Cuando Jesús y sus discípulos, llegaron a Betsaida, le trajeron un ciego a Jesús y le rogaban que lo tocara. Él tomó al ciego de la mano y lo condujo a las afueras del pueblo. Después de ponerle saliva en los ojos e imponerle las manos, Jesús le preguntó: «¿Ves algo?» El ciego, que comenzaba a ver, le respondió: «Veo hombres, como si fueran árboles que caminan».
Jesús le puso nuevamente las manos sobre los ojos, y el hombre recuperó la vista. Así quedó sano y veía todo con claridad. Jesús lo mandó a su casa, diciéndole. «Ni siquiera entres en el pueblo».
Los ciegos, como tantos otros en Israel, eran marginados. Nadie se ocupaba de ellos, nadie se acercaba mucho a ellos; todo lo más, para darles limosna.
Por otra parte, Jesús ya había hecho otras curaciones, pero “a distancia”, con la fuerza de su Palabra, de su Espíritu.
Esta vez el Maestro se acerca y toca al ciego. Seguramente no es casualidad, sino un gesto premeditado y consciente. Podía haberlo curado de nuevo “a distancia”, pero prefiere untarlo con su saliva, y volver a tocarle los ojos.
Para mí esa es la enseñanza más importante de este pasaje: a los pobres también hay que “tocarlos” y dejarse tocar por ellos. Con lo que eso significa de cercanía, de implicación.
No tenemos saliva milagrosa ni podemos devolver la vista o la salud, pero podemos acercarnos y dar vida, la misma vida que nosotros recibimos gratuitamente. Por supuesto, no todo es sencillo ni idílico, ni los pobres de hoy son todos como el ciego de Betsaida que nos pintan las películas sobre Jesucristo. Pero precisamente ahí está el mérito.
Aunque, desde luego, “tocar a los pobres” no es suficiente. Es necesario también, como decíamos antes, dejarse “tocar” por ellos, en el sentido más vital y amplio de la palabra. Que su presencia, su vida, me afecte. Y no nos referimos a los pobres del Tercer Mundo, claro, sino al transeúnte de la esquina o al inmigrante que pide en el Metro… No vamos a arreglar el mundo, pero tampoco podemos volver la vista a otro lado. Jesús nunca lo hubiera hecho.
Jesús le puso nuevamente las manos sobre los ojos, y el hombre recuperó la vista. Así quedó sano y veía todo con claridad. Jesús lo mandó a su casa, diciéndole. «Ni siquiera entres en el pueblo».
Compartiendo la Palabra
Por Manuel Tamargo, cmf
Por Manuel Tamargo, cmf
Los ciegos, como tantos otros en Israel, eran marginados. Nadie se ocupaba de ellos, nadie se acercaba mucho a ellos; todo lo más, para darles limosna.
Por otra parte, Jesús ya había hecho otras curaciones, pero “a distancia”, con la fuerza de su Palabra, de su Espíritu.
Esta vez el Maestro se acerca y toca al ciego. Seguramente no es casualidad, sino un gesto premeditado y consciente. Podía haberlo curado de nuevo “a distancia”, pero prefiere untarlo con su saliva, y volver a tocarle los ojos.
Para mí esa es la enseñanza más importante de este pasaje: a los pobres también hay que “tocarlos” y dejarse tocar por ellos. Con lo que eso significa de cercanía, de implicación.
No tenemos saliva milagrosa ni podemos devolver la vista o la salud, pero podemos acercarnos y dar vida, la misma vida que nosotros recibimos gratuitamente. Por supuesto, no todo es sencillo ni idílico, ni los pobres de hoy son todos como el ciego de Betsaida que nos pintan las películas sobre Jesucristo. Pero precisamente ahí está el mérito.
Aunque, desde luego, “tocar a los pobres” no es suficiente. Es necesario también, como decíamos antes, dejarse “tocar” por ellos, en el sentido más vital y amplio de la palabra. Que su presencia, su vida, me afecte. Y no nos referimos a los pobres del Tercer Mundo, claro, sino al transeúnte de la esquina o al inmigrante que pide en el Metro… No vamos a arreglar el mundo, pero tampoco podemos volver la vista a otro lado. Jesús nunca lo hubiera hecho.








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