Demasiadas personas necesitan vivir permanentemente en la cresta de la ola. O, al menos, creerse que están ahí.Cualquier experiencia de fracaso, aunque sea limitada, les resulta insoportable, hace bajar su autoestima y caen en la depresión o en la agresividad.
Durante mucho tiempo, desde que entrábamos en el sistema educativo (familiar o escolar) se nos inculcaba la idea de que teníamos que ser unos “ganadores” o no seríamos nada.
Quizás esto explique, al menos en parte, la creciente violencia en los centros escolares.
Nadie nos explicó nunca el “valor del fracaso” o de la frustración.
Corremos detrás del éxito rápido y fácil. Y estamos convencidos de que eso es bueno. No caemos en la cuenta de que ese tipo de éxitos nos impiden, con frecuencia, afrontar los aspectos verdaderamente importantes y valiosos de la vida.
Convertirse en esclavos del éxito nos imposibilita para vivir la vida en toda su profundidad.
Leída de tejas para abajo la vida de Jesús de Nazaret fue un estruendoso fracaso. Aquel que pretendía mostrar a los hombres lo que significa vivir de manera auténticamente humana, termina como hombre de la manera más denigrante: clavado en una cruz, condenado por aquellos a los que pretendía salvar, siendo la irrisión de judíos y romanos.
Un camino elegido
Ese final no fue fruto de la casualidad. Al comienzo de su vida pública, cuando se retira al desierto por cuarenta días para comprender qué tiene que hacer y cómo tiene que hacerlo, se le presenta la tentación de éxito fácil.
¿Tienes hambre? Con un pequeño milagro puedes convertir las piedras en pan. ¿Nadie te hace caso? Tírate desde la torre del templo y todos te admiraran. ¿No tienes influencia? Yo te daré el poder sobre los reinos de la tierra. Es la voz del “mentiroso”, a quien normalmente llamamos diablo. (Mt 4, 1-11).
Jesús no cae en la tentación de los laureles inmediatos. No basta calmar el hambre de hoy. La vida es larga y hay que mirarla con perspectiva de futuro y de profundidad. De ahí su respuesta: “No sólo de pan vive el hombre…”.
De distintas maneras, y a lo largo de toda su vida, aquella situación del desierto se repitió en la vida de Jesús… ¡hasta quisieron proclamarlo rey! Y se fue a otros lugares.
El “mentiroso” no lo dejó tranquilo ni en la cruz. Aparentemente era su fracaso total. Por boca de los sumos sacerdotes, de los escribas y de los ancianos le dice: “A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse… que baje ahora de la cruz y creeremos en él” (Mt 27, 42-43). Es su última oportunidad. Podía deslumbrar a todo el mundo y que amigos y enemigos creyeran en él. Podía haberlo hecho.
Pero se mantuvo fiel a sí mismo y fiel al Padre. La vida es larga… incluso atraviesa a la muerte.
Y permaneció en la cruz, como si fuera un fracasado humano.
El valor del fracaso
Como personas y como cristianos estamos llamados a ser felices. El fracaso no es voluntad de Dios, la felicidad sí. Pero el camino de la felicidad supone aceptar determinados fracasos como condición para alcanzar una felicidad que pueda abarcar la largura de nuestra vida.
Los fracasos son escuela de vida. Nos hacen ver nuestros límites y sólo viéndolos podemos superarlos. Los fracasos nos hacen ser realistas con nosotros mismos y sólo entonces podemos ser solidarios con los demás. Los fracasos hacen que no nos sintamos superiores a nadie y sólo desde la conciencia de nuestra debilidad podemos aportar algo valioso a los otros. Los fracasos nos hacen caer en la cuenta de que no somos autosuficientes y sólo entonces reconoceremos que necesitamos de los demás… Y podríamos seguir la lista.
¿Por qué nadie nos explicó nunca el valor del fracaso? ¿Por qué nadie nos explicó que el fracaso es el motor de la esperanza y elemento necesario para una vida más plena, más humana y más feliz?
¿Por qué nos cuesta tanto reconocer nuestros fracasos y tratamos de ocultarlos o negarlos?
El engaño del éxito fácil
Los éxitos fáciles lo más que consiguen es ser respuesta a necesidades inmediatas. El problema es que entonces el hombre se “encadena” a la primera solución que se presente, arreglando así una pequeña parte de su problema y a partir de entonces no le queda libertad para hacer frente a las cosas en su profundidad.
La misión de Jesús y la misión de la Iglesia es hacer presente el Reino de Dios. Tarea larga, dura y difícil. Camino marcado por fracasos. Ser fieles al estilo de Jesús supone no caer en la tentación del “mentiroso”: buscar el éxito inmediato.







Adelante
Sigue Conociendo
INICIO





0 comentarios:
Publicar un comentario