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MISIONEROS EN CAMINO: Cruz de carga / Décimosegundo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc 9, 18-24 / 23.06.13
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domingo, 23 de junio de 2013

Cruz de carga / Décimosegundo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc 9, 18-24 / 23.06.13


Pistas de exégesis (qué dice el texto)
Lo que hace Lucas es un artificio literario, una arquitectura en sándwich que comienza con las suposiciones populares sobre la identidad de Jesús, disparadas por la curiosidad de Herodes (cf. Lc 9, 7-9), luego la multiplicación de los panes (cf. Lc 9, 10-17), y para cerrar el esquema, el texto de hoy, donde se dilucida con mayor precisión quién es Jesús. En definitiva, podemos rescatar que la multiplicación de los panes, para la tradición lucana, es la clave hermenéutica de la identidad jesuánica, pero que si se la malinterpreta, se altera la percepción sobre Jesús (como le sucede a Pedro en la perícopa de hoy).

La famosa confesión de fe petrina que tanta importancia tiene en esta sección del relato evangélico, es distinta en la visión de cada autor evangélico. Marcos, el más primitivo de los redactores, pondrá en boca de Pedro la frase: “Tú eres el Cristo” (Mc 8, 29). La declaración es simple y contundente, en concordancia con lo que el evangelista pre-anunció en el título de su libro, en Mc 1, 1: “Comienzo del Evangelio de Jesús, el Cristo, Hijo de Dios”. Sin embargo, a pesar de lo acertado que simula ser la declaración, a continuación ocurre una disputa entre Jesús y Pedro, llegando al punto en que el Maestro llama Satanás a su discípulo (cf. Mc 8, 33). Por lo visto, Pedro no había entendido qué tipo de Cristo era Jesús.

Tenemos luego la visión de Mateo. Según él, las palabras de la confesión fueron: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16). A lo referido por Marcos, éste agrega la filiación divina. Recordando que los destinatarios del texto mateano eran mayoritariamente judíos convertidos al cristianismo, tiene sentido que se haya recalcado uno de los puntos de mayor conflicto: la condición divina de Jesús y su relación filial particularísima con el Padre. Jesús no es sólo el Mesías esperado, sino que es el Mesías Hijo de Dios. A punto de partida de esta confesión, Pedro recibe la bienaventuranza sobre la revelación que ha tenido, y cómo se constituirá en piedra de la Iglesia naciente (cf. Mt 16, 17-19). Hasta aquí la singularidad de Pedro y su protagonismo son elocuentes. Para bien o para mal, está en el primer plano de la escena. Es un revelador de la verdadera identidad de Jesús, aunque sin hacerlo en plenitud.
Saltando hasta Juan, el título que utiliza Pedro es Santo de Dios (cf. Jn 6, 69). Para el Antiguo Testamento, y particularmente para Isaías, Yahvé es el Santo de Israel (cf. Is 1, 4; 5, 19.24; 12, 6; 17, 7; 29, 19; 2Ry 19, 22). En esta cristología, la naturaleza de Jesús es la naturaleza de santidad que pertenece a Yahvé.
En el caso lucano, la fórmula puesta en labios de Pedro es Cristo de Dios. Lucas la utiliza aquí y, nuevamente, en Lc 23, 35, cuando los magistrados dicen al Crucificado: “Ha salvado a otros; que se salve a sí mismo si él es el Cristo de Dios, el Elegido”. Estas dos ocasiones dan una idea del problema de fondo que tiene la confesión petrina. Los magistrados creen que, por ser el Cristo de Dios, está obligado a realizar un acto milagroso y con parafernalia para demostrarlo. De la misma manera, parece que Pedro ha entendido mal.

Lucas no conserva la imprecación de Jesús a su discípulo ni el ensalzamiento con la bienaventuranza, pero el contexto lanza las pistas para reconocer que Jesús hace una corrección. En primer instancia, porque en Lc 9, 21, cuando el autor explica que Jesús les ordenó callar, el verbo en griego utilizado es epitimao, utilizado también en Lc 4, 35 (exorcismo del endemoniado de la sinagoga); Lc 4, 39 (curación de la fiebre de la suegra de Pedro), Lc 4, 41 (exorcismos masivos); Lc 8, 24 (al calmar la tempestad en la barca) y Lc 9, 42 (curación del niño endemoniado). Como vemos, es el verbo de los exorcismos, de la expulsión del demonio y del mal. A los poseídos los libera el Maestro con este verbo, a las enfermedades las increpa, y a la tormenta/mar, símbolo del mal, también la derrota conminándola. Por esto, podemos decir que los discípulos son exorcizados de su visión mesiánica equivocada. No se les manda simplemente a guardar silencio, sino que se los libera de su concepción limitante. El segundo punto que refuerza el hecho de la corrección es lo que viene a continuación de la confesión petrina: el Hijo del Hombre sufrirá, lo matarán y resucitará. El primer anuncio de la pasión en el relato de Lucas abre la puerta a lo que será la larga sección del camino a Jerusalén. Caminando hacia la capital, hacia el Templo, hacia el centro de la opresión, Jesús hace el éxodo de su vida. No es un Mesías que ha venido para quedarse, sino un Mesías que libera dando la vida. No es un déspota, un tirano, alguien que pretende perpetuarse en el poder. Su verdadero poder está en el servicio. Para entender eso, los discípulos deben transitar con Él este largo éxodo del que hablamos, subiendo a Jerusalén, desde el capítulo 9 del Evangelio según Lucas hasta el 19, cuando entre a Jericó y, finalmente, a la ciudad santa montado en un pollino.

Pistas hermenéuticas (qué nos dice el texto)
La condición crística para el seguimiento, que es la propia condición de Jesús, está en cargar la cruz todos los días, que no es lo mismo que la cruz de todos los días. La confusión respecto a esta expresión causa estragos en las vivencias espirituales de muchísimos cristianos. Tradicionalmente se interpreta que la cruz de todos los días es la vida dolorosa de por sí, que hay que soportar, martirialmente, para acceder a la resurrección. Como si la Creación de Dios fuese mala por naturaleza en vistas a generar un sufrimiento que redima. Como si Dios fuese lo diametralmente opuesto al Padre de Jesús.

Cargar la cruz todos los días, en el contexto cristiano primitivo, es hacerse crucificado a diario, cada mañana, cada jornada, cada tarde, cada noche. Es atreverse a ser señalado por el resto como un maldito, un despreciable. Es auto-marginarse a la par de los ya marginados, por propia decisión, por convicción, por vocación, para promover al marginado hacia la plena igualdad. Quien quiere ser discípulo se ve instado a negarse, no por un desprecio de lo que se es, ni por rechazo de lo que Dios ha hecho en uno, sino como despojo que libera. No es negarse para dejar de reconocerse, sino negación que positiviza, negación que permite cambiar y convertirse, negación que nos hace dispuestos a abandonar lo que sobra por el Evangelio, por la Buena Noticia del amor. Es la paradoja de perder la vida para encontrarla, la paradoja de ir disminuyendo para ir creciendo, la paradoja de hacerse invisible entre los que la historia hizo invisibles, para que se vuelvan a ver. Es difuminarse, diluirse para concentrarse. Es hacerse crucificado para la resurrección de todos. Es asumir la situación marginal de unos tantos que no deberían ser tantos ni ser marginales.


En conclusión, no se trata de soportar la vida que Dios regala, sino de que todos disfruten en pleno esa vida regalada. Nos hacemos crucificados para que no haya más crucifixiones. Por esta razón no puede malentenderse el mesianismo de Jesús. Si lo vemos como el militar triunfante, damos la razón a la historia perversa de que gana el más fuerte. Si lo vemos como un elegido que está por encima del cosmos, por encima del universo, y separado del ser humano, hacemos a Dios un solitario despreocupado de sus creaturas. Si nos dejamos exorcizar de nuestra visión reducida y ampliamos la visión hacia el sentido real del Cristo de Dios, trascendemos hasta la identidad que es el meollo de Jesús: Cristo de los crucificados. Evangelizar con una Buena Noticia basada en otros mesianismos es caer en el mismo error de Pedro de poner a Dios títulos que no lo representan. La Buena Noticia de la evangelización es una persona que, siendo la elegida, siendo Mesías, siendo Cristo, siendo Salvador, eligió a los últimos, a los que cargaban la cruz impuesta por la sociedad. La Buena Noticia de la Iglesia es que Dios no se ha quedado quieto en su eterna santidad, separado para no contaminarse. El Dios de Jesús ha cargado cruz para liberar a los que padecen el yugo. Y la Iglesia está obligada a ser crucificada en lugar de fabricar nuevos crucificados con sus condenas, anatemas y maldiciones.


WebJCP | Abril 2007