Increíble! ¡Tremenda paradoja! En la localidad turca de Tarso, pueblo natal de Saulo, conocido en la milenaria historia del cristianismo como “el Apóstol de los gentiles”, no hay al presente sino sólo tres seguidores de Jesús. ¡Sólo tres y…, para más inri, extranjeros! Se trata, en efecto, de tres religiosas italianas que velan en su oración la memoria de San Pablo. La mezquita del lugar mal disimula que en sus orígenes fue una iglesia católica de planta basilical. Preciosísima, muy hermosa, a tenor de lo que hablan los restos arqueológicos. Los restos, ¡ay!, sí; pero nada más que los restos. Allá por el siglo XI, toda esta península de Anatolia, que sirve de puente entre Asia y Europa, fue invadida por los selyúcidas y, con ellos, por el islam que acabó –con el paso de los siglos– por enterrar al cristianismo.
Pero no del todo. El cristiano que visita –o, mejor, peregrina– por estos lugares encontrará recuerdos de San Pablo no sólo en Tarso, sino también en Antioquía, y en Antioquía de Pisidia, y en Éfeso, y en Mileto, y en Galacia, y en Colosas… y espontáneamente recordará que, después de dos mil años, nuestras Iglesias se robustecen aún hoy con las enseñanzas que el Apóstol dirigió a los cristianos gálatas, o colosenses, efesinos…, congregados en Iglesias que él personalmente había creado con su predicación. El que fue apóstol de innumerables pueblos no se había olvidado del suyo en lo que hoy llamamos Turquía y en aquel entonces Asia Menor. Muchos años de trabajo y de esfuerzos apostólicos los consumió San Pablo por estas sus tierras. Turquía fue, a buen seguro, lugar preferente del apostolado paulino.
Y eso que él tenía que haberse considerado un emigrante en Anatolia. Saulo era judío. Saulo y, claro está, toda su familia. Eran en aquellos tiempos muy numerosos los judíos que vivían dispersos por todo el Imperio romano. Saulo aprendió en su hogar el hebreo como lengua materna; en la calle y en la academia, el griego, la lengua de las clases cultas en todo el inmenso espacio sometido a Roma. Hablaba igualmente el latín y el arameo.
En circunstancias muy arriesgadas para su vida, Saulo tuvo que apelar a su condición de “ciudadano romano”. El Imperio había concedido este honor a todos los naturales de la ciudad de Tarso, importante puerto comercial en la costa sur de la región de Cilicia. Es fácil que el padre de Saulo se dedicara a traficar entre las poblaciones del Asia Menor y de Grecia. La desahogada condición económica de la familia no les hizo perder la cabeza a los miembros responsables de la misma. Eran, a buen seguro, unos judíos piadosos, leales con la ley de Moisés, dados a mantener vivas las tradiciones de su pueblo hebreo, se declaraban del grupo de los fariseos. La lectura de la Biblia y la recitación de los salmos pautaban las horas de cada jornada. El ambiente que les rodeaba estaba impregnado, con todo, para bien y para mal, de cultura helenística. A Saulo, cuando ya sea evangelizador y se llame Pablo, le servirá de no poco lo que había recibido de Grecia. Pero, por el momento, en su familia quieren que el muchacho se adiestre en el conocimiento de la Torá. Le envían, todavía adolescente, a la Ciudad Santa de Jerusalén y consiguen que el famoso rabino Gamaliel lo acepte como su discípulo.
Encarcelador de cristianos
No llegó a conocer personalmente a Cristo, aunque coincidieron en la misma ciudad y eran poco más o menos de la misma edad. Pero sí tuvo noticias de sus enseñanzas y modos de actuar. No le gustaban un pelo. Todo eso de que no estaba hecho el hombre para el sábado sino el sábado para el hombre; y eso otro de que llegaba un tiempo en el que los verdaderos adoradores de Dios no le reverenciarían aquí o allá sino en espíritu y verdad; o también ese orgulloso desafío de “destruid este templo y yo lo reedificaré en tres días”; y así, de este modo, una interminable lista de despropósitos que concurrían a minar los fundamentos del judaísmo, del pueblo elegido por Dios, de los herederos de Abraham, y de Isaac, y de Jacob, de Moisés y de todos los profetas de Israel… ¿Qué judío de bien podría soportar tantas blasfemias? El “fenómeno Jesús de Nazaret” le arrastró al fundamentalismo. Fariseo por su familia, lo fue aún más por su opción personal ante la novedad del que, crucificado, decían ahora que había resucitado.
El propio Saulo ha tenido a bien ofrecer estos apuntes biográficos. Con las manos esposadas, lo llevan ante el tribuno Lisias. Allí, en la soberbia escalinata de la Torre Antonia, Pablo solicita permiso para dirigirse a la multitud vociferante que trata de lanzarse sobre él. “Soy judío –les dice Saulo–, nacido en Tarso de Cilicia, educado en esta ciudad, he sido instruido a los pies de Gamaliel según el rigor de la Ley de nuestros padres. Me mostraba celoso de Dios, como todos vosotros lo sois ahora…”.
Para entender en su justa medida esta autoapología y lo bien puesto en razón de las iras del pueblo, hay que hacer memoria de que Saulo había sido encarcelador de cristianos. ¡Y en qué medida! “Perseguía yo con gran furia a la Iglesia de Dios y la devastaba”. Concretará: “Encadenaba y encarcelaba a hombres y mujeres”. Lo dice él. Lo reconoce. Las autoridades de la Sinagoga habían desatado la persecución contra “los nazarenos”. Saulo, joven de unos 25 años, se hacía notar por su celo inquisitorial. De sí mismo dirá el propio Saulo que era “un perseguidor violento”. ¡Qué más podrían desear los sacerdotes responsables del Templo y las autoridades del Sanedrín! Saulo era su hombre. Le dieron todos los poderes precisos para hostigar hasta la muerte a los cristianos.
Vocación misionera
Y ocurrió lo que todo el mundo sabe. De camino hacia Damasco, Saulo se ve cegado por un resplandor vivísimo, cae al suelo, oye una voz que le dice: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”. De ordinario se califica este pasaje como el de “la conversión” de San Pablo; el apóstol, por su parte, no habla nunca de “conversión” sino de “vocación”. La voz del cielo le interpela para hacerle “testigo ante todos los hombres” del misterio de Dios: que el Señor quiere la salvación de todos. Tan metida tiene Saulo esta convicción, que en el correr de sus días se verá como forzado desde muy adentro a exclamar: “¡Ay de mí si no evangelizo!”.
Tuvo, sin embargo, que poner freno por el momento a su ímpetu evangelizador. Luego de unas contadas prédicas en las sinagogas de Damasco, se retiró a las arenas de Arabia. Para rezar. Para estudiar una vez más la Biblia. Para espiar lo que Dios quería de él, para escuchar la voz del Señor en su interior más íntimo. Conocida es la sabiduría que adquirió en esos meses de retiro: “Todo lo juzgo como pérdida en comparación con el conocimiento de mi Señor Jesucristo, que todo lo sobrepuja, por cuyo amor lo he sacrificado todo”. O en otro momento: “Me he propuesto no saber ninguna cosa… sino a Jesucristo y éste crucificado”. ¡Esta sabiduría iluminará a partir de ahora todos los días de su vida!
Retorna a Damasco. Predica en las sinagogas. ¡Se arma el lío!; un lío que se le ceñirá a su cuerpo –durante todos los años de su actividad misionera– como una segunda piel: los judíos no soportan su predicación. E incluso no la soportarán, algo más adelante, muchos de los judíos que se han hecho cristianos, pero que desearían que el cristianismo no fuera sino una prolongación o puesta al día del templo y de los antiguos profetas. La pretensión de Saulo de que los seguidores de Jesús, el Resucitado, conformen una comunidad radicalmente nueva, no les cabe en la cabeza; menos aún en el corazón.
Y tiene que escapar de Damasco. Una escapada de cine: sus amigos le meten en una espuerta y le descuelgan por uno de los lienzos de la muralla de la ciudad. Se dirige a Jerusalén. Él, Saulo…, y el lío que no se le separa: en cuanto comienza a predicar “con valentía el nombre del Señor”, los judíos se amotinan contra él y le amenazan de muerte; y tiene lugar la escenita de la Torre Antonia. Está visto que Saulo no puede poner los pies en Jerusalén. “Los hermanos –los cristianos– le llevan a Cesarea y de allí le envían a Tarso”, su población natal.
Nuevo retiro, forzado retiro. Durante varios años. Su vocación –y, más concretamente, su vocación misionera– se le afianza más y más: “Apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios”. Cuando comience a enviar cartas a las comunidades cristianas de Éfeso, de Colosas, de Corinto…, éste será el encabezamiento de sus misivas: “Pablo, apóstol de Jesucristo”.
Viaja de nuevo a Jerusalén. Decidido a iniciar una apasionante y frenética actividad evangelizadora, quiere contar con el respaldo de Pedro, el primero y principal entre los apóstoles elegidos por el propio Jesús de Nazaret. Durante dos semanas departen confiados. Pedro le ha pedido que tenga la suya por su casa propia. Conviven como verdaderos hermanos.
Apóstol de los gentiles
La Iglesia de Jerusalén, que preside Santiago, anda esos días empeñada en enviar a Bernabé a Antioquía, en el Asia Menor. Su cometido será confirmar en la fe a los que van haciéndose seguidores de Jesús por el testimonio y la palabra de los que han recibido el Evangelio en Jerusalén. Bernabé tiene la buena idea de pedir que le acompañe Saulo. Se lo consienten. Y hete aquí que se van los dos evangelizadores hacia Antioquía. ¡Éxito total! ¡Absoluto! Saulo y Bernabé, Bernabé y Saulo se mueven a sus anchas entre los muy numerosos judíos de la diáspora. Son tantos los que se unen a la fe de la Buena Nueva, que en la ciudad comienzan a denominarles “cristianos”. Pero los “cristianos” no son sólo mujeres y hombres procedentes del judaísmo. Bernabé y Saulo, Saulo y Bernabé han tenido mucho cuidado en predicar el Evangelio a los gentiles. Saulo estaba íntimamente convencido de que ése era el cometido que el Señor le confiaba.
No le fue fácil aceptar esta misión que le apartaba de ir entregando el Evangelio a los judíos, sus hermanos de raza, a los herederos de la Alianza primera. Se resistió cuanto pudo. Intentó conciliar una y otra evangelización, la de los judíos, la de los gentiles… Durante unos tres largos años se prolongó este primer viaje de Saulo y Bernabé, del 45 al 49. Evangelizaron en Chipre y en varias regiones del Asia Menor, como Panfilia, Pisidia, Licaonia. En la ciudad fuertemente romanizada de Perge, Saulo cambió este su nombre hebreo por el latino de Pablo. Era un gesto que quería significar la inmersión de Saulo en el mundo de la gentilidad. Era un quemar las naves…
El intento era complicado. Los cristianos provenientes del judaísmo veían con muy malos ojos que los gentiles convertidos por Pablo no hubieran sido circuncidados como paso previo para su incorporación a la Iglesia. Les escandalizaba que esos nuevos conversos no se atuvieran a los rituales judíos de purificación y no dieran de lado los alimentos impuros, como la carne de cerdo. ¡Armaron, pues, la tremolina! Pablo no estaba dispuesto a ceder. Esos requisitos, caso de serles exigidos a los gentiles, atrancarían las puertas de la comunidad eclesial a muchos gentiles que tenían muy mal concepto de los judíos; se pondría, además, en peligro la universalidad de la obra redentora de Jesús; y se afianzaría la idea de que el cristianismo no era sino un complemento o apéndice de la Sinagoga. ¡Pablo no pasaba, no podía pasar, por este aro!
Ante la extrema gravedad de lo que está en juego, Pablo juzga necesario un nuevo encuentro en Jerusalén con Pedro y los demás apóstoles. O más ampliamente, con toda la Iglesia madre de la Ciudad Santa. A esta importantísima reunión, celebrada el año 50, se la conoce en la Iglesia como la del “Concilio de Jerusalén”. Salió de este concilio una aprobación de las tesis que defendían Pablo y Bernabé: ni circuncisión, ni ritos purificadores, ni prohibición de los alimentos que el judaísmo consideraba impuros. “Nos dieron a mí y a Bernabé la mano en señal de comunión para que nosotros nos dirigiéramos a los gentiles y ellos a los circuncisos”. ¡Triunfaba una Iglesia abierta a todos los pueblos! Y Pablo era oficialmente reconocido como “apóstol de los gentiles”.
Evangelizar Europa
Vuelve al Asia Menor y visita las Iglesias por él fundadas. Trata de extender su radio de acción, máxime ahora que le acompañan varios de sus discípulos. En la gran ciudad de Troas, Pablo experimenta que el Señor está urgiéndole para que evangelice a Europa. De aquí en adelante, a la biografía del Apóstol hay que unir los nombres de Macedonia, de Filipos, de Tesalónica, de Atenas, de Corinto… Tres años dura este segundo viaje apostólico. El tercero y último durará seis, buena parte de éstos fijo en Éfeso. Visita una por una las Iglesias a las que su celo había traído a la vida. Y desde el puerto de Filipos, en Grecia, retorna a Jerusalén, portador de la abundante limosna que para los pobres de Palestina había recogido entre las comunidades del Asia Menor. Confía, espera que, desde la Ciudad Santa, le será más fácil viajar a Roma. Arde en deseos de visitar la capital del Imperio.
Muchos cristianos del Asia Menor a los que Pablo había evangelizado se han avecindado en Roma. “Desde hace muchos años deseo ir a veros”. Lo escribe en la que llamamos “Carta a los Romanos”. Pero no sólo por este motivo apostólico-sentimental. También otro más político o estratégico. El influjo de Roma sobre todas las tierras y ciudades del Imperio es de sobra conocido. Desde Roma se podrá evangelizar más y mejor. La ciudad cuenta en esos momentos con no menos de dos millones de habitantes… de todos los pueblos del mundo. Y estando en Roma, ¿cómo no pensar en navegar hasta España?
Pero “el hombre propone y Dios dispone”. Pablo, desde Jerusalén, viajó, sí, a Roma, pero… ¡encadenado a dos legionarios romanos! Había ocurrido lo de siempre: judíos provenientes del Asia Menor –que conocían al dedillo la actividad misionera de Pablo entre los gentiles– se habían amotinado en Jerusalén contra el Apóstol. Éste, ni corto ni perezoso, apeló al tribunal del César, en Roma, porque estaba en posesión de la ciudadanía romana. Y a Roma se lo llevaron… preso. Claro que, en esta ocasión, fue un preso muy especial: encerrado en un domicilio particular y atado a un soldado romano por medio de una larga cadena. El “Libro de los Hechos de los Apóstoles” puntualiza que en esta casa-prisión permaneció Pablo dos años “recibiendo a cuantos venían a él y predicando el reino de Dios”. Debía de ser por el año 63, más o menos, cuando se le comunicó que el tribunal del César le declaraba no culpable.
Recuperada la libertad, ¿vino a España, como era su propósito? ¿Llegó al puerto de Tarragona, como pretende la tradición? El “Libro de los Hechos” ha puesto punto final al relato con la prisión de Pablo en Roma. ¡Con la crónica de la primera prisión, hay que añadir! Debería haber contado el viaje de Pablo a España, sus visitas –una vez más– a las cristiandades de Grecia y del Asia Menor, el enésimo amotinamiento de los judíos contra él, su detención, su trasladado –preso– a Roma, su encierro en una mazmorra, su condena a muerte por decapitación.
Debería haber contado que Pablo, a sus sesenta y pico años, estaba muy envejecido. Sus viajes interminables por tierra y por mar; las persecuciones de que fue víctima; los asaltos por parte de bandoleros; los naufragios que padeció; las detenciones, juicios y encarcelamientos; las hambres y la sed… habían terminado por minar su organismo. No su voluntad, que, como siempre, parecía de hierro. Dirá el propio Pablo: “Es ya inminente el tiempo de mi partida. He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he guardado la fe, me está preparada ya la corona de justicia”. Pablo no conoce la palabra “imposible”. Escribirá de sí mismo: “Todo lo puedo en Aquél que me conforta”.
Sobre su tumba, en la basílica romana dedicada a su memoria, se lee este pensamiento suyo que le retrata y que le hace ser modelo de los misioneros: “Para mí la vida es Cristo, y la muerte, ganancia”.
Pero no del todo. El cristiano que visita –o, mejor, peregrina– por estos lugares encontrará recuerdos de San Pablo no sólo en Tarso, sino también en Antioquía, y en Antioquía de Pisidia, y en Éfeso, y en Mileto, y en Galacia, y en Colosas… y espontáneamente recordará que, después de dos mil años, nuestras Iglesias se robustecen aún hoy con las enseñanzas que el Apóstol dirigió a los cristianos gálatas, o colosenses, efesinos…, congregados en Iglesias que él personalmente había creado con su predicación. El que fue apóstol de innumerables pueblos no se había olvidado del suyo en lo que hoy llamamos Turquía y en aquel entonces Asia Menor. Muchos años de trabajo y de esfuerzos apostólicos los consumió San Pablo por estas sus tierras. Turquía fue, a buen seguro, lugar preferente del apostolado paulino.
Y eso que él tenía que haberse considerado un emigrante en Anatolia. Saulo era judío. Saulo y, claro está, toda su familia. Eran en aquellos tiempos muy numerosos los judíos que vivían dispersos por todo el Imperio romano. Saulo aprendió en su hogar el hebreo como lengua materna; en la calle y en la academia, el griego, la lengua de las clases cultas en todo el inmenso espacio sometido a Roma. Hablaba igualmente el latín y el arameo.
En circunstancias muy arriesgadas para su vida, Saulo tuvo que apelar a su condición de “ciudadano romano”. El Imperio había concedido este honor a todos los naturales de la ciudad de Tarso, importante puerto comercial en la costa sur de la región de Cilicia. Es fácil que el padre de Saulo se dedicara a traficar entre las poblaciones del Asia Menor y de Grecia. La desahogada condición económica de la familia no les hizo perder la cabeza a los miembros responsables de la misma. Eran, a buen seguro, unos judíos piadosos, leales con la ley de Moisés, dados a mantener vivas las tradiciones de su pueblo hebreo, se declaraban del grupo de los fariseos. La lectura de la Biblia y la recitación de los salmos pautaban las horas de cada jornada. El ambiente que les rodeaba estaba impregnado, con todo, para bien y para mal, de cultura helenística. A Saulo, cuando ya sea evangelizador y se llame Pablo, le servirá de no poco lo que había recibido de Grecia. Pero, por el momento, en su familia quieren que el muchacho se adiestre en el conocimiento de la Torá. Le envían, todavía adolescente, a la Ciudad Santa de Jerusalén y consiguen que el famoso rabino Gamaliel lo acepte como su discípulo.
Encarcelador de cristianos
No llegó a conocer personalmente a Cristo, aunque coincidieron en la misma ciudad y eran poco más o menos de la misma edad. Pero sí tuvo noticias de sus enseñanzas y modos de actuar. No le gustaban un pelo. Todo eso de que no estaba hecho el hombre para el sábado sino el sábado para el hombre; y eso otro de que llegaba un tiempo en el que los verdaderos adoradores de Dios no le reverenciarían aquí o allá sino en espíritu y verdad; o también ese orgulloso desafío de “destruid este templo y yo lo reedificaré en tres días”; y así, de este modo, una interminable lista de despropósitos que concurrían a minar los fundamentos del judaísmo, del pueblo elegido por Dios, de los herederos de Abraham, y de Isaac, y de Jacob, de Moisés y de todos los profetas de Israel… ¿Qué judío de bien podría soportar tantas blasfemias? El “fenómeno Jesús de Nazaret” le arrastró al fundamentalismo. Fariseo por su familia, lo fue aún más por su opción personal ante la novedad del que, crucificado, decían ahora que había resucitado.
El propio Saulo ha tenido a bien ofrecer estos apuntes biográficos. Con las manos esposadas, lo llevan ante el tribuno Lisias. Allí, en la soberbia escalinata de la Torre Antonia, Pablo solicita permiso para dirigirse a la multitud vociferante que trata de lanzarse sobre él. “Soy judío –les dice Saulo–, nacido en Tarso de Cilicia, educado en esta ciudad, he sido instruido a los pies de Gamaliel según el rigor de la Ley de nuestros padres. Me mostraba celoso de Dios, como todos vosotros lo sois ahora…”.
Para entender en su justa medida esta autoapología y lo bien puesto en razón de las iras del pueblo, hay que hacer memoria de que Saulo había sido encarcelador de cristianos. ¡Y en qué medida! “Perseguía yo con gran furia a la Iglesia de Dios y la devastaba”. Concretará: “Encadenaba y encarcelaba a hombres y mujeres”. Lo dice él. Lo reconoce. Las autoridades de la Sinagoga habían desatado la persecución contra “los nazarenos”. Saulo, joven de unos 25 años, se hacía notar por su celo inquisitorial. De sí mismo dirá el propio Saulo que era “un perseguidor violento”. ¡Qué más podrían desear los sacerdotes responsables del Templo y las autoridades del Sanedrín! Saulo era su hombre. Le dieron todos los poderes precisos para hostigar hasta la muerte a los cristianos.
Vocación misionera
Y ocurrió lo que todo el mundo sabe. De camino hacia Damasco, Saulo se ve cegado por un resplandor vivísimo, cae al suelo, oye una voz que le dice: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”. De ordinario se califica este pasaje como el de “la conversión” de San Pablo; el apóstol, por su parte, no habla nunca de “conversión” sino de “vocación”. La voz del cielo le interpela para hacerle “testigo ante todos los hombres” del misterio de Dios: que el Señor quiere la salvación de todos. Tan metida tiene Saulo esta convicción, que en el correr de sus días se verá como forzado desde muy adentro a exclamar: “¡Ay de mí si no evangelizo!”.
Tuvo, sin embargo, que poner freno por el momento a su ímpetu evangelizador. Luego de unas contadas prédicas en las sinagogas de Damasco, se retiró a las arenas de Arabia. Para rezar. Para estudiar una vez más la Biblia. Para espiar lo que Dios quería de él, para escuchar la voz del Señor en su interior más íntimo. Conocida es la sabiduría que adquirió en esos meses de retiro: “Todo lo juzgo como pérdida en comparación con el conocimiento de mi Señor Jesucristo, que todo lo sobrepuja, por cuyo amor lo he sacrificado todo”. O en otro momento: “Me he propuesto no saber ninguna cosa… sino a Jesucristo y éste crucificado”. ¡Esta sabiduría iluminará a partir de ahora todos los días de su vida!
Retorna a Damasco. Predica en las sinagogas. ¡Se arma el lío!; un lío que se le ceñirá a su cuerpo –durante todos los años de su actividad misionera– como una segunda piel: los judíos no soportan su predicación. E incluso no la soportarán, algo más adelante, muchos de los judíos que se han hecho cristianos, pero que desearían que el cristianismo no fuera sino una prolongación o puesta al día del templo y de los antiguos profetas. La pretensión de Saulo de que los seguidores de Jesús, el Resucitado, conformen una comunidad radicalmente nueva, no les cabe en la cabeza; menos aún en el corazón.
Y tiene que escapar de Damasco. Una escapada de cine: sus amigos le meten en una espuerta y le descuelgan por uno de los lienzos de la muralla de la ciudad. Se dirige a Jerusalén. Él, Saulo…, y el lío que no se le separa: en cuanto comienza a predicar “con valentía el nombre del Señor”, los judíos se amotinan contra él y le amenazan de muerte; y tiene lugar la escenita de la Torre Antonia. Está visto que Saulo no puede poner los pies en Jerusalén. “Los hermanos –los cristianos– le llevan a Cesarea y de allí le envían a Tarso”, su población natal.
Nuevo retiro, forzado retiro. Durante varios años. Su vocación –y, más concretamente, su vocación misionera– se le afianza más y más: “Apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios”. Cuando comience a enviar cartas a las comunidades cristianas de Éfeso, de Colosas, de Corinto…, éste será el encabezamiento de sus misivas: “Pablo, apóstol de Jesucristo”.
Viaja de nuevo a Jerusalén. Decidido a iniciar una apasionante y frenética actividad evangelizadora, quiere contar con el respaldo de Pedro, el primero y principal entre los apóstoles elegidos por el propio Jesús de Nazaret. Durante dos semanas departen confiados. Pedro le ha pedido que tenga la suya por su casa propia. Conviven como verdaderos hermanos.
Apóstol de los gentiles
La Iglesia de Jerusalén, que preside Santiago, anda esos días empeñada en enviar a Bernabé a Antioquía, en el Asia Menor. Su cometido será confirmar en la fe a los que van haciéndose seguidores de Jesús por el testimonio y la palabra de los que han recibido el Evangelio en Jerusalén. Bernabé tiene la buena idea de pedir que le acompañe Saulo. Se lo consienten. Y hete aquí que se van los dos evangelizadores hacia Antioquía. ¡Éxito total! ¡Absoluto! Saulo y Bernabé, Bernabé y Saulo se mueven a sus anchas entre los muy numerosos judíos de la diáspora. Son tantos los que se unen a la fe de la Buena Nueva, que en la ciudad comienzan a denominarles “cristianos”. Pero los “cristianos” no son sólo mujeres y hombres procedentes del judaísmo. Bernabé y Saulo, Saulo y Bernabé han tenido mucho cuidado en predicar el Evangelio a los gentiles. Saulo estaba íntimamente convencido de que ése era el cometido que el Señor le confiaba.
No le fue fácil aceptar esta misión que le apartaba de ir entregando el Evangelio a los judíos, sus hermanos de raza, a los herederos de la Alianza primera. Se resistió cuanto pudo. Intentó conciliar una y otra evangelización, la de los judíos, la de los gentiles… Durante unos tres largos años se prolongó este primer viaje de Saulo y Bernabé, del 45 al 49. Evangelizaron en Chipre y en varias regiones del Asia Menor, como Panfilia, Pisidia, Licaonia. En la ciudad fuertemente romanizada de Perge, Saulo cambió este su nombre hebreo por el latino de Pablo. Era un gesto que quería significar la inmersión de Saulo en el mundo de la gentilidad. Era un quemar las naves…
El intento era complicado. Los cristianos provenientes del judaísmo veían con muy malos ojos que los gentiles convertidos por Pablo no hubieran sido circuncidados como paso previo para su incorporación a la Iglesia. Les escandalizaba que esos nuevos conversos no se atuvieran a los rituales judíos de purificación y no dieran de lado los alimentos impuros, como la carne de cerdo. ¡Armaron, pues, la tremolina! Pablo no estaba dispuesto a ceder. Esos requisitos, caso de serles exigidos a los gentiles, atrancarían las puertas de la comunidad eclesial a muchos gentiles que tenían muy mal concepto de los judíos; se pondría, además, en peligro la universalidad de la obra redentora de Jesús; y se afianzaría la idea de que el cristianismo no era sino un complemento o apéndice de la Sinagoga. ¡Pablo no pasaba, no podía pasar, por este aro!
Ante la extrema gravedad de lo que está en juego, Pablo juzga necesario un nuevo encuentro en Jerusalén con Pedro y los demás apóstoles. O más ampliamente, con toda la Iglesia madre de la Ciudad Santa. A esta importantísima reunión, celebrada el año 50, se la conoce en la Iglesia como la del “Concilio de Jerusalén”. Salió de este concilio una aprobación de las tesis que defendían Pablo y Bernabé: ni circuncisión, ni ritos purificadores, ni prohibición de los alimentos que el judaísmo consideraba impuros. “Nos dieron a mí y a Bernabé la mano en señal de comunión para que nosotros nos dirigiéramos a los gentiles y ellos a los circuncisos”. ¡Triunfaba una Iglesia abierta a todos los pueblos! Y Pablo era oficialmente reconocido como “apóstol de los gentiles”.
Evangelizar Europa
Vuelve al Asia Menor y visita las Iglesias por él fundadas. Trata de extender su radio de acción, máxime ahora que le acompañan varios de sus discípulos. En la gran ciudad de Troas, Pablo experimenta que el Señor está urgiéndole para que evangelice a Europa. De aquí en adelante, a la biografía del Apóstol hay que unir los nombres de Macedonia, de Filipos, de Tesalónica, de Atenas, de Corinto… Tres años dura este segundo viaje apostólico. El tercero y último durará seis, buena parte de éstos fijo en Éfeso. Visita una por una las Iglesias a las que su celo había traído a la vida. Y desde el puerto de Filipos, en Grecia, retorna a Jerusalén, portador de la abundante limosna que para los pobres de Palestina había recogido entre las comunidades del Asia Menor. Confía, espera que, desde la Ciudad Santa, le será más fácil viajar a Roma. Arde en deseos de visitar la capital del Imperio.
Muchos cristianos del Asia Menor a los que Pablo había evangelizado se han avecindado en Roma. “Desde hace muchos años deseo ir a veros”. Lo escribe en la que llamamos “Carta a los Romanos”. Pero no sólo por este motivo apostólico-sentimental. También otro más político o estratégico. El influjo de Roma sobre todas las tierras y ciudades del Imperio es de sobra conocido. Desde Roma se podrá evangelizar más y mejor. La ciudad cuenta en esos momentos con no menos de dos millones de habitantes… de todos los pueblos del mundo. Y estando en Roma, ¿cómo no pensar en navegar hasta España?
Pero “el hombre propone y Dios dispone”. Pablo, desde Jerusalén, viajó, sí, a Roma, pero… ¡encadenado a dos legionarios romanos! Había ocurrido lo de siempre: judíos provenientes del Asia Menor –que conocían al dedillo la actividad misionera de Pablo entre los gentiles– se habían amotinado en Jerusalén contra el Apóstol. Éste, ni corto ni perezoso, apeló al tribunal del César, en Roma, porque estaba en posesión de la ciudadanía romana. Y a Roma se lo llevaron… preso. Claro que, en esta ocasión, fue un preso muy especial: encerrado en un domicilio particular y atado a un soldado romano por medio de una larga cadena. El “Libro de los Hechos de los Apóstoles” puntualiza que en esta casa-prisión permaneció Pablo dos años “recibiendo a cuantos venían a él y predicando el reino de Dios”. Debía de ser por el año 63, más o menos, cuando se le comunicó que el tribunal del César le declaraba no culpable.
Recuperada la libertad, ¿vino a España, como era su propósito? ¿Llegó al puerto de Tarragona, como pretende la tradición? El “Libro de los Hechos” ha puesto punto final al relato con la prisión de Pablo en Roma. ¡Con la crónica de la primera prisión, hay que añadir! Debería haber contado el viaje de Pablo a España, sus visitas –una vez más– a las cristiandades de Grecia y del Asia Menor, el enésimo amotinamiento de los judíos contra él, su detención, su trasladado –preso– a Roma, su encierro en una mazmorra, su condena a muerte por decapitación.
Debería haber contado que Pablo, a sus sesenta y pico años, estaba muy envejecido. Sus viajes interminables por tierra y por mar; las persecuciones de que fue víctima; los asaltos por parte de bandoleros; los naufragios que padeció; las detenciones, juicios y encarcelamientos; las hambres y la sed… habían terminado por minar su organismo. No su voluntad, que, como siempre, parecía de hierro. Dirá el propio Pablo: “Es ya inminente el tiempo de mi partida. He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he guardado la fe, me está preparada ya la corona de justicia”. Pablo no conoce la palabra “imposible”. Escribirá de sí mismo: “Todo lo puedo en Aquél que me conforta”.
Sobre su tumba, en la basílica romana dedicada a su memoria, se lee este pensamiento suyo que le retrata y que le hace ser modelo de los misioneros: “Para mí la vida es Cristo, y la muerte, ganancia”.








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