Publicado por Esquila Misional
Hoy en día se habla mucho de la inteligencia emocional. En el mundo laboral se habla de ella como un conjunto de habilidades entre las que destacan la capacidad de comunicarse, de gestionar, y sobre todo, la capacidad de «empatizar» con el otro. La empatía se entiende aquí como la capacidad de «ponerse en los zapatos del otro», de asumir su perspectiva y comprender su mundo emocional. El nuevo interés por esta capacidad no es desinteresado: la mercadotecnia y la publicidad redescubren el valor (monetario) de «ponerse en los zapatos de los demás»; el peligro es hacer de ésta un mero instrumento de manipulación. También en la ciencia –en concreto la neurología– se señala cada vez más el papel preponderante de la empatía en el desarrollo humano. Un grupo de científicos han descubierto las llamandas «neuronas-espejo», que se activan en nuestro cerebro para ponernos en sintonía con otros con sólo observarlos. ¿Quién no ha visto cómo reacciona un niño que aún no habla cuando simulamos estar llorando? Su reacción inmediata es consolarnos ofréciendonos su chupón. Al parecer esta capacidad de «sintonizar con el otro» es propia de la naturaleza humana, sin embargo, parece que con el tiempo aprendemos a no asumir las emociones, sobre todo, el dolor de los demás; nos vamos haciendo de un caparazón afectivo que nos permite «comprender» al otro sin solidarizarnos con él. Vamos aprendiendo a ser indiferentes. Los neurólogos ven en ésto un mecanismo de autoprotección y argumentan que si asumieramos siempre el dolor de los demás, seríamos incapaces de sobrevivir.
«Compasión» en las religiones
Las grandes tradiciones religiosas comparten un valor que se apoya en la capacidad humana de la empatía redimensionándola y superando sus límites: la compasión. Esta palabra proviene del latín compassio y conlleva el «sufrir-con-el-otro». Para algunas religiones la compasión es virtud; para otras, actitud fundamental; para algunas más, precepto; todas coinciden en que sin ella, sin la capacidad de identificarse con el dolor ajeno y de hacerse solidario, no es posible entrar en relación ni consigo mismo ni con Dios. En la tradición judía la compasión es el sentimiento más entrañable de Dios mismo. El término hebreo de compasión es rahamin, que procede de rehen y que designa el seno materno, de modo que la compasión se compara con los sentimientos de fidelidad y ternura que experimentan los padres para con sus hijos. De forma semejante el islam considera la compasión como el atributo divino más importante y prescribe la solidaridad con los más desprotegidos en la forma del zakat (donación a los pobres), una de las cinco columnas de la vida musulmana. Tanto el hinduismo como el budismo ven en la compasión la actitud central frente al mundo y ante todo ser viviente. En el cristianismo entendemos la compasión, como en el sentido judío: el «sentimiento más entrañable» de Dios para con los hombres, al mismo tiempo que es una vocación para toda la humanidad.
La compasión como don
En el lenguaje cotidiano parece que se ha desarrollado cierta aversión hacia la palabra «compasión» o «misericordía». Frecuentemente decimos: «no quiero que me compadezcas». La palabra nos suena a lástima, a arrogancia y casi a desprecio. Desgraciadamente hemos ligado estos términos a una actiud pasiva y un tanto arrogante que rebaja al otro a la calidad de «objeto». Liberándonos de esta connotación, redimensionemos la compasión como la capacidad de desucubrirnos a nosotros mismos en el encuentro con el otro; como camino a la autenticidad y la solidaridad activa. Entendida en clave evangélica, la compasión es don y desafío. En la parábola del Buen Samaritano (Lc 10,25-37), descubrimos que quien se compadece no se percibe a sí mismo como superior, es más bien el otro, el que ha quedado glopeado y ultrajado. Es el otro, sobre todo el que sufre, el que nos regala la posibilidad de recuperar nuestra capacidad primaria de «sentir-con-los-demás», de ser empáticos. Basada en la fe, la compasión nos lleva incluso más allá: nos hace ser solidarios. Sentir-vivir-y-ser-para-los-otros no es enajenarnos, sino «decir sí» a la semilla que Dios depositó en nosotros. Ser-para-los-otros, es «decirnos que sí» a nosotros mismos.








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