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MISIONEROS EN CAMINO: Atentar contra el hombre es atentar contra Dios - III Domingo de Cuaresma - Ciclo B: (Juan 2, 13-25)
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sábado, 14 de marzo de 2009

Atentar contra el hombre es atentar contra Dios - III Domingo de Cuaresma - Ciclo B: (Juan 2, 13-25)

Por Bernardo Baldeón
Publicado por Antena Misionera Blog

Me empieza a resultar difícil enfrentarme con imágenes de cuerpos destrozados. Y eso me preocupa. Un día de esta semana, como casi todos los días, a primera hora enciendo el ordenador y busco las noticias. La primera página que abro presenta el “atentado del día”. No recuerdo el país. Junto a la noticia una foto. Sólo hay que hacer “clic” sobre ella para aumentarla. Pero me siento saturado de ver cuerpos desangrados. Sin darme cuenta pasan los minutos sin decidirme a ampliar o no la imagen.

A la tarde tengo tiempo para reflexionar tranquilamente. Viene a mi mente el dilema de la mañana. Pienso: ¡qué fácil nos resulta pasar tiempo frente a un crucifijo! pero ¡cuánto nos cuesta mirar unos segundos un cuerpo fragmentado por una bomba! Instintivamente me pregunto ¿acaso puedo separar el cuerpo del Cristo masacrado en la cruz del cuerpo de ese niño, hombre o mujer víctima del fanatismo ideológico o religioso?

El templo de Dios

La semana pasada hablábamos de la tendencia del hombre a “encerrar a Dios” en lugares donde dejara de molestar nuestro caminar diario.

En el evangelio de este domingo, Jesús arremete con violencia inusitada contra el templo de Israel, para su pueblo el lugar más sagrado, el lugar que garantizaba la presencia de Dios en medio del pueblo.

Jesús habla de un nuevo templo: su cuerpo. Ese cuerpo que aparecerá como desecho humano en la cruz, pero al que Dios sacará de la muerte para convertirlo en lugar de encuentro entre el hombre y Dios.

Años más tarde Pablo dirá: “En Jesús reside toda la plenitud de la divinidad corporalmente” (Col 2, 9). Si como el mismo Pablo dice en otro lugar, nosotros somos “piedras vivas de su templo”, la corporalidad de cada persona es lugar-templo de la presencia de Dios.

Cada vez que masacramos la corporalidad de una persona, a través de guerras, hambre, violencia, indiferencia… estamos masacrando al mismo Dios. Estamos destrozando el único lugar donde el Dios de Jesús habita.


¿Dónde está Dios?

No puedo resistir a la tentación de reproducir la columna que en agosto de 2006 publicaba J. Altavista en las páginas de Antena Misionera, poco después de la visita del Papa a Polonia:

“La conozco hace bastantes años. Un tiempo atrás encontró la persona con la que podía compartir su vida. El amor iba creciendo y fueron elaborando un proyecto de vida común. Inesperadamente la enfermedad se hizo presente en la vida de él.

El diagnóstico final fue cáncer. Para ella fueron meses corriendo entre el trabajo y el hospital. La muerte se lo llevó.

No han pasado muchos meses. Empezaba a recuperarse. Incluso a poner en marcha algunos de los proyectos pensados juntos.

De golpe me comunica que a su hermano le han detectado un cáncer. Es difícil saber qué pasará. En el mejor de los casos serán meses viajando de una ciudad a otra.

Mientras tanto, revivir una dolorosa historia con esa angustia que comprime el corazón.

Quienes la conocemos compartimos su dolor, hasta donde eso es posible.

Me viene a la memoria que a finales de mayo Benedicto XVI visitó el campo de Auschwitz en Polonia. Durante su discurso allí dijo algo que saltó a las páginas de todos los diarios: “Sólo se puede guardar silencio, un silencio que es un grito hacia Dios: ¿Por qué, Señor, permaneciste callado?, ¿cómo pudiste tolerar todo esto?”.

Unos días más tarde, desde las páginas de EL PAÍS, le respondía una viñeta de “El Roto”, viñeta que reproducimos en esta página. Dios estaba en las cámaras de gas.

Cuando la vi recordé de forma inmediata lo que le ocurrió a un teólogo luterano, Dietrich Bonhoeffer, que recorrió varios campos de concentración nazi y terminó siendo ahorcado al amanecer del 9 de abril de 1945 en el campo de Flossenbürg.

Siempre intentó mantener viva la esperanza la esperanza de sus compañeros de cautiverio, sin ocultar su condición de cristiano.

Cuenta Bonhoeffer, en una de las notas manuscritas que consiguió hacer llegar al exterior, que una madrugada estaban en el barracón. Se acercó a una pequeñas ventanas con un grupo de detenidos. En el patio colgaban los cuerpos muertos de varias mujeres y niños judíos. Uno de los que estaban con él le preguntó: “¿Dime ahora dónde está tu Dios?”.

La respuesta no se hizo esperar: “¿Mi Dios? Mi Dios está ahí afuera colgando de una soga”.

Dios ha estado siempre con los que sufren, en los que sufren. Si aparentemente guarda silencio, es porque su voz es el grito del que sufre. Seguimos creyendo en el Dios que debería “hacer actos de magia” y evitar el dolor. Pero el dolor es parte de la vida y ante él Dios no permanece indiferente. Eligió colocarse al lado del que sufre y desde ahí sigue gritando.

Nos cuesta entenderlo, oírlo, incluso a quienes nos llamamos cristianos. Quizás tengamos que aprender a ponernos en el mismo lugar que Dios escogió”.


Asumir la humanidad de Dios

Después de dos siglos de la encarnación de Dios, nos sigue costando asumir la humanidad de Dios. De un Dios que está presente en cada persona, independientemente de su ideología, raza o religión. De un Dios que no sólo está en el alma o espíritu de cada persona, sino que está presente en su corporalidad.

Aceptar la encarnación, aceptar que Dios está presente en el cuerpo desfigurado de Jesús en la cruz, aceptar que ese cuerpo es el auténtico templo de Dios, supone aceptar que cada vez que atentamos contra la corporalidad de cualquier persona estamos atentando contra en Dios de la Vida, Padre de todos.

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WebJCP | Abril 2007