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sábado, 30 de junio de 2012

Palabra para la Misión: Fe para ser Misioneros por la Vida


Domingo 1 de julio de 2012 - XIII Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo “B"

Vuelve con fuerza el tema de la vida en las tres lecturas de este domingo: la vida como proyecto primigenio y definitivo de Dios (I lectura); la vida que, gracias a la fe, vence la enfermedad y la muerte (Evangelio); y la vida compartida en la caridad (II lectura). En el Antiguo Testamento, el creyente bíblico tenía, en general, un conocimiento y una relación bastante nebulosos sobre la muerte y la vida del más allá. Son una excepción algunos textos cercanos al Nuevo Testamento, como el libro de la Sabiduría (I lectura), que es muy firme en darnos una de las más altas definiciones de Dios, como “Señor, que ama la vida” (11,26). El texto de hoy afirma que “Dios no hizo la muerte… creó al hombre para la inmortalidad” (v. 13.23). Las criaturas del mundo son buenas y sanas, están hechas para subsistir, porque proceden del Dios de la vida. En su proyecto de vida, parece que Dios no tenía intención de eximir a sus criaturas del final natural que alcanza todo ser limitado. Lamentablemente, el plan divino se ha estropeado, aunque sólo parcialmente: “la muerte entró en el mundo por envidia del diablo” (v. 24). En efecto, el pecado, que es la muerte espiritual, a la que el hombre se abandona libremente, ha trastornado también el orden natural y sigue agravando, con el sufrimiento, los pasos inciertos de la existencia humana. No tiene sentido (sería solo un juego estéril de hipótesis teóricas) preguntarse si la muerte natural hubiera existido sin el pecado de Adán. Es mejor asumir nuestra realidad actual, la única que tenemos.

Dios se ha tomado una revancha sobre el sufrimiento y la muerte, por medio de la fe, a la que Jesús invita a los personajes de los dos milagros que el evangelista Marcos narra con lujo de detalles (Evangelio). La mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años (un tiempo largo y completo), arruinada económicamente (entre médicos y tratamientos), considerada legalmente impura (por el contacto con la sangre), ahora está desahuciada. Le queda tan sólo el recurso de la fe, escondida y secreta: tocar el manto de Jesús. Le basta alcanzarlo, tocarlo, y el milagro ya está hecho: “Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud” (v. 34). Ya está a salvo, curada, en paz: es hija, porque Jesús le ha dado la vida. ¡Milagro de la fe! A tener esa misma fe Jesús invita a Jairo, el padre de la niña de doce años que acaba de morir: “No temas, basta que tengas fe” (v. 36). A Jesús le basta coger a la niña de la mano y decirle: “levántate”. Y ella se pone en pie, echa a andar y vuelve a comer (v. 41-42).

San Pablo invita a los cristianos de Corinto (II lectura) a descubrir en la fe el valor evangélico del compartir los bienes en favor de quienes están necesitados. En el caso específico, la colecta paulina es a favor de los pobres en la comunidad de Jerusalén, pero las tres motivaciones teológicas que el apóstol explica valen en cualquier época y situación. Ante todo, el ejemplo de Cristo, que ha optado por hacerse pobre por nosotros (v. 9), es una invitación a asumir sus sentimientos de compartir y gratuidad. Luego, Pablo pone en evidencia el valor de la igualdad (v. 13-14) en cuanto exigencia de la verdadera fraternidad que se inspira en el Evangelio. Finalmente, aludiendo a la experiencia de los israelitas con el maná en el desierto, Pablo advierte a los cristianos sobre la tentación de acumular los bienes para sí olvidando a los demás (v. 15). Se trata de indicaciones preciosas aptas para motivar y sustentar las necesarias iniciativas de cooperación misionera, así como los grandes proyectos y las campañas de desarrollo y de promoción humana en favor de quienes padecen hambre y viven en la indigencia. En la cercanía de las cumbres anuales de los poderosos de la tierra, asociados en el G8, G20, UE, ONU... es oportuno recordar el permanente mensaje de la Iglesia y del Papa, que reclaman soluciones eficaces, rápidas y generosas en beneficio de los últimos del planeta. (*)

En las tres lecturas de hoy, la fe aparece como la respuesta capaz de ofrecer una solución global a realidades vitales como la salud, la vida, la fraternidad… La fe, en efecto, es capaz de brindar consuelo en el sufrimiento y esperanza incluso ante la muerte. Es capaz de crear y sostener una fraternidad nueva, compartida en la caridad. ¡Una vida de hermanos, iguales y solidarios, es posible! ¿Es la utopía del Evangelio? Bienvenida sea, aunque exigente. Queda siempre como un ideal delante de nosotros. Es éste -y no puede ser otro- el programa para los que están llamados y optan por ser misioneros por la Vida. Como Jesús, como Pablo…

Palabra del Papa

“Invoco sobre los responsables de la cosa pública y del destino del planeta, el espíritu de sabiduría y de humana solidaridad, a fin de que la crisis actual se transforme en una oportunidad, capaz de asegurar una mayor atención a la dignidad de cada persona humana y de promover una equitativa distribución del poder decisional y de los recursos, con una atención particular al número, lamentablemente siempre en aumento, de los pobres… Deseo recordar especialmente los centenares de millones de personas que sufren el hambre. Es una realidad absolutamente inaceptable, que no se logra moderar no obstante los esfuerzos en las últimas décadas. Ruego que se tomen medidas compartidas por parte de toda la comunidad internacional y se tomen las decisiones estratégicas, a menudo difíciles, necesarias para garantizar a todos, en el presente y en el futuro, los alimentos básicos y una vida digna”.
Benedicto XVI
Angelus en la fiesta del Corpus Domini, 14 de junio de 2009


Página por cortesía del P. Romeo Ballán, Misioneros Combonianos, Verona
Sitio Web: http://www.euntes.net


WebJCP | Abril 2007