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MISIONEROS EN CAMINO: III Domingo de Adviento (Jn 1,6-8.19-28) - Ciclo B: Ser testigos de Jesús
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sábado, 10 de diciembre de 2011

III Domingo de Adviento (Jn 1,6-8.19-28) - Ciclo B: Ser testigos de Jesús



“¿Tu quien eres?” le preguntan al Bautista los enviados de los jefes religiosos de Israel. Lo acabamos de oír en este relato del Evangelio de Juan.
A todos nos habrán preguntado más de una vez: “tu quién eres”, nosotros sabemos lo que contestamos a quien nos lo pregunta, pero ¿qué es lo que pensamos de nosotros mismos?
Los jerarcas están preocupados porque a Juan le escuchan las masas, les preocupa que Juan pueda perjudicar su poder.
Juan les responde con energía: ”Yo no soy ni el Mesías, ni Elías, ni un profeta, soy la voz de otro que vine detrás de mi, que está en medio de vosotros, yo no soy digno de atarle el zapato”.
Juan no tiene poder, ni dinero, ni autoridad, no es nadie importante, viene del desierto, apartado de la sociedad. Su figura es severa, austera, sus palabras son duras: “raza de víboras, convertíos, preparad el camino del Señor”. Muchos se arrepienten de sus pecados, él les bautiza en el Jordán, algunos le siguen.
Los jerarcas religiosos judíos insisten, estaban inquietos. “¿Por qué bautizas?”. Juan contesta: «Entre vosotros hay uno que no conocéis, que bautiza en espíritu». El Bautista pronuncia estas palabras refiriéndose a Jesús.
Jesús era posiblemente aún un desconocido para aquellos enviados de los jerarcas religiosos, un ciudadano más, que “vive en medio de las gentes de su tiempo”. Jesús no era un profeta que venía del desierto, era un “hombre con una vida normal”. Juan predicaba una conversión para escapar del castigo de Dios. Jesús predicaba una “buena noticia” para todos, no enseñaba la manera de escapar de la ira de Dios, sino la manera de entrar en la dinámica de su amor, de establecer el amor como norma de nuestra vida, una vida de hermanos, hijos del mismo Padre.
Nosotros en vísperas de la Navidad, en la espera de Jesús, escuchamos estas palabras del Bautista, que anuncian a Jesús y que pueden provocar hoy en nosotros preguntas inquietantes. Jesús está en medio de nosotros, pero ¿lo conocemos de verdad?¿le seguimos de cerca? No nos debe preocupar tanto como a aquellos jerarcas religiosos judíos quién era Juan, nos debe preocupar quién es Jesús y qué representa para mi.
Si nos preguntaran: ¿tu que te dices cristiano, eres seguidor de Cristo en tu vida?
Solemos contestar que para nosotros cristianos, Jesús es lo más importante. Pero ¿en nuestras ideas, proyectos, en nuestra actividad laboral, en nuestra vida social, es Él lo más importante, no queda Jesús en un segundo plano?.
Pensemos con seriedad, que Dios se hace hombre como nosotros, para algo más, que para que cumplamos con unos ritos de los que a veces no estamos muy seguros de su significado. Ante las preocupaciones de nuestra vida, ante los problemas de nuestras familias, ante los problemas de los jóvenes, ante las crisis que atraviesa hoy la humanidad ¿podemos pensar que Dios envía a su hijo a este mundo para arrancar de nosotros unas formalidades, unas palabras, o para algo más?
Dios sigue haciéndose presente hoy a través de cada uno de nosotros. Jesús nos encomienda la construcción de su Reino que es de justicia y paz, ser sus testigos, con el testimonio, con el hacer de nuestra vida.
Sabemos cómo vivió Jesús, que hombre como nosotros, se acercó en primer lugar a los que sufrían en esta vida, a los pobres y necesitados. Sus primeras palabras fueron un llamamiento para construir una sociedad solidaria, una llamada a vivir en este mundo como hermanos, a instaurar lo que llamó el Reino de Dios. Fueron sus palabras del sermón del monte.
No es propio de los cristianos distanciarnos de la sociedad en que vivimos; el cristiano está llamado a transformar el mundo desde dentro del mundo, denunciar sus pecados, sus injusticias y luchar por superarlos, con la reivindicación de la dignidad de la persona humana, del "hijo del hombre", como hizo Jesús.
Jesús como persona, que vive y gobierna en espíritu aun después de su muerte, es el centro de nuestra vida cristiana. Su mensaje, su conducta, toda su vida, su destino ofrecen una norma muy concreta por la que es posible regirnos en toda nuestra vida personal y social.
En estos días nos estamos ya preparando para la navidad, para celebrar el nacimiento de Jesús entre nosotros. Nos ha dicho hoy el Bautista que Jesús vine a comunicarnos su espíritu. Lo hemos recibido todos. Su espíritu nos pone a los creyentes en contacto con alguien vivo, que impulsa nuestra vida hacia nuestra realización.
El mensaje que hoy hemos oído del Bautista, nos interpela a todo creyente a ser testigos de nuestra fe y nos señala el verdadero camino, es seguir la ruta que abre Jesús en su vida. Nuestra fe, nuestra adhesión a su palabra, a su vida ha de hacerse presente en toda nuestra vida, en nuestra vida familiar, en los compromisos que asumamos en la vida social, en nuestro pensar, en nuestra sensibilidad.
No digamos como excusa que los que orientan hoy nuestro mundo, el mundo de las altas finanzas, quedan lejos de nuestro alcance, junto a nosotros hay personas, como las personas que Jesús buscaba y ayudaba a vivir, hay personas a las que podemos ayudar y también olvidar, hay grupos sociales y políticos que podemos apoyar porque creemos que ayudan mis intereses, y hay posibilidades de realizar, de exigir justicia, de trabajar por la verdadera paz, de cambiar esta sociedad hacia un orden más justo, más humano, más igualitario, más fraterno, y de algún modo lo podemos hacer desde el lugar que nos corresponde en la sociedad en la que vivimos, es muy posible que desde nuestro propio lugar de trabajo.
Es el mensaje de hoy: Cristo quiere ser presentado a los hombres y mujeres de nuestro mundo. Esa es tarea nuestra, de los cristianos, ser su voz, ser sus testigos. Nuestro testimonio ha de ser como el de Juan el Bautista, testimonio de algo que él vivía en su interior, un amor. Él lo decía, llevamos en nuestro interior el Espíritu de Jesús.


WebJCP | Abril 2007