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MISIONEROS EN CAMINO: Homilías y Reflexiones para el XXXIV Domingo del T.O. - Ciclo A (Mt 25,31-46 )
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domingo, 20 de noviembre de 2011

Homilías y Reflexiones para el XXXIV Domingo del T.O. - Ciclo A (Mt 25,31-46 )


Publicado por Iglesia que Camina

“CON NOSOTROS ESTÁ”

El Evangelio de hoy no nos habla de rey alguno, pero sí nos habla de su reinado de amor y de compromiso con el hombre, sobre aquel que está más necesitado. Sí, lo hemos cantado muchas veces: “Con nosotros está y no le conocemos, con nosotros está, su nombre es el “Señor.” La canción sigue repitiendo el Evangelio de hoy: “Su nombre es el Señor y pasa hambre y clama por la boca del hambriento.” Lo que no sé es si cuando lo cantamos estamos pensando en algo o simplemente decimos palabras vacías.

No le conocemos y no porque no nos salga al camino. Porque cada vez que encontramos un hambriento o un sediento o un desnudo o un preso, ahí está el Señor, sólo que “nosotros no le conocemos”. No le conocemos a Él, porque no hemos conocido primero al hombre que no tiene pan, ni vestido, ni casa, ni agua ni nada. A lo más vemos uno más que nos molesta con su mano tendida.

Lo más maravilloso de Dios es que se disfraza, se esconde bajo un pedazo de pan, un vaso agua, un vestido aunque sea de segunda mano. Incluso más. Ni siquiera nos pide que le reconozcamos, sino que reconozcamos al hombre. Dios se revela a través del hombre. No es que haya elegido a los grandes sino a los pequeños, a los débiles, a los que nadie conoce por su nombre, a los que llamamos simplemente “mendigos”.
No solo los que se pasan siempre de largo y no les miran ni a la cara, sino los mismos buenos que han partido su pan y han compartido su agua se preguntan: “¿Cuándo te vimos con hambre y te dimos de comer?” La respuesta de Dios es bien clara: “Cuando lo hicisteis con uno de estos.”

La revelación de Jesús resulta fascinante porque no solo manifiesta y revela la verdad de Dios, sino que revela la dignidad y la grandeza del hombre. Una dignidad que convierte al hombre débil y pobre en el sacramento de Dios, donde Dios “está” y donde Dios “se siente amado”.

Este estilo y esta pedagogía de Dios nos resulta a todos difícil. Si tuviésemos ojos de fe, encontraríamos a Dios en todas las esquinas. Las calles están llenas de presencias de Dios. Lo difícil es verle, pero viendo al hombre, respetando al hombre, amando al hombre.

Dios no nos examinará sobre lo que hemos hecho por Él, sino por lo que hemos hecho por el hombre. El Reinado de Jesús, que es el Reinado de Dios, es el mundo al revés y con el hombre al derecho.




RECONOZCO ANTE TI, SEÑOR

Reconozco ante Ti, Señor, que no me gusta nada la pobreza, ni la austeridad, ni el dolor.

Reconozco ante ti, Señor, que no soy amable, no-violento, comprensivo, cordial, servicial... que no me sale de dentro, que prefiero juzgar, imponer justicia, exigir.

Reconozco ante Ti, Señor, que no miro a la gente con tus ojos. Tú miras a alguien y, primero, le quieres. Conozco gente así: primero querer, luego conocer. Son gente que te hacen ser mejor. Son de corazón limpio, no juzgan, acogen. Reconozco que mi corazón no es como tu corazón.

Reconozco ante Ti, Señor, que apenas lucho por la justicia, que prefiero reservarme, que no pienso que son míos los problemas de los demás.

Reconozco ante Ti, Señor, que no perdono como Tú me perdonas, que llevo cuentas del mal, que creo tener experiencia de la vida cuanto menos me fío de los demás.

Reconozco ante Ti, Señor, que no estoy deseoso de que venga tu Reino, que me gusta este reino mío, que me gustaría prolongar esta apariencia con sus comodidades y sus compensaciones... Tu Reino me queda lejos y apenas trabajo por él.

Reconozco te Ti, Señor, que no deseo de corazón que se haga Tu Voluntad, aunque lo rezo así muchas veces. Prefiero que Tú me ayudes para que se cumpla mi voluntad. Me creo más listo que Tú y creo que sé lo que me conviene, mejor que Tú.

Reconozco ante Ti, Señor, que necesito convertirme, que me conviertas, que me des la vuelta, que cambies mi corazón, que me des luz. Me reconozco pobre ante Ti, niño pequeño que necesita de Ti, mi Madre.

(José Enrique Galarreta)





LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y LA IGLESIA

Muchos se han sentido heridos por el hecho de que los Medios de Comunicación social se hayan aprovechado de los pecados de algunos miembros de la Iglesia para airear todo esto de un modo inmisericorde. Benedicto XVI en su Libro “Luz del mundo” responde a esta inquietud: “Salta a la vista que la información dada por la prensa no estaba guiada por la pura voluntad de transmitir la verdad sino que había también un goce en desairar a la Iglesia lo más posible, Pero, más allá de ello, debía quedar siempre claro que, en la medida en que es verdad tenemos que estar agradecidos por toda la información. La verdad, unida al amor bien entendido, es el valor número uno. Por último, los medios no podrían haber informado de esa manera si el mal no estuviese presente en la misma Iglesia. Sólo porque el mal estaba en la Iglesia, pudo ser utilizado por otros en su contra.” (pág. 40)

Es cierto que han existido intenciones subliminales de mermar la credibilidad de la Iglesia, pero también es cierto que lo que decían era verdad. La intención pudiera ser malsana, pero tampoco podían informar de otra manera si el mal estaba presente en la misma Iglesia.

A veces nos duele más el que nuestros defectos se aireen que los defectos mismos. El problema no está en si los pecados salen al aire, sino en vivir de tal modo que lo que los medios dicen pueda ser mentira. Aceptar la realidad es también una manera comenzar a cambiar. Tapando con el silencio los pecados tampoco es la solución. La solución está en que haya menos pecados en la Iglesia. El que los medios nos los pongan ante los ojos puede ser una manera de hacernos reflexionar y aceptar nuestra triste realidad. La culpa no es de los Medios, sino de nosotros mismos que hemos defraudado al mundo.





TODOS QUEREMOS VER A DIOS

La gente suele decir: “Yo no logro verle, quiero verle y no lo veo.”
Y lo tenemos ahí mismo, en nuestras narices.
Nos tropezamos con Él en cada momento.
Pero para ver hay que tener ojos.

Para ver a Dios hay que mirar al hombre.
Para ver a Dios hay dar de nuestro pan al que tiene hambre.
Para ver a Dios hay que compartir nuestra agua con el sediento.
Para ver a Dios hay abrir el ropero y sacar unos vestidos.
Para ver a Dios basta con visitar a un enfermo.
Para ver a Dios basta con hacer compañía de un anciano solitario.
Para ver a Dios basta con asomarse a Lurigancho.

¿Es difícil verlo allí, verdad?
Es que Dios tiene la manía de revestirse siempre de lo pequeño.
Y esto no nos gusta.

¿Cómo un harapiento va a revelar mejor a Dios que yo que llevo una vida normal?
¿Cómo un anciano achacoso y que se muere de soledad más que de años, va a revelar mejor a Dios que yo que tengo tan buena salud y tengo tantos amigos?
Pues, así es Él.
Porque es ahí donde mejor expresamos la verdad de nuestro corazón.
Porque es ahí donde mejor expresamos la verdad de nuestro amor.
Porque es ahí donde mejor imitamos a Dios, que “siendo rico se hizo pobre por nosotros”, “porque no teniendo pecado se hizo pecador por nosotros”, porque siendo Dios, se hizo y se rebajó a ser uno cualquiera, un hombre cualquiera, no un hombre especial. Es el misterio de su Encarnación que se hace también misterio de la encarnación de nuestra fe.





SER COMO LAS ABEJAS

Sé como las abejas. Tienen un oficio bello. Visitan las flores del jardín y se llevan el polen de las flores para con él fecundar otras semillas. Busca lo bueno que hay en la vida y fecundan con ello tu vida y la vida de los demás.

Sé como las abejas. Tienen un oficio muy bello. Visitan las rosas y no se fijan en las espinas. Sólo buscan la miel que hay en ellas. ¿Por qué andar buscando siempre lo malo que hay en la vida? Si fuésemos abejas, dejaríamos de lado las espinas y contemplaríamos la belleza de las rosas.

Sé como las abejas. Tienen un oficio muy bello. Recogen la miel que hay en cada flor del jardín, en las flores grandes y en las chicas, en las muy bellas y en las que no son tanto. Es que para quien busca, siempre hay mucho de bueno que encontrar en la vida de cada persona.

Sé como las abejas. Tienen un oficio muy bello. Repasan las flores, las del jardín y las del monte. Con la miel que encuentran hacen luego un rico panal de miel. Cada día debieras elaborar tu panal con toda la bondad que descubres en los tuyos y en los de afuera.

Sé como las abejas. Tienen un oficio muy bello. Elaboran un rico panal de miel, suficiente para ellas y la mayor parte te la regalan a ti para que endulces la vida.
¿Por qué quedarme siempre con mis alegrías, si son suficientes para mí y para compartirlas con los demás?
Pensamiento: No seas el barrendero que solo recoge la basura de las calles.


WebJCP | Abril 2007