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domingo, 20 de noviembre de 2011

Jesús ¿Rey?


Por Camino Misionero

En este domingo, el último del calendario litúrgico, no me resultaría extraño escuchar en las homilías de mis hermanos curas, una suerte de descontextualización del evangelio de Mateo, haciéndonos meditar sobre castigos y amenazas, además de una romería de adjetivos reales para Jesús. Los buenos para un lado y los malos para el otro. Juez y monarca que imparte juicios por doquier a un sector de la creación. Mucho énfasis en todo tipo de finales trágicos y una calle sin salida, que nos lleva a cumplir mandatos de forma obligatoria e irracional. En síntesis, una cultura del temor al castigo, una esclavitud a conceptos doctrinales, que fueron heredados por las tradiciones judías y las de la cristiandad.
Desde este espacio, humildemente, quisiera traer algunos puntos importantes para tener en cuenta en la elaboración de las homilías y nuestra reflexión personal.
En primer lugar, recordar que esta fiesta de "Cristo Rey" tuvo su origen con el Papa Pío XI, hace 86 años, en un momento bastante delicado para la imagen de la jerarquía eclesial, más precisamente para el Vaticano. Se estaba llegando a un punto donde el gobierno eclesial había perdido casi la mayoría de las prerrogativas y poderes que había conquistado desde Constantino hasta el siglo XX. No es un dato menor, que al instituir esta nueva festividad se buscaba "reposicionar" a la Iglesia ante los Estados, presentando como una carta fuerte a un dirigente máximo, que es un dios que no esta en este mundo, pero que gobierna a todos los seres humanos, sin distinción de naciones, razas o culturas. De algún modo, fue una gran estrategia política que tuvo dispares resultados en distintos ámbitos, pero que reforzó la eterna tentación eclesial de manipular los destinos del mundo.
Debemos recordar que la difusión de la Biblia no fue popular antes del Concilio Vaticano II, incluso hasta el siglo XV no había más que pocos escritos que se pasaban de generación en generación, dentro de reductos jerárquicos, aunque un tiempo después, la Inquisición se encargó de quemar todos los ejemplares que encontraron. Estos datos se tornan por demás significativos a la hora de analizar las creencias de los católicos, puesto que estaban cimentadas en la transmisión oral y la tradición apostólica, fruto de un catecismo elaborado a modo de un manual de reglas y afirmaciones sin verificaciones teológicas, y lo que es más profundo aún, sin un correlato en los evangelios bíblicos, ergo en el desconocimiento del Dios de Jesús. Es válido traer al ruedo que el camino iniciado por las primeras comunidades cristianas, perseguidas y contrarias al régimen de turno, fue diluyéndose por completo al declararse como religión oficial del Imperio Romano, lo que devino en un estilo burocrático de rasgos imperiales, con autoridades y poderes similares a los romanos. Las grandes estructuras edilicias, las normas estatutarias, los apreciables bienes económicos y la distribución de justicia según la subjetividad de los mandatarios, nos alejaron de la imagen cristiana de un pastor (sólo quedó un báculo, pero bañado de oro y piedras preciosas), y mucho más aún de la del siervo sufriente. Aún hoy se puede ver en los templos las imágenes de un Jesús sentado en un trono y ciñiendo una corona dorada en su cabeza, que se ajusta más al anhelo de los judíos contemporáneos a Jesús, que esperaban un mesías-rey y no un pobre revolucionario que dedicaba sus días a compartir con las muchedumbres excluidas del sistema oficial.

Jesús no es rey

Desde nuestra interpretación latina de la acepción rey, no hay margen alguno para encuadrarlo a Jesús dentro de él.
Los poderes y honores terrenales no eran una preocupación para el nazareno. Él se permitió desdeñar cuanta posibilidad tuvo de treparse a un puesto que lo erigiera en la cabeza de un gobierno judío. Esta fue la principal razón que Judas tuvo para desilusionarse del proyecto cristiano. Pudo tener reconocimiento y aceptación si hubiera cedido al imaginario popular. Pero eligió ser consecuente con su prédica, al enfrentar la cólera de los judíos, que no cedieron a la idea de una nueva interpretación política y religiosa de la ley que los regía, puesto que debilitaba (o aniquilaba) los poderes de los pontífices de turno y al común de la gente, los movilizaba a que la liberación estaba al alcance de sus manos, sólo había que cambiar el estilo de vida y las elecciones cotidianas (ellos esperaban un "alguien" que lo hiciera).
Cuando Jesús hablaba del reino de Dios lo hacía en una forma parabólica, es decir, utilizando recursos visuales conocidos para el auditorio, que los entrama en una historia ficticia que recorre un camino que dejará a los personajes (y los oyentes) en la misma senda que inició, pero ubicados en otra perspectiva, con otro horizonte. No quisiera ahondar al respecto, pero incluso si tomaríamos literalmente los evangelios, nunca se escucha decir que él era el dueño del Reino y esto no es un punto menor. Entonces el énfasis de Jesús no es en la historia en sí, ni en los personajes, sino en el mensaje, que a su vez está encadenado con todos los mensajes precedentes. Podríamos resumir esto diciendo que comparte con la gente una experiencia de Dios creador y criatura, que los libera de toda atadura doctrinal, política o religiosa, que lo va llevando a sublimar lo cotidiano, porque cada relación, acto o experiencia está empapada de la dinámica creativa de su Padre. Así el reino de Dios se parece a muchas cosas que hay en el entorno de los judíos y las actitudes de los personajes, también se parecen en mucho a cada uno de los oyentes, pero en el nudo de las historias, hay un quiebre de lo rutinario, hay una nueva manera que hace que el desenlace sea distinto a lo conocido. Las consecuencias de ese cambio o conversión del rumbo, hacen que el reino se muestre manifiestamente a los que captan la idea principal. Un recurso tan simple, pero tan eficaz y universal, que permite su actualización permanente en el tiempo, pone al evangelio del nazareno en un lugar privilegiado de la historia, ya que será la base de todas las revoluciones pacíficas posteriores y que lo constituyen en el pilar de todos los ideales que forjaron pequeños y grandes cambios en la vida de la humanidad. Por lo tanto en Jesús podemos encontrar una invitación a descubrir el reino de Dios, a realizar una experiencia de ese Amor, para posteriormente dar un testimonio de lo vivido y también asumir los frutos de esa transmisión, algunas veces tan amargos, como la persecución y la muerte.
Por lo tanto no hay una imagen más distante y distorsionada de Jesús, que verlo sentado y quieto, en un trono imperial, vistiendo lujosas prendas y empuñando un cetro carísimo, en señal de poder sobre aquellos que no poseen lo que él ostenta. Si creemos realmente que Jesús es el Cristo esperado, hijo de Dios, parte integrante y necesaria del Amor Creador, debemos procurarnos una imagen que nos remita a un movimiento constante y continuo, que fluye incesantemente en todo y todas las cosas. Jesús es movimiento puro, es la energía por excelencia que no puede atarse a un cargo de mandamás terreno. El evangelio de Jesús se reinventa y se recrea a cada instante, como Jesús mismo. Se hace refugiado en las fronteras de los países ricos. Se convierte en hambriento en África. Se vuelve una mujer golpeada en los hogares violentos. Se convierte en la madre de un adicto en una villa de emergencia. En fin, Jesús se vuelve "común - unión" en cada lugar de exclusión y en cada ser humano que sufre por algún motivo, no se dedica a legislar y gestionar las voluntades existentes, mucho menos a juzgar o excomulgar (incomunicar) a nadie por tomar una elección errática.
Para eso sirvió la Encarnación, como modelo y ejemplo de un reino que no es utópico, ni mundano, sino una forma de vivir en consonancia a la misión por la cual fuimos creados.

Mateo 25, 31 – 46

El cierre del año litúrgico habla del Reino que deja de ser un misterio para los hombres, para ser una realidad que puede ser experimentada por todos. En cuestión de días comienza un nuevo ciclo con la preparación para contemplar el milagro de la Encarnación de Jesús. El nacimiento no encuentra sentido sin la visión del reino del Padre, que será el hilo conductor de la misión del Hijo en la tierra de los judíos.
Estos dos datos son muy importantes para la compresión de la novedad cristiana. Hay un enviado que viene a anunciar el camino que lleva al Reino y no se queda con la sola enunciación, sino que además, les muestra los modos y maneras que los acercaran a alcanzar la meta.
Antes de proseguir sería bueno aclarar que no sólo debemos descubrir y definir el concepto de Dios y su reino, para poder llegar a El, también debemos superar la concepción que tenemos del infierno como un lugar que van los que no cumplen las reglas. Muchos teólogos, incluso Ratzinger, nuestro actual Papa, han definido al infierno como un estado que las almas experimentan por estar alejadas de su creador, porque abandonaron la búsqueda de la Gracia que es generadora de vida y plenitud de la criatura.
Entonces, este pasaje evangélico no debería interpretarse como un anuncio de calamidades y separaciones por parte de un juez, sino como una advertencia de lo que produce el alejamiento de la casa del Padre (como le ocurrió al Hijo pródigo). Como les decía antes, este mensaje avanza mucho más allá, para mostrar que el ser humano puede tender un puente para llegar a su Dios, a través de sus semejantes, con pequeños actos sinceros que redundan en gracia compartida por ambas partes.
Podría seguir con esta aproximación a esta festividad eclesial, pero voy a dejarles abierto a cada uno de ustedes, para que luego de orar el evangelio se pregunten si Jesús quisiera este “título honorífico” y en caso de ser así ¿cómo sería?.
Que el Reino del Padre no cese su insistencia en venir a nosotros. Amén


WebJCP | Abril 2007