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MISIONEROS EN CAMINO: Si entre ellos se pelean / Decimoctavo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc 12, 13-21 / 04.08.13
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domingo, 4 de agosto de 2013

Si entre ellos se pelean / Decimoctavo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc 12, 13-21 / 04.08.13


Pistas exegéticas (qué dice el texto)
A Jesús se le propone mediar una disputa familiar. Quizás, el fondo del problema sea el mismo que el de la parábola del padre misericordioso de Lc 15, 11-32: un hermano pide su parte de la herencia en vida. Lo usual es esperar la muerte del padre para repartir la herencia, pero en casos excepcionales se podía pedir por anticipado. Eso es lo que hace el hermano menor de la parábola del padre misericordioso, y eso es lo que pide hoy el que habla desde la multitud. En ambos casos el resultado parece ser la disputa familiar. Al regreso del hermano menor en el capítulo 15 de Lucas, es el hermano mayor quien se enoja y no quiere compartir la alegría del regreso. En la lectura de este domingo, la disputa fraternal ya parece estar instaurada; quien viene a pedir la mediación de Jesús, la pide porque su hermano no quiere partir la herencia todavía.


Hasta aquí, sin avanzar más allá del primer versículo de la perícopa, podemos dar cuenta de la destrucción que genera el dinero. Tanto en Lucas 15 como en Lucas 12, el dinero (la herencia) quiebra las relaciones humanas. Por cuestiones monetarias, la fraternidad se ve amenazada. Si las obras literarias son, en general, un reflejo de lo que acontece en la sociedad de su época y, más precisamente, en el micro-clima donde se gestan, podemos decir que el Evangelio según Lucas refleja la economía del Imperio Romano y la tensión ricos-pobres de la comunidad cristiana a la que pertenece el autor.
Lucas sabe que las diferencias económicas, que la brecha entre ricos y pobres, que la abundancia de algunos pocos y la carencia de muchos, destruye la comunidad. Lucas sabe que la religión no puede ser ajena a la realidad socio-económica. Lucas sabe que el cristianismo no se vive desencarnado, sino en una opción concreta que es opción por el pobre, marginal y desvalido. Los hermanos de sangre que se pelean por el dinero son, en proyección, los hermanos cristianos que se pelean también por el dinero. Por eso Jesús no puede legislar sobre una disputa concreta; no hay solución real en un arbitrio específico. La solución real es la que ataca la raíz del problema; raíz que reside en la codicia/avaricia.
La codicia es el afán desordenado por obtener cada vez más bienes materiales; la avaricia es el afán desordenado por acumular e incrementar el tamaño de lo que se acumula. De una u otra manera, el problema es que el ser humano se mira el ombligo y deja de mirar el rostro del hermano. Sólo importa mi necesidad en este instante y en este lugar. Sólo importa acumular por el hecho de acumular. Lucas sabe que la codicia/avaricia es diametralmente opuesta al Evangelio del darse por entero sin pedir nada a cambio.
La parábola del codicioso no viene a dar solución a la disputa de los hermanos en un término inmediato. La solución que trae Jesús es a todos los hermanos de la gran familia humana. Si no se destierra la codicia/avaricia, si todos son como el hombre de la parábola, desesperados por agrandar los graneros mientras falta el pan a diestra y siniestra, el mundo se cae, se despedaza, y la vida es pisoteada. En un segundo plano, pero muy importante, la lectura de hoy opone los términos vida a riquezas. Éstas últimas no aseguran la vida de nadie, ni mucho menos la vida que transmite Dios. Filosóficamente, sería ilógico que un don tan grande como la existencia, regalada por el Padre, pueda encontrar sus cimientos en lo mercantil, en la compra/venta. La codicia/avaricia se opone al Evangelio porque se opone a la gracia, y la gracia es amor que genera vida. El codicioso no vive (muere en la parábola) porque, en realidad, está viviendo para sí mismo, y al encerrarse en él, se ahoga hasta morir. El que se entrega por los hermanos, en cambio, vive porque se va haciendo pleno en la entrega. El que se entrega no se preocupa por la herencia que le corresponde, sino por la que le corresponde al hermano.
Dios llama al codicioso de la parábola con el término griego afron, compuesto por la partícula negativa a y el término derivado de fren, que significa mente. O sea, se trata del que no tiene mente figuradamente, el que no tiene sentido común, el sin-razón. El mismo término utilizó Jesús para referirse a los fariseos en Lc 11, 40 en una disputa sobre la pureza ritual que derivará en los ayes (cf. Lc 11, 42-52). Así como es sentido común que Dios no puede condenar por el supuesto incumplimiento de prescripciones litúrgicas, debiese ser sentido común que no se puede vivir para almacenar bienes que no se comparten. Es un insensato, un sin-razón quien hace de la avaricia/codicia su estilo de vida.

Pistas hermenéuticas (qué nos dice el texto)
Quizás, actualizar la lectura hoy signifique algo más que plantearse el sentido definitivo de los valores solidarios. Quizás, la lectura en un mundo capitalista y consumidor tenga que ver con el dinero depositado en los bancos que no vuelven al pueblo para generar mejor calidad de vida. Quizás, tenga que ver con el capitalismo eclesial que ha generado un mercado propio y que se ha amigado con las fuerzas mercantilistas. Las luchas iniciadas y mantenidas por la codicia/avaricia son las luchas de todos los días. Se arman guerras y se desarman relaciones en pos de aumentar el capital personal o grupal. Se destruye la vida del otro por creer que así se asegura la vida propia. Se desalojan pueblos originarios, se deforesta, se niegan derechos fundamentales, se hacen campañas de desprestigio, se compra como baratija la tierra, se engaña y manipula, se envían matones, se quitan fuentes de trabajo… todo se hace con el objetivo de asegurarse una estabilidad que provenga de lo económico.
La premisa de la madurez, en el mundo que habitamos, es lograr una situación laboral que asegure un futuro relajado, sin preocupaciones, donde el dinero se genere (en beneficio propio) sin mover un dedo. De ninguna manera puede pretenderse Reino de Dios donde el rey es el dinero, donde el amo y señor es la acumulación que asegura bienestar. No se puede vivir la gran utopía de la humanidad, por ejemplo, cuando la desnutrición se solucionaría con los depósitos bancarios inmóviles. En la época de Jesús no existían las bancas, y sin embargo la raíz del problema era la misma: la avaricia/codicia.

No está de más recordar, constantemente, que el ser humano mure de todas formas, con bienes o sin bienes, pero que la vida (la manera de vivir) se hace plena dándose al otro o se atrofia en uno mismo. Lo que se puede elegir es cómo vivir, porque el hecho de la muerte ya está asegurado. En esa perspectiva, es insensato acumular hacia la muerte; lo lógico sería desprenderse para vivir plenamente.


WebJCP | Abril 2007