Buenos Aires / Temas – La región de los Grande Lagos no conoce paz, pero la prensa internacional lo ignora o casi. Las organizaciones humanitarias que actúan en esta zona y en el ex Zaire, hoy República Democrática de Congo, estiman que desde 1998 ha habido entre cuatro y siete millones de muertos, y varios millones de heridos, lisiados, huérfanos y desplazados. En noviembre la situación recrudeció por los choques entre las fuerzas del gobierno central y los rebeldes que actúan en Kivi, la zona oriental del país. Hubo centenares de muertos y unos 250 mil desplazados.
Sin embargo, estas noticias no han ocupado en las portadas de los medios de comunicación el mismo espacio dedicado al reciente conflicto entre Georgia y Rusia, y tampoco han intervenido los principales líderes del mundo para buscar una solución.
Razones para que la comunidad internacional intervenga las hay, y son muchas.
Desde el terrible genocidio que ensangrentó, en 1994, las "mil colinas" de Ruanda, la situación sigue siendo crítica y está lejos de haberse resuelto. En esas atrocidades intervinieron decenas de miles de milicianos y ciudadanos comunes. Durante apenas cien días fueron masacradas 800 mil personas, en mayoría de la tribu tutsi. Pero también hubo hutu asesinados por venganza a manos de tutsi o por ser juzgados moderados por la gente de su misma tribu. En aquellos días, quien se opusiera al intento de golpe de Estado hutu, o sólo por rehusarse a matar, podía pagar con la vida su postura.
No se trató de un conflicto étnico ni de una guerra. El genocidio tuvo un móvil más bien político. En la actualidad, hutu y tutti más que etnias diferentes representan distintos grupos sociales heredados de un sistema feudal en el que los hutus eran los siervos y los tutsi los señores. Los intereses coloniales de Alemania primero y Bélgica después, acentuaron odios y divisiones que varias veces a lo largo de estas décadas han estallado en violencia.
Cuando, luego de las masacres de 1994, la situación quedó bajo control, miles de genocidas, sobre todo hutu que integraban las milicias interhamwe ("los que pelean –o permanecen– juntos", en su idioma) escaparon a la venganza refugiándose en la cercana zona oriental de Zaire.
Más tarde, el ejército ruandés y el de Uganda apoyaron el levantamiento de Laurent Desiré Kabila contra el dictador de Zaire, Mobutu Sese Seko. Kabila –quien, ya a mediados de los años ’60, fue compañero de lucha del Che Guevara en un primer levantamiento contra Mobutu, en la primera y única experiencia africana del revolucionario argentino (1)– se convirtió en el nuevo dueño del país, al que rebautizó como República Democrática de Congo. Pero poco después sus propios socios ruandeses y ugandeses revelaron sus verdaderas intenciones y se transformaron en enemigos. Estalló una nueva guerra en 1998, en la cual intervinieron los ejércitos de diez países de la región.
El conflicto provocó dos millones de muertos y ha sido definido como la "primera guerra mundial africana", puesto que además de una decena de países de la región, detrás de bambalinas operaron los intereses de Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Bélgica y más países. Pese a su envergadura y gravedad, este conflicto quedó entre las guerras olvidadas que azotan el planeta.
En 2002, el presidente Kabila fue asesinado y heredó la presidencia su hijo Joseph. Desde entonces el país permanece virtualmente mutilado de Kivu, región de la zona oriental, especialmente rica en recursos naturales. Los ejércitos de Ruanda y Uganda actúan allí impunemente: saquean sus riquezas naturales, aplican impuestos; la telefónica ruandesa ha asignado a la zona una característica, como si se tratara del territorio nacional.
Además de oro, diamantes y madera preciada, uno de los minerales más codiciados es el coltan, compuesto por columbio y tantalio, necesarios para la industria aerospacial y para la producción de celulares, controles para videojuegos, I-Pod, etc. En el ex Zaire se encuentra el 80% de las reservas mundiales de coltan, utilizado sin mayores escrúpulos por las principales multinacionales del ramo.
La situación se ha "balcanizado". Los hutu que escaparon en 1994 de Ruanda, siguen teniendo cuentas pendientes con el gobierno de su país natal. A su vez, el gobierno de Kigali, la capital ruandesa, integrado por tutsi, acusa a Kabila de dar apoyo a los opositores hutu levantados en armas. Todo esto crea las condiciones para que existan verdaderos "señores de la guerra", quienes ocultan tras cuestiones políticas sus intereses particulares, y utilizan el territorio y el apoyo de países vecinos para desestabilizar el propio u otros gobiernos (2). Los rebeldes congoleños del Congreso Nacional para la Defensa del Pueblo, liderado por Laurent Nkunda, actúan con la bendición del gobierno de Ruanda que, además, desea de una vez por todas ampliar los confines de su pequeño territorio.
El caos conviene a las industrias multinacionales, que pueden así hacerse con recursos naturales a precios que no los fija el mercado, y a los ejércitos locales que necesitan financiarse.
Una situación triste que reclama la intervención de la comunidad internacional con la misma solicitud, o más, que la utilizada para salvar recientemente instituciones bancarias. El principal problema en esta región es la falta de perspectivas de desarrollo. Las armas hablan cuando, ante la pobreza y la injusticia, la gente no vislumbra otra manera de cambiar su vida.
(1) Cfr. Ernesto Che Guevara, Pasajes de la Guerra revolucionaria: Congo, Buenos Aires, 1999. El régimen de de Fidel Castro decidió enviar un contingente de un centenar de de combatientes cubanos para apoyar a Kabila y otros líderes que se oponían al golpe de estado de Mobuto, quien recibió el beneplácito de Bélgica y Francia. El Che, de todas formas, en su diario manifiesta escasa confianza hacia Laurent Kabila. La experiencia de formar un ejército revolucionario resultó ser un fracaso.
(2) Es una praxis frecuente que las guerrillas que actúan en un determinado países, crucen la frontera y hasta reciban apoyos de otros gobiernos. El LRA (el Ejército de Liberación del Señor), que se opone al gobierno de Uganda, ha sido apoyado por el gobierno de Sudán pudiendo refugiarse en su territorio. El gobierno ugandés ha devuelto la gentileza, apoyando y ofreciendo hospitalidad al SPLA, la guerrilla rebelde sudanesa empeñada en una guerra civil que tiene décadas.
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Alberto Barlocci. Director de revista Ciudad Nueva.
Sin embargo, estas noticias no han ocupado en las portadas de los medios de comunicación el mismo espacio dedicado al reciente conflicto entre Georgia y Rusia, y tampoco han intervenido los principales líderes del mundo para buscar una solución.
Razones para que la comunidad internacional intervenga las hay, y son muchas.
Desde el terrible genocidio que ensangrentó, en 1994, las "mil colinas" de Ruanda, la situación sigue siendo crítica y está lejos de haberse resuelto. En esas atrocidades intervinieron decenas de miles de milicianos y ciudadanos comunes. Durante apenas cien días fueron masacradas 800 mil personas, en mayoría de la tribu tutsi. Pero también hubo hutu asesinados por venganza a manos de tutsi o por ser juzgados moderados por la gente de su misma tribu. En aquellos días, quien se opusiera al intento de golpe de Estado hutu, o sólo por rehusarse a matar, podía pagar con la vida su postura.
No se trató de un conflicto étnico ni de una guerra. El genocidio tuvo un móvil más bien político. En la actualidad, hutu y tutti más que etnias diferentes representan distintos grupos sociales heredados de un sistema feudal en el que los hutus eran los siervos y los tutsi los señores. Los intereses coloniales de Alemania primero y Bélgica después, acentuaron odios y divisiones que varias veces a lo largo de estas décadas han estallado en violencia.
Cuando, luego de las masacres de 1994, la situación quedó bajo control, miles de genocidas, sobre todo hutu que integraban las milicias interhamwe ("los que pelean –o permanecen– juntos", en su idioma) escaparon a la venganza refugiándose en la cercana zona oriental de Zaire.
Más tarde, el ejército ruandés y el de Uganda apoyaron el levantamiento de Laurent Desiré Kabila contra el dictador de Zaire, Mobutu Sese Seko. Kabila –quien, ya a mediados de los años ’60, fue compañero de lucha del Che Guevara en un primer levantamiento contra Mobutu, en la primera y única experiencia africana del revolucionario argentino (1)– se convirtió en el nuevo dueño del país, al que rebautizó como República Democrática de Congo. Pero poco después sus propios socios ruandeses y ugandeses revelaron sus verdaderas intenciones y se transformaron en enemigos. Estalló una nueva guerra en 1998, en la cual intervinieron los ejércitos de diez países de la región.
El conflicto provocó dos millones de muertos y ha sido definido como la "primera guerra mundial africana", puesto que además de una decena de países de la región, detrás de bambalinas operaron los intereses de Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Bélgica y más países. Pese a su envergadura y gravedad, este conflicto quedó entre las guerras olvidadas que azotan el planeta.
En 2002, el presidente Kabila fue asesinado y heredó la presidencia su hijo Joseph. Desde entonces el país permanece virtualmente mutilado de Kivu, región de la zona oriental, especialmente rica en recursos naturales. Los ejércitos de Ruanda y Uganda actúan allí impunemente: saquean sus riquezas naturales, aplican impuestos; la telefónica ruandesa ha asignado a la zona una característica, como si se tratara del territorio nacional.
Además de oro, diamantes y madera preciada, uno de los minerales más codiciados es el coltan, compuesto por columbio y tantalio, necesarios para la industria aerospacial y para la producción de celulares, controles para videojuegos, I-Pod, etc. En el ex Zaire se encuentra el 80% de las reservas mundiales de coltan, utilizado sin mayores escrúpulos por las principales multinacionales del ramo.
La situación se ha "balcanizado". Los hutu que escaparon en 1994 de Ruanda, siguen teniendo cuentas pendientes con el gobierno de su país natal. A su vez, el gobierno de Kigali, la capital ruandesa, integrado por tutsi, acusa a Kabila de dar apoyo a los opositores hutu levantados en armas. Todo esto crea las condiciones para que existan verdaderos "señores de la guerra", quienes ocultan tras cuestiones políticas sus intereses particulares, y utilizan el territorio y el apoyo de países vecinos para desestabilizar el propio u otros gobiernos (2). Los rebeldes congoleños del Congreso Nacional para la Defensa del Pueblo, liderado por Laurent Nkunda, actúan con la bendición del gobierno de Ruanda que, además, desea de una vez por todas ampliar los confines de su pequeño territorio.
El caos conviene a las industrias multinacionales, que pueden así hacerse con recursos naturales a precios que no los fija el mercado, y a los ejércitos locales que necesitan financiarse.
Una situación triste que reclama la intervención de la comunidad internacional con la misma solicitud, o más, que la utilizada para salvar recientemente instituciones bancarias. El principal problema en esta región es la falta de perspectivas de desarrollo. Las armas hablan cuando, ante la pobreza y la injusticia, la gente no vislumbra otra manera de cambiar su vida.
(1) Cfr. Ernesto Che Guevara, Pasajes de la Guerra revolucionaria: Congo, Buenos Aires, 1999. El régimen de de Fidel Castro decidió enviar un contingente de un centenar de de combatientes cubanos para apoyar a Kabila y otros líderes que se oponían al golpe de estado de Mobuto, quien recibió el beneplácito de Bélgica y Francia. El Che, de todas formas, en su diario manifiesta escasa confianza hacia Laurent Kabila. La experiencia de formar un ejército revolucionario resultó ser un fracaso.
(2) Es una praxis frecuente que las guerrillas que actúan en un determinado países, crucen la frontera y hasta reciban apoyos de otros gobiernos. El LRA (el Ejército de Liberación del Señor), que se opone al gobierno de Uganda, ha sido apoyado por el gobierno de Sudán pudiendo refugiarse en su territorio. El gobierno ugandés ha devuelto la gentileza, apoyando y ofreciendo hospitalidad al SPLA, la guerrilla rebelde sudanesa empeñada en una guerra civil que tiene décadas.
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Alberto Barlocci. Director de revista Ciudad Nueva.








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