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MISIONEROS EN CAMINO: Dios Amor o Dios Justicia / Octavo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt 6, 24-34 / 02.03.14
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domingo, 2 de marzo de 2014

Dios Amor o Dios Justicia / Octavo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt 6, 24-34 / 02.03.14


(Mt 6, 33) “Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura” [Lc 12, 31]


Un fragmento de un libro ya terminado que espera edición.

Lo primero, esencial y vital es buscar la justicia del Reino. Lo demás es un agregado, algo que vendrá indefectiblemente cuando se busca lo primordial. Es curioso que mientras regularmente aseveramos que el amor es lo primordial en el mensaje de Jesús, esta frase venga a poner en primerísimo lugar el Reino de Dios y su justicia. Parece que volviésemos al viejo dilema de lo justo versus lo misericordioso, como en la larga historia de la Iglesia se ha discutido enfrentando las imágenes del Dios Juez y del Dios Amor. ¿Están verdaderamente enfrentadas ambas imágenes? ¿Son extremos que nos obligan a optar por una o por otra? ¿El amor puede contradecir a la justicia? En definitiva: ¿qué es lo primero para Jesús?

Superando el dilema, la idea de una justicia del Reino es perfectamente equiparable al amor. La justicia del Reino es la justicia de la gracia, distinta a la justicia de los escribas y fariseos que parece comercial, de intercambio de favores con Dios. Partiendo de una justicia que es gracia, la dicotomía se vuelve falsa. No está la justicia en un extremo como negación de la misericordia, ni está el amor en el otro extremo como negación de la justicia. La justicia divina es gracia, y la gracia es el amor de Dios que se da libremente. En esa libertad no sujeta a leyes, la justicia del Reino difiere totalmente de la justicia que los humanos intentamos elaborar. No quiere decir que nuestra justicia sea innecesaria; todo lo contrario, parece imprescindible un sistema de justicia para convivir; pero no es la justicia primigenia (de la Creación, del modelo utópico del Edén) ni es la justicia definitiva (escatológica). La gracia se desarrolla en otro nivel interpretativo de la vida y en un tipo de relación que no es comercial. Así como los escribas y los fariseos tienen una justicia que ofrece buenas obras a Dios para conseguir salvación, los sistemas judiciales humanos, en general, ofrecen la posibilidad de una pena (un purgatorio) que se correspondería a la gravedad de la falta (un delito menor, un robo, un homicidio, etc.). Son justicias en plano retributivo. En cambio, la justicia del Reino es en plano de gracia, de don, de regalo. No hay recompensa en amor por las buenas obras, ni salvación por cumplir ciertos decretos.
No quiere decir que la justicia del Reino, por estar en plano de gracia, sea inalcanzable para nosotros. Muy lejos de ello, Jesús insta a buscar esa justicia como lo principal. Porque se trata de una forma de vida, de un estilo y una actitud frente a la realidad. Que la gracia esté en otro plano de relaciones no quiere decir que sea de otra dimensión. La gracia tiene injerencia histórica. Jesús encarnado ha vivido según la gracia. Y ha sido un justo, a pesar de morir condenado como un injusto, que según el sistema de la época merece la crucifixión. En el plano de la justicia de los humanos, Jesús es un criminal sentenciado. En el plano de la gracia, es el humano perfecto que ha vivido según la gracia de Dios, o sea, ha vivido en la justicia del Reino. A los discípulos les compete la misma intención: buscar la justicia del Reino, vivir según la gracia de Dios, amar. Por eso podemos decir que en la interpretación mateana de la justicia no hay oposición con el amor. Paradójicamente para nuestro pensamiento tradicional, cuando amamos somos justos, cuando buscamos amar estamos buscando la justicia del Reino. Y el paradigma cercano de esa forma de vida es Jesús. Vivir como Jesús es vivir justamente. Eso no siempre quiere decir que vivamos dentro del marco de la ley social y jurídica del lugar en el que estamos. Jesús quedó fuera de su ley religiosa y fuera de la ley imperial, y pagó con su vida esa situación. Sin embargo, ha sido el justo más justo.

En esa paradoja debe interpretarse también lo de la añadidura. Lo que vendrá agregado a la justicia del Reino no necesariamente es una bendición existencial como lo cree la teología de la retribución. Si así fuese estaríamos nuevamente en el plano mercantil. Si la búsqueda de la justicia se recompensa con bienes materiales o con una vida de abundancias y comodidades, es porque hemos caído en lo mismo de siempre. La paradoja de la añadidura es que lo que viene añadido no es un premio por la búsqueda del Reino, sino un añadido, sencillamente eso. No viene porque seamos buenos, no viene para dejarnos en descanso y que dejemos de buscar, no viene a salvarnos de la tribulación de intentar ser justos en un mundo que no entiende esa justicia. Viene, y punto. Quien está alerta en esa búsqueda lo reconoce y lo disfruta. El que ha perdido un poco la atención puede dejar pasar esas añadiduras sin encontrarles el sentido profundo. No son premios, pero están ahí. No son beneficios elitistas, pero están ahí. No son el escape ni el fin del camino, pero están ahí. Y misteriosamente forman parte de esa justicia que buscamos.


WebJCP | Abril 2007