LUGAR DE ENCUENTRO DE LOS MISIONEROS DE TODO EL MUNDO
MISIONEROS EN CAMINO: Bautismo de una Iglesia excluida y subversiva / Fiesta de Pentecostés – Ciclo C – Jn 20, 19-23 / 19.05.13
NO DEJES DE VISITAR
www.caminomisionero.blogspot.com
El blog donde encontrarás abundante material para orar y meditar sobre la liturgia del Domingo. Reflexiones teológicas y filosóficas. Videos y música para meditar. Artículos y pensamientos de los grandes guías de nuestra Iglesia y Noticias sobre todo lo que acontece en toda la vida eclesial
Fireworks Text - http://www.fireworkstext.com
BREVE COMENTARIO, REFLEXIÓN U ORACIÓN CON EL EVANGELIO DEL DÍA, DESDE LA VIVENCIA MISIONERA
SI DESEAS RECIBIR EL EVANGELIO MISIONERO DEL DÍA EN TU MAIL, DEBES SUSCRIBIRTE EN EL RECUADRO HABILITADO EN LA COLUMNA DE LA DERECHA

sábado, 18 de mayo de 2013

Bautismo de una Iglesia excluida y subversiva / Fiesta de Pentecostés – Ciclo C – Jn 20, 19-23 / 19.05.13


Reproduzco parte de un artículo que escribí hace tres años aproximadamente, y que sufrió algunas modificaciones con el paso del tiempo, pero en gran parte se mantiene. Se trata de la búsqueda, desde Pentecostés, del sentido subversivo que trae el Espíritu Santo. La subversión es una mala palabra en muchos lugares, y lo fue para el Templo de Jerusalén y para el Imperio Romano hace dos mil años. Como muchas víctimas de las dictaduras latinoamericanas, la comunidad de Jesús nació con esa etiqueta: subversivos.

Para la obra joánica, a diferencia de la lucana, es el mismo Resucitado quien sopla sobre sus discípulos para que reciban el Espíritu, conectando Pascua y Pentecostés en la inmediatez de unos pocos versículos. En Lucas, en cambio, los tiempos históricos son remarcados, sobre todo por el hecho de la ascensión (cf. Lc 24, 51; Hch 1, 9); no es el Resucitado quien sopla el Espíritu directamente, sino que el mismo viene a la comunidad apostólica a posteriori de la ascensión. Esta separación temporal e histórica de Pascua y Pentecostés cumple un rol en la obra lucana, y no es un mero capricho del autor. Lo que se quieren remarcar con énfasis son los tiempos; en primer lugar, el tiempo de Jesús, Dios encarnado que es muerto y resucita haciendo la misión; en segundo lugar, el tiempo de la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, que continúa la misión de Jesús. La separación histórica es pedagógica, es un recurso literario para hacernos concientes de la tarea evangelizadora que nos corresponde.

De la misma manera, el relato de Juan es pedagógico, poniendo en el soplo del Resucitado el aliento de vida del Espíritu, haciéndonos concientes de que el mismo Espíritu que resucitó a Jesús es el Espíritu que anima a la Iglesia. La clave en ambos Evangelios es el paralelismo que los autores intentan establecer entre el Fundador y su Fundación. La Iglesia no puede seguir su vida desprendida de Jesús, y el nexo lo constituye el Espíritu. Los autores están lanzando un llamado de atención a sus comunidades, y a las comunidades futuras, sobre la posibilidad de perder las raíces. Será la espiritualidad (vivir conforme al Espíritu) lo que asegurará la continuidad entre Jesús de Nazareth y sus seguidores. En Jn 7, 39, el evangelista explica por qué, cuando se narra la vida terrena de Jesús, el Espíritu Santo es referido en forma futura: “Aún no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado”. De esta manera, queda estipulado que el tiempo del Espíritu espera la glorificación del Cristo, o sea, su pascua. A partir de allí, el Espíritu se derramará para que el Evangelio no muera.
Una de las funciones principales del Espíritu Santo es el acompañamiento de la Iglesia, ser presencia de Dios en medio de su Pueblo. Como el Resucitado ya no estará más entre los discípulos, les otorga un Paráclito, quien estará con ellos para siempre (cf. Jn 14, 16). Esa permanencia, esa constancia, ese estar, tiene un propósito: enseñar y recordar todo lo referente a Jesús, dando testimonio de Él (cf. Jn 14, 26; Jn 15, 26). Jesús debe ser glorificado antes de la efusión del Espíritu porque sin su presencia física se justifica la tarea testimonial y recordatoria, imprescindible para la continuación de la obra evangelizadora.


En las palabras del discurso de despedida de Jesús durante la última cena, las referencias al Espíritu Santo se hacen muy específicas. Como no sucederá en ningún otro lugar de la literatura neotestamentaria, el Espíritu será llamado Paráclito. Este nombre tiene cuatro apariciones en el total del Nuevo Testamento, y son Jn 14, 16.26; Jn 15, 26 y Jn 16, 7. El término viene del griego parakletos, que significa el que está al lado de uno, en el sentido del que viene en ayuda. Por eso se lo utilizaba, en las cortes o tribunales, para designar a los abogados defensores o asistentes legales. En la primera cita sobre el Paráclito (cf. Jn 14, 16), Jesús dice que el que vendrá es, en realidad, otro Paráclito, lo que nos obliga a identificar al primero. Será en 1Jn 2, 1 donde se nos dará la pista: “Si alguno peca, tenemos un abogado [paráclito] ante el Padre: a Jesucristo, el Justo”. El primer defensor nuestro es Jesús, y el otro que envía el Padre es el Espíritu Santo, que también nos defenderá, estando con nosotros para siempre. El Espíritu viene para quedarse, para permanecer. Expresa la presencia transformada de Dios después de la pascua-ascensión, cuando Jesús ya no está físicamente. Queda claro que Dios no abandona, sino que modifica su existencia entre los seres humanos. En la segunda cita (cf. Jn 14, 26), Paráclito es sinónimo de Espíritu Santo, y es el que enseñará y recordará lo dicho por Jesús. El Espíritu es Maestro y Guía. Las palabras de Jesús no son estáticas, no han quedado en el tiempo ni pertenecen únicamente a la interpretación arbitraria de las primerísimas comunidades cristianas. El Espíritu, que permanece para siempre, sigue enseñando y recordando, a través de las generaciones, una Palabra que es dinámica y efectiva tanto ayer como hoy, que afecta, que moviliza, que instruye, que empuja. La tercera cita (cf. Jn 15, 26) identifica al Paráclito con el Espíritu de Verdad, que dará testimonio de Jesús. Es una tarea netamente misionera. Dar testimonio es evangelizar, compartir la Buena Noticia. El Espíritu Santo actúa en los corazones como testigo del acontecimiento cristológico, y capacita a los discípulos para ser testigos, en la misma línea de lo sucedido en el relato de Hechos de los Apóstoles, cuando tras Pentecostés, Pedro toma la palabra en su primer discurso público (cf. Hch 2, 14ss) y tres mil personas se convierten al escucharlo (cf. Hch 2, 41). La cuarta y última cita (cf. Jn 16, 7) es un tanto confusa; Jesús asegura que es conveniente que Él se vaya para que venga el Paráclito. Mal entendida, esta afirmación tiene hasta sentido gnóstico, con un Jesús que prácticamente se suicida para que los discípulos puedan recibir el Espíritu Santo. Podemos animarnos a interpretar que la frase es un recurso literario para que los discípulos comprendan que el cambio en la presencia de Dios, de Jesús al Espíritu Santo, no es una pérdida. Es conveniente que las cosas sucedan así, porque así el Espíritu se manifiesta.
El Paráclito, en definitiva, viene en defensa de un Iglesia que nace excluida y subversiva. Si muchos teólogos y comentaristas han identificado Pentecostés con el bautismo eclesial, es bueno mirar en ese bautismo las notas de una comunidad cristiana que debe inspirar a la comunidad actual. Es un hecho antropológico y sociológico volver a las bases, a los inicios, a los principios, para entender el presente y proyectar el futuro. El pasado es la enseñanza de lo que queremos ser y cómo podemos llegar a ser. En el caso específico de la Iglesia, el pasado es memoria activa, es sacramento, y es un ejercicio de anamnesis. El Espíritu Santo de Pentecostés de hace dos mil años es el Espíritu Santo de hoy, y será el de mañana. Él nos hace recordar para cambiar, recordar para evangelizar, recordar para amar. En ese recuerdo, caemos en la cuenta de la exclusión de los inicios y de la subversión con la que la comunidad del Resucitado se hace presente en el mundo. Veamos esos signos de exclusión y subversión en el texto joánico:
a) Las puertas cerradas: este dato no es menor. Los discípulos están encerrados. Desde la crucifixión que viven con miedo. Han matado al Maestro y ellos pueden ser los siguientes en la lista. Las puertas están cerradas porque ellos están encerrados mental y espiritualmente. El simbolismo de las puertas va más allá del espacio físico en el que se encuentran. Las puertas son los cerrojos de sus corazones. Aún no han comprendido lo que sucedió y, por ende, no están dispuestos a asumir que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no da fruto (cf. Jn 12, 24). En otra dimensión, las puertas cerradas pertenecen al ámbito sectario. La comunidad es una secta pequeña, un grupo distinto dentro del judaísmo, pero todavía confundido. En esa confusión se hace presente el Resucitado. El asesinado está vivo. No importa que las puertas estén cerradas; Él es capaz de hacerse presente en el encierro para abrir los corazones y las mentes. A los excluidos los hace salir, a los alejados los hace cercanos.
b) La excomunión: el gran miedo de los discípulos es hacia ese grupo que Juan llama los judíos (cf. Jn 1, 19; 2, 18; 5, 10.15.16.18; 6, 41; 7, 1.11.13; 8, 22.48.52.57; 9 ,18.22; 10, 24.31.33; 18, 31; 19, 7.12.21.38). El motivo de este temor puede rastrearse en las referencias a la excomunión de la sinagoga que sufren, según el relato joánico, los que se declaran discípulos de Jesús. Cuando muchos se preguntan si éste no es verdaderamente el Cristo, se hace notar que “nadie hablaba de él abiertamente por miedo a los judíos” (Jn 7, 13). Más adelante, en el episodio del ciego de nacimiento del capítulo 9, los padres del sanado recientemente tienen miedo de hablar con los dirigentes judíos porque ellos “habían puesto ya de acuerdo que, si alguno le reconocía como Cristo, quedaría excluido de la sinagoga” (Jn 9, 22). Y José de Arimatea era discípulo en secreto, también por miedo a los judíos (cf. Jn 19, 38). La comunidad que se va formando en torno a Jesús de Nazareth está excluida de la religión oficial, no pertenece a ella, es heterodoxa, es hereje, es excomulgada, excluida. El que declara a Jesús con el título de Cristo está blasfemando y no puede participar del Pueblo de Dios. La Iglesia nace en el margen de lo considerado correcto. No es alabada por los grandes sacerdotes ni reconocida como filosofía válida por los pensadores eminentes de la época. Es una Iglesia que nos interpela para preguntarnos de qué lado estamos. ¿Somos la gran religión oficial que excomulga bajo sospecha? ¿O somos una opción de vida, un camino diferente que está al margen de la propuesta común y corriente? ¿Somos comunidad perseguida o comunidad que persigue? ¿Somos los que deberíamos tener miedo y no lo tenemos porque nos encontramos con el Resucitado? ¿O somos los que generamos miedo en los demás con amenazas de exclusión e infierno?
c) En torno a un Crucificado: cuando el cristianismo nace se topa con una dificultad inmensa: demostrar que un crucificado es el Elegido de Dios. Para los judíos, según Dt 21, 23, el que cuelga del madero es un maldito. Jesús, en el árbol de la cruz, es maldición, y eso parece negar la posibilidad de que sea el Mesías. En el otro extremo, para el mundo pagano, un crucificado es un cadáver, un fracasado, y no puede salvar a nadie. Sin embargo, subversivamente, la Iglesia se congrega en torno al Resucitado que fue Crucificado, y que no niega su cruz. Por eso en la aparición les muestra las manos y el costado, y allí se alegran los discípulos por poder reconocer al Señor. Las manos perforadas y el costado abierto son la marca, el estigma del paso por la cruz. Verdaderamente murió, o sea que verdaderamente vivió. Y por la forma en que vivió es que fue asesinado. Contra judíos y paganos, la Iglesia afirma que su fe está puesta en un condenado que Dios eligió, y que la cruz no es motivo para no creer, sino todo lo contrario, es la paradoja por la que creemos. No hay reconocimiento del Resucitado sin ver sus marcas de muerte. No es un fantasma; es el Cristo. Valientemente, la Iglesia es capaz de afirmar que la muerte no tiene la última palabra y que el Dios de Jesús es el Padre de la vida. Un Dios que quiere la muerte, el hambre, los sufrimientos, la desigualdad social o la enfermedad, no es un Dios digno de crédito. En cambio, un Dios comprometido con la historia humana en sentido positivo, no para enviar calamidades, sino para hacerse presente en las víctimas, es un Dios que merece fe y amor, y en quien podemos depositar nuestras esperanzas.
d) Paz: que el Crucificado se haga presente para dar paz y no para proponer una venganza contra los que lo asesinaron es un acto que altera el orden esperado de acontecimientos. ¿Por qué Dios no se venga de los asesinos de su Hijo? ¿Para qué resucita Cristo si viene a traer paz y no la guerra definitiva y escatológica? La paz del Resucitado es subversiva en cuanto propone una alternativa al espiral de violencia. Dios no contribuirá a aumentar la muerte en el mundo. Al contrario, Dios traerá y ofrecerá su paz. La Iglesia no nace de la venganza, sino del amor. No está en el mundo para entablar guerras o declarar condenas. La Iglesia es instrumento y sacramento de paz. A los ataques no responde con contra-ataques. No guarda rencor ni desea el mal de nadie.
e) Perdonar los pecados: en la misma línea que lo anterior, en un mundo que no perdona, el Resucitado envía a los discípulos a perdonar. Su autoridad es la autoridad de restablecer las relaciones rotas. Subversivamente, cuando la sociedad exige no absolver y lograr el mayor daño en el otro, la Iglesia tiene la tarea de reconstruir y reparar. El perdón que, materialmente, se efectiviza entre los seres humanos, es sacramento del perdón de Dios. El poder no está en los bienes materiales que pueda almacenar la Iglesia ni en los decretos firmes y decididos; el poder eclesial está en el perdón. Quien perdona, subvierte el orden. Quien perdona tiene el máximo poder, porque no pretende cambiar las cosas desde la imposición, sino desde el amor.


WebJCP | Abril 2007