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martes, 22 de abril de 2008

Misioneros del mañana

por Michael Mac Cabe *
Publicado por OMP Argentina

Introducción

En su célebre encíclica sobre la misión, Redemptoris Missio, el Papa Juan Pablo II ha afirmado la validez permanente de la misión de la Iglesia ad gentes y la continua pertinencia de una "vocación especial" al servicio de esta misión (cf. RM 65). Las palabras del Papa, sin embargo, no han logrado gran cosa para impedir la dramática caída -y en muchos casos la desaparición total- en el número de las vo­caciones para las congregaciones e institutos misioneros del mundo occidental, ni por contrarrestar la crítica radical y el cuestiona miento del movimiento misionero y de sus hipótesis teológicas. Durante un curso sobre la teología misionera que ofrezco en el Instituto Misionero Kimmage de Dublín, los estudiantes me han preguntado frecuentemente por qué, vistos estos acentos inaceptables de arrogancia intelectual y de superioridad espiritual, yo no abandono totalmente el concepto de la misión. Respondía que abandonar la misión sería destruir la identidad de la Iglesia y so­cavar su razón de ser. Lo que se impone ahora, sostengo, no es abando­nar la noción de la misión sino recentrarla y redefinir el rol del misionero. Esto es exactamente lo que intento hacer en esta breve reflexión sobre los misioneros del mañana.

Recentrar la misión

Según Carl Braaten, "la misión es el proceso que explora el sentido universal del Evangelio en la historia" (Braaten 1977, 2). No conozco mejor definición de la misión que esta. La misión se basa en la convicción de que el Evangelio de Cristo es válido para todos los pueblos, convicción que se manifiesta a través de un esfuerzo constante para unirse a los otros, realizando así concretamente esta pertenencia universal. La Iglesia, a través de la misión, está llamada a descubrir y expresar siempre más perfecta y plenamente el tesoro que le ha sido confiado. A través de la misión la Iglesia está llamada a convertirse en algo que aún no es, a desarrollar todo su potencial de Evangelio. Cuando la Iglesia es verdaderamente misionera se, halla descentrada de sí misma, mira y se mueve hacia el exterior, explora y descubre lo que aún no ha realizado.

Consecuentemente, la misión no consiste, en primer lugar, en hacer crecer la Iglesia en el tiempo y el espacio. Su objetivo no es el desarrollo de la institución ni el aumento numérico de sus miembros. Su objetivo es fundamentalmente teológico, es decir, realizar plenamente el conocimiento y el amor de Dios que es ilimitado y universal. Cuando la Iglesia naciente, en gran parte judía, penetró en el mundo griego, actuó con es­ ta comprensión de su vocación misionera. Así, a través de un diálogo profundo y transformador con la cultura y la filosofía griegas, la Iglesia fue lle­vada a descubrir algo de la significación universal del Evangelio de Cristo que le había hecho nacer. Aún más, fue en este proceso de expansión, de diálogo y descubrimiento cuando nació la teología. Martín Kahler expresó esta importante verdad en su notable y breve enunciado: "La misión es la madre de la teología" (citado en Braaten 1977, 3).

La relación entre misión y teología es un signo indicador de la sa­lud de la Iglesia. Cuando la misión establece los planes de la teología, la Iglesia permanece fiel a su vocación fundamental y realiza su naturaleza, que consiste en ser católica y apostólica. Cuando la teología está separada de la misión, como frecuentemente ha sucedido en la historia de la Iglesia, especialmente en los últimos siglos, la Iglesia como la teología se vuelven defensivas, polémicas y apologéticas. La misión también sufre con este di­ vorcio. Privada del acompañamiento crítico de la teología, la misión tiende a volverse reduccionista e ideológica, se vuelve conquista de la Iglesia antes que exploración y descubrimiento de lo que la Iglesia está llamada a ser .

A pesar de que estos últimos cuarenta años ha habido una sobrea­bundancia de libros y artículos sobre la misión, creo que para muchos misioneros el sentido de la misión está lejos de ser claro. La última expansión del dominio de la misión condujo, en gran medida, a una expansión del programa misionero sin ofrecer, en compensación, claridad sobre el objetivo que se persigue. La misión es siempre concebida en términos de llevar el Evangelio a los otros antes que dejar que el Evangelio nos conduzca a los otros. Siempre es algo que tenemos que hacer, antes que algo a lo cual estamos llamados a convertirnos. De hecho, el programa misionero para el Vaticano II, con su amplia concepción de la evangelización, muy fácilmente puede dar lugar a un activismo acelerado y a un complejo de salvador de parte de l os misioneros.

Los misioneros ahora tienen el desafío de abandonar el espíritu de cruzada del Siglo de las Luces, con su arrogante complejo de superioridad, de optimismo ingenuo y de activismo pragmático y perseguir su misión de dar testimonio de Cristo en un plano más humilde, contemplativo y dialogal. La Iglesia no es la fuente, el agente principal ni el fin de la misión. La Iglesia está llamada a participar en una actividad que viene de Dios, que pertenece a Dios y donde el Espíritu Santo es el principal actor.
Missio Dei

La misión, en primer y último lugar es la presencia de Dios y su ac­tividad en el mundo. Dios es la fuente y el fin de la misión. El rol de los misioneros está subordinado al rol de Dios y a su servicio. El rol de Dios es evocado de diversas maneras en la Biblia. El Evangelio de Juan habla del Verbo por el cual todo existe, el Verbo que ilumina a toda persona y da vida y gracia, el Verbo que se hace carne en Jesucristo. San Pablo habla del misterio del designio de Dios para la salvación de todos (1 Tim 2,4), el designio de unir todas las cosas en el cielo y en la tierra a Cristo (Ef 1,10) ", o de reconciliar todo con Cristo (Col 1,20). El Apocalipsis habla de los "cielos nuevos y la tierra nueva", donde Dios vendrá a vivir con su pueblo. "He aquí la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo" (Ap 21,3).

Lo que resulta significativo en estas imágenes que evocan la misión de Dios en el mundo es su universalidad. Estas imágenes abarcan a toda la raza humana y a toda la creación. Con agrado se admite ahora esta amplitud del plan de salvación de Dios y su interés lleno de amor para todos los pueblos, para todos los aspectos de su vida. La misión es dar a conocer este Dios que se dirige hacia el mundo con un amor creativo, un poder redentor de curación y transformación. Lo cual se da en la historia ordinaria y no está restringido a la actividad de la Iglesia. Redemptoris Missio habla de la presencia y actividad del Espíritu que "son universales, sin límite de espacio y tiempo" (RM 28). Aún más, esta presencia y esta acción del Espíritu de Dios "concierne no solo a los individuos sino también a la sociedad y la historia, a los pueblos, las culturas y las religiones" (íbid.).
Participar en la misión de Dios

Esta extensión universal de la misión de Dios (por la Palabra y el Espíritu) dispone el contexto en el cual debemos situar la misión. La Iglesia, y todos quienes pertenecemos a ella, estamos llamados a participar en un proyecto que viene de Dios y pertenece a Dios. Nuestra misión, entonces, no quita nada a la misión divina. Estamos llamados y enviados para secun­daria y contribuir a su realización. Aún más, participando en la misión de Dios nunca partimos de cero ya que encontramos seres humanos y un mundo donde el Espíritu de Dios está actuando. Entender esto ubica la misión en una nueva perspectiva de conjunto y disminuye mucho su angustia y su agresividad. No estamos solos en llevar una salvación que sería exclusiva para la gente que no tiene ninguna relación de salvación con Dios. Dios está presente en todas partes y antes que nosotros, Dios esta activo, en el sentido de la salvación, por vías que nos resultan desconocidas. Nuestra tarea consiste entonces en descubrir y reforzar esta presencia y esta acción.
El rol de los misioneros

Cuando reconocemos que nuestra misión no consiste en tomar el lugar de la misión de Dios sino en participar en ella, comenzamos a com­prender que nuestro primer desafío es esencialmente aquel de la contemplación. La misión es un encuentro con un misterio: el misterio de un Dios misionero cuyo amor abraza al mundo y todos sus habitantes; misterio del poder del Espíritu presente en lugares inesperados, de maneras imprevistas; misterio de la participación del pueblo en el misterio pascual a través de maneras que no hemos conocido ni imaginado. Para encontrar este misterio necesitamos mirar, contemplar, discernir, escuchar, aprender, responder, colaborar.

Nuestra primera tarea como misioneros es buscar y discernir dónde y cómo el Espíritu de Dios está presente y activo entre aquellos a quienes hemos sido enviados. Se trata, esencialmente, de un ejercicio contemplativo. Solo un espíritu contemplativo nos permitirá no imponer nuestro programa en el diálogo que ya existe entre Dios y el pueblo, sino más bien entrar en este diálogo con el corazón y el Espíritu de Cristo, a fin de descubrir el designio de Dios. Solo en la oración podemos aprender a respetar la libertad de Dios, presente y activo en su pueblo antes de nuestra llegada, ya respetar la libertad de la gente que responde a Dios a su manera.

El movimiento misionero moderno estuvo marcado por el trágico divorcio entre contemplación y misión. Se ha dicho, tal vez en broma, que los misioneros pedían a los contemplativos cumplir con la oración por ellos, mientras que aquellos cumplían con la tarea de predicar el Evangelio, de construir la Iglesia. Pero la oración es una dimensión intrínseca, no extrínseca, a la misión, Solo en una contemplación orante, los misioneros pueden concordar con el plan misionero de Dios. Fuera de la oración se corre el grave riesgo de que los misioneros se vuelvan los propagadores de un Evangelio que no es aquel de Cristo, y bautizadores de un Reino que nada tiene que ver con el Reino de Dios. El designio misionero de Dios no puede obtenerse sino a partir de una escucha profunda del Espíritu que sondea la profundidad de Dios y conoce las vías de Dios.

Un misionólogo contemporáneo, Kosuke Koyoma, acusa a los mi­sioneros occidentales de deformar el Evangelio de Cristo por su "espíritu de cruzada" y su "complejo de profesores". Les pide desarrollar lo que llama un "espíritu crucificado" (Koyama 1974, 1] 7ss). Pero, ¿qué es un "espíritu crucificado"? Según Koyoma es "un espíritu de renuncia que se apoya en la renuncia de Cristo... Es el espíritu que no busca el provecho por el provecho. Es el espíritu de volverse lo peor de la humanidad ya que es­to aportará algo mejor para los otros" (ibid., 131). Estoy de acuerdo con Koyoma y añadiría que sin una vida profunda de oración nunca podremos esperar desarrollar el espíritu crucificado de Cristo.

Es urgente que los misioneros ahora revistan algo de esta unidad entre contemplación y acción apostólica, que marcó al movimiento misionero monástico de la Edad Media. Según Bosch, "gracias al monaquismo es como se desarrolló gran parte del auténtico Cristianismo en el transcur­so de los sombríos períodos de Europa y más allá... En medio de un mundo gobernado por el amor de sí, las comunidades monásticas eran un sig­ no visible y una primera realización de un mundo gobernado por el amor de Dios" (Bosch 1991, 230). Felizmente, Redemptoris Missio ha recorrido cierto camino para corregir el divorcio entre el apostolado misionero y el contemplativo, describiendo al misionero como un "contemplativo en acción" (RM 91), señalando así la relación íntima entre la acción y la contemplación de la vida del misionero. Si es verdad que "el cristiano de mañana será un místico o no será nada", como lo ha dicho, al parecer, Karl Rah­ner, es más verdad aún que el misionero de mañana será un místico o no sobrevivirá.
¿Qué deben hacen los misioneros del mañana?

Hasta aquí he insistido en la manera cómo los misioneros de mañana deberían vivir su vocación, he hablado muy poco del tipo de actividad que deberían realizar. Sin embargo, la pregunta: ¿qué debe hacer el misionero de mañana?, tiene su valor aún. Intentaré responder acentuando sobre algunos desafíos, antiguos y nuevos.
1. La proclamación

Desde el alba de la historia cristiana la proclamación del Evangelio ha sido un ámbito de la misión de la Iglesia y continúa siendo una exigen­ cia que se impone tanto en nuestra época como en otras. Como el Papa Juan Pablo II afirmó: "La Iglesia no puede sustraerse al mandato explícito de Cristo; no puede privar a los hombres y mujeres de la 'Buena Nueva' de ser amados de Dios y salvados por Él" (RM 44).

Unirse a nuevos grupos humanos continúa siendo siempre una prioridad para los misioneros. En el pasado, estos grupos eran identifica­dos por su localización geográfica. El criterio geográfico puede permanecer como un indicador útil de las regiones donde el Evangelio debe ser siempre proclamado, pero hacen falta también otros criterios (RM 37). En el mundo cambiante en que vivimos surgen nuevos contextos sociológicos y culturales y se requiere dirigir la luz y el poder del Evangelio de Cristo hacia ellos, quizá por vez primera. Así por ejemplo, como Redemtoris Missio lo menciona, existe una nueva cultura creada por los medios de comunicación y el mundo de la juventud de nuestro tiempo, el mundo inestable de los refugiados y personas desplazadas y el mundo anónimo de las megápolis. El Papa pide a los misioneros tomar en cuenta particularmente las grandes ciudades del mundo, "los centros donde nace, por así decirlo, una humanidad nueva con nuevos modelos de desarrollo" (RM 37b).
2. El diálogo con los creyentes de otras religiones

Es un desafío relativamente nuevo. Los misioneros del pasado han sido acusados de adoptar una actitud más bien hostil hacia las tradiciones religiosas de los pueblos donde se les enviaba a evangelizar. Esta crítica, en gran parte, es injusta, a veces anacrónica. Hay numerosos misioneros que mostraron un profundo respeto por las culturas y las creencias religiosas de los pueblos donde fueron enviados. Pero, hijos de su tiempo, no consideraron a las otras religiones como vehículos de la Palabra de Dios y mediaciones de la gracia para quienes la siguieran. Los misioneros, formados en la escuela de la Iglesia según el Vaticano II, están llamados a sobre­pasar las limitadas perspectivas de sus predecesores y a mirar el rostro de Cristo en aquellos a quienes dan testimonio del Evangelio.

Los misioneros de mañana deberían desarrollar una teología del reconocimiento fundada en su propia experiencia de haber hallado a "Cristo" entre quienes han sido enviados. Este tipo de teología de base dará a los misioneros un fundamento sólido para comprometerse en un diálogo fructuoso con los creyentes de otras religiones. Aún más, no hay que mirar este diálogo como una simple preparación a la proclamación del Evangelio. Según la reciente enseñanza de la Iglesia, es una parte esencial del proceso de evangelización. Es una manera de proclamar el Evangelio.
3- La inculturación y el desarrollo de las Iglesias autóctonas

Los misioneros tienen un rol importante que jugar en el proceso de inculturación y el desarrollo de las Iglesias autóctonas. Mientras que el concepto de inculturación [encarnación del evangelio en una cultura particular) es relativamente nuevo, conocemos la realidad desde el inicio del Cristianismo. La proclamación y la acogida del Evangelio en el mundo grecorromano fue un ejemplo impresionante del proceso de inculturación. En este proceso el Evangelio halló un nuevo lenguaje, la cultura fue transformada.

Más recientemente, muchos misioneros, muy conocidos, se opusieron a la transplantación artificial de las formas occidentales del Cristianismo en tierra extranjera. Querían que el mensaje cristiano fundamental tome nuevas formas al morar en pueblos nuevos que poseían su propia y única cultura. La Misión, insistían, no debía clonar un producto maduro, sino aportar a lo que nacía como algo nuevo. Sin embargo, en la práctica, parece que la Iglesia primitiva logró de mejor manera la inculturación del Evangelio que la Iglesia moderna.

La Iglesia local debe tener la primera responsabilidad en la incultu­ración progresiva del Evangelio. El rol de los misioneros es secundario; sin embargo, de una importancia vital. Por así decirlo, son las "parteras" que contribuyen al nacimiento de nuevas comunidades de discípulos de Cristo - comunidades dotadas de riquezas culturales de su propio terreno y asistidas por sus propios ministros. Este rol demanda a la vez humildad y sensibilidad. Los misioneros, demasiado seguros de ellos mismos o demasiado preocupados por erigir y mantener las estructuras, pueden, tal vez sin quererlo, convertirse en obstáculos para el desarrollo espontáneo de una nueva vida cristiana.
4- Renovar el vigor de la Iglesia de origen

Si los misioneros pueden ser considerados como las "parteras" que ayudan al nacimiento de nuevas Iglesias, también son llamados a catalizar la renovación continua de sus "Iglesias de origen". En el pasado, los misioneros tendían a verse como comprometidos en un tránsito de sentido único. Eran ellos quienes enseñaban la verdad del Evangelio y, por así decirlo, correspondía a los paganos el "recibirlo"; ellos eran quienes convertían, los paganos eran los que se dejaban convertir. Los misioneros de ahora ven sus tareas mucho más como un tránsito en doble sentido, un intercambio vivificante entre las Iglesias antiguas y las Iglesias jóvenes, lanzando programas de concientización para ayudar a sus Iglesias de origen a comprometerse más en la misión ad gentes.

En otro tiempo, los programas de concientización misionera tenían el defecto de proponer una imagen demasiado heroica, incluso romántica del misionero, opuesta a una imagen negativa de los pueblos y las culturas donde trabajaban. No deberíamos sorprendernos al descubrir que en nuestras Iglesias de origen, bajo la tierna simpatía superficial por las pobres almas abandonadas de África y Asia, permanezcan actitudes muy obstinadas de intolerancia y prejuicios raciales. Las sociedades misioneras están llamadas a participar en el esfuerzo misionero interno de sus Iglesias de origen y aportarles la riqueza de su experiencia intercultural.

Los misioneros, entonces, están llamados a ser catalizadores en un doble sentido: catalizadores del encuentro entre el Evangelio y un pueblo nuevo con su cultura, llevando a una nueva encarnación de Cristo; y catalizadores para el crecimiento y renovación de sus Iglesias de origen. Los misioneros deben interpelar a sus Iglesias de origen para confrontar sus actitudes y sus valores con aquellas de los pueblos a quienes son enviados, entre los cuales trabajan. Únicamente de esta manera es como pueden ayudar a sus Iglesias de origen a desarrollar y madurar su fe.
5. Liberación

Finalmente, los misioneros de mañana tienen el desafío de dar una expresión concreta a la victoria de Cristo sobre el mal, y al avance del Reino de Dios en el mundo. La misión de Jesús en la tierra preparaba la venida del Reino escatológico de Dios, acontecimiento verdaderamente revolucionario en este sentido, que entrañaba una transformación radical del orden social. político y religioso. Esta misión era la Buena Nueva para los pobres y los excluidos, primeros beneficiarios de las bendiciones del Reino de Dios.

Ahora, los misioneros están llamados a volver a captar la natura­leza profética de la proclamación de Jesús del Reino de Dios en nuestra misión como Iglesia. La reflexión misionera reciente y su práctica resaltan justamente que la misión concierne a la gente en la totalidad de sus necesidades, toca a los individuos y a la sociedad, el alma y el cuerpo, el presente y el futuro. El Reino de Dios significa nada menos que la transformación integral de la humanidad y del mundo. Entraña una nueva creación del mundo tal como lo conocemos, la liberación de los hombres y mujeres de toda forma de servidumbre y de opresión, personal y social. Significa la manifestación y cumplimiento del plan de Dios en toda su plenitud.

El carácter íntegro del Reino de Dios exige que la misión de la Iglesia abarque un campo más amplio que antes. La misión, por consecuencia, tiende a una liberación integral de los seres humanos, donde la Iglesia es signo e instrumento. La Iglesia solo es fiel a su misión cuando reúne a todos los pueblos y abarca todas las dimensiones de la vida. Cuando se esfuerza por romper las barreras de raza, colores, creencias y religiones, transformando las relaciones humanas por el poder bienhechor del Evangelio de Jesucristo.

Estos cinco desafíos muestran el tipo de trabajo al que los misioneros ahora están llamados a cumplir. Es claro que los misioneros en un futuro previsible no se hallarán sin trabajo. Sin embargo, volviendo a la observación hecha al inicio de este artículo, la manera cómo realizan sus diversas tareas es tal vez más importante que lo que ellos realizan. Si la misión debe ser una propuesta que atraiga a los jóvenes de nuestro tiempo necesita un mejor fundamento teológico y un nuevo acercamiento. Se impone en nuestros días, más que nunca, un estilo más contemplativo de presencia misionera, con paciencia, resistencia, conocimiento de sus límites y a veces, incluso, retirada. Esta manera de realización creará el tiempo y el espacio necesarios para permitir a la semilla de la Palabra de Dios "crecer en su propio terreno" (Vijngaards 1988,1208).
*Michael Mac Cabe formó parte del Consejo General de la Sociedad de Misiones Africanas; es responsable de la formación inicia/y continua. Fue misionero en Zambia y en Liberia durante largos años, luego presidente del Instituto de Teología y Cultura KMI en Dublín, de 1999 al 2001. Escribe para el Boletín de Sedos, los Cuadernos Eudístas, The Indian Missiological Rewiew y otras revistas.

La misión es sobre todo la "misión de Dios'; la presencia de Dios y su actividad en el mundo. Los misioneros y las misioneras buscan y distinguen las huellas del Espíritu en toda su obra. La proclamación, el diálogo, la inculturación son algunos de los desafíos que se deben enfrentar con una mirada verdaderamente contemplativa.



Bibliografía

Bosch, David r 1991) Transforming Mission, New York Orbis Books) [Misión en transformación. Cambios de paradigma en la teología de la misión, Grand Rapids (Libros Desafío) 2000]

Braaten, Carl (1 977) The Flaming Centre. }\ Theology of the Christian Mission, Phi­ ladelphia (Fortress Press)

Koyoma, Kosuke (1974) What makes a Missionary? Towards Crucified Mind not Crusading Mind, en Mission Trends, n° 1. Critical Issues in Mission Today, ed. por G. H. Anderson y Thomas F. Stansky, CSp', New York (paulíst Press)

Vijngaards, John (1988) New Ways for Mission, en The Tablet, Oct. 22


Michael Mac Cabe

Vía de/la Nocetta 111

00/64 Roma - Italia

Traducción: Cecilia Borja Pazmiño

Artículo publicado en la Revista de Misionolgía «Spiritus» Nº 176 - Año 45/3 - Edición hispanoamericana

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WebJCP | Abril 2007