llamadas de la gente se imponen. Tenemos derecho y también obligación de descansar, pero cuando uno ve que la gente se agolpa “desorientada, como ovejas que no tienen pastor”, hay que olvidarse de comer y de descansar y atenderlas. Podemos descansar más tarde, pero hay exigencias que no pueden esperar. Hay urgencias que no saben de esperas. Y esas gentes que siguen a Jesús y que se le anticipan antes de llegar a ese lugar solitario, tienen prioridad.
Jesús está cansado, los discípulos también, pero Jesús “al ver la multitud sintió lástima” y “se puso a enseñarles con calma”. Jesús no tiene prisas para despedir a la gente y pedirle que vuelva otro día. La gente necesita una palabra hoy y ahora, por eso Jesús se sienta y les habla sin prisas, sin nerviosismos, sin fastidio. Les habla con calma.
Todos tenemos prisas, todos andamos cansados, pero hay otras urgencias a nuestro lado y no podemos atenderlas por compromiso. Como Jesús hay que dejarse tocar el corazón. “Sintió lástima.” Nuestras prisas y nuestros cansancios nunca pueden ser razón para no prestar atención a aquellos que nos necesitan, para aquellos que esperan de nosotros una palabra amable, un tiempo para escucharles. Descansar sí, pero con los ojos abiertos.
“OVEJAS SIN PASTOR”
En la primera lectura, Dios habla a través de Jeremías quejándose y lamentándose de los pastores que dispersan y dejan perecer a las ovejas del rebaño. En el Evangelio, Jesús siente lástima de aquellas gentes que andaban como “ovejas sin pastor”.
Yo me pregunto y me cuestiono, ¿cuántas ovejas andan hoy por el mundo, dentro del mismo ámbito y geografía de la comunidad parroquial, que andan sin pastor? En el Evangelio de Lucas se habla del pastor que deja las noventa y nueve y se va por los montes en búsqueda de la que se había perdido.
Claro que tenemos que preocuparnos de las ovejas que ya están integradas en la comunidad parroquial, pero qué hacemos con las que andan perdidas, sin rumbo, sin dirección, y sin nadie que les diga una palabra de aliento y de esperanza.
Con todo el cariño que ustedes me merecen, permítanme decirles, que ustedes no me preocupan tanto. Al fin y al cabo, ustedes ya están dentro del redil. Es posible que no siempre tengan la atención que se merecen, pero las que me preocupan de verdad son aquellas a las que ni conozco, ni sé su nombre, ni sé por dónde andan ni que hacen y que también ellas son “ovejas del rebaño de Jesús”.
Toda nuestra pastoral está centrada “con los de casa”, pero cuándo organizaremos una pastoral de los alejados. ¿Cuándo tendremos tiempo para aquellos que no se acercan a la parroquia? Tenemos que ser sinceros: “No tenemos una pastoral organizada para los que están lejos, pastoral para los que no vienen, pastoral para los que no tienen pastor.” ¿Quién es el pastor de los que están lejos? ¿Quién es el pastor de los que se han alejado? ¿Quién es el pastor de los que ni conocemos?
Personalmente, estoy convencido de que la Iglesia no es para los “de dentro” sino para los “de fuera”. Si a éstos los olvidamos, ¿estaremos cumpliendo el mandato que nos dejó el Señor? Yo al menos, me siento insatisfecho, incómodo y con una profundo malestar. ¿Y a usted la preocupan e inquietan?
TENER TIEMPO
Un problema de suma actualidad: “No tenemos tiempo.”
Y una urgencia de actualidad: “Necesitamos tener tiempo” porque son muchos los que están necesitados de nuestro tiempo.
Tú mismo estás necesitado de tiempo, para poder encontrarte contigo mismo. Hoy la inmensa mayoría de la gente se siente sola consigo misma porque no tiene tiempo para regalarse y encontrarse uno consigo mismo. La mayoría vivimos asomados siempre a la ventana o sentados frente al televisor robándonos el tiempo que todos necesitamos para darnos a nosotros mismos un tiempo de encuentro con nuestra interioridad. Personalmente, estoy convencido de que la verdadera soledad no es no tener a nadie a nuestro lado, sino el no ser capaces de estar con nosotros mismos.
Los esposos necesitan de un tiempo suficiente para estar a solas entre ellos y hablar de ellos mismos, de sus problemas, de sus vacíos, de sus inquietudes y preocupaciones. La gran mayoría de los esposos, desde que se casaron, están condenados a la soledad de cada uno consigo mismo porque el otro no tiene tiempo para dedicarle un rato para escucharle y para compartir juntos los mismos sentimientos.
Los padres necesitan tiempo para estar con sus hijos. Tenemos tanto que hacer que los hijos suelen pasar a un segundo plano. Por eso, los hijos buscan la calle, el grupo de amistades, la collera, porque al menos allí tienen con quienes hablar y tienen quien los escuche.
La soledad hoy en día se llama “no tener tiempo”. Alguien me decía: “Va uno al psiquiatra y llegan los cincuenta minutos y escucha la consabida voz: Venga usted la semana próxima, por hoy hemos terminado”. Hoy damos nuestro tiempo a cuenta gotas. Nadie tiene tiempo para los demás. Nadie tiene tiempo para escuchar al otro. No se trata de que los demás solucionen nuestros problemas. Lo único que necesitamos es que alguien tenga tiempo para escucharnos.
Seamos sinceros, ¿de cuánto tiempo dispones cada día para escuchar al otro, a los otros? Por eso el pecado de nuestro tiempo es “la soledad”. Pareciera que el único que siempre tiene tiempo para nosotros es Dios. Él tiene todo el tiempo para cada uno de nosotros. Vete al Sagrario y verás que Dios no tiene prisa alguna. Puedes hablar y desahogarte con Él todo el tiempo que necesites, pero uno necesita también el tiempo humano, el tiempo de los demás.
LOS HIJOS QUE VIVEN EN LA CALLE
Es un fenómeno de hoy, los hijos pasan más tiempo en la calle que en la casa.
Es que se sienten mejor con los amigos, libres de presiones, incluso, libres del tiempo.
Es que entre los amigos se sienten “alguien”, se sienten reconocidos y pueden hablar sin ser recriminados.
No es que la calle sea el mejor ambiente porque, al fin y al cabo, en la calle se juntan todos aquellos que no encuentran espacio en el propio hogar.
Hablamos mucho contra los jóvenes, contra su libertad, contra sus horarios nocturnos que comienzan a medianoche y terminan de madrugada. Es una realidad que, nos guste o no, se nos impone.
No hacemos nada con lamentar esta actitud de los jóvenes si antes no nos preguntamos el por qué del fenómeno. Ya sé que las explicaciones no son nada fáciles y que las causas son múltiples. Pero, no por eso, podemos dejar de cuestionarnos a nosotros mismos. ¿Será todo culpa de los jóvenes? ¿Nos hemos preguntado cuánta culpa hay en nosotros los mayores?
Si los jóvenes se sintiesen bien en casa, ¿se irían tan fácilmente? Si en casa tuviesen otro ambiente, ¿lo abandonarían con la misma facilidad? Hay algo en lo que todos estamos fallando, unos y otros, pero es sobre lo que nadie quiere reflexionar ni pensar. Todos preferimos culparles a ellos, no niego tengan su parte de culpa, pero ¿hemos pensando en la que nos toca a nosotros?
¿Qué ambiente familiar existe? ¿Qué tipo de comunicación hay en el hogar? ¿Qué tipo de valoración de las personas existe en la familia? Sé que no es solo culpa de la familia, también se debe en gran parte al ambiente social, el ambiente de diversión, al ambiente de que todos lo hacen. Pero, ¿habrá alguna respuesta aunque no sea sino a largo plazo? No creo equivocarme si digo que hoy los jóvenes ven el hogar más como “hotel” que como hogar. Yo tampoco tengo la respuesta ni la solución, pero algo habrá que hacer, me supongo yo.
SI QUIERES…
Si quieres triunfar: ten confianza en ti.
Si quieres llegar lejos: no te detengas en el camino.
Si quieres ganar amigos: no los busques, merécelos.
Si quieres comenzar bien el día: sonríe al levantarte.
Si quieres tener éxito: no lo pidas prestado, merécelo.
Si quieres ser amado: déjate amar.
Si quieres ser apreciado: valora a todos más que a ti mismo.
Si quieres que te respeten: tenlos a todos en gran consideración.
Si quieres que tus hijos te valoren: hazles sentir que ellos son tu mejor riqueza.
Si quieres que los demás te sonrían: sonríe a todos.
Si quieres salir de la vulgaridad: esfuérzate en todo.
Si quieres ser luz para los demás: vive en la verdad.
Si quieres que los demás cuenten contigo: nunca les digas no.
Si quieres que los demás te crean: di siempre la verdad.
Si quieres que los demás te busquen: irradia siempre la bondad.
Si quieres que el mundo sea mejor: constrúyelo en la justicia.
Si quieres que haya paz: siémbrala.
Si quieres que en tu jardín haya flores: plántalas.
Si quieres que tu matrimonio sea feliz: hazle sentir que ella es lo más valioso para ti.
Si quieres que tu matrimonio dure mucho: ama todos los días.
Si quieres que tus hijos te crean: no les mientas.
Si quieres que tu corazón esté siempre lleno: llénalo de Dios.
Si quieres sentir a Dios dentro de ti: ora todos los días.
Si quieres escuchar a Dios: lee diariamente su Palabra.
Si quieres que crean en tu palabra: vive siempre en coherencia con ella.
Si quieres ser bueno: deja de ser vulgar.
Si quieres ser santo: no te contentes con ser bueno.
Si quieres ser santo al que todos quieran: sé un santo simpático.
Si quieres ser simpático: que tus labios florezcan siempre en una sonrisa.
Si quieres que el futuro te sonría: pon esperanza en tu corazón.
Si quieres que el futuro sea mejor: siembra sus semillas hoy.








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