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domingo, 25 de marzo de 2012

Para ver a Jesús, para que todos lo vean


Publicado por De Todos los Días

Para el día de hoy (25/03/12):
Evangelio según San Juan 12, 20-33

Han llegado a Jerusalem para las fiestas de la Pascua un grupo de griegos, -seguramente prosélitos -, es decir judíos conversos que van a cumplir con los preceptos de la Ley, aunque con mayor exactitud debería hablarse de judíos adherentes pues pesaba demasiado la raza y la nacionalidad. En el Templo tenían un patio exclusivo, señal de pertenencia parcial, hijos de Israel pero no tanto.

La aparición y las enseñanzas de Jesús de Nazareth no pasan desapercibidas, y trascienden por lejos las pequeñas fronteras de Israel; su voz repercute en todas partes, su siembra llega a lugares impensados. Por ello mismos esos hombres -extraños a la fé judía a pesar de su cumplimiento ritual- quieren verlo, necesitan conocerlo en su propia impresión, abunda su curiosidad y sus ganas de saber más.
En esas intenciones, tratan de acercarse al Maestro a través de uno de los discípulos, Felipe de Betsaida. Felipe y Andrés son, de los Doce, los únicos cuyos nombres tienen reminiscencias griegas, y por ellos se dirigen a Jesús a través de ellos. Probablemente también porque nos acercamos a Dios a partir de lo que nos es habitual y conocido, de lo que no nos es desconocido, y esto es algo a lo que hemos renunciado en pos de faraónicos planes evangelizadores.

Las palabras de Jesús como respuesta a sus requerimientos pueden aparecerse como extemporáneas, duras, inexplicables. Uno podría suponer que les daría palabras de bienvenida, una recepción fraterna, y sin embargo se expresa con la contundencia de un profeta, con la fuerza de la voz de Dios. Jesús siempre nos sorprende, se esapa a nuestros esquemas, y a menudo no es ni hace lo que solemos esperar de Él.

Es que para los que esperamos a un Jesús solamente sanador, milagrero, o tal vez un revolucionario, o un Cristo celestial y lejano, la Palabra nos lleva de regreso al núcleo central de la Buena Noticia, y es que la vida se magnifica, se expande y difunde cuando se entrega generosa, incondicional, sin limitaciones y a pesar de angustias y miedos, cuando la muerte se hace ofrenda para que otro viva.
No se trata, claro está, de un dios voraz en su apetito de sangre, en sus condicionamientos sacrificiales. El Dios de Jesús de Nazareth es Abbá, un Padre que ama y como tal, sólo quiere la vida plena para todas sus hijas e hijos.
Jesús morirá en soledad, en el horror de la cruz para que nadie más sea chivo expiatorio ni víctima necesaria. Nadie debe tener destino prescrito de martirio y dolor.
Hay todo un mundo de desprecio, de rechazo de la vida, de miseria y exclusión del que no hay que evadirse ni escaparse mediante subterfugios religiosos. Es un mundo que debe cambiarse, santificarse y allí sí vale el término sacrificio, es decir, hacer sagrado lo que no lo es.

Esa es la declaración del Maestro, expresión que ratificará en su entrega mansa a ese patíbulo cruel de los maderos cruzados, grano de trigo que sólo se pierde en apariencia, grano pequeño que se convertirá en espiga fuerte, harina purísima del pan que abunda para todos.

La ofrenda mayor de la cruz debe reencaminar nuestros pasos hacia el extranjero para que no haya más extraños, hacia el distinto para que seamos cada día más hermanos, hacia el que está agonizando en soledad para que viva en plenitud.
Ése es el Dios que anunciaremos, ese es el Cristo viviente que todos deben reconocer en nuestros gestos.

Paz y Bien


WebJCP | Abril 2007