Publicado por Esquila Misional

«…Pero si llega cansado un indio de andar la sierra, lo humillamos y lo vemos como extraño por su tierra…» (Gabino Palomares).
En México, un malinchista es aquel que tiene apego por lo extranjero con menosprecio de lo propio. Este desprecio puede estar precedido o acompañado por prejuicios, falta de identidad, inseguridad, violencia, intolerancia y racismo, aspectos que se presentan mucho en nuestro mestizaje que aspira a lo de otros, pero rechaza y pisotea lo autóctono.
La palabra proviene de Malinche, la joven mujer que fue dada a Cortés y que tradujo los diálogos entre indígenas y españoles, por lo que algunos historiadores la consideran traidora. Muchas sociedades han dado nombre a sus traidores, así encontramos a los «Felipillos» en Perú, a los «Judas» en el cristianismo, etcétera. En fin, en todos lados se «cuecen habas», pero quiero detenerme en las consecuencias que acompañan a este malinchismo, principalmente cuando deriva en injusticia, violencia, racismo e intolerancia.
Quizá México sea el país más violento del mundo, según un organismo internacional, pero por cada «Caníbal de la Guerrero» o «Mataviejitas» hay un «Fritz austriaco» que encierra y viola a su propia hija, una «mamá alemana» que mata y congela a sus hijos, por citar algunos casos. La violencia no es cuestión de razas, religiones, etnias, partido político, posición económica, desarrollo, tribus urbanas o lo que siga. El corazón, la voluntad y la mente del ser humano son tan frágiles, tan misteriosas, que se pueden ofuscar por mil causas.
En contraparte, hay muchas personas en todos los países que son «un ejemplo a seguir», héroes, mártires, hombres y mujeres de paz, ecologistas… «hombres y mujeres de buena voluntad». Si por nuestra fe, estamos hermanados por Cristo, ¿cómo podríamos ser malinchistas, racistas e intolerantes con los demás?
Sin negar una apertura ante lo «universal», somos malinchistas cuando preferimos el Feng-Shui y algunas prácticas de otras religiones exteriores; lo somos cuando, llenos de prejuicios, despreciamos lo que tienen los indígenas mexicanos en sus grandes sincretismos de auténtica vida cristiana, quizá porque no nos los han presentado como los grandes «maestros-zen». Más allá del desconocimiento sobre estos sincretismos, en ocasiones nos avergonzamos de estos orígenes, y pretendemos ser cristianos muy a la italiana, a la francesa o de algún país «europeo de primer mundo». Malinchistas o «Judas» somos cuando negamos a Cristo y sus enseñanzas, cuando, siendo católicos, nos entregamos ciegamente otras creencias «que funcionan» o están de moda, pero también cuando, en sentido inverso, nos encerramos en el cómodo círculo de nuestra parroquia y no vemos por los demás, no queremos ver al hermano indígena que se muere de hambre, está desnudo o en la cárcel. Esa podría ser una traición al Evangelio y a todos los pueblos de la raza humana.
Malinchistas o «Felipillos» son aquellos gobernantes que traicionan los principios de paz y justicia de los pueblos indios. Quizá a la Malinche la conquista de Tenochtitlán no le importó más que su propia conquista: la de estar bien y que los demás se las arreglen, y eso que todavía no se conocía la sociedad político-mercantilista de esta época. Como sociedad moderna, la conquista del estilo de vida enfocado sólo éxito personal y económico –por encima del comunitario, que poseen todavía nuestros pueblos indígenas– parece por demás una especie de malinchismo. Importamos modelos económicos, sociales y hasta religiosos «civilizados» cuando nuestros pueblos indígenas tienen mucho que enseñarnos no sólo en estos sentidos.
Joven no vendas tu espíritu y tu trabajo al mejor postor si eso implica sacrificar o traicionar tus principios éticos y cristianos. ¿Por qué somos tan malinchistas? Intentemos llevar una vida íntegra, «de buena voluntad», enfocada al servicio y amor por los demás, principalmente por los indígenas, que dicho sea de paso nos evangelizan, no con palabras, sino con toda su vida.
En México, un malinchista es aquel que tiene apego por lo extranjero con menosprecio de lo propio. Este desprecio puede estar precedido o acompañado por prejuicios, falta de identidad, inseguridad, violencia, intolerancia y racismo, aspectos que se presentan mucho en nuestro mestizaje que aspira a lo de otros, pero rechaza y pisotea lo autóctono.
La palabra proviene de Malinche, la joven mujer que fue dada a Cortés y que tradujo los diálogos entre indígenas y españoles, por lo que algunos historiadores la consideran traidora. Muchas sociedades han dado nombre a sus traidores, así encontramos a los «Felipillos» en Perú, a los «Judas» en el cristianismo, etcétera. En fin, en todos lados se «cuecen habas», pero quiero detenerme en las consecuencias que acompañan a este malinchismo, principalmente cuando deriva en injusticia, violencia, racismo e intolerancia.
Quizá México sea el país más violento del mundo, según un organismo internacional, pero por cada «Caníbal de la Guerrero» o «Mataviejitas» hay un «Fritz austriaco» que encierra y viola a su propia hija, una «mamá alemana» que mata y congela a sus hijos, por citar algunos casos. La violencia no es cuestión de razas, religiones, etnias, partido político, posición económica, desarrollo, tribus urbanas o lo que siga. El corazón, la voluntad y la mente del ser humano son tan frágiles, tan misteriosas, que se pueden ofuscar por mil causas.
En contraparte, hay muchas personas en todos los países que son «un ejemplo a seguir», héroes, mártires, hombres y mujeres de paz, ecologistas… «hombres y mujeres de buena voluntad». Si por nuestra fe, estamos hermanados por Cristo, ¿cómo podríamos ser malinchistas, racistas e intolerantes con los demás?
Sin negar una apertura ante lo «universal», somos malinchistas cuando preferimos el Feng-Shui y algunas prácticas de otras religiones exteriores; lo somos cuando, llenos de prejuicios, despreciamos lo que tienen los indígenas mexicanos en sus grandes sincretismos de auténtica vida cristiana, quizá porque no nos los han presentado como los grandes «maestros-zen». Más allá del desconocimiento sobre estos sincretismos, en ocasiones nos avergonzamos de estos orígenes, y pretendemos ser cristianos muy a la italiana, a la francesa o de algún país «europeo de primer mundo». Malinchistas o «Judas» somos cuando negamos a Cristo y sus enseñanzas, cuando, siendo católicos, nos entregamos ciegamente otras creencias «que funcionan» o están de moda, pero también cuando, en sentido inverso, nos encerramos en el cómodo círculo de nuestra parroquia y no vemos por los demás, no queremos ver al hermano indígena que se muere de hambre, está desnudo o en la cárcel. Esa podría ser una traición al Evangelio y a todos los pueblos de la raza humana.
Malinchistas o «Felipillos» son aquellos gobernantes que traicionan los principios de paz y justicia de los pueblos indios. Quizá a la Malinche la conquista de Tenochtitlán no le importó más que su propia conquista: la de estar bien y que los demás se las arreglen, y eso que todavía no se conocía la sociedad político-mercantilista de esta época. Como sociedad moderna, la conquista del estilo de vida enfocado sólo éxito personal y económico –por encima del comunitario, que poseen todavía nuestros pueblos indígenas– parece por demás una especie de malinchismo. Importamos modelos económicos, sociales y hasta religiosos «civilizados» cuando nuestros pueblos indígenas tienen mucho que enseñarnos no sólo en estos sentidos.
Joven no vendas tu espíritu y tu trabajo al mejor postor si eso implica sacrificar o traicionar tus principios éticos y cristianos. ¿Por qué somos tan malinchistas? Intentemos llevar una vida íntegra, «de buena voluntad», enfocada al servicio y amor por los demás, principalmente por los indígenas, que dicho sea de paso nos evangelizan, no con palabras, sino con toda su vida.







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