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MISIONEROS EN CAMINO: II Domingo del T.O - Ciclo B (Jn 1,35-42): Y siguieron a Jesús
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domingo, 15 de enero de 2012

II Domingo del T.O - Ciclo B (Jn 1,35-42): Y siguieron a Jesús



El relato evangélico que acabamos de escuchar nos presenta el primer encuentro de Jesús con dos discípulos del Bautista, que les había dicho, que Jesús bautizaba en Espíritu. Fue un diálogo directo: “¿Qué buscáis?”. “Maestro, ¿dónde vives?”. “Venid y veréis”. Fueron con Él. Vieron cómo vivía. El dijo una vez que no tenía dónde posar la cabeza, que ya había abandonado su familia.

Qué oyeron, sintieron, cómo pasaron la noche con Jesús... de qué hablaron, qué comieron, que les conmovió.

Hablarían con Jesús de su vida en familia, en su pueblo, su pesca en el lago, su pequeño comercio con la pesca, del Bautista que les hablaba de su conversión, de sus pecados, del encuentro con Dios por la penitencia y mortificaciones.

Jesús les hablaría de su alegría de encontrarse con ellos, de encontrar amigos, de su proyecto de ir por los poblados, conocer a las gentes, tener compasión de los que sufren, buscar a los enfermos, darles consuelo, poner sobre ellos su mano, curarles si podía, perdonar su pecado, de su deseo de dignificar la vida de todos con quienes se encontraba por los caminos de Galilea y que vivían sin la dignidad, sin los medios y sin la felicidad que el Padre quiere para todos sus hijas e hijos. Era nuevo para ellos el oír que alguien se preocupaba de cómo vivían en sus pueblos, de dignificar su vida. Les hablaría de la bondad de Dios, que nos hace sus hijos y quiere que nos acerquemos a él con el amor de nuestro corazón.

Jesús les hablaba de un Dios Padre de todos con el que nos podemos comunicar. Así empezaban a comprender las palabras de Juan de que el bautismo de Jesús era un bautismo del Espíritu.

Jesús les sedujo, la suya era una nueva manera de vivir la vida, diferente, desde la mansedumbre, desde la entrega generosa, desde el servicio, desde la comprensión.

Juan continúa diciendo que se encontraron con Simón, le dijeron que era el Mesías, Simón se unió a ellos y al seguirles Jesús mirándole le dijo: “Simón, tu te llamarás Cefas, (Piedra)”.

Juan el evangelista, de él son las palabras de este relato que de hoy, no olvidó nunca este su primer encuentro con Jesús. Y comenzó una amistad, una manera de vivir con la mirada puesta en la persona de Jesús. Desde aquel día, seguirle a Jesús fue el ideal de su vida.

Así era Jesús. No todos le comprendieron, Marcos dice en su evangelio que un día al pasar por su pueblo con sus discípulos, sus amigos, los familiares de Jesús comentaron que estaba loco. Esto, todos sabemos, que no ha sido nuevo en la historia. Muchos le han seguido y le siguen, muchos ponen su vida por Él, y muchos también piensan y dicen que la vida que Jesús propone es una locura.

Nosotros cristianos, que posiblemente llevamos largos años tratando de seguir, de buscar a Jesús, alguna vez habremos escuchado que Él nos dice: “¿tú qué buscas?”. ¿Qué le responderíamos?.

También a nosotros Jesús nos mira. El nos ha tocado con su Espíritu, está presente en lo más hondo de nuestro ser. Es posible también que hayamos tenido el gozo de su descubrimiento, de sentir su presencia, de alguna manera la alegría de los apóstoles cuando exclamaron: “hemos encontrado al Mesías”. Ese clamor, ese grito en silencio ha salido del corazón de quienes le han descubierto. Muchos lo sabréis.

Lo que conmueve de verdad es el descubrir su actitud de servicio y de bondad, dejarnos arrastrar por esa locura que detectaron en Jesús sus familiares y vecinos, según Marcos. La fe en Jesús conmueve, no puede ocultarla ni negarla quien le ha sentido a fondo.

Lo que Jesús representa para nosotros no se puede aprender intelectualmente. Sólo lo descubriremos por una experiencia interior. Una de nuestras equivocaciones suele ser pensar que el evangelio se trasmite con ideas “ortodoxas” inculcadas desde la enseñanza y el “poder”. El mejor medio de trasmitir el evangelio es el que puso en práctica Jesús, que no se fijó ni en la ortodoxia ideológica, ni en la enseñanza, sino en la “ejemplaridad” de la propia vida entregada por los demás.

Si queremos seguirle en nuestra vida, pensemos que encontrarnos con Él no significa una huida de este mundo con sus problemas, alegrías y desgracias, sino implica una llamada para vivir más plenamente aquí. Así vivió Él, cercano a los suyos, cerca de sus calamidades, enfermedades, tristezas, disfrutando también de la amistad y siempre con el ideal de mostrar el Reino de Dios.

Hoy le hemos visto acercarse a los pescadores junto a su barca. Así inició el diálogo, la amistad con sus seguidores. No pensemos en hacer cosas grandes, no somos más por hacer esto o aquello. Todos estamos llamados a desplegar en nuestro quehacer lo mejor de nosotros mismos. Conformémonos con lo que podemos hacer.

Si tratamos de elegir un género de vida que suponga el seguimiento a Jesús, aceptemos en vivir el género de vida que tengamos, pero vivamos con los valores, con las profundas actitudes de Jesús, Él estará con nosotros. El centro del evangelio no está en la fe, sino en la “bondad” en la “ética”, y no tanto en lo que algunos llaman “religión”. Una fe sin obras es una fe muerta.

Sigamos a Jesús, llevamos su espíritu, está presente en nuestra vida, está presente en la vida de quienes nos rodean, hagámoslo en actitud humilde, modesta de quien necesita ese encuentro, en actitud de quien está dispuesto a solidarizarse con otros en su misma aventura, y Jesús se manifestará, porque para eso el Padre ha enviado a su Hijo a hacerse hombre como nosotros. Es la razón más determinante de que si le buscamos, le encontraremos.


WebJCP | Abril 2007