Juan Carlos García y Virginia Cuenca Márquez-Nieto son un matrimonio de misioneros laicos vicencianos que están actualmente en Bolivia compartiendo la misión con los misioneros vicentinos (paúles) de El Alto y con la Comunidad de Juventudes Marianas Vicencianas ( JMV) de Sacaba. Virginia es la primera vez que pisa tierras bolivianas. Antes, ha misionado en Honduras y Mozambique. Para Juan Carlos ésta es la tercera experiencia en Bolivia, después de dos veranos. Su inquietud misionera les ha llevado a este país y ellos nos van a contar su experiencia misionera de laicos vicencianos a tiempo completo.La Comunidad de laicos vicencianos se encuentra en Sacaba, Cochabamba. Allí están Germán y Delmy, con sus dos hijos, junto con Ángela Chicharro y Ana López, realizando una incansable labor en favor de los más pobres. A través de todos los proyectos, sean pastorales, educativos, sanitarios... están dando testimonio de su fe.
En esa Comunidad pasamos la primera semana en Bolivia. Cierto que añorábamos a España, con sus bienes y sus males. No por sentirnos desprotegidos, que estuvimos sobradamente arropados por todos, por los de la Comunidad y por las Hermanas de Cochabamba, sino por el hecho de pensar en normas establecidas, en derechos humanos, en la dignidad mínima de las personas, especialmente de las mujeres y los niños, los más desprotegidos.
Desde aquí, subimos a La Paz por carreteras increíbles. Ocho horas de viaje, por suerte sin bloqueos, hasta llegar a El Alto, donde los padres tienen su casa.
Para los amantes de la naturaleza el viaje no tiene desperdicio: el lago Titikaka, por su lado no turístico, el pequeño Muchupichu, Iyampu, y pueblos difíciles de imaginar.
La Comunidad Internacional de EL ALTO está compuesta por los PP. Cirylle Pierre de la Barre (de la Provincia canónica de París), Abdo Eid (de la Provincia de Oriente), José Diego Pla (de la de Madrid), Fernando Sánchez (de la de Argentina) y Anibal Manuel Vera (de la del Perú).
Nosotros estamos trabajando junto al P. Diego Pla, en la parroquia de san Pedro, en Mocomoco, una de las tres parroquias rurales que los padres atienden en el altiplano.
Mocomoco pertenece a la Diócesis de El Alto y está cerca de la frontera con Perú. Estamos a unos 3.700 metros de altitud. Abarca unas 50 comunidades Aymaras, de las que visitamos unas 35. Algunas a más de cuatro horas en coche y otras tantas a pie.
La cultura aymara es difícil de comprender; es muy dura en su concepción del ser y, no digamos, en el derecho a la vida. Nos impresiona sobremanera el poco valor de los nacimientos; de los nacidos, sería más concreto y expresivo. No dan nombre a los niños hasta que tienen varios años. Y es que no forman parte de la sociedad. No digamos si nacen gemelos, sólo uno tendrá la suerte de vivir; y, si la madre muere, adiós el hijo. ¡Hablar de los derechos del niño! ¡Qué ilusión! Y si esta cultura fuese única. En Mozambique, la cultura macua, es idéntica.
Estas personas se conforman con subsistir. Su economía no les permite mucho más. En época de lluvias están aislados, pues los caminos se hacen intransitables por los derrumbamientos.
Lo que hemos vivido con intensidad han sido las visitas a las Comunidades, donde el sol quema y curte la piel; hay tanta luz, que casi todos tienen algún problema de visión. Por primera vez hemos visto llamas y alpacas, esos animalitos a los que es mejor no acercarse, porque escupen. En las visitas hemos hecho consulta de salud espontánea. Gracias a Dios, no hemos encontrado problemas graves.
La labor pastoral tiene muchos contenidos específicos y otros no tan específicos; pero todo cuanto se hace por estas buenas gentes entra dentro de esa categoría: la misa diaria, la catequesis, la formación de catequistas, la visita a las comunidades rurales, la administración de los sacramentos, etc.
En lo social: los desayunos escolares, el comedor, la guardería, la escuela de fútbol, las becas de estudio, la ayuda a las familias; todo tiene su gran importancia.
El P. Diego Pla lleva ya tres años realizando un arduo trabajo de evangelización y desarrollo. Todo muy difícil, por infinitos motivos. Dios se lo premie.
Posiblemente, lo más hermoso es que la Misión es una gran casa con las puertas abiertas, donde, especialmente los más pequeños, encuentran la oportunidad de vivir su infancia; pues la mayoría la pierden, ya que, por necesidades familiares, los niños, desde bien pequeños, cuidan el ganado y realizan otras labores, propias de los mayores, y ni siquiera van a la escuela.
Para nosotros, participar en esta misión nos está siendo un regalo. Al principio nos resultó bastante duro, ya que es difícil comprender una cultura tan cerrada, inhumana en ocasiones, y en la que la vida vale tan poco.A veces nos invade la tristeza, cuando somos testigos de injusticias, de malos tratos a las mujeres y a los niños. Otras veces nos desborda la alegría, cuando contemplamos, por ejemplo, algo parecido a los reflejos de Dios hecho Niño. Y siempre tenemos esperanza, porque, donde no llega lo humano, vemos que Dios actúa.
En las visitas a las Comunidades nos encontramos con bastante abandono de la higiene, tanto de los niños como de los mayores. Son bastante alérgicos al agua. Se nos cae el alma a los pies cuando encontramos niños que parecen abuelitos, sin dientes, desnutridos, con alteraciones visuales, con parásitos ¡sin ninguna clase de higiene! Eso de recurrir al médico, cuando están enfermos, no va con ellos; el tiempo lo cura todo; y, si no lo cura, se conforman con la muerte. El sistema sanitario, no sólo es deficiente, es, además, corrupto; de ahí que desconfíen tantísimo del sistema.
Parece tópico, pero es verdad: hemos venido a evangelizar, pero nos sentimos evangelizados. Vemos con claridad que las Bienaventuranzas son verdad y, aunque en apariencia parezca lo contrario, vemos que de estos pequeños y pobres es el Reino de los Cielos.
¡Qué riqueza!: aquí estamos juntos los laicos de JMV, los Padres Paúles y las Hijas de la Caridad. Y aquí nos sentimos, de verdad, Familia Vicenciana.
Tenemos la sensación de haber vivido mucho más de lo que hemos contado, pero es difícil poner por escrito todos nuestros sentimientos.







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