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sábado, 11 de febrero de 2012

Palabra para la Misión: “Hacerse leprosos”, como Jesús, para sanar y salvar a los demás


VI Domingo del Tiempo Ordinario
Año B – Domingo 12.2.2012 / Por EUNTES

Levítico 13,1-2.45-46 / Salmo 31 / 1Corintios 10,31-11,1
Marcos 1,40-45

Reflexiones

¡Un muerto en vida! Ese era el leproso en el Antiguo Testamento y en las culturas antiguas: un enfermo incurable, considerado como un maldito, excluido de la familia y de la convivencia social. La ley hebraica (I lectura) le imponía vivir solo, marginado y gritar a todos los transeúntes su situación de inmundo (v. 45-46). En los siglos posteriores, las condiciones de los enfermos de lepra no mejoraron, hasta que se llegó al descubrimiento del bacilo específico por obra del médico noruego Gerhard Hansen (1868). La cura se hace con el uso de la sulfona, el aislamiento en las leproserías y, más tarde, los cuidados en ambulatorios. Gracias a las campañas del “Vagabundo de la caridad y apóstol de los leprosos”, Raoul Follereau (1903-1977), y a la asistencia capilar de muchos misioneros y misioneras y de otros voluntarios, se ha reducido la cortina de prejuicios, ha ganado terreno la idea correcta de que la lepra es una enfermedad como las otras, una enfermedad que es posible curar y erradicar, a bajos costos. Sin embargo, junto a enfermos que sanan, existen todavía unos 10 millones de leprosos en el mundo, con decenas de nuevos casos cada día. Bajo ciertos aspectos (marginación, efectos devastadores...), la gravedad y el espanto de la lepra se asemejan al miedo por el SIDA. “La lepra es síntoma de un mal más grave y más vasto, que es la miseria”, ha dicho el Papa en 2006 y lo ha repetido otras veces. (*)

Siempre los misioneros han dedicado una particular atención a los enfermos de lepra, socorriéndolos en su marginación y favoreciendo su inserción social. ¡Siguiendo el ejemplo de Jesús! Él actúa a contracorriente (Evangelio): deja de lado las restricciones legales, permite que el leproso se le acerque, escucha su petición, se conmueve, le tiende la mano, lo toca, lo sana con una palabra (v. 40-41). La conmoción de Jesús es profunda, visceral (v. 41), como lo indica el verbo griego que los evangelistas usan con frecuencia (splanknízomai) para describir escenas de ternura: la conmoción de Jesús ante las muchedumbres hambrientas (Mt 9,36), la compasión del buen samaritano (Lc 10,33), la misericordia del padre del hijo pródigo (Lc 15,20), y otras escenas.


Jesús, que sana a los leprosos, realiza un signo típico de su misión mesiánica (cf Mt 11,5). Ese leproso anónimo, con el rostro desfigurado, con los muñones sin dedos, grita a Jesús una de las más bellas oraciones de los Evangelios, hecha de rodillas, con humildad y confianza: “Si quieres, puedes limpiarme” (v. 40). Este leproso es un hombre de oración y de misión: “comenzó a proclamar bien alto y divulgar la cosa” (v. 45). El leproso sanado, que grita a todos su alegría, es un espléndido icono misionero del cristiano y de la comunidad creyente, que proclama las maravillas del Dios que salva.


Desafiando el contexto de prohibiciones legales, Jesús se conmueve en lo más íntimo y se atreve a tocar al leproso con la mano, contraviniendo la impureza legal. Él revela así hasta qué punto ha entrado en la historia humana, pobre-enferma-pecadora-marginada, alcanzándola en su profundidad, cargando con su debilidad, maldición, ostracismo social... La historia del leproso encierra todo el misterio pascual de Jesús y de la humanidad. Ciertamente, es leprosa la familia humana en la oscuridad de su sufrimiento y de su pecado, por lo cual tiene necesidad de Alguien que se le acerque, la toque, la sane, la salve, la lleve a la vida, la haga vivir en comunión. Este Buen Samaritano es Jesús, que se ha hecho él mismo leproso: “no tiene apariencia ni presencia… despreciable y desecho de hombres, varón de dolores” (Is 53,2-3). Así “Él ha llevado nuestras dolencias… Él ha soportado el castigo que nos trae la paz; y con sus heridas hemos sido curados” (Is 53,4-5). Gracias a su muerte-resurrección, somos salvos y todos los salvados proclamamos -junto con Él y en su nombre a todos los pueblos- las maravillas del Padre de la Vida, que nos llama a todos, sin exclusión alguna, a ser su nuevo pueblo, su familia, animados por el único Espíritu de amor.


El misionero está llamado a derribar las barreras legales, ambientales, culturales, a hacerse “todo para todos”, con tal de ayudar a los demás, como dice Pablo (II lectura): “Procuro contentar en todo a todos, no buscando mi propio bien, sino el de la mayoría, para que se salven” (v. 33). Siguiendo los pasos de Jesús, Siervo que sufre, el apóstol ha de hacerse próximo a los últimos, a cargar sobre sí los sufrimientos de las hermanas y hermanos más necesitados y marginados. Dispuesto a tolerar rechazos, incomprensiones y persecución, hasta el martirio. Pablo insiste: “Hago todo esto por el Evangelio” (1Cor 9,23). ¡Aquí se juega la fidelidad y la credibilidad del misionero! Y de todo cristiano.


Palabra del Papa

(*) “La Iglesia, siguiendo las huellas de Jesús, presta siempre una atención particular a las personas afectadas por esta enfermedad (la lepra)... Me alegra que las Naciones Unidas, con una reciente Declaración del Alto Comisionado para los Derechos Humanos, hayan solicitado a los Estados la tutela de los enfermos de lepra y de sus familiares. Por mi parte, les aseguro mi oración y renuevo mi aliento a cuantos luchan con ellos para su plena curación y una buena inserción social”.

Benedicto XVI
Angelus, en la Jornada Mundial de los Enfermos de Lepra, domingo 25.1.2009



Siguiendo los pasos de los Misioneros

- 12/2: S. Saturnino, sacerdote, y 48 laicos norteafricanos mártires (+304, en Abitine, Cartago), que declararon ante el procónsul romano: “Sin el domingo no podemos vivir”.
- 14/2: SS. Cirilo, monje (+Roma 869), y Metodio, obispo (+885), dos hermanos, nacidos en Tesalónica; fueron evangelizadores de los pueblos eslavos y danubianos. Son co-patrones de Europa.
- 15/2: S. Claudio La Colombière (1641-1682), sacerdote jesuita, promotor de la devoción al Corazón de Cristo, junto con S. Margarita M. Alacoque.
- 15/2: Recuerdo del P. José de Acosta (+1600), misionero jesuita español en Perú, estudioso y defensor de la cultura indígena; tuvo un papel importante en el III Concilio Limense (1582-1583).
- 16/2: B. José Allamano (1851–1926), sacerdote italiano, fundador de los Institutos de los Misioneros y de las Misioneras de la Consolata (Santuario mariano de Turín).
- 17/2: Los Siete Santos Fundadores de la Orden de los Siervos de María (Florencia, s. XIII), mendicantes y misioneros.
- 17/2: S. Pedro Yu Chong-nyul, padre de familia, martirizado en Pyeongyang (+1866), porque fue sorprendilo en la casa de un catequista leyendo el Evangelio durante la noche. Es uno de los 103 Santos Mártires coreanos (la memoria es el 20/9).
- 18/2: S. Francisco Régis Clet (1748-1820), sacerdote francés de la Congregación de la Misión, misionero durante 30 años en China y mártir.
- 18/2: S. Alberico Crescitelli (1863+1900), sacerdote del PIME, misionero en China, mártir en la rebelión de los boxers (21/7). Hoy es su memoria litúrgica en el aniversario de su beatificación.


WebJCP | Abril 2007